El tabú de tener sexo con un cuerpo discapacitado: “Nos tachan de guarros simplemente por querer sentir placer”

Sandra Vicente

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Hace unos años, Íñigo Martínez tuvo una novia, bailarina como él. “Una chica guapísima”, recuerda este bilbaíno de 42 años, que hace siete llegó a Barcelona. Se conocieron en la capital catalana y todo parecía ir bien, pero las inseguridades de Íñigo no dejaban de aflorar. “Cuando nos veían juntos por la calle, la gente suponía que éramos amigos. Como mucho, hermanos. Pero nunca pareja”, se lamenta.

La selección sexual, a revisión: “Para entender los deseos hay que ver cine de Almodóvar además de leer a Darwin”

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Estas dudas se basaban en su apariencia física: padece osteogénesis imperfecta, más conocida como la enfermedad de los huesos de cristal, una dolencia que hizo que su crecimiento se estancara muy por debajo de la media, que le ha producido dificultades en el habla y que hace que requiera de una silla de ruedas. Esa mujer fue su primera pareja y la relación se acabó truncando porque, tal como la sociedad le había enseñado, no se creía merecedor de esos afectos. “No me sentía deseado, creía que era todo mentira, que estaba conmigo por paternalismo y que me abrazaba y teníamos sexo por pena”, se lamenta.

Pensar que el placer y el cariño les está vetado es algo que sucede a muchas personas con diversidad funcional y con cuerpos no normativos. “Nos han educado haciéndonos creer que nuestro cuerpo está roto, que no vale”, dice Íñigo. Este hombre ha pasado por un camino “muy duro” porque, a pesar de sentir deseo, el mundo le decía que el sexo no era para él. “Sé que tengo un cuerpo diferente y que puede generar rechazo, hay que decirlo y lo tengo claro. Pero eso no significa que tenga que resignarme a no sentir placer”, reivindica.

“Hay ciertos cuerpos que no se admite que tengan vida sexual y, además, tampoco se les permite sentir deseo”, afirma Anahí Canela, divulgadora especializada en educación afectivo-sexual. Las personas con diversidad funcional, pero también las gordas, flacas, trans o con cualquier rasgo que no entre en la normatividad, “no tienen cabida en el estándar de belleza que la industria cultural nos muestra como merecedor de deseo”.

“Como mucho tenemos a Shrek”, dice Canela, quien recuerda que, en películas y libros, cuando alguien se enamora o tiene sexo con una persona no normativa es “a pesar de ser gorda o ir en silla de ruedas. Se nos ocultan los cuerpos distintos y, por eso, si no estoy dentro de los estándares tiendo a pensar que es mi culpa y que es normal que nadie me desee”, explica la divulgadora.

Los acompañantes eróticos

Cuando Íñigo llegó a Barcelona, lo hizo para salir de un pueblo en el que no tenía lazos afectivos y con ganas de poder vivir su discapacidad con normalidad. De hecho, escogió Barcelona porque es el lugar de origen de una compañía de danza que da clases a personas con diversidad funcional. Íñigo empezó a bailar, a expresarse con su cuerpo, y quiso hacerlo también con el sexo.

“Me veía como una persona que no podía ser deseada, pero yo sí sentía deseo”, recuerda Íñigo, quien reconoce que en diversas ocasiones llegó a recurrir a la prostitución. Pero era una solución que no se adecuaba a sus necesidades: “El sexo se puede pagar, pero el cariño, el saberte deseado, la improvisación de una relación... Eso no se puede fingir”, dice. Es por eso que recurrió a Tandem, una asociación que atiende la sexualidad en la discapacidad.

“Toda persona tiene el derecho a ser tocada y amada”, asegura la doctora María Clemente, psicóloga de Tandem. Es por eso que diversas asociaciones como esta proporcionan, además de talleres y asesoramiento psicológico, la opción de que sus usuarios recurran al acompañamiento erótico. Se trata de la posibilidad de poner en contacto a una persona discapacitada con una voluntaria para tener encuentros íntimos.

“Hay quien lo compara con la prostitución, pero es totalmente distinto”, asegura Íñigo. Para empezar, en los acompañamientos no hay transacción económica y, además, no se trata de una persona complaciendo a otra, sino de una relación compartida. “Es muy revolucionario, porque siento que aporto al encuentro. Son relaciones basadas en la igualdad y en las que se tiene en cuenta qué quieren ambas personas”, explica.

