'La caja de cerillas', un documental para reconciliarse con la vida

Joan Guerrero y David Airob en Singuerlín. / Foto: Ana Jiménez

¿Por qué un documental sobre Joan Guerrero? “Porque es importante que alguien diga estas cosas y que alguien lo grabe”, responde David Airob, autor del documental La caja de cerillas. Airob (Barcelona, 1967) ha pasado dos años escuchando a Joan Guerrero explicar historias y anécdotas y grabando sus reflexiones. El resultado es un documental de 50 minutos con un título que se inspira en la primera ‘cámara’ que se construyó Joan Guerrero cuando era un niño: una caja de cerillas.

“El objetivo vital por el que nace el documental es la escuela. Joan habla de valores, de valores que se han perdido o se están perdiendo”, explica Airob. Con él ha paseado por Santa Coloma y ha viajado hasta Soria para recoger cómo el fotógrafo hablaba de su admirado Machado. “Hay un trozo magnífico en el que aparece Joan recostado en un árbol, a orillas del Duero, leyendo a Machado, mientras a su alrededor vuelan las esporas”. Es una imagen en blanco y negro, espléndida de luz. “A Joan lo veo en blanco y negro. No podría hacer un documental sobre él en color. Quizás a algún otro lo vería en color, pero a Joan no”. Es un punto de vista en el que coincide con muchos otros fotógrafos, entre ellos el propio Guerrero, que también concibe algunas imágenes sólo en blanco y negro.

Airob ha sido el productor, el director, el guionista, el cámara, el técnico de sonido... Lo ha sido casi todo en esta película que ha simultaneado con su trabajo como fotógrafo de “La Vanguardia” y con el rodaje de un corto, “Calcio Storico”, con el que ganó, junto a David Ramos y José Bautista, el World Press Photo 2014. Compañeros y amigos, Ramos y Bautista también han colaborado en “La caja de cerillas” en el montaje y en la música. Y ha contado con la aportación de Javier Mariscal, autor del cartel. A pesar del escaso presupuesto, David Airob ha querido profesionalizar el rodaje, de modo que todo el mundo que ha participado ha cobrado alguna cantidad. “Para mí, era importante”, subraya.

El rodaje fue un “intercambio de sentimientos y de emociones”, lo define el director. Pero la emoción más intensa la vivió el día en que Joan Guerrero leía ante la cámara poemas de Machado en una edición muy especial de “Campos de Castilla” y cuando acabó, le entregó el libro y le dijo a David: “Quiero que lo tengas tú”.

Joan Guerrero, fotógrafo de palabra

Joan Guerrero, fotógrafo de palabraLa entrevista de Catalunya Plural con Joan Guerrero tiene lugar a la salida del metro de Singuerlín, que emerge desde las profundidades. Desde allí se atisba, entre los edificios desordenados que conforman la plaza, los bloques color pastel que trepan por la montaña. Allí vive Joan Guerrero y no lo cambiaría por nada.

Tiene razón David Airob cuando dice que Guerrero habla de valores. Y tenía razón aquél amigo de David, profesor de Filosofía, que cuando vio el documental dijo: “Me he reconciliado con la vida”. Joan Guerrero es un torrente de historias y de pensamientos. Las que siguen son sólo algunas de sus palabras, estructuradas en primera persona a partir de dos escenarios (Tarifa y Santa Coloma), al hilo de reflexiones sobre inmigración, arte y fotografía, y con el complemento de tres historias y un epílogo. Darían, seguro, para otro documental.

Tarifa, 1940

Tarifa, 1940

Nací en Tarifa en 1940. Ya puedes imaginar. Mucha hambre. Mucha tuberculosis. Mucho luto…

Parece que haga mil años.

Íbamos al cine Punta Europa, que estaba al lado del mar. Desde allí se veía África. Y el viento soplaba fuerte, a veces muy fuerte. Mi escuela fotográfica no ha sido otra más que el cine, el cine neorrealista italiano. Yo quería estar detrás de la cámara. A veces perdía el argumento porque me fijaba en el encuadre, en el blanco y negro, en el picado… Me fijaba en el cine como documento: cómo eran las calles, cómo era la gente, cómo vestía…

No recuerdo porqué ni el momento en que ocurrió, quizá fue la influencia de alguna película, pero un día cogí una caja de cerillas, le recorté un recuadrito en el centro y le colgué un cordel. Fue mi primera cámara.

Con mis amigos jugábamos a piratas sobre un barco varado. Y yo, con mi caja de cerillas colgada al cuello, los encuadraba. Lo encuadraba todo, tal como veía que ocurría en el cine.

Esa fue mi escuela, el cine y la caja de cerillas.

