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Cultura

ENTREVISTA | José Sacristán

"Yo me cago en dios doce veces por segundo, pero discrepo con las formas de Willy Toledo"

José Sacristán presenta El pan y la sal, una producción sobre el juicio a Baltasar Garzón que pide justicia para las víctimas del franquismo y sus familiares

"No se puede someter a la humillación, a la vejación y al desprecio absoluto a los que tienen a su gente tirada por las cunetas"

"Hay gente que se parte los cuernos estudiando y a otros se lo regalan, ¿cómo no va a haber indignación?"

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José Sacristán en la presentación de 'El pan y la sal'

José Sacristán en la presentación de 'El pan y la sal' Cristina Pozo

El Valle de los Caídos no es solo (hasta dentro de poco) el mausoleo de Franco, sino la mayor fosa común de desaparecidos en la Guerra Civil. Dos de ellos son Valerico y Victorino, padre y tío de Pedro Fausto Canales, uno de los familiares que lleva décadas luchando por recuperar sus restos y alejarlos de la tumba del dictador.

En El pan y la sal, José Sacristán es Pedro y el Teatro Español es la sala del juicio a Baltasar Garzón por ayudarle a él y a muchos otros a esclarecer los crímenes del franquismo. Esta coproducción entre el Español y el Teatro del Barrio regresa en un momento idóneo para reclamar justicia y recordar las muchas heridas sin cicatrizar que dejan los ultranacionalismos. Con un lujoso cartel difícil de reunir, la obra solo estará cuatro días (del 20 al 23 de septiembre) en escena y ya ha agotado todas las entradas.

José Sacristán y Núria Espert, por ejemplo, no tardaron ni un minuto en sumarse al proyecto. El primero, por esa inquietud ideológica de quien ha vivido lo que aquí se cuenta, por su padre, comunista y preso político, y por pura necesidad de reparación. Sin embargo, este actor nacido en Chinchón hace ochenta años confía relativamente en el poder del teatro e insta a seguir peleando las cosas importantes en la calle.  

Interpreta a Fausto Canales, cuyos padres y tío fueron trasladados sin permiso al Valle de los Caídos. ¿Ha hablado con él para preparar el papel?

No he tenido ocasión de conocerle todavía, el encuentro será después. Conozco su caso a través del texto, pero nada más. Por edad y por trayectoria lamentablemente estoy familiarizado con estos hechos. Mi padre estuvo en la cárcel y he conocido a montones de presos políticos, así que estoy en la obra por ideología, por solidaridad y porque creo que hay que contribuir a aclarar estas cuestiones.

Hace unos días se celebró una vigilia en apoyo a Willy Toledo en este mismo teatro. ¿Qué le hubiera gustado decir en el micro abierto?

Que estoy totalmente de acuerdo en que es una improcedencia y una barbaridad judicializar esto. Yo jamás hubiera dicho lo que pronunció Willy, ni en esas circunstancias. Yo blasfemo y me cago en dios una media de doce veces por segundo, pero entiendo que hay gente de izquierdas, gente de derechas, gente del pueblo, gente humilde y gente trabajadora a quienes esas cosas les duelen.

Otra cosa es que, a partir del pronunciamiento de Willy, un juez haya determinado que eso tiene que ser investigado. Es de terror. Sin embargo, hay una cuestión de fondo con la que estoy completamente de acuerdo: discrepo con las formas en las que se pronuncia Willy Toledo. 

¿Qué debería ocurrir con los artículos de la Constitución que defienden las ofensas al sentimiento religioso?

Habría que eliminarlos, por supuesto. Los hemos sufrido durante muchos años. Ya está bien. Yo me he criado con los salesianos y un día, cuando tenía 11 años, uno de los monjes me pilló leyendo un libro de Arnando Palacio Valdés llamado Riverita. Me quitó el libro, me confesó, me puso de penitencia no leer. Y más cosas. Yo llegaba por las mañanas, izaban la bandera, se cantaba Cara al sol, se rezaba un Padre Nuestro y un Ave María y a la clase. 

El último lavado de cerebro se llamaba oratorio festivo y cantábamos "antes morir que pecar". Mi padre me metió allí porque, claro, daban de comer. A los 13 años dije, ¿pero estos hijos de puta? ¡Qué voy a opinar! Que es un atropello lo de judicializar el sentimiento religioso. Otra cosa es cómo Willy se manifiesta y va por la vida, que no coincido en las cuestiones de forma.

José Sacristán en la presentación de 'El pan y la sal'

José Sacristán en la presentación de 'El pan y la sal' Cristina Pozo

Ha contado que sus primeras oportunidades en el cine vinieron de la mano de gente cercana al régimen como Sáenz de Heredia u Ozores. ¿Ha sentido alguna vez cercenada su libertad ideológica o religiosa (o la falta de ella)?