Para llegar a ese grado de conocimiento y complicidad, los acompañamientos eróticos son precedidos de entrevistas en las que los participantes se conocen y se cuentan qué esperan. Siempre con la posibilidad de descartar a una potencial pareja si no hay conexión. Y, una vez hay acuerdo, las posibilidades son infinitas: “Desde ir al cine hasta a un encuentro BDSM. Es muy libre y todo siempre consentido”, resume Íñigo.

Una sexualidad rechazada

Durante estos años, el bilbaíno ha estado con cinco acompañantes eróticos diferentes. Esa experiencia ha supuesto un cambio enorme para él, que hace siete años no se atrevía a quitarse la ropa en la playa y hoy se ha convertido en actor y no tiene problemas en salir desnudo al escenario. Pero Íñigo no llegó a Tandem buscando sexo, sino poder hablar, sin tapujos, sobre su sexualidad.

“La sexualidad diversa no es que esté dentro de un armario, es que está dentro de un armario en el fondo del mar”, ilustra Íñigo, quien describe los efectos que tenía no poder verbalizar lo que sentía y deseaba. “Nos tachan de guarros simplemente por querer sentir placer, por querer disfrutar de nuestros cuerpos y por hablar de ello. La sociedad no quiere imaginarnos teniendo estas experiencias y, por ende, no nos deja imaginarlo ni desearlo a nosotros”, explica.

Y es que el sexo va más allá de la práctica en sí. La sexualidad es “cómo te muestras al mundo, cómo te expresas, sentirte visible y conectado a la sociedad. Si te niegan ser sexual, te relegan a la periferia. Te dicen que no existes”, asegura Clemente. Así lo considera también Íñigo, que explica que, cuando una persona discapacitada quiere explotar su sexualidad, es “o un pervertido o un héroe, pero siempre bajo la pátina de 'pobrecito'. O eso, o directamente ni te ven”, denuncia.

Mucha gente se ha sentido excluida del placer, pero las causas no solo radican en los cánones de belleza. Clemente advierte también de los riesgos de una educación sexual coitocéntrica que excluye a las personas con disfunción o falta de sensibilidad en los genitales. De hecho, muchas personas han llegado a autoexcluirse del sexo, renunciando incluso a la masturbación “por vergüenza, culpabilidad o por no considerar que es una práctica que les pertenezca”, explica la doctora.

“El sexo no es solo penetración, erección y orgasmo. Hay muchas maneras de sentir placer y las opciones son infinitas si recordamos que el cerebro es el órgano sexual más importante y la piel el más extenso”, añade Clemente. Esa es una de las primeras cosas de las que Íñigo tuvo conciencia al empezar su terapia psicológica. “Ver que no todo el mundo tenía erecciones o eyaculaciones me abrió un mundo nuevo”, recuerda.

Para Anahí Canela, hay que desterrar la idea del coitocentrismo, pero también la de que si alguien no nos atrae, no nos permitamos sentir placer. “Es totalmente al revés: el deseo puede nacer del placer y cualquier persona puede proporcionarlo, aunque tenga algunas disfunciones”, asegura. Entender esto es una asignatura pendiente, también en parte del colectivo de personas con diversidad funcional. “Nos pasamos la vida queriendo ser normales, frustrados porque no podemos. Es que si tienes pelos, te depilas. Pero si eres pequeño, ¿qué haces?”, se pregunta.

Entender su deseo fuera de los prismas que impone la sociedad de consumo fue un trabajo duro, pero liberador. E Íñigo ha descubierto que no está solo en esa búsqueda y, por eso, ha empezado a moverse por ambientes queer, que “aceptan todo tipo de belleza y se dan más permisividad para desear”, relata este bilbaíno, que explica que sus problemas estéticos y sexoafectivos son compartidos con, por ejemplo, personas trans.

Reconciliarse con la sexualidad ha supuesto un antes y un después en personas como Íñigo, que después de tantos años ha dado el paso para irse a vivir solo y ha cumplido su sueño de convertirse en actor y bailarín. Además, ha dejado el acompañamiento erótico porque tiene pareja. “No es solo echar un polvo. Es redescubrirte, valorarte y empoderarte en tu singularidad. No soy un héroe ni un pobrecito. Tampoco quiero ser normal. Solo quiero vivir”, resuelve Íñigo.

Hace unos años, Íñigo Martínez tuvo una novia, bailarina como él. “Una chica guapísima”, recuerda este bilbaíno de 42 años, que hace siete llegó a Barcelona. Se conocieron en la capital catalana y todo parecía ir bien, pero las inseguridades de Íñigo no dejaban de aflorar. “Cuando nos veían juntos por la calle, la gente suponía que éramos amigos. Como mucho, hermanos. Pero nunca pareja”, se lamenta.

