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Ciencia en positivo: Yes, we can!

Edificio de la Universidad de Cádiz

Hace cosa de un mes coincidimos con dos investigadores muy jóvenes y brillantes de nuestra abarrotada diáspora internacional. Los conocemos bien porque han trabajado en el entorno de nuestro departamento y sólo cabe decir que son realmente buenos. Al preguntarles por su futuro nos comentaron que habían conseguido sendos contratos Ramón y Cajal, que, para quien no lo sepa, son la joya de la corona de un sistema de captación de talento científico organizado y financiado por el ministerio de turno (nuestras excusas por no completar el nombre, porque la ciencia ha pasado por cuatro ministerios diferentes en las últimas dos décadas, y con las elecciones anticipadas encima, cualquiera se aventura con el nombre del próximo). 

Ya hemos escrito muchas veces sobre las dificultades para desarrollar una carrera investigadora en nuestro país y lo paradójico que resulta que, como leíamos el otro día en El País, más del 50 % de los profesores universitarios no investiga nada o casi nada, y por otro lado nuestros investigadores postdoctorales (o “postdocs”) son investigadores muy valorados internacionalmente. Nuestros postdocs se cuentan entre los candidatos más cualificados y de mejor desempeño en el mercado internacional y, sin embargo, no hay manera de traerlos de vuelta de una manera digna. El programa Ramón y Cajal cuenta con una financiación escasa y la incorporación final de los contratados en el sistema de I+D+i de nuestro país es bastante incierta, pero sin duda consigue el objetivo de atraer y retener a una fracción de los mejores científicos. Se trata de un sistema extraordinariamente competitivo que permite retornar a lo mejor que hay por ahí fuera, retener algo del talento que ya volvió, e incluso atraer investigadores extranjeros con trayectorias prometedoras. Un sistema que por fortuna se ha mantenido de forma transversal independientemente del color político del ejecutivo, aunque con las obvias dificultades de financiación introducidas con la excusa de la crisis y mantenidas hasta ahora. Podemos estar orgullosos de algunas cosas que se hacen razonablemente bien en este país. 

Al preguntarles a qué institución iban a incorporarse con sus contratos nos comentaron de forma coincidente que a la Universidad de Cádiz. La verdad es que alucinamos; más allá del clima, los paisajes, la gente y la historia, factores nada desdeñables para elegir un lugar para vivir, no hubiéramos pensado en esta universidad como primera opción para desarrollar una carrera investigadora de vanguardia internacional, al menos en las áreas de trabajo de estos jóvenes, donde el número de investigadores allá es relativamente bajo. Aunque casi cualquier rector o rectora de una universidad española en su discurso inaugural de curso académico habla siempre de la excelencia en la investigación y del compromiso para captar y retener talento, no suele haber medidas concretas y, desde luego, ninguna valiente. Pues sí, hoy traemos un caso de éxito, una constatación de que sí se pueden adoptar medidas concretas, valientes y eficaces para atraer y retener talento científico joven. Estos chicos no van a Cádiz sólo por las bondades del lugar, si no, sobre todo, porque la universidad ofrece un plan realmente ambicioso y moderno de captación de talento.

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La chirigota de los científicos

Máscaras de carnaval

Los científicos españoles estamos en la duda de si componer una chirigota carnavalera, para aliviar con cierto humor nuestros pesares, o hacernos directamente el harakiri ante nuestra desesperación. Aunque la Ley de la Ciencia del año 2011 abría un abanico de soluciones a los problemas de estructura y funcionamiento de la I+D de nuestro país, los sucesivos gobiernos la han incumplido reiteradamente desde su aprobación. A estas alturas seguimos rogando una y otra vez que se cumpla lo que la ley ordena. Incluso en algún momento se nos ocurrió proponer algunas mejoras a esta Ley. ¡Que derroche de optimismo! Con las prisas de un Gobierno que se cierra, el 8 de febrero de este año se aprobó un Real Decreto de medidas urgentes en Ciencia que se proponía atajar algunos incendios inminentes y los problemas más flagrantes a los que se enfrenta el ejercicio de nuestra profesión. El Decreto nació apresurado e incompleto y ahora no estamos seguros si será posible convalidarlo antes de que se disuelvan las Cortes por el adelanto electoral [1]

