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Las madres de la anorexia, entre la culpa y el autocontrol: “Cuesta entender que hablarles de comida es peor”

Fotograma de la serie sobre la anorexia 'Hasta los huesos'

Pau Rodríguez

Era una niña de diez. Perfeccionista en los estudios, nada conflictiva... ¿Qué he hecho mal? ¿Por qué no la eduqué mejor? Esta es la pregunta que asalta a la mayoría de madres y padres cuando descubren que su hija tiene anorexia o bulimia. A la previsible tristeza o impotencia que invade a quienes tienen hijos enfermos, en los trastornos de conducta alimentaria, más de la mitad de los progenitores se sienten responsables. Sobre todo las madres. Y es que no solo las pacientes son en su mayoría chicas (alrededor del 90%), sino que también las mujeres suelen ser las que asumen el rol de cuidadoras (en el 63% de los casos) de sus hijas enfermas.

La Mesa por el Diálogo y por la Prevención de los Trastornos de Conducta Alimentaria (un organismo integrado por la Agencia Catalana de Consumo, entidades sociales, profesionales y centros sanitarios) ha elaborado por primera vez una encuesta sobre cómo las familias conllevan los trastornos de conducta alimentaria de sus hijas. Entre los resultados más relevantes según los profesionales está, además del sentimiento de culpa, las dificultades de padres y madres para autocontrolarse. Es decir, para no caer en la trampa que les tiende la lógica, según la cual lo bueno es forzarles a que coman. Todo lo contrario: suele ser contraproducente.

“Al principio parece antinatural”, recuerda Teresa Raventós, cuya hija sufrió bulimia desde los 18 años hasta los 24. “Con el tiempo entiendes que ella se pasa 24 horas al día pensando en calorías, con lo que si encima a la hora de la comida les hablas de ello es peor, generas más ansiedad”, expresa. Las familias viven en la contradicción de querer que sus hijas ganen peso sabiendo que si las obligan puede ser peor. Según la encuesta, el 35% de los familiares tiene serios problemas para frenarse a la hora supervisar constantemente pesos y actitudes.

El instinto es pensar que los trastornos de conducta alimentaria se cura comiendo, pero nada más lejos de la realidad. “Es como un iceberg, en el que la punta es la alimentación, pero por debajo están todo el trabajo emocional y psicológico”, ejemplifica Sara Bujalance, directora de la Asociación contra la Anorexia y la Bulimia (ACAB). Los profesionales suelen recomendar a padres y madres que no entren al choque cuando su hija se sale de las pautas fijadas por el centro de salud, sino que se lo apunten para luego informar de ello en la siguiente consulta. “Que la posible discusión sea entre paciente y médico, para que los padres puedan centrarse en el acompañamiento”, sostiene Bujalance.

No ayuda en este sentido que la anorexia y la bulimia todavía se perciban a día de hoy como una manías adolescente para adelgazar y que se puede corregir a base de firmeza parental. Nada de eso, los trastornos alimentarios afectan casi al 4% de la población de entre 12 y 36 años y requieren de media entre 4 y 7 años de tratamiento. Se pueden cronificar en más de un 10% de los casos y puede llegar a provocar incluso la muerte de la afectada.

Una ansiedad diaria que se prolonga durante años

“El día a día es un calvario para un padre: la miras a la cara, si sonríe, tratas de detectar si está bien, cómo responde, te preguntas cómo irá la cena, tratas de aguantar si no come, es durísimo”. Así describe Lluís Blanch las jornadas en las que iba a buscar a Gemma, entonces de 15 años, al hospital de día. Una ansiedad que además se prolonga durante años y incluso después del tratamiento.

Sobre la relación de los familiares con estos trastornos, el estudio arroja algunas cifras previsibles, como que los familiares sienten tristeza (84%), impotencia (84%), miedo (78%)... O esperanza (98%) y orgullo (84%) por sus vástagos. Pero también culpa (47,5%), las citadas dificultades para controlarse (35%), para aceptar la situación (34%) o para cuidar de si mismos (40%), es decir, para mantener las relaciones sociales, con la familia y actividades de ocio.

“No puedes dedicar tiempo a ti porque sientes que debes estar 24 horas pendiente de ella, no puedes salir a comer fuera o al cine sin sentirte mal”, cuenta Raventós. Este aislamiento, junto al miedo a que tu hija muera –en su caso hubo intento de suicidio– puede llegar a afectar a la salud mental de los propios padres. Raventós explica que con el apoyo de su pareja consiguió salir adelante, pero los profesionales especializados admiten que muchos familiares se acaban medicando por caer en depresiones o sufrir insomnio. “Es muy importante para los padres tener apoyo terapéutico para digerirlo”, aconseja Blanch.

La importancia de la detección... y la culpabilidad

Además de la encuesta, la Mesa de Diálogo ha hecho hincapié en la necesidad de prevenir los trastornos –con hábitos saludables de alimentación y de conversación entre padres e hijos– y de detectarlos a tiempo. Para esto último puede ser clave no solo la familia, sino también el colegio, los centros de salud o los de actividades de ocio de los jóvenes. “En mi caso nos avisó la escuela: después de comer se iba al lavabo, siempre tiraba el almuerzo”, recuerda Blanch. La vista de los maestros les permitió ponerse en manos de médicos especializados rápidamente.

Este suele ser de nuevo un factor de culpabilidad para padres y madres. “Se preguntan qué han hecho mal para que sus hijos les hayan podido esconder algo así, hay casos de chicas que pueden haber estado vomitando un año sin que se den cuenta”, expresa Anaïs Lara, psicóloga infantil de ALTHAIA.

Por ello insiste en los factores de riesgo. Algunos de ellos son más evidentes, como la falta de apetito, que evite ir a comer con amigos o que vaya al lavabo después de comer, pero otros no se manifiestan a través de la alimentación. “El perfil de muchas afectadas es de ser perfeccionistas, hiperresponsables y exigentes consigo mismas, con lo que una señal de alerta puede ser centrarse más en los estudios y encerrarse socialmente”, expone.

De nuevo, aflora la memoria del sentimiento de culpabilidad en Raventós. “Pensaba que le había inculcado demasiado mi forma de ser perfeccionista”, relata. Ahora ella lo ve con perspectiva –su hija tiene ya 44 años, la ha hecho abuela–, y “les diría a los padres que hay luz al final del túnel y que es normal que no se salga de ello de golpe”. Y siempre descargar su responsabilidad en los médicos.

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