La belleza del ornitorrinco
Los bestiarios medievales no distinguían entre lo real y lo fabuloso. Catalogaban animales mitológicos como el unicornio, el grifo o el basilisco junto al león o el elefante, no porque ignorasen la diferencia, sino porque lo relevante era la potencia simbólica y moral. Detengámonos en el basilisco: una serpiente gigante que alberga veneno en tales cantidades que puede matar solo con la mirada. El europeo del siglo XIV no dudaba de su existencia. En cambio, el ornitorrinco, animal que no es conocido en Europa hasta finales del siglo XVIII, fue considerado por los científicos británicos, al ver los primeros dibujos, como un hoax. Un engaño. Un mamífero que ponía huevos se consideró imposible. El basilisco, como el ornitorrinco, nacía de un huevo, a condición de que lo empollara un sapo. El mal no surge, se incuba.
El bestiario del neofascismo
El fascismo primigenio, que encarnó en Mussolini, situó entre sus primeros objetivos la instrumentalización de la ciencia. Giovanni Gentile, filósofo oficial del régimen, priorizaba el pensamiento idealista y marginaba el positivismo científico. Se creaba una ciencia oficial cuyo fin era legitimar una narrativa. Un automóvil de carreras es más bello que la Victoria de Samotracia, dejó escrito Marinetti en 1909 en el manifiesto futurista. El bestiario del fascismo se nutría del ideal clásico romano (Romanità), combinado con los avances técnicos. Artistas futuristas, como Boccioni, mostraban un mundo en constante aceleración e incluían en sus cuadros aviones de combate, trenes blindados y maquinaria industrial, como exhibición de poder.
La democracia ha sido durante los últimos cuarenta años una tecnología de contención del poder —así la interpreto—con aceptable éxito hasta la pandemia. En el año I pos-COVID se observó cómo el presente devino en el único tiempo contemplado, desapareciendo el espacio para la preocupación más allá de lo inmediato. Carentes de horizontes, las personas somos más manipulables. Los autócratas proliferan cuando falta la esperanza.
No es la pandemia lo que más nos acercó a la renuncia al futuro; fue solo un catalizador. Más determinantes han sido las redes sociales, con su intercambio en tiempo real de imágenes y comentarios — en pocas horas caducan—, que anula por saturación la misma idea de futuro. Los principales riesgos para la humanidad —la IA fuera de control, las consecuencias del cambio climático antrópico, el riesgo de utilización de armas nucleares— han dejado de preocupar a una parte de la población al situarse en un tiempo inaccesible.
Think tanks como la Heritage Foundation, financiados generosamente por billonarios, han desarrollado una mitología que actualiza los bestiarios y el fascismo. El mito vertebrador hoy es la delirante teoría del Gran Reemplazo. Mil veces repetida por los telepredicadores políticos estadounidenses —Tucker y otros muchos—, cala. Goebbels hoy tendría un pódcast y emitiría por YouTube.
Un ejemplo de intento de gestación de un mito es el eco recibido por el artículo de Carlos Hernández Quero, Toldos verdes (mayo de 2025), donde romantiza las vidas en los barrios obreros durante la Dictadura. Olvida la dureza de realidades como la de València con un centro abandonado, tras la riada del 57. También que, en los barrios de su periferia, carentes de servicios, y con viviendas muchas de ínfima calidad, se generaron fuertes redes sociales y asociaciones vecinales potentes y combativas que luchaban contra su discriminación.
El malestar de la época, entre la juventud de los barrios con mayores carencias, se tradujo también en la aparición de pandillas. En el Carme estaban los Smoks; en Velluters, la Banda del Huevo; en Burjassot, los Rebordes; en Paterna, los Capone; en Orriols, los Barona; en Marxalenes, los Kansas; en Aiora, la Banda del Cros. En las ciudades había una evidente segregación del espacio. Las personas que migraban desde la España interior acababan en barrios muy diferentes y alejados de los ensanches burgueses, en los que no había pandillas. El Levante feliz es una patraña.