Santa Coloma

Santa Coloma

Llegué a Barcelona en 1964 con mi hermano Lorenzo. Vivíamos en pensiones, en la calle Poeta Cabanyes (‘el meu carrer fosc i tort, amb gust de port’ que cantaba Serrat). Un día un amigo me llevó a unas barracas del Carmel [Francisco Alegre, el barrio del ‘Pijoaparte’, el personaje de Juan Marsé]. Quedé deslumbrado. Era una barraca, pero para mí era la casa más bonita que había visto nunca. Olía a comida casera, en la radio cantaba Antonio Molina, el aire era limpio, tenía toda la ciudad a los pies…

Y un día encontré un piso en un pueblo que se llamaba Santa Coloma.

Bendita la hora en que vine aquí.

Yo tengo pasión por Machado, de sus poemas. “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”, dice Machado. Con el tiempo descubro que para mí Machado es más castellano que sevillano. Todo lo bueno lo hace en Castilla. Me siento un poco identificado. Vengo de Andalucía, pero donde mi trabajo gusta es aquí. Para mí Santa Coloma es un milagro en mi vida.

Yo he considerado que ya tengo raíces aquí, con mi acento gaditano y todo. Aquí traje a mis padres, aquí conocí a mi mujer, aquí luché contra la dictadura, aquí viví la democracia, aquí nacieron mis hijos, aquí murieron mis padres, aquí murió un hijo mío…

Aquí se da todo. Me siento agradecido a Santa Coloma, a Catalunya. Nunca me he visto forzado a nada. Aquí he visto el milagro de tantas culturas y he visto lo bien que han convivido.

El combate de la inmigración

El combate de la inmigración

Mi combate siempre ha sido la inmigración. He hecho muchas cosas sobre la nueva inmigración. “Ellos soy yo”, digo en el documental. Y en mis trabajos sobre la inmigración yo no pensaba como fotógrafo, pensaba como ciudadano. Veo a los inmigrantes que van a la orilla del Besòs y me recuerda a la inmigración de los años sesenta. Aunque ahora el río, claro, sea completamente diferente, ahora baja limpio y la orilla es verde y se puede pasear.

Hay cosas que tenemos la obligación de recoger. Como ciudadanos, no ya como fotógrafos. Primero la persona y luego lo demás. Lo dijo Pau Casals. Lo dijo Atahualpa Yupanqui. Primero la persona y luego… el poeta, o el político, o el fotógrafo. Si es al revés, cagada.

La fotografía

La fotografía

Tenía pasión por la fotografía. Tenía una camarita. Pero no tenía ni idea de fotografía. Y un día, a finales de los sesenta, entro en un proyecto de una revista en Santa Coloma: Grama.

Nunca he estudiado nada de fotografía. Lo más complicado era el laboratorio. Compraba los sobres, leía las instrucciones y me encerraba en el cuarto de baño a revelar. Entraba luz por todas partes, pero me ponía por encima una sábana y empezaba a mover la cubeta y el papel hasta que surgía la imagen.

Hay fotos de las que me siento muy contento de haberlas hecho. Hace tiempo me preguntaron si tenía una fotografía preferida. Y no, no la tenía entonces. Hasta que fui a El Salvador y me encontré a un viejo con el sombrero en el pecho y una mirada que parecía que no tenía cuencas, no sabía si miraba hacia dentro o hacia fuera… La “vi” en blanco y negro. Y cuando la revelé supe que era la foto, mi foto. Hay serenidad. Es como si el tercer mundo no le pidiera permiso a occidente. Es la foto de la dignidad.

Me explicaron que en una exposición una señora vio la foto y se puso a llorar. Para mí eso era un premio, haber hecho emocionar a alguien. Cuando ves una foto como esa no te acuerdas de que estás viendo una foto.

Las tres “piedades”

Las tres “piedades”

Tengo tres músicos y tres fotógrafos que son arte: Beethoven, Mozart y Bach. Cartier-Bresson, Eugene Smith y Sebastiao Salgado.

Salgado para mí es Beethoven. No ha habido nadie como él para mostrar las pandemias, las migraciones, las hambrunas… Sus fotos son de una gran belleza, pero no ocultan el sufrimiento. El dolor está ahí, pero también hay belleza. Lo malo es cuando la belleza se come el dolor, cuando oculta el sufrimiento.

Una foto tiene que tener tres cosas. Primero, alma. Luego vida y, finalmente, corazón. Alma, vida y corazón.

Hay tres imágenes que recogen esas tres cosas. Son fotos que tienen amor, sufrimiento, belleza y vida. Son mis tres “piedades”. La primera es la “Piedad”, la escultura de Miguel Ángel. La segunda, la foto de Eugene Smith de una mujer sosteniendo a su hija afectada por los vertidos de mercurio en Japón, ‘Tomoko bañada por su madre’, de 1972. Y la tercera, la imagen de Samuel Aranda que ganó el World Press Photo en el 2011 y que muestra a una madre y su hijo en Yemen.

