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Seminci

Quién mató a Cachou, el oso cuyo asesinato se investigó cómo si fuera una persona y sirve como metáfora de España

El oso Cachou de la ficción en 'Matar a un oso'

Javier Zurro

Valladolid —
23 de octubre de 2026 22:40 h

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Cachou fue asesinado entre la noche del 26 de marzo de 2020 y la madrugada del día siguiente. Con el silencio propiciado por el confinamiento y la pandemia alguien acabó con su vida. Su cuerpo apareció tirado en un monte del Valle de Arán. Lo que a primera vista parecía una caída fortuita desde gran altura se reveló, en la autopsia, como un envenenamiento claro. La única diferencia con cualquier caso parecido con esta misma premisa es que Cachou era un oso. 

Sin embargo, por primera vez en España, su muerte se investigó como el asesinato de una persona. La jueza permitió que se escuchara a los sospechosos, y la investigación desveló una plataforma antiosos que tenía vínculos con el poder político y económico del pueblo. Aunque dos personas fueron acusadas e imputadas, el juicio nunca se ha llevado a cabo.

Si Cachou fuera una persona, semejante suceso tendría ya varios true crimes en diferentes plataformas. Pero al pobre oso le ha pasado lo mismo que en la vida real, que su condición animal ha hecho que nadie viera en su asesinato el material narrativo para construir una historia. Han tenido que llegar los hermanos Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo —dos de los creadores más en forma e importantes de la ficción española con obras como Crematorio o Nos vemos en otra vida— para darse cuenta de que en esa historia había mucho que contar. Lo han hecho en la excelente Matar a un oso, serie que han realizado para Movistar Plus y que usa la muerte de Cachou para realizar una metáfora precisa de una España que en la pandemia aceleró su despegue hacia la polarización.

Matar a un oso es una serie que mezcla tonos, que juega al thriller rural, a la comedia negra e incluso al drama judicial y político en una coctelera imposible que a ellos les sale perfecto. Cachou es un símbolo del que todos querían apropiarse, y para ellos un elemento que les permite hablar del choque entre tradición y progreso, el del turismo con la vida rural, y hablar de corrupción política y moral. Todo mientras un reparto en estado de gracia hace que te rías en el momento más inoportuno, especialmente con una Nora Navas y un Pol López perfectos.

La serie se ha presentado en la Seminci de Valladolid, un festival que ha comenzado marcado por las declaraciones del consejero de Cultura de Castilla y León, de Vox, que ha dicho del certamen que está muy “ideologizado” horas después de publicar un nuevo texto para la convocatoria de ayudas de series y películas en la comunidad que “impliquen adoctrinamiento ideológico”. Sin duda, Matar a un oso no pasaría el filtro: es una serie política, que señala a los negacionistas y a aquellos que se ríen de los animalistas. Nunca con el trazo grueso, siempre desde la inteligencia de sus creadores (y con los guiones de otros dos hermanos, Pablo y Daniel Remón).

Para Jorge Sánchez-Cabezudo lo que ha declarado Vox confirma que “si gana esta opción política lo que va a plantear es que haya un señor en un ministerio que esté mirando uno a uno los proyectos de cine que se van a hacer y que va a elegir por una cuestión ideológica los que sí y los que no van a tener subvención, y eso se llama censura”. “La gente tiene que saber eso cuando va a votar, porque esto se va a plantear y de hecho está pasando por ejemplo en Argentina”, comienza diciendo.

Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo en el rodaje de 'Matar a un oso'

Por eso considera “importante” recordar un par de cosas: “Las ayudas públicas vienen del dinero público, que es de todos los que pagamos. Y ese es dinero público que se da, igual que se da a los partidos políticos, que viven del dinero público con una cantidad importante que nacen también de mis impuestos. A lo mejor a mí me parecería que este partido político, que directamente es bastante agresivo conmigo y con mi propio sector, no debería recibir esa subvención, pero yo entiendo que dentro de un marco político incluso ellos, porque así lo hemos decidido, igual que todos los partidos políticos tengan su subvención. Entonces, cuando se vote, hay que saber que a lo mejor 40 años después vuelve la censura a este país”, señala con contundencia.

