"No queremos convertirnos en aquello contra lo que luchábamos"

Jaume Asens y Joan Linares en el Ayuntamiento de Barcelona

Nos sobrevuelan los casos de corrupción; la misma mañana que nos encontramos con Jaume Asens y Joan Llinares, las portadas de los periódicos que se encuentran en el despacho de la tercera tenencia de alcaldía del Ayuntamiento de Barcelona siguen tirando del hilo de la filtración de los Papeles de Panamá. Ante este panorama, y con el objetivo de materializar una las principales promesas del programa de Barcelona en Comú, la regeneración democrática, el Ayuntamiento de Barcelona se ha puesto las pilas en materia de transparencia: creación de la Oficina para la Transparencia y las Buenas Prácticas —superando todavía las tramitaciones legales— el noviembre pasado y presentación hace unas semanas del Códi Étic i de Conducta, que permitirá al gobierno municipal regular cargos electos, altos cargos, empresas, fundaciones e institutos del ámbito público; 412 personas se verán interpeladas por la norma, que quiere —entre otras cosas— limitar los regalos y las incompatibilidades.

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El anteproyecto de código ético deberá pasar por correcciones de los grupos municipales, pero está previsto que pase por comisión de gobierno y plenario, y que sea aprobado, antes del verano. Se trata de una norma pionera, que supera la Ley de Transparencia estatal y la catalana, ya que tiene carácter punitivo. El redactado ha sido un encargo a los servicios jurídicos del Ayuntamiento de Barcelona, impulsado por Jaume Asens (tercer teniente de alcaldía) y supervisado por el Gerente de Recursos del Ayuntamiento, Joan Llinares.

¿Se ha tardado demasiado en materializar las promesas de BComú en materia de transparencia?

Jaume Asens: Es el precio que pagas cuando quieres hacer las cosas bien: democracia y concurrencia pública significan tiempo, sí. Cuando aterrizas en la institución tomas conciencia de que el ritmo no es tan rápido como pensabas.

¿Como de desordenado estaba el Ayuntamiento cuando llegasteis?

J. A.: El desorden es el propio de cuando entras a un lugar y tienes que crear tu propio orden. La puesta en funcionamiento del Ayuntamiento es como la de un tren: empieza poco a poco, pero al cabo de los meses ya tienes velocidad. En nuestro caso, además, no teníamos experiencia previa en instituciones. Para ello había que rodearse de personas como Joan Llinares, con una trayectoria profesional vinculada a ellas. Por suerte, quien trabaja las políticas son los miles de servidores públicos que trabajan para nosotros, que tienen experiencia y nos han ayudado a situarnos.

Habéis construido un código ético superando las Leyes de Transparencia del Estado y de la Generalitat. ¿Hasta qué punto eran cojas?

Joan Llinares: Desde 2000 se exigía desde Europa el buen gobierno, el derecho a estar bien administrado. La convención de la ONU contra la corrupción en 2002 ya reiteraba a los gobiernos la necesidad de medidas contra la corrupción. Y la transparencia era la primera de estas medidas. Hemos tardado 15 años, por lo tanto. Hemos visto que las leyes [estatal y autonómica] que condicionan este aspecto sólo cubrían el expediente, con los mínimos exigibles. La propia carta municipal, la ley que da pie a la estructura del Ayuntamiento del año 1998, ya habla de un código ético para todo el personal del Ayuntamiento.

¿Qué aporta, finalmente, este Codi Ètic i de Conducta?

J. L.: El Codi Ètic va mucho más allá de lo que la ley recoge; no señala sólo a los cargos electos o a los vinculados, aquí hay una estructura con muchos cargos directivos que también toman decisiones. Cabe destacar que lo que hemos hecho es sólo una primera fase.

Y el resto de funcionarios, ¿qué?

J. L.: Si cumplimos con esta primera fase, entraremos en una segunda de negociación con los sindicatos, que afectará a cualquier servidor público.

Estas fases contemplan la sanción. ¿Es la única vía?

J. L.: Si no hay contrapartida punitiva, la ley no es obligatoria. No debería ser así, debería haber conciencia por el imperativo ético. Pero sabemos que, si no hay correctivo, no es suficiente. Las sanciones del Códi Ètic tienen un efecto preventivo. Con este código queremos enviar un mensaje: los corruptos no tendrán descanso en este ayuntamiento.

