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La competitividad en la ciencia puede estar lastrando el progreso del conocimiento

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Al igual que el resto de profesiones en un sistema económico capitalista, la investigación científica se rige por la competencia, bajo la premisa de que esta es la manera más eficiente de hacer avanzar en el conocimiento. Sin embargo esto puede ser contraproducente y, en algunos casos, puede hacer que la ciencia avance con mayor lentitud de la deseada.

El sistema competitivo que rige la ciencia se basa principalmente en los méritos, aunque esto se traduce fundamentalmente en la publicación en revistas especializadas de alto impacto. Cuando un científico solicita un proyecto o compite por un puesto de trabajo, el principal baremo que siguen las instituciones para evaluar su mérito y capacidad es el número y la calidad de las publicaciones realizadas. De ellas dependen su futuro, el de su laboratorio y su línea de investigación. Esto tiene varias consecuencias perversas, una de ellas es que la urgencia y la necesidad de publicar favorece la proliferación de resultados poco fiables, no replicables o, sencillamente, falsos. Este tipo de resultados crean confusión, hacen perder el tiempo al resto de investigadores y, decididamente, no contribuyen al avance de la ciencia.

Otra de las consecuencias del sistema de alta competitividad es el secretismo en torno a los resultados de un laboratorio. Es lo que ocurre en los laboratorios de ciencia molecular y celular, donde el gasto económico es muy elevado: los reactivos, los equipamientos y las instalaciones son carísimos. Un estudio de excelencia en este campo consta de decenas de experimentos que, a través de un hilo argumental conductor, debe llegar finalmente a la propuesta de un mecanismo de acción del objeto a estudio para poder publicarse. Este proceso puede llevar años y cientos de experimentos de los cuales, siendo generosos, en torno al 70-80% son "resultados negativos"; esto es: el resultado no fue el esperado (demostró no tener relevancia para nuestra hipótesis de trabajo), el planteamiento del experimento no era el correcto o el experimento salió mal. Los resultados negativos son aparcados en un cajón de forma indefinida, no se publican y no se sabe si algún día se utilizarán. Al no ser publicados, muchos serán repetidos una y otra vez en distintas partes del mundo con resultado equivalente, ya que no existe una forma efectiva de consultar si ya se hicieron. Aunque muchos investigadores no tendrán tiempo o interés en conocer todos los entresijos de un estudio, aquellos interesados en replicarlo o aplicar sus técnicas podrían sacar un gran provecho de conocer los experimentos que no se han incluido en una publicación.

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¿Sabemos cómo ha cambiado el número de afectados por la COVID-19 en España a lo largo del tiempo?

Un profesional sanitario realiza su trabajo con enfermos de la COVID -19 en la UCI del hospital del Mar de Barcelona

En la Gran Barrera de Coral australiana, las diferentes islas están habitadas por distintas especies. El anteojillos dorsigrís (Zosterops lateralis chlorocephalus), un pequeño paseriforme, colonizó Heron Island desde el continente australiano hace unos tres o cuatro mil años. Hoy en día, los individuos de mayor tamaño viven más tiempo y tienen más crías que los más pequeños, por lo que los individuos de esa población son cada año más grandes – existe lo que en ecología evolutiva llamamos un 'gradiente de selección positivo' para el tamaño corporal.

Al comparar las poblaciones de una misma especie, podemos encontrar que su tamaño medio es mayor en islas que en el continente. Este fenómeno, conocido como gigantismo insular, suele achacarse a la ausencia de predadores y a la mayor importancia de la competencia intraespecífica en las islas, y parece ajustarse bien al patrón encontrado en Heron Island. Lo sorprendente es que, tras tres o cuatro mil años, el tamaño medio de los individuos siga aumentando. Si hubiera aumentado al ritmo actual todo este tiempo, hoy día este pajarillo debería ser más grande que una paloma. ¿Cómo resolvemos esta paradoja? ¿Acaso cambios ambientales recientes favorecen un tamaño corporal algo mayor y han vuelto a poner en marcha un proceso que llevaba miles de años latente?

