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Responsabilidad y democracia

Si alguna cosa buena nos ha traído la crisis, es el hecho de que la gente empieza a hablar con diferencia significativamente mucho más de política. Tanto es así que en buena medida, muchos de los programas del corazón han sido reemplazados en las parrillas televisivas por programas en los que se habla de política. ¡Increíble! No es el caso de TVE en la que de existir algún contenido en su programación en el que se habla de política suele emitirse a partir de la una de la madrugada. No alberga ninguna duda que siempre será mejor que una televisión pública ofrezca a los televidentes (ciudadanía) un reality de abuelos rockeros, o un concurso de ¿cantantes? el sábado por la noche, en el que se rescata a viejas glorias, que establecer un debate, con mayor o menor rigor, sobre las cuestiones que afectan a las personas. Lo de la pluralidad lo dejamos para momentos que fueron mejores.

Y decía que es positivo ya que como afirmaba el profesor Vallespín en un artículo publicado en el diario El País (6-6-2013), la crisis política y económica nos ha puesto las pilas. Los ciudadanos consumen más información y lo hacen con mayor atención y diligencia”, ya que si revisamos algunos los barómetros que publicaba el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en el año 2009, podremos observar que el interés que manifestaban las personas hacía la política era más bien escaso. De hecho a la pregunta “¿qué sentimiento le transmite a usted la política?” alrededor del 70% de la población se debatía entre categorías como el aburrimiento, la indiferencia o la desconfianza. Tan sólo alrededor del 15% de la población manifestaba un cierto entusiasmo o compromiso.

Así también, en cuanto al grado de acuerdo o desacuerdo con algunas cuestiones, más del 75% manifestaban que los políticos no se preocupan en exceso de los problemas de las personas, o que en este mismo porcentaje (75%) la personas que están en política, únicamente persiguen su interés personal. Dicho de con otras palabras, por aquel entonces el divorcio entre sociedad y política era ya evidente.

Un divorcio en el que el denominador común ha sido el desinterés. Desinterés por parte de la ciudadanía hacía la política, ya que se ha tratado de algo aburrido, pesado, cansino, como evidenciaban los diferentes barómetros de opinión pública del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), y de desinterés por parte de los diferentes gobiernos por cultivar una mayor sensibilidad hacia la democracia en la población. Ya no por lo que respecta a su implicación en los partidos políticos como un hecho natural, normalizado, sino que a través también de los múltiples organismos y espacios democráticos que deben de existir en un estado democrático sano (asociaciones vecinales, culturales, asociaciones juveniles, de estudiantes, sindicatos de trabajadores, asociaciones empresariales…) en donde la sensibilidad hacia la participación social y la democracia conformen una prioridad en el ideario de las personas. ¿Acaso recuerdan ustedes alguna campaña de comunicación institucional en la que se haya promovido la participación ciudadana? La pregunta es retórica.

Por el contrario seguro que tienen asumidas como propias ideas como “los sindicatos no defienden a los trabajadores”, “todos los políticos son igual de ladrones”, “las personas que están en política lo hacen para enriquecerse”, etc… Evidentemente no hay ninguna campaña institucional que emita estos mensajes, pero sí que es un mensaje que se emite de manera permanente en los medios de comunicación a través de voceros, contertulios u otro tipo de formatos.

La pregunta es a qué intereses y a quiénes beneficia la anestesia social, la anulación del debate político, el debate económico, la reflexión…

El movimiento del 15-M aunó un considerable número de ciudadanos, pero que en mi opinión se generó más bien por la frustración y el descontento generalizado hacia lo que estaba ocurriendo iniciada la crisis, que por el ansia repentina de participar e implicarse en subsistemas de representación social. Cabría preguntarse ¿estamos observando un aumento significativo de la participación ciudadana en los espacios formales tradicionales (asociaciones, partidos políticos, movimiento vecinal) o incluso en los espacios no formales? Insisto: significativo.

Como me dijo el otro día una alumna “yo he pasado de ser apolítica, y no preocuparme por la política, a pensar que todos los políticos son unos corruptos y que lo único que quieren es enriquecerse”.

Sí, como decía al principio, las personas hablan más, se opina más sobre política, pero ¿qué se opina? ¿cómo se canaliza esta opinión? ¿se participa más en organizaciones sociales de representación formales o informales? En mi opinión partíamos de un gran déficit democrático y participativo de la sociedad. Recordemos, tomando como referencia el 2009 únicamente un 15% de la población manifestaba algún tipo de interés hacia la política, frente a un 75% que transmitía aburrimiento o indiferencia. Una sociedad no es más democrática por tener elecciones cada cuatro años. Sino porque las personas que la integran, participan, se implican, opinan debaten, cuestionan, confrontan en el día a día en aras de lograr mejoras sociales comunes para el conjunto de la sociedad. Un déficit de cultura democrática, que por desgracia, ha contribuido a agravar la situación cuando se ha puesto el foco sobre los políticos, los partidos y por extensión cualquier fórmula de representación democrática.

En mi opinión es responsabilidad de los gobiernos inculcar el espíritu democrático, de participación, de reflexión y de implicación de la ciudadanía, pues de lo contrario, tal y como estamos observando, cuando llegan las horas bajas los “populacheos”, los mesianismos y los caudillismos se imponen sobre la razón. Pero asumamos que también es nuestra responsabilidad como ciudadanos no “vivir de espaldas” a la política, ya que lo que hoy padecemos ¿se debe a nuestra acción, o lo que es peor, a nuestra omisión?

Sin duda, mucho por hacer.

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