J. A: En una sociedad de ángeles bastaría, con un código ético. Pero en esta, partir de la premisa de la buena voluntad... Un código ético no puede ser sólo una cuestión retórica y cosmética. Hemos intentado ir más allá de la ley porque teníamos un mandato muy exigente en este sentido; durante la campaña hicimos bandera de transparencia... ha sido uno de nuestros pilares. Queríamos que Barcelona, al igual que en otros ámbitos, fuera un pilar de la revolución democrática. No queremos zonas opacas ni espacios oscuros. La cleptocracia es confundir lo público con lo privado, y se necesitan cortafuegos para evitar que esto suceda.

Esta cultura de la cleptocracia, ¿es herencia de la Transición?

J. A.: La corrupción que ha salido ahora no es más que un espejo de cómo han funcionado las cosas en nuestra sociedad, la propia de una democracia enferma y sin defensas. La transparencia es la vacuna a esta situación, el antídoto. Además, necesitamos la ciudadanía movilizada: la mayor fortaleza de la corrupción es la inacción de los ciudadanos, los necesitamos vigilantes.

Pero no pueden hacer vuestro trabajo, tampoco.

J. A.: No podemos caer en la ilusión de que la ciudadanía esté permanentemente movilizada. Pero intentaremos que esto no sea sólo una cosa nuestra: por eso la rendición de cuentas, los datos abiertos... Muchas veces se han protegido demasiado los datos, como si fuera algo que debilita el poder. Y lo debilita, en un cierto sentido.

No debilita el poder; debilita la política, en todo caso.

J. L.: Debilita el blindaje de las élites que han decidido durante siglos.

J. A.: La transparencia nos hace más fuertes democráticamente, pero a los que ejercemos la política nos hace más vulnerables: nuestra actividad se hace más visible. Todo el mundo sabe dónde estamos y qué hacemos. Es una paradoja. La transparencia nos hace más frágiles, a los políticos. Nunca la oposición había tenido tantos instrumentos de fiscalización y control, y eso lo tenemos que vivir como una virtud. Aunque, en la práctica, esto implica más explicaciones. Es un escrutinio continuo.

¿Qué feedback habéis recibido de los grupos?feedback

J. A.: Con los pocos que hemos hablado, lo han visto con buenos ojos. Lo han visto como un paso necesario, más allá de si resulta cómodo o no. Todos los grupos se mueven en el mismo marco cultural que nosotros, y hay una conciencia de que la política se ha de regenerar. El 15M y las mareas demostraron que la gente ha perdido el miedo; hay un marco cultural que nos empuja a aquellos que estamos a las instituciones a servir a la ciudadanía. No puede ser que las decisiones importantes las tomen los lobbies, las 300 familias o los Millet de turno. Una sociedad conformista y de individuos pasivos es lo peor que le puede pasar a las instituciones. La corrupción política es un reflejo de la corrupción privada.

Bueno, no compararás...

J. A.: A veces se hace un esquema binario, de buenos y malos. Nosotros simplemente creemos que el poder es malo per se y tiende a acumularse si no se le pone límites. Quien tiene poder tiende a corromperse. Debemos luchar contra la relajación en el poder.

¿Cuál ha sido el espejo legal de esta ley?

J. L.: Las fuentes a la hora de crear normas son importantísimas. Nosotros teníamos la ley catalana y la estatal como modelo. Pero para ir a buscar un modelo más válido, buscamos el del parlamento europeo, que hace una propuesta de esquema donde se trata, entre otros, ampliamente el conflicto de intereses. El código ético, por tanto, es una compilación de elementos externos e internos, y cuando esté terminado —ahora es un anteproyecto a debate— pasará a ser un modelo para otras administraciones.

Si este código se hubiese aplicado al comienzo de vuestro mandato, ¿se hubiera cometido alguna de las irregularidades que hoy serían sancionadas?