Otro esperado Real Decreto, el que debe homologar las retribuciones de las ya homologadas escalas científicas de los organismos públicos de investigación (OPIs), ni siquiera ha visto la luz. A pesar de que la Ley de la Ciencia lo obliga, ni el breve Gobierno de Pedro Sánchez ni el anterior de Mariano Rajoy, lo ha publicado. Ni siquiera lo ha logrado una sentencia del Supremo. La situación es tan anómala que no sólo existe una falta de equiparación entre distintos OPIS sino que incluso en el OPI más grande, el CSIC, coexisten en la plantilla científicos en circunstancias muy diferentes, 50 de ellos en situaciones tan irregulares e injustas que no dudan en considerarse como "apestados" dentro de su propia institución. El funcionar a golpe de Decreto, sumado a la existencia de carreras profesionales paralelas y no unificadas entre los distintos OPIs y el arrastrar sin reconocer ni aclarar situaciones kafkianas en los sucesivos cambios políticos lleva a tremendas injusticias en el reconocimiento profesional

En la práctica, nuestra actividad científica lejos de ser apoyada y facilitada (como ocurre en numerosos países, no olvidemos que traemos fondos competitivos por ejemplo de la Unión Europea y que aportamos patentes y contribuimos al bienestar social) se ha ido convirtiendo en una carrera de obstáculos ante la que no sabemos si reír o llorar. O quizá debamos entrenarnos de otra forma, y en lugar de hacer estancias en laboratorios y centros de investigación extranjeros debamos pasar más tiempo en centros deportivos de alto rendimiento y aprender a lidiar con yincanas de todo tipo. La realidad es que no la ley, sino la particular aplicación o directamente la falta de aplicación de la ley, nos ha colocado en una categoría inferior de la liga internacional de la Ciencia. Y aquí seguimos jugando en tercera división, con los ánimos por los suelos al ver sentencias que no se cumplen, fondos paralizados de nuestros proyectos por la falta de acuerdo político en los presupuestos del Estado, jóvenes investigadores excelentes que donamos generosamente a Estados Unidos, Alemania o Japón, y las mejores horas de cada uno de nuestros días invertidas en cumplimentar más y más formularios, cuya mera cumplimentación nos ocupa buena parte del tiempo que disponíamos para investigar. Quizá tengamos mucho que aprender de la actitud y del optimismo de la Agrupación Deportiva Ceuta Futbol Club o del Club Deportivo Don Benito, que, aun siendo de tercera división, han salido al campo dispuestos a verse las caras con el Real Madrid o el Barça en la presente edición de la Copa del Rey. 

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¿Son suficientes las reformas de la gestión de la ciencia recién aprobadas por el Gobierno?

Hace un par de meses describíamos en esta sección algunos indicios de cambio en la ciencia española, centrándolos en el caso del CSIC, una de sus instituciones de referencia. Hacíamos el análisis como resultado de una iniciativa de colaboración entre científicos, políticos y gestores que comenzó hace ya más de cinco años, destinada a implementar las reformas que necesita la gestión de la ciencia española (y de la que hemos dado cumplida cuenta en este foro; 1, 2, 3, 4). En paralelo se han desarrollado nuevas iniciativas por parte de otros Organismos Públicos de Investigación (OPIs), varias Fundaciones, la COSCE, la CRUE y la SOMMa, entre otros, que llegan a conclusiones similares y que se pueden resumir en un decálogo. Este decálogo representa el conjunto de normas y consejos básicos necesarios para el desarrollo de la I+D pública española.