Es que ni se planteaba. Si a Willy le pueden poner una multa, por aquel entonces ibas directamente al paredón de fusilamiento. No hubo ocasión porque tampoco iba cantando la internacional a los rodajes, ¿sabes?. Nunca he ocultado mi manera de pensar, pero tenía la prudencia de no provocar ni escandalizar.

En ese sentido predomina con mucho mi agradecimiento hacia las personas que confiaron en mí, me enseñaron lo poco o mucho que sé y me ayudaron a pagar el colegio de mis hijos y el recibo de la luz.

Sin embargo, también ha dicho que nunca aceptaría un personaje contrario a su ideología. ¿Estas discrepancias no afectaban a la convivencia en los rodajes?

Nunca tuve un problema con ellos, ni el menor roce. En gran parte porque haberlo provocado hubiera sido una soberana estupidez. Yo entonces tenía veintipocos años y mi manera de pensar era la que había aprendido de mi padre, un militante del Partido Comunista en la clandestinidad y que había estado en la cárcel. 

Entendía su causa pero mi militancia era ser actor, y ahí puse todo mi empeño. Atendía a mi trabajo y a mis obligaciones, y acudía cuando se declaraban huelgas o manifestaciones. Me considero un hombre de izquierdas, pero no militante. Solo lo fui durante la Transición, en la Junta Democrática cuando pedí el voto para el Partido Comunista.

Contó el director de El pan y la sal, Andrés Lima, que no tardó ni un segundo en aceptar el papel en la obra. ¿Qué sentimientos le despierta el juicio a Garzón por investigar los crímenes del franquismo?

Admiro muchísimo a Baltasar Garzón. No soy partidario de convertir los escenarios en púlpitos o en tribunas. Yo tengo un compromiso como actor y como ciudadano, pero obviamente no puedo cargar con la responsabilidad de que vaya a ordenarse todo en la Justicia después de que representemos esta función. Como se dice, siempre hay quien hace la Historia y quien la padece. 

Yo colaboro con la humildad suficiente como para saber que la capacidad de cambio es mínima. Por ejemplo, ha habido un acontecimiento últimamente que es terrible, patético, muestra de la servidumbre y lo sórdido del territorio moral en el que nos movemos.

La ministra de Defensa, viendo las imágenes brutales de los niños en Yemen, decide que no hay que vender bombas a Arabia Saudí. Es una reacción normal, no como ministra sino como ser humano. ¿Y qué pasa? Que hay que venderle las bombas a Arabia Saudí. Como decía El Roto, "las bombas dan trabajo". ¿Cómo se modifica esto? ¿Con una función de teatro? Hacemos lo que podemos, pero realmente el devenir de la Historia es el que es.

Pero el valor divulgativo de las artes existe, aunque no sea capaz de evitar la venta de bombas a Arabia Saudí, ¿no?

Hay que estar, lógicamente. Pero, ¿qué papel jugamos nosotros en todo esto? ¿Sale el país a la calle y dice, "no se venden las bombas" y que se aguanten esos muchachos de Cádiz? La vida sigue. Nosotros hacemos funciones de teatro, escribimos novelas, hacemos películas o hacemos periodismo. Pero a este gesto [la obra de teatro] le doy la importancia que tiene, y sé que no voy a cambiar la Historia.

José Sacristán en la presentación de 'El pan y la sal'

José Sacristán en la presentación de 'El pan y la sal' Cristina Pozo

La exhumación del Valle de los Caídos es inminente, ¿confía en que sea el paso previo a que se haga justicia en las fosas comunes y a lo que se denuncia en esta obra?

Tendría que haber una disposición o algo que equiparara y que hiciera justicia. La Ley de Memoria Histórica esta ahí, el PP la asfixió pero hay que recuperarla. En contra del cinismo de los que dicen que esto es hurgar en la herida o remover, hay que recuperarla porque no podemos someter a la humillación, a la vejación y al desprecio absoluto a los que tienen a su gente tirada por las cunetas.

¿Es esto hurgar o joder? Un poco de dignidad, ¿no? Sobre todo cuando viene de instancias católicas y cristianas donde se hace apología de ciertos sentimientos.

Dentro de poco se cumplen 40 años de la Constitución y el Gobierno lo celebró con un anuncio entre dos combatientes de la Guerra Civil que fue comparado por Pablo Iglesias con los nazis y los judíos. Usted ha criticado las declaraciones del Secretario General sobre la Transición, ¿qué le parece esta comparación?

