Regalar los oídos
Dícese de la acción de hablar muy bien -excesivamente bien- de una persona, con el fin de halagarla. Una expresión un tanto en desuso, a pesar de que en la política española se encuentra a la orden del día.
Efectivamente, viene a colación, por ejemplo, del ensalzamiento de Rubalcaba por parte de Rajoy. Sin poner en duda la valía del cántabro, halagos envenenados los del presidente, que lo querría de jefe de la oposición largo tiempo. Con la dichosa razón de Estado de por medio. Recuerda, en dirección inversa, a aquel “tenía todo el Estado en la cabeza”, con el que Felipe González obsequiaba a Manuel Fraga. Fuera de toda duda la capacidad intelectual del gallego, primaba el interés en mantener esa competencia, estilo PRI-PAN, que el llamado “techo de Fraga” aseguraba a los socialistas, dada la aversión media del votante moderado por el otrora líder de AP. Y de aderezo, nuevamente, lo del hombre de Estado. Razón por la cual se pueden llegar a justificar sinrazones como el terrorismo de Estado, ante el que se imponía la omertà fraguista. De un Estado -¿de Derecho?- que Felipe González consideraba que también había de defenderse en las alcantarillas.
Por eso, cabe precaverse contra el hedor que desprenden determinadas declaraciones con afán mantenedor y ventajismo partidista. Al fin y al cabo, esa sí que es la Grosse Koalition española que se pierde en la noche de los tiempos. La que concibe el Estado como un cortijo que repartirse por turnos.
Los mismos argumentos aliñan los panegíricos por Duran i Lleida y Pere Navarro, que son, quizás por adelantado, los del nacionalismo moderado y la socialdemocracia federalista. La competencia en el eje izquierda-derecha y el consiguiente rol cohesivo en este aspecto de la socialdemocracia tienden a absorber, por la remisión a problemáticas socieconómicas transversales y universales, determinadas controversias inherentes al conflicto centro-periferia o issues puntuales. Teorías del colonialismo interno aparte. Por eso son tan llorados los líderes de UDC i PSC desde las altas instancias del Estado. El drenaje de las disputas sociales en el viejo terreno de las clases favorece a los dos partidos mayoritarios, simplifica la gama de respuestas y aplaca la diversidad autonómica. Muy comprensible por su parte.
La puesta en solfa de este esquema por la intensificación del conflicto identitario en Cataluña –otro día cabrá indagar en la nueva línea de fractura que se atisba grosso modo entre “lo viejo” y “lo nuevo”- aumenta las tensiones de su subsistema de partidos, es decir, la polarización.
Un escenario, por lo tanto, caracterizado por una segmentación cada vez mayor de la competencia y las preferencias en compartimentos estancos y en el que la primera pasa de ser centrípeta a centrífuga, lo que significa un ascenso electoral en las segundas de los competidores extremos a costa del espacio de los moderados.
No ha de extrañar, consecuentemente, que a algunos políticos, sus oídos regalados, no dejen de pitarles.