La necesidad de implementar todos los puntos de este decálogo no implica necesariamente que haya que aplicarlos todos a la vez. Hay procedimientos y prácticas organizativas, generalmente relacionadas con la interpretación de las normas, que deben cambiarse con urgencia para evitar el colapso del sistema. Un ejemplo claro es la intervención previa de las inversiones y gastos en los OPIs, que retrasa y dificulta la gestión eficaz de los recursos económicos en el entorno competitivo y cambiante de la actividad científica, lo que acaba asfixiándola. Algunas soluciones en este sentido se incluyen en el Real Decreto Ley 3/2019 aprobado en el Consejo de Ministros del pasado 8 de febrero. La aprobación de este Real Decreto Ley (RD-L) representa, sin embargo, una oportunidad perdida para modificar otras Leyes (por ejemplo la de subvenciones, la de Régimen Jurídico del Sector Público o la general presupuestaria), cuya aplicación severa es lo que realmente asfixia el sistema español de I+D. El contexto político actual no favorece, desde luego, el desarrollo de normas de calado, que exigen debates extensos, consensos amplios y compromisos a largo plazo. De hecho, un aspecto clave que no se ha abordado en este RD-L son las dificultades de funcionamiento y de autonomía presupuestaria de Agencia Estatal de Investigación (AEI) encargada de la financiación competitiva de la actividad científica. Esta Agencia, que debería contar con una estructura de gestión independiente, tiene problemas para asegurar una agenda de convocatorias de proyectos y personal que sea estable y predecible para los grupos de investigación. Planificar la investigación a medio plazo en estas condiciones es como avanzar por un videojuego de puentes movedizos, que pueden desaparecer cuando más se les necesita: ¡Game over!

A petición de los parlamentarios de la Comisión de Ciencia, Innovación y Universidades del Congreso de los Diputados, organizamos una jornada sobre modelos de organización de los centros públicos españoles de investigación. Su objetivo fue debatir las claves del éxito (o el fracaso) de su gestión, de su gestión y las dificultades y la burocratización creciente consecuencia de los años de crisis. Asistieron los responsables de las iniciativas autonómicas CERCAIKERBASQUE e IMDEA, la directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO),  el vicepresidente de investigación del CSIC, representantes parlamentarios de la Comisión, e investigadores convocantes del CSIC. El documento adjunto resume las conclusiones alcanzadas, y la propuesta de reformas y actividades a corto, medio y largo plazo, elaboradas por los gestores de la ciencia española, justo antes de la publicación del RD-L. Disponemos, por tanto, de una magnífica oportunidad para comparar las conclusiones de la jornada y este RD-L.

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E. C. Pielou, la mujer que elevó el rigor matemático de la ecología

E.C. (Chris) Pielou (1924-2016)

Uno de los sesgos más extendidos del sistema patriarcal que afecta a nuestra percepción de la ciencia es la omisión o el desconocimiento del papel de las mujeres  como grandes impulsoras del avance científico. No solo no tenemos conciencia de la importancia de científicas e inventoras como Ada Lovelace o Rosalind Franklin, que han pasado desapercibidas incluso entre aquellos que han seguido sus pasos en la computación o la biología evolutiva, respectivamente. Además, existe un efecto perverso que pasa aún más desapercibido:  el de asumir que los apellidos de investigadores eminentes corresponden con las iniciales de un hombre. 

En el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia queremos contribuir a revertir esta tendencia. Para  ello nada mejor que el ejemplo de una de las científicas más relevantes de la ecología cuantitativa del siglo XX, cuyo género es obvio para los ecólogos norteamericanos que coincidieron con ella en congresos, pero que ha pasado desapercibido a muchos ecólogos europeos y de otras partes del mundo, que, al desconocer el nombre que se esconde tras las siglas E.C., asumieron (y asumimos) que se trataba de un hombre. 

Evelyn Chrystalla (Chris) Pielou fue uno de los más prominentes ecólogos del siglo XX (usamos el masculino a propósito). De hecho, fue pionera y fundadora de la Ecología Cuantitativa, una disciplina que se basa en introducir rigor matemático y estadístico a los estudios de ecología. Un rigor que ahora caracteriza a toda la Ecología moderna y que se debe en buena parte a su esfuerzo por poner a las matemáticas al servicio de las demás ciencias

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¡Qué derecho tuerces!

Los homeópatas venden agua con azúcar en farmacias para curar casi todo. Los negacionistas del cambio climático dicen que la Tierra se ha calentado más rápido otras veces en el pasado sin la intervención humana. Muchos políticos prometen mejoras sociales bajando impuestos a partir de su interpretación de los modelos económicos. Bastantes deportistas afirman aún hoy en día que las agujetas son debidas a microcristales de ácido láctico. En las playas se escucha a los padres prohibir el baño a sus hijos porque se les cortará la digestión. En los bares y en las televisiones los hay que insisten en que la igualdad de las mujeres y los hombres se logró en España hace ya muchos años. Lo único que tienen en común todas estas situaciones, además de apoyarse en el error, es que quienes las defienden lo hacen con mucha rotundidad. Como si las alternativas fueran imposibles o puros disparates. Un provocador artículo reveló hace ahora veinte años la base científica de que los incompetentes se muestren muy seguros. Se conoce como el efecto Dunning-Kruger y ha vuelto a suscitar mucha investigación tras la victoria de Trump en las elecciones norteamericanas de 2017. 