J. A.: Por nuestra parte, no. Ninguna. Si te refieres al tema de los familiares y los cargos de confianza...

J. L: Una cuestión en relación a esto: destacar un aspecto como es la cuestión de los familiares en cargos de confianza lo que manifiesta es el gran desconocimiento que existe entre la estructura de la administración y la estructura política. La estructura política da al electo la capacidad de poder configurar su gobierno con aquellas personas ideológicamente comprometidas. En los ayuntamientos, el personal de confianza es eventual; la ley determina cuantos, en Barcelona hay 92, repartidos por los grupos municipales proporcionalmente. Aquí la norma legal no entra en ninguna consideración en la forma como se eligen porque el punto de partida de la naturaleza jurídica de este colectivo que integra el gobierno es, precisamente, que forman parte del gobierno. No tienen un contrato laboral ni funcionarial. Son eventuales, como el personal político que acompañan, por tanto, cuando termina el mandato, ellos acaban también. Existe una confusión entre la estructura política y la administración, donde sí hay procedimientos. Y nosotros hemos incluido de más rigurosos todavía; la dirección de servicios se elegía antes sin procedimiento, al igual que si fueran cargos de confianza... Estos 200 directores de servicio que configuran la estructura del nivel más alto del Ayuntamiento se seleccionan mediante concurso, ahora. Y hemos tardado meses porque estos concursos no son fáciles de preparar para tener la publicidad necesaria. Por la vía digital todo es mucho más fácil. Nosotros hemos separado la administración de la estructura política.

J. A.: Ha habido mucha confusión en este tema. Porque, además, es un único caso el que comentas: la compañera del primer teniente de alcaldía. Hay otro, de una consejera, pero su relación de pareja comenzó cuando ya estaban dentro: son compañeros a raíz de estar aquí. Y eso puede pasar. Una de las cosas más duras en el Ayuntamiento es sostener tu vida en términos personales; el grado de exigencia es tan alto que en cierta medida nos hemos fastidiado la vida. A la gente que forma parte del equipo le cuesta mantener las relaciones y sólo puede hacerlo casi si su compañera forma parte de la estructura. [Ríe]

¿Me estás diciendo que se necesitan más cargos de confianza?

J. A.: Tenemos la mitad que el anterior gobierno por la Ley Montoro, y el nuestro no es un Ayuntamiento deficitario. La ley quiere prevenir que no se endeuden los Ayuntamientos, y tiene sentido, pero... ¿Un Ayuntamiento como el nuestro? Nos impiden operar con el grado de eficiencia máxima. Nos limitan la autonomía municipal.

J. L.: Deberíamos buscar las fórmulas —una de ellas es el Portal de Transparencia— para entender la magnitud de una estructura como la de Barcelona: 6.000 personas vinculadas al Ayuntamiento y 6.000 más a fundaciones y otros organismos. Gobernar esta estructura requiere de una arquitectura mínima, y ésta se ha confundido. Desconocemos cómo funcionan los países de nuestro entorno cultural. El otro día citaba los EEUU, donde el señor Clinton nombra comisionada de sanidad a su mujer, y no pasa nada. En una democracia de 200 años saben diferenciar la función de una persona vinculada al programa político respecto a una de la administración.

La gente tiene que fiscalizar, aunque sean cargos de confianza.

J. A.: Estoy de acuerdo.

J. L.: Debe ser público y se debe plantear para que se entienda porque esa persona y no otra, pero el nepotismo es llenar la administración de hermanos, hijos y sobrinos... Y esto no lo es.

J. A.: De acuerdo en que se deba fiscalizar, pero debe pesar mucho la confianza... Y la confianza no se construye de un día para otro.

Por último: se ha destacado el tema de los regalos... ¿Tantos llegan?

J. A.: Recuerdo el debate cuando pasó por primera vez, cuando Ada recibió un ramo de rosas... Y ya hablábamos de ello —sin código ético de por medio— porque estábamos en guardia, teníamos un exceso de prevención. Si alguien te da un ramo de rosas y luego tiene una reunión contigo... Las limitaciones tienen que ver con que, cuando llevas mucho tiempo en un lugar, te relajas y te acomodas en tu estatus, y eso no lo queremos. No queremos convertirnos en aquello contra lo que luchábamos.

J. L.: El código ético prohíbe los regalos porque se piensa en si se puede buscar algo a cambio; dentro de la mera cortesía puede haber bolsas de Loewe de 1000€. Y hay muchas maneras de ser cortés; si tomamos la hemeroteca del Estado encontraremos multitud de formas.

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