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Hegemonías

Momentos de transición. Cuando todo cambia. De un equilibrio pasamos a otro y se definen las hegemonías para una década, tal vez para una generación. Pero algunos nos dicen que no sabemos leer el momento. Y la cuestión es que lo leemos a la perfección. El momento es el de la disputa de la hegemonía. Debacle conservadora en el sur de Europa. Escombros morales del pujolismo y de todo lo que ha representado. Y un escenario nacional que no se desatasca con la independencia –en el mejor escenario no llega al 50%– y sí se desempata con el derecho a decidir. El escenario nacional, por tanto, tendrá un recorrido a medio plazo. La batalla por la hegemonía –conservadora o progresista– sí que se disputa en el próximo ciclo electoral.

Lucha por la hegemonía. Esta era la disputa de muchos catalanas y catalanes cuando se acercaban a las urnas en 1980 en las primeras elecciones al Parlament de Catalunya. Y este es el sentimiento del ciclo electoral que apenas empezamos y abrimos.

En estas elecciones parecía que nos acercábamos a unos comicios con cuatro grandes bloques electorales: el que lideraba Mas con CDC, el de Catalunya sí que es pot, el del españolismo conservador tuneado de modernidad de Ciudadanos y el independentista progresista de ERC.

Pero antes de continuar con este relato, es bueno que volvamos la vista atrás. Hace 35 años se definía el juego de hegemonías por lo menos para una generación. Era el año 1980, en otros términos, también parecía que nos acercábamos a un nuevo tiempo. La derecha nacionalista se había articulado en torno a la figura de Jordi Pujol. Pero a las puertas de aquellas elecciones la hegemonía progresista estaba clara. Se habían ganado claramente las elecciones municipales, y la disputa era por quien lo lideraba. Finalmente, el PSC más catalanista, el de Joan Raventós, ganó la partida a un PSUC que traía de cabeza de cartel al abogado Josep Benet, hombre profundamente catalanista, abogado defensor de sindicalistas y antifranquistas, que iba mucho más allá de las fronteras del principal partido del antifranquismo. Fue entonces, cuando una tercera alma de la izquierda, la ERC de Heribert Barrera, decidió darle el liderazgo a Jordi Pujol. El cabeza de lista de CiU sería presidente, mientras ERC ostentaría la Presidencia del Parlament. Dos años después Josep Benet hizo el último intento, con la moción de censura presentada con el objetivo de construir una alternativa de progreso. Pero no fue posible.

En el momento de construir el nuevo país se decidió que el liderazgo fuera de la derecha, y que Pujol y su particular y patrimonial manera de entender la política definiese la arquitectura y el modus operandi de la Generalitat restaurada.

Hoy, 35 años después, nos volvemos a encontrar en uno de esos momentos donde en una semana pasa lo que antes pasaba en una década. Un tiempo nuevo para un país nuevo. Y como siempre, en este tiempo lo que vuelve a estar en juego es la hegemonía del país, quien la lidera y a quién se representa –si a las clases populares o a las clases dominantes– desde las principales instituciones del país, particularmente desde la Generalitat.

En esta lucha por la hegemonía, los conservadores parten con desventaja, por dos motivos principales. En primer lugar, el liderazgo conservador es incapaz de responder al principal problema de este país del sur de Europa, la desigualdad. En segundo lugar, después de la derrota moral de las ruinas del pujolismo, la CDC de Mas, incapaz de censurar y reprobar al padre evasor lo tenía crudo para liderar la construcción del nuevo país. Las alternativas eran una ERC que lo fiaba todo a la independencia y que eso le añadía un programa de centro izquierda, y un nuevo espacio, expresado por 'Catalunya sí que es pot', que entiende que el nuevo país se hace a partir del rescate social, de la denuncia de la corrupción y la calidad democrática y de un proceso nacional que sólo puede avanzar, si quiere romper el statu quo, a partir de la amplia mayoría que representa el derecho a decidir.

Así pues, íbamos a un escenario abierto. Pero en medio del terremoto político, sabiendo que las placas tectónicas se acabarán sedimentando después del ciclo electoral, la gente de ERC, y no sólo, han decidido fiar todo a una lista que tiene una única certeza, como todos los actores se han precipitado a destacar: el liderazgo de Mas y el papel preponderante de CDC (un equilibrio que se define en una relación de 6 a 4). El proceso nacional será largo, nada fácil y necesitará retomar una propuesta más amplia, que conecte con sectores más transversales de la sociedad. Pero mientras tanto, Mas y su entorno habrán conseguido construir una nueva hegemonía, de nuevo, sobre las costillas, la carne y la ilusión de muchos progresistas.

Pero la política, la lucha por la hegemonía, no la podemos ver desde una lógica determinista. Si en la anterior transición la ERC de Barrera apuntaló los 23 años de pujolismo, hoy, antes de las elecciones, podemos construir un espacio para disputarles el liderazgo. Este es el papel de 'Catalunya sí que es pot'. Y esta vez lo haremos como lo hizo el PSUC, con un encabezamiento de una hombre bueno, transversal, representante de las luchas vecinales: Lluís Rabell. Con un objetivo, que esta vez, el nuevo país lo lidere quien representa las clases populares.

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