El estudio mostró, sin apenas margen para la duda, que las personas que peor resolvieron los tests se mostraron, sin embargo, más seguros de haberlos hecho bien. El trabajo fue sencillo, claro y estuvo bien diseñado. Las implicaciones son terribles. Los resultados confirmaban la hipótesis de los autores que se apoyaba, a su vez, en la afirmación "la ignorancia engendra confianza con más frecuencia que el conocimiento" del mismísimo Charles Darwin en 1871 y que entroncaba a su vez con la tradición socrática de que "el auténtico conocimiento es saber que no se sabe nada". Pero los propios Dunning y Kruger, autores del trabajo inicial, se quedaron sorprendidos por la potencia y claridad de los resultados de sus encuestas. El patrón era general entre diferentes grupos sociales y se mantenía independientemente de los contenidos del test. 

Estamos viviendo tiempos paradójicos y sorprendentes donde apoyamos a líderes incompetentes e ignorantes a pesar de la cantidad de conocimiento que tenemos a nuestro alcance y de la proliferación de herramientas gratuitas y universales para acceder a él a través de internet. En estos tiempos vemos entrenadores de fútbol, influencers y reyes de las redes sociales, responsables de la iglesia y, lo que es peor, conocidos políticos y hasta presidentes de gobierno contar con un abrumador apoyo popular diciendo grandes sandeces apoyadas presuntamente en datos o en alguna forma de conocimiento. No podemos criticarles a ellos, o no sólo a ellos. Ellos responden al patrón planteado por Darwin hace siglo y medio o por los griegos hace un par de milenios de que es la ignorancia y no el conocimiento lo que lleva consigo la confianza. La sociedad se sacude de encima la incertidumbre, particularmente cuando las cosas en lo social y en lo económico no van bien, y abraza la seguridad, la confianza ciega, la rotundidad. En estas situaciones la sociedad opta por creer en lo que quiere creer, como si uno pudiera elegir entre distintas versiones de la realidad, como si la dinámica celeste, las reacciones químicas o la trigonometría pudieran apoyarse en distintas ecuaciones según nuestras necesidades o preferencias. En estas situaciones la sociedad busca y apoya líderes que se muestren muy seguros, aunque sean incompetentes. 

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Replanteando el modelo de publicación y de acceso a la información científica

Publicaciones científicas

La publicación de trabajos científicos está dominada por un reducido grupo de empresas editoriales que operan con márgenes de beneficio desorbitados de hasta el 40% [1]. A pesar del presupuesto limitado con el que cuenta el sistema científico español desde hace años, el conjunto de universidades y organismos públicos de investigación de nuestro país mantiene ungasto ingente (decenas de millones de euros anuales) para poder acceder a las bases de datos y publicaciones editadas por las grandes editoriales. Por ejemplo, la suscripción a la base de datos Scopus (propiedad de Elsevier) nos cuesta más de 2 millones de euros al año [2], y la suscripción a Web of Science (propiedad de Clarivate) se estima que cuesta más de 3 millones de euros al año. A pesar de que a menudo se vende el acceso a estas bases de datos como indispensables para los científicos, actualmente existen alternativas gratuitas viables y con prestaciones similares [3,4] (e.g. Google Scholar, MS Academic, Dimensions, 1findr, ...). 

Los costes de suscripción para poder acceder al contenido de revistas científicas son aún más impactantes [5] y con constantes subidas de precios anuales. Por ejemplo, se estima que España paga unos 25 millones de euros anuales [6] sólo para poder leer los contenidos publicados en Elsevier. Para hacernos una idea de la magnitud de esta cifra, esa cantidad es equiparable [7] a lo que se invierte anualmente en todo el programa postdoctoral Juan de la Cierva. El beneficio económico de estas grandes editoriales contrasta con el hecho de que la inmensa mayoría de editores, autores y revisores realizan su trabajo de asesoramiento y revisión de manera gratuita. Un primer paso imprescindible es conocer el gasto real de forma fiable exigiendo más transparencia sobre los costes de las licencias tanto de bases de datos como de revistas. 