El bestiario de las izquierdas
Primero, acotemos el espacio y las especies. La socialdemocracia no se explica compartiendo espacios mitológicos con las izquierdas, pues los deforma. El bipartidismo tiene su mitología en la dialéctica del turnismo. Una de las debilidades de la izquierda ha sido flexibilizarse hasta aceptar frases como “bajar impuestos también es de izquierdas”. Esta quimera es de 2007, el año previo al estallido de la burbuja inmobiliaria y al austericidio. Una legislación en la que las personas jurídicas pagaban menos impuestos que las físicas fue determinante. Como demuestra Piketty (2014): “cuando las rentas del capital son mayores que las del trabajo, aumenta la desigualdad”.
La ideología neoliberal aceptaba el incremento de la desigualdad como un coste del crecimiento económico. El pensamiento posmoderno operó como el mecanismo que permitió que el neoliberalismo permeara a la socialdemocracia y a ciertas izquierdas. Se asumió como inevitable la teoría económica del adversario. Y, también, se evitó el conflicto ya que se creía que la correlación de fuerzas conduciría a la derrota. Se impuso la gestión del problema a la búsqueda de soluciones.
Las consecuencias de la represión policial ordenada por Berlusconi en Génova en 2001, durante la cumbre del G-8, debilitaron al movimiento altermundista. El frente contra la globalización neoliberal impulsada por la Organización Mundial del Comercio colapsó. El resultado fue un repliegue hacia lo simbólico —en lugar de lo material—. Se perdió conexión internacional en las luchas sociales. Se creyó que sería posible crear y mantener aldeas galas como espacios de resistencia. Se olvidó el asedio de Alesia. Diez años después, con el 15M, Occupy Wall Street, Nuit Debout, Aganaktismenoi, se recobró temporalmente alguna conexión internacional. No se han mantenido. Es necesario recuperar el internacionalismo. Este es el Grifo del bestiario para la transformación social en 2026.
En el bestiario medieval, el animal que ordenaba el mundo era el León, el modelo moral y de justicia. El Estado redistribuidor sería su mejor equivalente contemporáneo. Ante el riesgo de su desaparición, el pensamiento mítico apela a un ser fabuloso, el Unicornio —que otorga la felicidad—. La derrota de la empresa conjunta de neofascistas y ultraliberales vendrá por la unidad de la izquierda. Una invocación que nos debilita si no se alcanza. Una unidad caracterizada por la uniformidad alimenta un marco que ya no nos pertenece. La invocación a la figura providencial hoy lleva a Trump, el más acabado ejemplar de basilisco que habita el bestiario.
Qué hacer
Debemos dejar de buscar el unicornio (la unidad orgánica perfecta, el “sujeto” homogéneo) y aceptar que hay belleza en el ornitorrinco. Un ser que parece feo, pero que es un prodigio de adaptación a la naturaleza. Umberto Eco, en Kant y el ornitorrinco (1997), nos lo descubre como la representación de una larga negociación, en la que las dificultades vienen de las resistencias por la necesidad de ubicarse en un sistema anterior de referencias. Hay que trascender ese marco. De lo que se trata es de conseguir acuerdos funcionales para alcanzar el objetivo común: la mayor representación y poner en primer plano las necesidades materiales sin las cuales no hay una vida digna. El futuro se construye luchando. Siempre ha sido así.
En 1929, Gramsci, encarcelado tres años antes, tras la aprobación de las leyes fascistísimas, dejó escrito en sus Quaderni del carcere: pessimismo dell’intelligenza, ottimismo della volontà. Después hubo décadas de retrocesos, pero, sobre todo, ha habido avances. No debemos olvidarlo. Tampoco que la condición de posibilidad para hacer frente a las ultraderechas— ya no hay otra derecha— es trabajar en común desde lo que ya está fuertemente arraigado. Y coordinarlo.
No se trata de inventar la rueda cada cinco años. Se trata de fortalecer los derechos laborales, recuperar los servicios públicos, dar soluciones al problema de la vivienda y proteger el medioambiente, y construir estructuras democráticas que permitan establecer políticas públicas populares desde la soberanía personal. Y hacerlo permanentemente. Pero teniendo presente que el Elefante, el animal más justo y fuerte del bestiario, no puede levantarse solo cuando se cae. Requiere de la ayuda de otros, de una comunidad. Solo así se cuida la democracia en peligro. La imaginación política debe dejar de ser bestiario y pasar a ser una herramienta de transformación y justicia social.