Los investigadores han podido concluir que no es éste el caso. La población de anteojillos dorsigrís de Heron Island es objeto de estudio desde los años sesenta. Desde entonces, el tamaño corporal medio sigue un patrón en dientes de sierra: aumenta lentamente año tras año, para descender bruscamente de vez en cuando. El aumento gradual es probablemente resultado de la competencia intraespecífica. Las caídas bruscas son consecuencia de ciclones, que diezman la población, ensañándose particularmente con las aves de mayor tamaño. Al volver a crecer la población, vuelve a iniciarse el ciclo.

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¿Son útiles y seguras las Apps de rastreo de contactos para frenar enfermedades infecciosas?

Imágenes de CoronaMadrid, la app de la Comunidad de Madrid para el autodiagnóstico de coronavirus.

Todas las grandes guerras han ido acompañadas de desarrollos científicos y técnicos. La actual "guerra" contra la COVID-19 no podía ser menos. En las últimas semanas hemos oído noticias sobre infinidad de investigaciones científicas, robots para realizar test masivos, respiradores creados en impresoras 3D e innumerables aplicaciones móviles para monitorear síntomas, distribuir recursos humanos y materiales e incluso para valorar la probabilidad de contagio. De todas ellas, las aplicaciones móviles destinadas a la prevención de contagios son, quizás, las que más controversia generan. Pero, ¿cómo funcionan realmente? ¿Qué beneficios pueden aportar? ¿Por qué son controvertidas?

Existen diferentes tipos de apps que tienen como objetivo prevenir nuevos contagios, pero las más alabadas, y sobre las que nos vamos a centrar, han sido las que rastrean contactos a través del Bluetooth del móvil. Este tipo de apps se ha usado en otros países, como Singapur, con éxito relativo, y actualmente se están replicando en otros países del mundo, incluido España, donde ya tenemos dos versiones (esta y esta). El funcionamiento es sencillo: dos personas se acercan a menos de X metros y sus móviles intercambian un código por Bluetooth.

Y, ¿para qué sirve esta información? Si fuéramos usuarios de la aplicación y nos confirmaran un resultado positivo para COVID-19, podríamos ceder los códigos que hemos recogido a un administrador centralizado, el cual sería capaz de identificar a las personas con las que hemos estado en contacto durante los días previos al diagnóstico. Entre el contagio y el diagnóstico, ya sea clínico o a través de test de autodiagnóstico, pasan varios días en los que hemos podido contagiar a otras personas. Estas aplicaciones permiten, por tanto, identificar con anticipación a esas personas potencialmente infectadas, pudiendo sugerir las medidas que se estimen oportunas, como, por ejemplo, notificar el riesgo, proponer la realización de un test o cuarentenas selectivas. Es importante destacar que los códigos que se intercambian por Bluetooth son anónimos y pueden cambiar con el tiempo, haciendo imposible la identificación de personas infectadas por otros usuarios en la mayoría de los casos.

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La hemoglobina y el coronavirus: un estudio apresurado y una hipótesis a contrastar

Una sanitaria saca sangre a uno de los paciente diagnosticados con COVID-19

Muchas son las incógnitas sobre cómo actúa el coronavirus en nuestro organismo. Científicos de todo el mundo trabajando contra reloj no han podido aún desvelar más que una pequeña parte. Multitud de grupos trabajan intensamente para dilucidar cómo tratar al coronavirus de la actual pandemia, el SARS-CoV-2, cómo avanzar en el desarrollo de fármacos y vacunas y cómo mejorar los tratamientos de los pacientes en el día a día de los hospitales.

Una línea de investigación que ha salido a la luz recientemente, provocando un intenso debate, apunta a que el virus podría estar atacando nuestra hemoglobina. Este grupo de investigación se dedica al llamado análisis in silico. Muy diferente a trabajar in vivo, su labor es, una vez conocida la secuencia genética del virus (su ARN, el coronavirus no tiene ADN sino ARN), predecir y reconstruir en el ordenador cómo es su estructura tridimensional, diseccionarla y testar su capacidad hipotética de interaccionar con otras moléculas presentes en nuestro organismo. Este trabajo permite evaluar de forma precisa y rápida la capacidad de unión de un gran número de moléculas con los distintos componentes del virus, una labor que puede llevar años si tiene que ser realizada en el laboratorio experimentalmente. Esta investigación proporciona una información muy valiosa que puede a continuación ponerse a prueba en experimentos reales diseñados ex profeso.