La selección sexual, a revisión: “Para entender los deseos hay que ver cine de Almodóvar además de leer a Darwin”

Más

Estas dudas se basaban en su apariencia física: padece osteogénesis imperfecta, más conocida como la enfermedad de los huesos de cristal, una dolencia que hizo que su crecimiento se estancara muy por debajo de la media, que le ha producido dificultades en el habla y que hace que requiera de una silla de ruedas. Esa mujer fue su primera pareja y la relación se acabó truncando porque, tal como la sociedad le había enseñado, no se creía merecedor de esos afectos. “No me sentía deseado, creía que era todo mentira, que estaba conmigo por paternalismo y que me abrazaba y teníamos sexo por pena”, se lamenta.

Pensar que el placer y el cariño les está vetado es algo que sucede a muchas personas con diversidad funcional y con cuerpos no normativos. “Nos han educado haciéndonos creer que nuestro cuerpo está roto, que no vale”, dice Íñigo. Este hombre ha pasado por un camino “muy duro” porque, a pesar de sentir deseo, el mundo le decía que el sexo no era para él. “Sé que tengo un cuerpo diferente y que puede generar rechazo, hay que decirlo y lo tengo claro. Pero eso no significa que tenga que resignarme a no sentir placer”, reivindica.

“Hay ciertos cuerpos que no se admite que tengan vida sexual y, además, tampoco se les permite sentir deseo”, afirma Anahí Canela, divulgadora especializada en educación afectivo-sexual. Las personas con diversidad funcional, pero también las gordas, flacas, trans o con cualquier rasgo que no entre en la normatividad, “no tienen cabida en el estándar de belleza que la industria cultural nos muestra como merecedor de deseo”.

“Como mucho tenemos a Shrek”, dice Canela, quien recuerda que, en películas y libros, cuando alguien se enamora o tiene sexo con una persona no normativa es “a pesar de ser gorda o ir en silla de ruedas. Se nos ocultan los cuerpos distintos y, por eso, si no estoy dentro de los estándares tiendo a pensar que es mi culpa y que es normal que nadie me desee”, explica la divulgadora.

Los acompañantes eróticos

Cuando Íñigo llegó a Barcelona, lo hizo para salir de un pueblo en el que no tenía lazos afectivos y con ganas de poder vivir su discapacidad con normalidad. De hecho, escogió Barcelona porque es el lugar de origen de una compañía de danza que da clases a personas con diversidad funcional. Íñigo empezó a bailar, a expresarse con su cuerpo, y quiso hacerlo también con el sexo.

“Me veía como una persona que no podía ser deseada, pero yo sí sentía deseo”, recuerda Íñigo, quien reconoce que en diversas ocasiones llegó a recurrir a la prostitución. Pero era una solución que no se adecuaba a sus necesidades: “El sexo se puede pagar, pero el cariño, el saberte deseado, la improvisación de una relación... Eso no se puede fingir”, dice. Es por eso que recurrió a Tandem, una asociación que atiende la sexualidad en la discapacidad.

“Toda persona tiene el derecho a ser tocada y amada”, asegura la doctora María Clemente, psicóloga de Tandem. Es por eso que diversas asociaciones como esta proporcionan, además de talleres y asesoramiento psicológico, la opción de que sus usuarios recurran al acompañamiento erótico. Se trata de la posibilidad de poner en contacto a una persona discapacitada con una voluntaria para tener encuentros íntimos.

“Hay quien lo compara con la prostitución, pero es totalmente distinto”, asegura Íñigo. Para empezar, en los acompañamientos no hay transacción económica y, además, no se trata de una persona complaciendo a otra, sino de una relación compartida. “Es muy revolucionario, porque siento que aporto al encuentro. Son relaciones basadas en la igualdad y en las que se tiene en cuenta qué quieren ambas personas”, explica.

Para llegar a ese grado de conocimiento y complicidad, los acompañamientos eróticos son precedidos de entrevistas en las que los participantes se conocen y se cuentan qué esperan. Siempre con la posibilidad de descartar a una potencial pareja si no hay conexión. Y, una vez hay acuerdo, las posibilidades son infinitas: “Desde ir al cine hasta a un encuentro BDSM. Es muy libre y todo siempre consentido”, resume Íñigo.

Una sexualidad rechazada

Durante estos años, el bilbaíno ha estado con cinco acompañantes eróticos diferentes. Esa experiencia ha supuesto un cambio enorme para él, que hace siete años no se atrevía a quitarse la ropa en la playa y hoy se ha convertido en actor y no tiene problemas en salir desnudo al escenario. Pero Íñigo no llegó a Tandem buscando sexo, sino poder hablar, sin tapujos, sobre su sexualidad.