Ni siquiera la tendencia generalizada al incremento de la publicación en Acceso Abierto (Open Access - OA), que permite que cualquiera pueda leer los artículos tan pronto se publican y que sin duda va a aumentar en la Unión Europea una vez que el Plan S entre en vigor en 2020, ha provocado un cambio de actitud en las negociaciones con las editoriales. De hecho, la tendencia hacia la publicación en OA no se ha visto compensada por un acceso más económico [8] a las publicaciones científicas, de modo que la cuestión de los altos costes de acceso y suscripción es uno de los grandes obstáculos a la generalización de la publicación en OA. 

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Desiertos prístinos y bosques desiertos: revisando algunos tópicos sobre la desertificación

Los valores del desierto

El celebérrimo E.O. Wilson, de la siempre prestigiosa Universidad de Harvard, popularizó el término de biofilia acuñado por el filósofo Erich Fromm para hacer referencia a la supuesta inclinación positiva que tenemos hacia la diversidad biológica. Según estos autores cuanta más biodiversidad en nuestro entorno, mejor nos encontramos. Se utilizó, sobre todo, para agitar conciencias y señalar uno de los mayores problemas de carácter global a los que nos enfrentamos: la dramática pérdida de diversidad biológica que vivimos como consecuencia del cambio global. Tuvo éxito y hoy vemos el término por doquier en todo tipo de contextos, sea en el proyecto educativo y musical pilotado por la cantante Björk o dando amparo a los premios Frontera del Conocimiento de la Fundación BBVA.

¿Existe o no la biofilia, más allá de como un recurso comunicativo? ¿O es más bien un ejemplo más de términos que, propuestos en marcos muy concretos, saltan a otros contextos para ser ampliamente utilizados incorporando sesgos semánticos y conceptuales profundamente irracionales?

Uno de los casos más llamativos de utilización casi irracional pero muy extendida de un término biológico es el de desertificación. Se trata de un término acuñado en la década de los setenta durante la crisis humanitaria asociada a las devastadoras sequías y hambrunas recurrentes que ocurrieron en aquel momento en el Sahel. El impacto de aquellos acontecimientos fue tan brutal y él éxito del término tan llamativo que incluso Naciones Unidas puso en marcha una Convención de carácter global para luchar contra la desertificación. La presencia recurrente de adultos y niños famélicos en los medios exigía respuestas de carácter global. No hablábamos entonces de Cambio Global, ni de sus motores: simplemente se nos anunciaba, con ese impactante término, que el desierto estaba a las puertas de casa y que muy pronto nos asaltaría.

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La Universidad Rey Juan Carlos en positivo: una carta para nuestros alumnos, sus familiares y sus amigos

Campus de la URJC

Casi anestesiados por la lluvia que no cesa de escándalos de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) aventados por la prensa, de chistes poco imaginativos en los bares, de caras de sorpresa o dolor de los que nos quieren, gritando sin abrir la boca, de indignación y frustración de los que están con nosotros, que conocen nuestro esfuerzo de cada día, parece absurdo volver a repetir que todo ha resultado del quehacer torticero y deshonesto de unos pocos, combinado, quizás, con una exacerbación de los problemas de gobernanza de nuestro sistema público de universidades a los que nunca se ha querido o se ha sabido meter mano. Los colegas de profesión, no sólo españoles, nos dan su apoyo mientras los chicos y chicas que trabajan y se forman en nuestras aulas y laboratorios se dan de bruces con dificultades extra para desarrollar una carrera científica en nuestro país mientras ahí fuera su esfuerzo es vilipendiado o cuando menos ridiculizado.