Tres historias con alma, corazón y vida

Tres historias con alma, corazón y vida

1. El escultor. En El Salvador había una escuela y enfrente de la escuela había una nave donde trabajaba un escultor. La escuela era pobre. Los niños jugaban en la calle, pero algunos entraban en la nave. Un día vieron cómo descargaban un gran bloque de piedra. Era poco antes de las vacaciones y al terminar, los niños volvieron a la nave y vieron la obra casi terminada. Era un grupo ecuestre. El escultor les preguntó si les gustaba. Los niños dijeron que sí, pero uno de ellos se quedó pensativo y le preguntó: “Me gusta, pero ¿cómo sabía que dentro de la piedra había un caballo?”

2. Bobó. Cuando fui a Brasil con mi hija Laura a hacer un reportaje sobre Pere Casaldàliga (“Pedro, su gente y su paisaje”) estábamos en una casona grande en Sao Félix do Araguaia en la que había varias dependencias, entre ellas la consulta de un psicólogo. Yo me quedaba a menudo en el patio y observé que una mujer dejaba también allí a su hija cuando entraba en la consulta. La niña, de unos tres años, lloraba y lloraba cuando se quedaba sola. Empecé a hablarle, a explicarle cosas, a acunarla, hasta que un día conseguí dormirla. Y así fue durante varios días. Un sábado estábamos cenando en una mesa muy grande y allí estaba la niña con su madre, feliz, sonriendo. De repente, me miró, me señaló y dijo: Bobó. Y repitió: Bobó. Pregunté qué significaba y me dijeron: abuelito. Eso es un gran premio para mí.

3. Zampanó. Hace unos años preparaba un libro, “Imatges i paraules”, en el que aparecían Pujol, Maragall, Serrat… Al enterarse, un amigo me comentó: ‘¿Y qué te ha dicho Maragall?’ ¿Cómo -le pregunté-, por qué iba a decirme algo? ‘Porque Maragall estaba en tu célula’. A finales de los sesenta yo estaba en el FOC y todos teníamos nombres de guerra, por cuestiones de seguridad, así que nadie sabía cómo se llamaba el otro en realidad. Tiempo después de aquél libro, Josep Maria Huertas me envió a fotografiar a Maragall a casa de su abuelo, en la calle Alfonso XII. En el patio hay un árbol, me dijo, donde jugaba Maragall cuando era pequeño. Así que le pido a Maragall que se ponga al pie del árbol y entonces le digo: ¿Usted se acuerda de Zampanó? “¿Tú conoces a Zampanó?”, me responde sorprendido. Sí, claro, Zampanó soy yo. Maragall recordaba perfectamente al compañero de célula, pero no me había reconocido. Yo había escogido el nombre de Zampanó en recuerdo de la película “La Strada”, de Fellini. Llevaba preparada para regalársela mi foto preferida, la del anciano de El Salvador. Se la entregué y él, un poco azorado, improvisando para corresponder a mi obsequio, descolgó un cuadro que estaba en su despacho y me lo regaló. Luego seguimos viéndonos. Estuvo viviendo en mi casa cuando decidió pasar unos días en casas particulares en distintos barrios. Y también me acompañó cuando murió mi hijo.

Epílogo: el viejo guerrero

Epílogo: el viejo guerrero

Me siento muy querido y muy respetado. El viejo Guerrero. Me llamo así a mí mismo desde que me jubilé hace nueve años. La palabra viejo me gusta, es noble. “Soy viejo”. Tengo 74 años, no pasa nada. Ahí sale todo lo positivo de mí. Siempre he luchado por no mirarme el ombligo y ahora lo que intento es dar un poco de mi experiencia, del alimento que he recibido: el neorrealismo, la música, la amistad… Puede sonar pedante que yo pueda enseñar algo. Pero puedo enseñar con mi amistad, no con mis palabras.

No he tenido decepciones con la gente. O al menos, no lo recuerdo, la verdad. Lo decía Violeta Parra: gracias a la vida que me ha dado tanto. Yo podría decir, gracias a la fotografía, que me ha dado tanto.

Porque si hablo de fotografía, estoy hablando de vida. Es el mejor alimento: la literatura, la poesía, la música… No me considero artista. Y no por desprecio, todo lo contrario, es por respeto. La vida tiene tantas cosas por fotografiar que si hay arte en alguna fotografía de las mías es porque hay arte en la calle.

Es una idiotez decir que una imagen vale más que mil palabras. Puede valer, sí, pero a veces no vale ni un acento. Nunca creí que iba a disfrutar tanto de la palabra. Creo en la palabra más que en la imagen. Y lo dice un fotógrafo que ama la imagen y tiene pasión por la imagen.

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