Ali Smith, la cronista del 'brexit', explora la incertidumbre de nuestra época
Hay quien siempre se sienta en el mismo lugar del restaurante y pide el mismo plato, la misma bebida, un día tras otro. No se cansa, satisfecho en su rutina previsible. Otros, en cambio, no dudan en probar una nueva receta en cuanto la ven en el menú. No les asusta el riesgo; de hecho, los estimula. Se dejan sorprender y con cada bocado descubren otra faceta de sí mismos. Puede que alguna vez ese plato les resulte un tanto picante, dulzón o amargo, pero no por ello dejan de acudir al local ni de arriesgar. Porque ganan mucho más de lo que pierden. Y porque confían en el cocinero.
La experiencia de leer a determinados escritores es algo así: el lector no sabe qué puede esperar de cada libro, porque no son de los que repiten siempre la misma fórmula; pero confían en él, en su genio creativo. A veces se estampan, es cierto; ahora bien, cuando el experimento sale bien, resplandecen como nadie. Así es la obra de la escocesa Ali Smith (Inverness, 1962), intrépida y con un diálogo constante con el presente. En España se la conoce sobre todo por su Cuarteto estacional (2016-2020), un ciclo de novelas escritas en tiempo real sobre el Reino Unido del brexit. Ahora acaba de publicar Glifo (Nórdica, 2026, trad. Magdalena Palmer), que conforma un díptico de libros independientes pero complementarios con su anterior trabajo, Gliff (2024).
Glifo está protagonizado por las hermanas Petra y Patch, que se reencuentran siendo ya adultas después de llevar unas vidas bastante alejadas. El primer tramo, no obstante, se centra en un recuerdo infantil, uno de esos códigos compartidos de cuando eran niñas que pierden su sentido fuera de contexto. Todo comenzó cuando escucharon unas historias de mucho tiempo atrás: la historia de un soldado de la Gran Guerra, antiguo mozo de cuadra, y de un caballo que se quedó ciego; y la historia de una mujer que, a finales de la Segunda Guerra Mundial, vio algo horrible que no ha podido olvidar.
Con esa capacidad de asombro de los niños, las hermanas desarrollaron una especie de juego, en el que aseguraban comunicarse con un ser llamado glifo, que bebe de esos relatos tan macabros como reales. Nadie sabe si el glifo existe o solo es producto de la imaginación de las niñas, pero lo que importa es su función, el papel que representa en la dinámica familiar; algo así como la válvula por la que las chiquillas canalizan el trauma, el miedo, la desviación, la incertidumbre. Es la seguridad ante el aullido del lobo. Y un poderoso lazo entre ellas, que a la vez las aísla (¿o protege?) de los demás.

Glifo es distinta a cualquier otra novela de Ali Smith y al mismo tiempo comparte con ellas uno de sus atributos más característicos: esa suerte de navegación entre dos orillas, sin llegar a anclar en ninguna. La imaginación y la realidad, lo efímero y lo permanente, la actualidad y la memoria, la ausencia y el espíritu, la inocencia y la madurez, la risa y la muerte. La experiencia de leerla es también algo así: uno asume que no terminará de entenderla, que hay algo inaprensible en sus palabras, algo que solo alcanza a intuirse, a sospecharse, más un murmullo que una voz clara. Y no importa, porque la literatura va también de que cada lector complete el cuadro, o sencillamente disfrute con sus huecos.
Esto suena muy serio, y sin duda la literatura de Ali Smith va muy en serio, pero lo hace con mucho desparpajo, en forma de una novela que se sustenta sobre el diálogo, la frase breve, rápida, y el humor, humor a raudales, humor del que surge en momentos críticos porque la ligereza es lo que alienta el hecho de vivir. Tiene mucho en común con otras dos grandes renovadoras de la literatura británica, Jeanette Winterson y Rachel Cusk; y, como es costumbre en su obra, abunda en juegos metaliterarios y alusiones a las nuevas tecnologías y la situación sociopolítica; es una de las autoras más atentas al presente, una realidad que enlaza en todo momento con el hilo elástico pero firme de la Historia.
En la segunda parte, las hermanas son adultas y entra en escena una adolescente, la hija en acogida de la hermana pequeña, que se convierte en la tercera pata de esta familia tan disfuncional como cualquiera. A la cuerda tensada que es la relación entre las hermanas se añade la inquietud de una joven con muchas preguntas y aún más descaro. Y, bajo la coraza de la conversación, una fragilidad se extiende a las tres, la de esa tela descosida y remendada con parches que es la familia, otro de los temas clave de la novela: “La familia no siempre es fácil, pero es innegociable”, “la familia nunca es un caso cerrado”, “la familia casi siempre implica que hay alguien que se queda fuera”.
Detrás de su tono liviano en apariencia, se cuelan reflexiones que tocan de pleno (y con inteligencia) los debates contemporáneos, con sutileza y sin maniqueísmos: “¿Cómo te sientes sobre el rumbo que lleva el mundo ahora mismo?”, se pregunta la joven. “Estoy empezando a pensar que el diálogo quizá sea lo más importante en el mundo en los tiempos que corren y, sobre todo, no quiero ser inadecuada. Siempre quiero ser, y me interesa mucho ser, alguien que responde de forma adecuada a las cosas”.
Quizá esto último sea lo que la propia Ali Smith hace a través de su literatura: responder a la realidad a su manera, tal y como se espera de un buen creador. Se suele decir que el cometido de todo escritor consiste en captar los efluvios de su tiempo, y pocos lo hacen con tanto ingenio como ella, que revienta los moldes clásicos para encontrar una forma que se adapte al sentir del momento (la fragmentación, la confusión, la intrascendencia de lo que hace ruido) y exprese con gracia y hondura una sinuosa verdad. Toda obra es una declaración de intenciones, y Glifo es una llamada de atención hacia lo importante, lo que nos humaniza, lo que permanece, lo auténtico.
0