Con este estudio han determinado que hay una alta probabilidad de que el virus se una a la hemoglobina y la desmantele. La hemoglobina es una molécula clave para la vida de los vertebrados, entre los que nos incluimos. Sin ella no podríamos transportar el oxígeno a nuestros tejidos y órganos ni traer de vuelta a los pulmones el dióxido de carbono resultante de la respiración y el metabolismo celular. Para entender su funcionamiento y cómo podría verse afectada por el coronavirus hay que repasar primero la estructura de la hemoglobina. Como su mismo nombre revela, se compone de una proteína (globina) y un grupo llamado hemo. El grupo hemo a su vez tiene dos componentes: la porfirina y un átomo de hierro central altamente reactivo. El oxígeno (O2) y el dióxido de carbono (CO2) se unen al hierro y se intercambian entre los tejidos y la hemoglobina en función de la concentración relativa de estos gases: tomarán O2 en los pulmones, donde hay mucho, y lo intercambiarán por CO2 en los distintos tejidos donde se acumula este última como resultado del metabolismo de la célula.

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Nos acordamos de la Ciencia solo cuando truena

Manifestación de científicos por los recortes en I+D.

Aturdidos por las medidas que trae consigo el estado de alarma y buscando un hueco para poder hacer ejercicio (más imprescindible que nunca para mantener un cierto equilibrio existencial) mientras apoyamos la escolarización en casa, teletrabajamos y tratamos de mantenernos informados, no podemos dejar de alucinar con un escenario nuevo e increíble. En general, estas semanas las decisiones políticas de nuestro Gobierno se están basando en información científica. Nos frotamos los ojos. ¿Qué pasa? Certificar que algo así está ocurriendo nos asusta: ¡cómo será el monstruo al que nos enfrentamos, si han tenido que llamar a la ciencia!

La llamada ha sido respondida por cientos de científicas y científicos, dispuestos (cómo siempre) a dar lo que saben donde se les necesita. Aun sin alcanzar los niveles de riesgo, cansancio y heroicidad de nuestro personal sanitario y de seguridad, se puede visualizar a los investigadores trabajando en esta crisis como el profesor chiflado: desarrapados, greñas despeinadas, barba de muchos días, sorbiendo un café mientras empujan un carrito con sus PCRs y sus últimos kits de extracción de RNAs, ajustando modelos predictivos de contagio, buscando financiación para contratar nuevos cerebros y manos que completen sus grupos de trabjo, tratando de acabar una investigación de alto impacto social y económico en tiempo récord, y estando atentos a divulgarla en tiempo casi real.

Hablamos de virólogas, microbiólogos e inmunólogas, esos personajes entre misteriosos y cinematográficos, con sus trajes de astronauta y aparatosas escafandras, que trabajan con esos "bichos" invisibles que dan tos y fiebre. También de epidemiólogos, que exploran la dinámica de poblaciones que resulta de las interacciones entre los patógenos y sus hospedantes. De especialistas en modelización, que estudian la evolución de estas relaciones para hacer predicciones de futuro. De bioquímicos, que desarrollan fármacos para mitigar su impacto. Y de muchos otros especialistas, que aportan su grano de arena a algo tan complejo como la propagación de un virus que está poniendo en jaque a los servicios de salud de todo el planeta.

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Las medidas frente al coronavirus en España ya han salvado muchas vidas aunque hace falta un esfuerzo más

Tras once días de confinamiento, empieza a aplanarse la curva, pero probablemente no lo suficiente para evitar el colapso del sistema sanitario, especialmente en Madrid. Para poder valorar correctamente la situación es importante comprender bien los distintos escenarios y las distintas curvas de la evolución del coronavirus en nuestro país.

Hace tan solo dos semanas, el Gobierno decretó duras medidas de distanciamiento social dirigidas a combatir la epidemia de coronavirus que asola ya a medio planeta, y que ataca con especial crudeza a nuestro país. Este cambio total e inmediato en nuestras vidas tiene como objetivo principal lo que los especialistas denominan 'flatten the curve', es decir, aplanar la curva de crecimiento de los contagios.

