ESTRENO

'Las ilusiones perdidas', un retrato despiadado y divertido de las miserias del periodismo

'Las ilusiones perdidas' retrata las miserias de un periodismo de ayer en parte son aún de hoy

Javier Zurro


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El término 'fake news' se ha incorporado al lenguaje cotidiano. No hay día que no se oiga en cualquier conversación. Aunque la palabra se haya puesto de moda debido al auge de las redes sociales y los virales por WhatsApp, los bulos han circulado toda la vida. Muchos fijan el origen de las noticias falsas en 1898, cuando el acorazado Maine voló por los aires y EEUU apuntó a un ataque español para poder desatar la Guerra de Cuba. Lo hizo a través de los medios de William Randolph Hearst, el magnate de la comunicación y el sensacionalismo al que Orson Welles mostró de forma despiadada en Ciudadano Kane, que no era más que un trampantojo de las artimañas de Hearst.

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Sin embargo, las fake news y el momento en el que el periodismo se fue a pique ya estaba perfectamente descrito por Honoré de Balzac casi 50 años antes en Las ilusiones perdidas, cuya adaptación cinematográfica llega este viernes a las salas de cine dirigida por Xavier Giannoli y convertida en uno de los fenómenos del cine francés del año pasado. De hecho, el filme es el gran favorito a arrasar en los premios César, donde tiene 15 nominaciones. Una adaptación complejísima que desde su paso por el pasado Festival de Venecia —donde incomprensiblemente se fue de vacío— ha conquistado todos los sitios donde se ha presentado. 

La película de Giannoli sorprende, sobre todo, por ser de rabiosa actualidad sin tener que forzar su mensaje. No hay que subrayar los temas que ya trataba Balzac, sino que se han mantenido latentes durante más de un siglo y ahora han vuelto a colocarse en el centro del debate. La historia de este poeta de provincias que acude a París para convertirse en una estrella y acaba descubriendo la cara oculta del mundo editorial podría ocurrir en 2022, ya que todas las desventuras y todas las decepciones se repiten en la actualidad. Sus sueños rotos son los de muchos escritores, pero sobre todo los de muchos estudiantes de periodismo idealistas que ven todos los días como la mentira abre portadas, las opiniones se venden como noticias y muchos periódicos se han convertido en boletines de intereses empresarios o políticos.

Las ilusiones perdidas sigue el trayecto de este joven desde la esperanza, el descubrimiento de la gran ciudad, las fiestas y el lujo, y a su vez retrata de forma inmisericorde el momento en el que el periodismo se fue a pique. Ese momento en el que las grandes empresas se convertían en dueñas de los medios y el interés económico primó sobre el interés general. No es una película que se autoflagele, sino que convierte todas esas miserias en un divertimento de primera clase en el que seguimos a jetas con encanto que se benefician de todas estas artimañas.

Con un ritmo que nunca decae, Giannoli abre constantemente temas que definen el momento actual del periodismo, como el beneficio rápido de convertirse en un hater, en alguien que va a la contra. Si todos opinan bien de algo, hay que decir lo opuesto para llamar la atención. La polémica se convierte en el arma más preciada de los periódicos, que incluso amañan discusiones ficticias con escritores o editoriales para dar contenido a su medio y a los lectores. Todo con una misión: vender más ejemplares y conseguir satisfacer los intereses de los empresarios y dueños de un nuevo elemento de presión en forma de papel impreso. Críticas compradas, rumores en portada, noticias sin contrastar y hasta un mono que elige las obras de las que se va a hablar bien o mal… todo va pasando mientras el protagonista sigue guardando algo de sus principios en sus poesías. Los mismos principios que no duda en vender para convertirse en alguien en una sociedad donde solo el que tiene dinero y es relevante puede disfrutar de todos sus beneficios (en forma de alcohol, lujo y sexo).

La película es dinamita cuando retrata todo el mundo editorial y periodístico, pero se vuelve un drama de época más convencional (eso sí, con una factura sobresaliente) cuando se centra en la historia de amor de su personaje y su desencanto con la mujer idealizada. Ahí el filme pierde su garra, aunque siempre vuelve rápido a hincar colmillo en su crítica despiadada y divertidísima. Lo hace, además, gracias al encanto y el carisma de dos de los mejores actores jóvenes franceses del momento, Vincent Lacoste, que interpreta al jeta que introduce al protagonista en los peores vicios del periodismo y de la vida nocturna; y Benjamin Voisin, que ya se comía la pantalla en Verano del 85, de François Ozon, y que aquí confirma su magnetismo como ese poeta cuyas ilusiones perdidas siguen siendo actuales más de un siglo después.

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