No sé, solo queda contar lo que hacemos y poner números de nuestro desempeño sobre la mesa. Puede que sólo alguno de vosotros sea consciente de que llevamos instalados en el buque de Ciencia Crítica desde el principio de la aventura del eldiario.es, realizando su trabajo en la universidad, en la URJC más concretamente. Desnudémonos delante de todos para que quede claro lo injusto y desatinado que es abandonar a los que trabajamos allí. En la URJC intentamos llevar a cabo nuestro servicio público como investigadores, docentes y trabajadores honestos. Como Umbral en su día, hoy hemos venido a hablar de nuestro libro; de lo que hemos hecho unos cuantos investigadores en este entorno; en realidad, la mayoría, porque los ejemplos de buen hacer en la URJC son numerosos. Da pudor, mucho, pero no sé cómo se puede ayudar de otra manera a los estudiantes que osan completar sus grados y sus másteres con nosotros, a todos aquellos que están haciendo sus tesis doctorales o se forman como investigadores postdoctorales aquí, gente que viene de rincones diversos del planeta y que tienen que vivir con ese estigma y, por supuesto, a los profesores, profesoras y personal de administración que desarrollan su trabajo a nuestro lado. Nuestro grupo es un ejemplo entre muchos, un exponente de lo que es una universidad pública, con sus méritos y sus limitaciones, y un caso que ilustra bien lo injusto de generalizar a partir de personas y actividades extremas que están de hecho siendo analizadas en sede judicial.

Nuestro grupo comenzó su andadura con la entrada del milenio vistiendo una etiqueta de Unidad de Biodiversidad y Conservación para cubrir las necesidades docentes y de investigación en cuestiones de urgente demanda de conocimiento relacionados con la mitigación y adaptación al Cambio Global, la Restauración Ecológica y la Conservación de la Biodiversidad (BdCo-URJC Unit). Nuestro objetivo era constituir un centro de referencia a nivel mundial con la incorporación de investigadores de reconocido prestigio procedentes de cualquier rincón del globo. La utilización de las herramientas disponibles para la captación de lo mejor de nuestra diáspora en régimen ultra competitivo como son las ayudas Ramón y Cajal o Juan de la Cierva financiadas por nuestro gobierno, las ayudas Marie Curie de la Unión Europea y la posterior consolidación de estos contratos nos permitió conformar una de las mejores plantillas de investigadores en estos temas de nuestro entorno europeo. Es una historia de éxito. Puede que esté mal que lo digamos nosotros. Pero alguien debe decirlo con la que está cayendo, la que ha caído y la que aún puede que caiga sobre la URJC. Los indicadores al uso, las estadísticas y todos los índices están disponibles y son públicos. Nuestro grupo está entre los mejor situados no sólo en Móstoles o en Madrid, ni siquiera en España, sino a nivel internacional.

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¿Qué significa un calentamiento de dos grados?

Según como se mire, dos grados puede parecer un aumento de temperatura muy pequeño. En un sólo día, en sitios de montaña o del interior de la Península la temperatura del aire oscila veinte o treinta grados. Sin embargo, el aviso de los científicos y los acuerdos internacionales como los que surgieron de Paris y que en estos momentos se discuten en Katowice (Polonia) hablan de no superar los dos grados de calentamiento promedio sobre los valores preindustriales y, a ser posible, quedarnos en un aumento de un grado y medio. El asunto es un poco apremiante porque ya llevamos gastado más de dos tercios de este saldo térmico. Parece que una mayoría social e incluso política ha asumido esta cifra como una línea roja que conviene no traspasar. Pero, ¿Qué significa realmente superar esos dos grados?

Podríamos entrar en cuestiones complejas sobre la dinámica de los modelos del clima. Veríamos que con este aumento de dos grados los eventos climáticos extremos se harían aún más intensos y frecuentes. Ya estamos viendo muchos ejemplos preocupantes de huracanes, sequias, inundaciones e incendios asociados al cambio climático que baten periódicamente todos los records. Pero existen otras imágenes que brindan una idea complementaria y quizá más gráfica de las implicaciones de que la temperatura media suba apenas dos grados. Puede costar un poco de entender, pero nadie dijo que esto del cambio climático fuera algo sencillo.

Una subida de dos grados de temperatura global media tendría un efecto sobre la disponibilidad de agua futura muy similar en magnitud y en escala espacial al que tiene el impacto humano directo sobre infraestructuras que afectan a la disponibilidad de agua. Como se puede observar en la figura, los dos mapas de la derecha revelan un cambio muy similar en la escorrentía superficial. Zonas como la cuenca mediterránea sufrirán un doble impacto (cambio climático más el impacto directo por infraestructuras) en la escorrentía disminuyendo extraordinariamente la disponibilidad de agua en estas zonas ya de por si secas si se alcanza ese umbral de los dos grados. Adaptado de Haddeland y colaboradores (2014).