Aplanar la curva de crecimiento del virus se ha convertido en un mantra que nos han repetido hasta la saciedad, y que repetimos continuamente en nuestras conversaciones telefónicas y en redes sociales. Sin embargo, muchas de las curvas que vemos son difíciles de comprender sin una formación matemática adecuada, ya que derivan de modelos y ajustes numéricos complejos. Este hecho, sumado al énfasis que la mayoría de los medios ponen en el aumento del número absoluto de casos positivos y de fallecidos (que siguen creciendo cada día) puede hacernos creer que este gran esfuerzo colectivo está siendo en vano. Pero la realidad es, dentro de la gravedad, diferente y algo menos terrible, ya se empiezan a notar los primeros efectos de las medidas de distanciamiento social, aunque hay que redoblar nuestros esfuerzos porque estos efectos son todavía pequeños, debido a los largos plazos de incubación y al alto riesgo de contagio del coronavirus.

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Los bandazos del gobierno británico con el coronavirus nos ponen en peligro a todos

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Boris Johnson.

España, como todos los países de su entorno y prácticamente el mundo entero, se afana en contener la transmisión del coronavirus. El motivo ha sido explicado tanto que es difícil que no lo conozcan ya todos. Investigadores, divulgadores, redes sociales y medios de comunicación detallan de forma lo más accesible posible por qué, aunque no se consiga contener la pandemia, es esencial retrasar la ola de infecciones para que el (moderado) porcentaje de casos que necesitan atención hospitalaria no desborde la capacidad de los sistemas de salud, disparando la mortalidad.

Es esta una crisis llena de incertidumbres, en la que resulta difícil tomar decisiones a pesar de contar con el apoyo de expertos epidemiólogos. Sin embargo, hay una serie de precedentes que indican claramente qué elementos fueron esenciales para que la tasa de mortalidad de epidemias similares se disparara o fuera controlada. El primero: asegurarse de que autoridades y medios sean honestos, trasparentes y se apoyen en la evidencia científica – tanto la preexistente como la que se va generando en tiempo real. Y el segundo: aplicar el principio de precaución, evitando arriesgarse a tomar medidas que, de basarse en las premisas equivocadas, puedan tener efectos devastadores o irreversibles.

La gran mayoría de los gobiernos europeos y asiáticos están implementando medidas de distanciamiento social que van desde la suspensión de eventos públicos al cierre de colegios, parques y locales de ocio, así como el confinamiento en los hogares. Los modelos de transmisión del coronavirus indican que las restricciones del tráfico de personas entre regiones, imprescindibles para limitar la expansión geográfica del virus, necesitan combinarse con una reducción drástica del contagio intracomunitario para ralentizar el avance del virus a la vez que la población se inmuniza. Esta estrategia ha sido particularmente exitosa en los países que han adoptado medidas drásticas de forma muy temprana, como Singapur, Hong Kong y Corea del Sur. Todo ello, claro está, con un elevado coste económico y social que hace que la decisión de cuándo iniciarlas y finalizarlas sea particularmente compleja.

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La tormenta Gloria humilla a los reyes del Antropoceno

Imágen del satélite Sentinel 1 los días 15 y 21, antes y durante el temporal.

Gloria, como un Leviatán, ese monstruo marino que aparece en el viejo testamento, nos enfrenta a buena parte de nuestras contradicciones y ha recordado lo vulnerables que incluso los que vivimos en el mal llamado mundo desarrollado podemos llegar a ser. La conexión entre muerte, destrucción y clima es directa para los miles de refugiados climáticos que sólo recientemente han visto reconocida su existencia por una sentencia del tribunal de Naciones Unidas. Huir de los nuevos escenarios climáticos es casi su única opción. Aquí, en nuestro país, es sólo una cuestión de riesgo aparentemente controlado y una seguridad en manos de un estado menguante.