“La sexualidad diversa no es que esté dentro de un armario, es que está dentro de un armario en el fondo del mar”, ilustra Íñigo, quien describe los efectos que tenía no poder verbalizar lo que sentía y deseaba. “Nos tachan de guarros simplemente por querer sentir placer, por querer disfrutar de nuestros cuerpos y por hablar de ello. La sociedad no quiere imaginarnos teniendo estas experiencias y, por ende, no nos deja imaginarlo ni desearlo a nosotros”, explica.

Y es que el sexo va más allá de la práctica en sí. La sexualidad es “cómo te muestras al mundo, cómo te expresas, sentirte visible y conectado a la sociedad. Si te niegan ser sexual, te relegan a la periferia. Te dicen que no existes”, asegura Clemente. Así lo considera también Íñigo, que explica que, cuando una persona discapacitada quiere explotar su sexualidad, es “o un pervertido o un héroe, pero siempre bajo la pátina de 'pobrecito'. O eso, o directamente ni te ven”, denuncia.

Mucha gente se ha sentido excluida del placer, pero las causas no solo radican en los cánones de belleza. Clemente advierte también de los riesgos de una educación sexual coitocéntrica que excluye a las personas con disfunción o falta de sensibilidad en los genitales. De hecho, muchas personas han llegado a autoexcluirse del sexo, renunciando incluso a la masturbación “por vergüenza, culpabilidad o por no considerar que es una práctica que les pertenezca”, explica la doctora.

“El sexo no es solo penetración, erección y orgasmo. Hay muchas maneras de sentir placer y las opciones son infinitas si recordamos que el cerebro es el órgano sexual más importante y la piel el más extenso”, añade Clemente. Esa es una de las primeras cosas de las que Íñigo tuvo conciencia al empezar su terapia psicológica. “Ver que no todo el mundo tenía erecciones o eyaculaciones me abrió un mundo nuevo”, recuerda.

Para Anahí Canela, hay que desterrar la idea del coitocentrismo, pero también la de que si alguien no nos atrae, no nos permitamos sentir placer. “Es totalmente al revés: el deseo puede nacer del placer y cualquier persona puede proporcionarlo, aunque tenga algunas disfunciones”, asegura. Entender esto es una asignatura pendiente, también en parte del colectivo de personas con diversidad funcional. “Nos pasamos la vida queriendo ser normales, frustrados porque no podemos. Es que si tienes pelos, te depilas. Pero si eres pequeño, ¿qué haces?”, se pregunta.

Entender su deseo fuera de los prismas que impone la sociedad de consumo fue un trabajo duro, pero liberador. E Íñigo ha descubierto que no está solo en esa búsqueda y, por eso, ha empezado a moverse por ambientes queer, que “aceptan todo tipo de belleza y se dan más permisividad para desear”, relata este bilbaíno, que explica que sus problemas estéticos y sexoafectivos son compartidos con, por ejemplo, personas trans.

Reconciliarse con la sexualidad ha supuesto un antes y un después en personas como Íñigo, que después de tantos años ha dado el paso para irse a vivir solo y ha cumplido su sueño de convertirse en actor y bailarín. Además, ha dejado el acompañamiento erótico porque tiene pareja. “No es solo echar un polvo. Es redescubrirte, valorarte y empoderarte en tu singularidad. No soy un héroe ni un pobrecito. Tampoco quiero ser normal. Solo quiero vivir”, resuelve Íñigo.

Hace unos años, Íñigo Martínez tuvo una novia, bailarina como él. “Una chica guapísima”, recuerda este bilbaíno de 42 años, que hace siete llegó a Barcelona. Se conocieron en la capital catalana y todo parecía ir bien, pero las inseguridades de Íñigo no dejaban de aflorar. “Cuando nos veían juntos por la calle, la gente suponía que éramos amigos. Como mucho, hermanos. Pero nunca pareja”, se lamenta.

La selección sexual, a revisión: “Para entender los deseos hay que ver cine de Almodóvar además de leer a Darwin”

Más

Estas dudas se basaban en su apariencia física: padece osteogénesis imperfecta, más conocida como la enfermedad de los huesos de cristal, una dolencia que hizo que su crecimiento se estancara muy por debajo de la media, que le ha producido dificultades en el habla y que hace que requiera de una silla de ruedas. Esa mujer fue su primera pareja y la relación se acabó truncando porque, tal como la sociedad le había enseñado, no se creía merecedor de esos afectos. “No me sentía deseado, creía que era todo mentira, que estaba conmigo por paternalismo y que me abrazaba y teníamos sexo por pena”, se lamenta.