Una subida de dos grados de temperatura global media tendría un efecto sobre la disponibilidad de agua futura muy similar en magnitud y en escala espacial al que tiene el impacto humano directo sobre infraestructuras que afectan a la disponibilidad de agua. Como se puede observar en la figura, los dos mapas de la derecha revelan un cambio muy similar en la escorrentía superficial. Zonas como la cuenca mediterránea sufrirán un doble impacto (cambio climático más el impacto directo por infraestructuras) en la escorrentía disminuyendo extraordinariamente la disponibilidad de agua en estas zonas ya de por si secas si se alcanza ese umbral de los dos grados. Adaptado de Haddeland y colaboradores (2014).

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¿Cambiará el CSIC? ¿Cómo? ¿Cuándo?

Si uno atiende a los titulares y a las declaraciones, soplan vientos de cambio en la ciencia española. Tenemos de nuevo, tras una verdadera travesía en el desierto en un Ministerio de Economía que ni entendía ni apoyaba la ciencia y la innovación, un Ministerio propio: el de “Ciencia, Innovación y Universidades”. Se ha constituido una comisión parlamentaria con el mismo nombre. Y la Presidencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), aunque nombrada por el gobierno anterior, hace gala de escuchar a sus investigadores, a los que ha citado la pasada semana en unas jornadas multitudinarias dedicadas a “afrontar los retos de la institución”. 

A pesar de la dificultad de organizar un verdadero intercambio de ideas entre más de mil participantes en una sola jornada, fue ilusionante ver cómo esta nueva Presidencia se conjuraba para potenciar algunas de las mejores virtudes de la ciencia moderna: la libre circulación de la información y la discusión abierta.  Por desgracia, tal vez por lo apresurado de las fechas (reconocido por los propios convocantes), las jornadas estuvieron dominadas por sucesivas presentaciones del equipo de gobierno del CSIC, salpimentadas por breves períodos en que una presentadores seleccionaba dos o tres preguntas de una encuesta apresurada a la que habían contestado varios cientos de científicos, con poco margen para el resumen y las conclusiones de la misma. Por la tarde, los participantes se distribuyeron en cuatro sesiones paralelas donde la intención de fomentar la discusión quedó una vez más diluida por las presentaciones institucionales. No obstante, hubo presentaciones valientes en sesiones como la de “¿Evolución o revolución?) que no quedaron del todo ahogadas por el discurso corporativo. 

A pesar de todo esto, la jornada de debate tuvo la virtud de constatar que los diferentes colectivos dentro del CSIC compartimos en buena medida el análisis de las necesidades de reforma estructural de la institución. Se apreciaron, no obstante, desacuerdos importantes sobre la mejor manera de implementar dichas reformas. Por ejemplo, la encuesta a los científicos del CSIC previa a las jornadas llamaba la atención sobre la necesidad de descentralizarlo, dotando de mayor autonomía a los institutos de investigación y de más capacidad de decisión a sus directores, siempre acompañadas de una mayor rendición de cuentas; y sobre el impacto letal que la asfixiante burocracia, impuesta tanto por las agencias financiadoras como por la propia administración del CSIC, tiene sobre la actividad investigadora.  Y sin embargo, aunque la mayoría de los ponentes hacían frecuentes referencias a la participación y la transparencia, todos los planes que se fueron exponiendo redundaban en una gestión igual o más centralizada, con instrumentos y aplicaciones que mejoren el control de “la eficiencia del gasto” y del desempeño investigador. De hecho, la única mención a aumentar la autonomía de los centros se hizo, en respuesta a una pregunta desde el auditorio, para decir que no se percibía como algo prioritario. Y la encendida defensa de la necesidad de más personal administrativo, basada en unas estadísticas claramente sesgadas, culminó con una significativa metáfora que el proponente quiso luego matizar y tuvo que retractarse: los investigadores son “cazadores solitarios”, individualistas y competitivos, mientras que los administradores son “cazadores en manada”, colaboradores y centrados en el interés colectivo. 

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