Para los que nos dedicamos a hacer ciencia, no cabe ninguna duda sobre la existencia de una relación entre eventos climáticos extremos, el cambio climático y el actual estado de emergencia climática. El efecto brutal de estos "desastres" no puede dejar de integrarse en ese amplio paraguas que llamamos cambio global y que implica muchas más cosas que el aumento de las temperaturas medias. Si, hace más calor y eso, en combinación con otros motores de cambio global, está modificando radicalmente nuestra situación. Gloria nos pone sobre la mesa un ejemplo doloroso.

La costa es un sistema extremadamente dinámico. Sabemos por ejemplo que el delta del Ebro es un paisaje reciente que se originó como consecuencia de la deforestación masiva de Pirineos en tiempos históricos. La erosión asociada a la destrucción de la cubierta forestal hizo que el río arrastrase toneladas de materiales que se depositaron en lo que hoy es el delta. El Antropoceno, esa era geológica definida por la capacidad de nuestra especie de cambiar la faz de la tierra, no es un logro reciente. Hace más de 700 años, esa erosión disparada por actividades humanas, ofreció como un maná inesperado, un recurso ultraproductivo y valioso para las comunidades del bajo Ebro.

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De poco vale incentivar la entrada de las niñas en la ciencia cuando escasean las salidas

"Woman is the nigger of the world" – John Lennon & Yoko Ono

La carrera científica es una carrera de obstáculos para cualquiera, pero especialmente para las mujeres. La cuestión no es cómo tan pocas mujeres consiguen encontrar un lugar profesional en la ciencia, sino cómo esas pocas lo han conseguido pese a las enormes dificultades que han tenido que afrontar. Las mujeres que lo consiguen lo hacen porque son con frecuencia mejores que sus equivalentes masculinos, y, probablemente, porque han trabajado más horas y han hecho más sacrificios que ellos al tener que combinar lo profesional con lo personal. Pero nadie tendría que verse obligado a elegir entre la vida personal y el trabajo, y las mujeres investigadoras son sometidas a esta disyuntiva todo el tiempo. De hecho, la principal queja de las mujeres en ciencia es una y otra vez la absoluta falta de conciliación entre la vida laboral y familiar. Todo parece hecho a medida para dejarlas atrás.

Las cifras muestran que hay pocas mujeres en ciencia y hay varias circunstancias que lo explican y comienzan desde la más tierna infancia. Las niñas con sólo 6 años se sienten menos brillantes y más incapaces de destacar en los campos de la ciencia y la tecnología. Según apunta el informe PISA, los padres tienen menos expectativas puestas en ellas e incluso se ha demostrado que los docentes las evalúan peor en las asignaturas científicas y técnicas. A esto se suma el llamado efecto Matilda, que no es más que la invisibilización de la labor de las mujeres científicas a lo largo de la historia, y que hace que las niñas carezcan de referentes relevantes en los que buscar inspiración.

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Un país con Ciencia: reacción y resistencia en el Brasil de Bolsonaro

"…it was the spring of hope, it was the winter of despair,
we had everything before us, we had nothing before us,
we were all going direct to Heaven, we were all going direct the other way ..."

Apertura de Historia de Dos Ciudades (Charles Dickens, 1859)

En nuestroartículo de la semana pasada resumíamos sucintamente los brutales ataques y recortes que ha sufrido la ciencia y la educación superior desde la llegada del Gobierno Bolsonaro a Brasil. Sin embargo, no todo son sombras en este tiempo oscuro. Como expresa muy bien la referencia a la "filosofía de los opuestos" de Heráclito con la que abre Dickens su "Historia de dos Ciudades", tenemos más claridad –aunque no necesariamente más bienestar o beneficio– cuando estamos expuestos a grandes contrastes, cuando nos asomamos aterrados al peor de los mundos. De manera similar a los éxitos electorales de Trump, el Brexit o Vox, el Gobierno de Bolsonaro ha sacado a la luz lo peor de la sociedad brasileña, legitimando y exponiendo la actitud egoísta y depredadora, las opiniones absurdas y los prejuicios dogmáticos de muchas personas cuya ignorancia permanecía oculta bajo un conveniente silencio. Actitudes y opiniones a las que no somos ajenos en nuestro país y que también amenazan con colarse en nuestras instituciones.

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