Señor Mazón:
Usted dimitió, sí. Pero lo que ha hecho después no tiene nada que ver con asumir responsabilidades. Tiene más pinta de manual de autoprotección política: aguantar el chaparrón, rebajar la presión y asegurarse de que, pase lo que pase, usted sigue bien colocado. Y ese “después”, más aún que el desastre de la DANA es el verdadero retrato de su forma de entender el poder.
Porque una catástrofe no solo se mide por el lodo o los damnificados. También se mide por la altura moral de quien la enfrenta. Y ahí usted fracasó por partida doble: primero gestionó mal, y luego, en lugar de dar ejemplo, se atrincheró.
Durante la DANA, su papel era inequívoco: tomar el mando, informar con precisión, anticipar lo que venía y dar la cara donde hacía falta. No se le eligió para escudarse tras frases como “yo no era el operativo”. Usted no era un técnico. Usted era el presidente. Y en una crisis, el liderazgo no se delega, se ejerce. Lo suyo fue desaparición, no dirección.
Pero lo peor vino después. Porque no se trataba solo de dimitir. Se trataba de asumir consecuencias, de comprender la gravedad de lo ocurrido. Y usted convirtió la dimisión en un simple trámite: sin autocrítica, sin reparación, sin una mínima señal de haber entendido el golpe institucional. Su prioridad, al parecer, no fue reconstruir confianza, sino recolocarse cómodamente.
Así que ahí lo tenemos: despacho de expresidente, apoyo administrativo, cargos internos, y todo ello blindado con dinero público. ¿En serio? ¿Después de la gestión que dejó tras la DANA, ese es el camino? ¿Cree que a la gente le indigna solo el desastre? No. Lo que de verdad quema es la impunidad posterior. El “yo caigo, pero caigo de pie”.
Y lo más grave: nombrar asesor a su anterior jefe de gabinete. Un cargo a medida, pagado por todos. Una jugada que, por mucho que usted la disfrace de legalidad, huele a lo que es: premio. Recompensa. Protección al núcleo duro. Usted podrá insistir en que es legal, que está en el reglamento, que es eventual. Pero a la ciudadanía no le interesan ya las justificaciones técnicas. Lo que ve es otra cosa: ve a un político que, tras una crisis, sigue manejando recursos públicos como si fueran fichas de su tablero personal.
Le diré algo, aunque no quiera escucharlo: esto no es solo discutible. Es obsceno. Y aunque intente maquillar las formas, el fondo es brutalmente claro: está pagando fidelidades con dinero de todos. Está usando la estructura institucional como refugio propio. Está haciendo clientelismo. Y lo más ofensivo: lo hace con la convicción de que puede salirse con la suya.
No nos hable de “legalidad”. Esa excusa está muy manida. La corrupción, la de verdad, la que descompone democracias, no empieza siempre en lo ilegal. Empieza antes: en lo moral. En la costumbre del privilegio. En la arrogancia del que cree que “esto es lo normal”. Ese es el barro que no se ve, pero que lo ensucia todo. Nunca mejor dicho.
Usted, señor Mazón, ha dejado claro que no entiende lo esencial: la política no es un premio, es una carga. Y cuando se gestiona mal una tragedia y se pierde la confianza pública, no basta con marcharse. Hay que asumir el coste. Hay que retirarse sin condiciones. Hay que aceptar que no se puede perder el respeto de la gente y, al mismo tiempo, seguir disfrutando de los privilegios del cargo.
Por eso, sin rodeos:
Si aún le queda un mínimo de respeto institucional, renuncie ya a la oficina de expresidente y a cualquier estructura que se interprete como un premio tras la caída. No acomode a su gente en la administración. No insista, este feo, muy feo. Deje de aceptar cargos o beneficios internos que refuercen la imagen de que “siempre hay un lugar para los nuestros”.
Y, sobre todo: deje de comportarse como si la dimisión fuera una exoneración. No lo es. Es solo el primer paso de un examen mucho más largo. Le hablo sin eufemismos: usted no solo debía cumplir la ley, debía preservar la confianza pública y su conducta, lejos de aliviar el daño institucional, la ha agravado. La gente no espera explicaciones, espera hechos, espera que, al menos una vez, alguien diga: “sí, fallé, y no voy a beneficiarme ni un día más del sistema”. Deje la política y márchese a su casa.
Usted dimitió. Ahora le toca lo más difícil: actuar como alguien que ha comprendido por qué.
¡Márchese Sr. Mazón, Márchese!