He visto el vídeo y no me atrevería a ir tan lejos. No es equiparable la relación entre republicanos y franquistas con la de nazis y judíos. Cuando lo vi pensé en mi padre y es que da la puta casualidad que el que hizo las gestiones para que saliera de la cárcel fue un guardia civil jubilado. Un amigo de una amiga que tenía otro amigo que tenía otra amiga. Estos casos se dieron mucho. 

Recuerdo que este guardia civil vivía en la calle Cartagena y le llevábamos en agradecimiento patatas y tomates. Quiero decir, en este caso uno tenía un mosquetón y el otro también y se encontraron ahí vete tú a saber por qué. No comparto ese extremo, no me parece que sea tan insultante ni tan agravante que dos combatientes de cien años dialoguen.

Sin embargo, el anuncio también ha indignado a colectivos de memoria histórica por mostrar una "falsa equidistancia" que todavía colea en la Constitución, como en los artículos que comentábamos.

Yo soy partidario del diálogo. Lo vemos ahora en la cuestión catalana, que por más vueltas que le demos hay dos millones de personas a las que no se puede poner fuera de la ley. Se puede llegar a más o menos acuerdos, pero todo lo que pase por sentarse y hablar me parece un buen punto de partida. Y no es procedente negar o poner en cuestión ese punto.

José Sacristán en la presentación de 'El pan y la sal'

José Sacristán en la presentación de 'El pan y la sal' Cristina Pozo

Hace un tiempo dijo que el "portavozas" de Irene Montero era pasarse de rosca, pero unos meses después nuestro Gobierno prometía su cargo en el "Consejo de Ministras". ¿Debe el lenguaje recoger estos avances?

Mira, el otro día estuve viendo una obra maestra de Ernst Lubitsch llamada El diablo dijo no. Si esa película se proyectara hoy en un congreso feminista harían como con Franco: sacarían a Lubitsch de la tumba y a saber lo que le hacían. 

A estas alturas creo no ser sospechoso de nada porque tengo los casos de mi madre y de mi hermana. Mujeres que han sido esposas, madres, hijas, hermanas, tías, primas, pero nunca ellas.

En el caso de mi madre, el machismo estaba instalado de una manera muy tierna. Por ejemplo, mi padre (con tres empleos) prohibió a mi madre trabajar de limpiadora de escaleras porque, según él, mi madre ni barría ni fregaba las escaleras de nadie mientras él tuviese media hora más para poder trabajar. Era una relación totalmente machista porque estaba en el ADN de esa sociedad.

Estoy de acuerdo con todo lo que suponga alcanzar niveles de igualdad, desde luego, y todo es poco. Pero otra cosa es caer en lo de las portavozas. O, ¿acaso no se debería haber hecho El hombre tranquilo porque John Wayne le coge de los pelos a Maureen O'Hara? Es un territorio ese en el que...

Usted se refiere a la censura, ¿pero no cree que se está animando a analizarlo con una mirada crítica?

¿Para qué? Son comportamientos humanos que están ahí y que van a seguir estando. Distinto sería si se hiciese apología de que el hombre es superior. Pero por otro lado están las peripecias dramáticas. Lo vemos en Shakespeare con La fierecilla domada o en Romeo y Julieta. Una cosa es la militancia y otra las peripecias humanas que van a seguir estando ahí. Pero cuidado con esto, porque me parece que se puede hacer el ridículo, sencillamente.

¿Cree que es ridículo el debate lingüístico?

Muchas veces sí. En extremos. Yo vengo de la España rural de los años treinta y jamás volvería a aquello. Ahora tengo conversaciones con amigas feministas y ellas son las primeras que piden cierta contención en todo esto. Consideran, como yo, que no solo no conduce a ninguna conquista, sino que es sencillamente una gilipollez. 

Su última obra de teatro, Muñecas de porcelana, repasaba lodazales de la política como la corrupción. Sin embargo, resulta que el talón de Aquiles de los políticos está en lo académico. ¿Por qué cree que indigna más a la población?

Todo forma parte de una fragilidad en cuanto a la entidad moral del personal y, seguramente, también tenga que ver con cómo somos la sociedad civil. Esta gente no son marcianos, nos representan porque los hemos votado.

Pero sí, en definitiva es un carnaval, una verbena. Lo que creo es que hay que poner la atención sobre esa universidad. Es que esa universidad es una casa de putas. Ahí es donde hay que poner el acento y también sobre el tipo que manejaba el cotarro. La responsabilidad es de los que emiten esos certificados de favor.

También de los políticos que aceptan ese trato de favor (ya siendo políticos), ¿no cree?

Sí, claro. No digo que haya que exculparlos. Pero el que tiene la responsabilidad directa es el cabrón o la cabrona que dice que esos han estudiado cuando no es verdad. Hay personas que se parten los cuernos para aprobar y a otras que se lo dan regalado. ¿Cómo no va a haber indignación?

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