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CRÍTICA

'Mirai, mi hermana pequeña', magistral fábula sobre la educación emocional

Llega a los cines españoles el último largometraje de Mamoru Hosoda, uno de los animadores más talentosos del cine japonés contemporáneo

Se trata de una bellísima reflexión sobre las relaciones familiares, sus complejidades y la necesidad de conocer de verdad a quienes damos por supuesto que conocemos

Póster de 'Mirai no Mirai, la nueva película de Mamoru Hosoda

Póster de 'Mirai no Mirai', la nueva película de Mamoru Hosoda

De un tiempo a esta parte, parece que los retratos más rompedores de la familia como institución tienen todos el mismo origen: el cine japonés actual.

La del país asiático podría ser la cinematografía que más y mejor está invitando a la reflexión colectiva sobre la cuestión. Ejemplos no faltan. Un asunto de familia de Hirokazu Koreeda es, quizás, el más reciente. También tenemos otros títulos del mismo realizador, obsesionado con la dimensión política de la consanguinidad, como De tal padre, tal hijo o Después de la tormenta. Pero además, a la sombra de la Palma de Oro se han estrenado obras tan interesantes como Close-Knit  de Naoko Ogigami, Una pastelería en Tokio de Naomi Kawase, la extaña Harmonium de Kôji Fukada o la monumental Happy Hour de Ryûsuke Hamaguchi.

Ahora, la nueva película de Mamoru Hosoda vuelve sobre el tema sirviéndose de la fantasía y las infinitas posibilidades del lenguaje animado. Con Mirai, mi hermana pequeña, no solo ofrece una brillante aproximación a la mirada infantil del mundo, sino también una inspiradora reflexión sobre la descendencia, la ascendencia y la educación emocional compartida.

La aventura de ser hermano mayor

Kun era el rey de la casa. Tenía toda la atención de sus padres, los juguetes y el cariño. Su mundo le correspondía solamente a él. Pero un día, un bebé llamado Mirai, llega para destronarle. Su hermana recién nacida necesita todo lo que antes era suyo, y eso le enfurece. Todo cambiará cuando el niño reciba la visita de una Mirai adolescente venida del futuro, que le explicará por qué es importante que no la trate con desprecio y que no se aferre a la envidia.

Como en el caso de Koreeda, Mamoru Hosoda ha dedicado casi toda su carrera al mismo objeto de estudio. Su obra es compacta y se puede entender como un conjunto de caminos distintos que llevan al mismo lugar. En películas como La chica que saltaba a través del tiempo o Summer Wars, el elemento fantástico era clave para configurar representaciones del crecimiento personal. Con Los niños lobo, la licantropía servía para hablar de las decisiones que nos definen, y con El niño y la bestia, para hacerlo sobre el intercambio que se produce en cualquier aprendizaje. Pero siempre, construyendo el relato en la frontera que separa fantasía y realismo para narrar una odisea adolescente.

Sin embargo, Mirai, mi hermana pequeña resulta un decisivo paso adelante por su brillante aproximación a la psique infantil. A cómo se expresan los celos o el resentimiento en una criatura de cuatro años, cómo se procesan los cambios y qué dificultad entraña comprenderlos desde la falta de experiencia.

La última película de Hosoda es, en gran medida, una disertación sobre la necesidad de educar en la empatía hecha con sensibilidad y aplomo. Pero lo que la convierte en una experiencia única es su mirada netamente cándida, que se acerca a cada detalle desde la asunción plena de que quien narra es un infante totalmente ingenuo.

De ahí que, lo que en anteriores películas se tornaba en desbordante expresión formal aquí se nos muestre magistralmente contenido. La fantasía no es un vehículo de grandes batallas, ni de espectaculares mundos virtuales, sino de pequeñas caricias.

Hosoda se nos muestra atento a cada gesto de unos personajes que lo tienen todo por aprender. Desde caminar hasta montar en bicicleta, pasando por aceptar que nos vamos a caer y hacer daño en ambos procesos. Pero que en eso consiste crecer. 

Mirai mi hermana pequeña

Fotograma de 'Mirai, mi hermana pequeña'

Viajar al futuro para reflexionar sobre el hoy

Lo fascinante, en cualquier caso, es descubrir cómo se desarrolla esta aproximación al fantástico cotidiano. Lejos de quedarse en la mera evolución de Kun, Hosoda aprovecha la premisa de su última película para intentar responder a multitud de interrogantes sobre el mundo que le rodea.

Mirai, mi hermana pequeña nos habla, por ejemplo, de la vigencia actual de arraigadas tradiciones niponas. Algunas de ellas, como el Hinamatsuri, de un evidente peso en la educación de las niñas japonesas. Se trata de una celebración en la que las casas se suelen adornar con muñecas de la era Heian, que supuestamente han de recogerse pasada la festividad. Se sigue manteniendo la creencia de que por cada día sin guardar las figuritas es un año sin encontrar marido, y Hosoda se pregunta por su influencia y su utilidad práctica en el mundo de hoy.

De la misma forma, también aprovecha el escenario para reflexionar sobre el momento histórico. Gran parte de la película se desarrolla en la casa de la familia protagonista. Y sin salir de allí, Hosoda hace evidente la importancia de los cuidados y del reparto equitativo de su peso. En su película subyace todo un discurso construido a base de detalles y pequeñas frases, sobre la necesidad de un cambio de mentalidad para con las viejas paternidades. Sobre su abierta y urgente implicación en la educación y el hogar.

Pero es tal el arrojo de Mirai, mi hermana pequeña, que no solo se preocupa por abordar cuestiones claves de la contemporaneidad en su plano narrativo, también lo hace en el formal. Hosoda se muestra capaz de mezclar con pericia la animación tradicional con las más arriesgadas técnicas de animación digital. Incluso creando personajes hechos al estilo de recortes de stop motion que parece salidos de El asombroso mundo de Gumball.

Mirai mi hermana pequeña

Fotograma de 'Mirai, mi hermana pequeña'

El pasado como collage

En determinada escena, Kun se ve obligado a personarse en el departamento de objetos perdidos de la estación de trenes de Tokio. Resulta que lo que se ha perdido es él, que no sabe volver a casa. Así que un funcionario se ve obligado a interrogarle para obtener sus datos. Pero cuando al niño de cuatro años se le requiere que diga el nombre completo de su padre o su madre, resulta que no los sabe. Para él son sencillamente 'papá' y 'mamá'.

La aventura de Kun no se limita al aprendizaje de un niño que recibe la visita de su hermana del futuro, es también una invitación a conocer las historias que componen su árbol genealógico. Para Hosoda, una generación que no comprende a sus padres o no es consciente de quienes fueron sus abuelos, es una generación desnortada.

Mirai, mi hermana pequeña es una de las exploraciones de eso que llamamos 'memoria colectiva' más lúcidas que servidor ha visto en la gran pantalla. Con la excusa del salto temporal, Kun conoce a sus bisabuelos, visita la infancia de su madre y la adolescencia de su padre. Descubre lo que vivieron y las dificultades que pasaron. Tiene el privilegio de saber cómo eran las personas de su entorno antes de conocerlas él.

Y en el trayecto, Hosoda defiende que las vivencias de nuestros antepasados son la materia prima con la que se construye un hogar. Nada de lo que heredamos realmente es material. Somos lo que somos porque otros fueron lo que fueron antes de que llegásemos a este mundo.

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