La historia de Cachou les llegó a través de una amiga, corresponsal del periódico Le Monde en España, que escribió un artículo sobre el caso que fue portada del semanal del medio francés. Como les conoce sabía que en esa historia había algo que iba a encender su cerebro de creadores. “Nos pareció una historia que podía jugar con el género, pero que tenía muchísimas cosas detrás que nos interesaban para contar esa especie de choque que hay entre lo local e identitario, y lo global”, recuerda Alberto Sánchez-Cabezudo.

El hecho de que se investigara la muerte de un oso como si fuera un hombre fue lo que, para los creadores, hizo estallar la mecha de lo que ocurría allí. “En ese momento, en ese lugar donde está la tradición, donde todos han convivido y todos los agentes rurales están intentando que la tensión esté controlada, de repente viene una jueza que tiene una plaza que ni siquiera es jueza directa, sino que está ahí momentáneamente y se convierte en la primera jueza en España y en Europa que equipara la muerte de un animal a la de un hombre. Eso supuso que el Valle entrase en una especie de paranoia, y si ya había tensión, esto la subió a unos niveles que no pudieron controlar”, dicen los hermanos Cabezudo.

Hemos llegado a un momento en el que tampoco se puede ser equidistante. No puedes jugar a presentar a las diferentes partes de la misma forma

Alberto Sánchez-Cabezudo

Realmente, en el fondo lo que había era “un extrañamiento porque tenían que cumplir la ley, que decía que no se puede matar a un oso”, pero hasta entonces nadie había cuestionado la ley no escrita impuesta por la tradición y los hombres del pueblo. Pero “el oso tiene una implicación mayor”. Ambos se dieron cuenta de que Cachou tenía “implicaciones culturales, identitarias, míticas”. Era, en definitiva, “mucho más que un oso”. “Las relaciones de ellos con los animales marcan las relaciones entre ellos como personas, y eso nos parecía fascinante porque desde la muerte de un animal nos permitía generar un retrato social que es sutil, que es tangencial, pero que a la vez es muy político. Habla también del momento que tenemos ahora. Nos parecía y nos gusta siempre entrar en los temas directos de forma tangencial. Y este era perfecto en esa medida”, avanzan.

Uno de los temas que abordan es “la polarización”, pero lo hacen sin caer en el extremo centro. No todos los lados son iguales. Uno no puede mantenerse siempre neutral. “Hemos llegado a un momento en el que tampoco se puede ser equidistante. No puedes jugar a presentar a las diferentes partes de la misma forma, porque hay una ley, nos hemos dado un marco, y lo hemos hecho por un bien común. Y es verdad que no estamos sabiendo resolver ese choque que se produce en lugares con mucho descontento sobre la identidad y lo local, pero eso no hace que seamos equidistantes. La serie retrata cómo veían todos al oso desde su punto de vista, pero teníamos claro que no podíamos ser equidistantes y eso si lo trasladas al momento actual, yo creo que tampoco podemos serlo. La serie también intenta relatar esa atmósfera tan agresiva que estamos viviendo, en la que no podemos ser equidistantes. Tenemos que exponerlo y entenderlo, pero no justificarlo”, zanjan.

La serie actúa también como reflejo de un lugar, el Valle de Arán, que mientras defiende su tradición e idiosincrasia se vende al turismo en un sitio donde las casas son “quintas o sextas residencias” y donde “el precio por metro cuadrado es como el de Manhattan”. “Hablan de la tradición del potro pirenaico cuando allí realmente el dinero no viene del ganado en el Valle de Arán. Además, justamente dentro del Valle Arán sucede también la relación con Catalunya. Reclaman una autonomía a Catalunya cuando Catalunya está reclamando una autonomía. Esa relación entre Catalunya y el Valle de Arán es un espejo que tenemos nosotros a nivel nacional y eso nos pareció superinteresante”. Juegos de espejos que aparecen “como muñecas rusas” y devuelven un reflejo de un presente crispado y a punto de estallar.

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