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Epílogo

Escultura d'Alicia Martin

Escultura d'Alicia Martin

El lector seguramente recordará aquellos libros falsos que cierta gente hortera utilizaba para decorar su mueble de salón de estilo remordimiento. Los había de una gran calidad que conseguían dar el pego si los propietarios de la casa no cometían el error de poner al lado los pocos volúmenes de verdad que atesoraban. Normalmente, algún resto de sus lecturas infantiles, algún manual escolar, otro de cocina, la guía telefónica y el volumen encuadernado en cartoné que regalaba Bancaja por Navidad. La miseria neorrealista de esa pequeña colección delataba la suntuosa bisutería de los de cartón piedra. Todavía los venden en AliExpress o en Amazon, pero a estas alturas cuesta imaginar quién los compra. Nadie que esté mínimamente al día —y todos lo estamos, lo pretendamos o no— puede querer darse pisto con eso. El otro recurso para simular una cultura que no se tenía era comprar las colecciones de quiosco. Tenían la ventaja de que salían más baratos y que eran libros de verdad, o eso se supone, porque la mayoría no han sido abiertos nunca. En todo caso, daba igual.

Ahora hay webs que proponen abiertamente comprar libros para decorar. Te dan sugerencias para colocarlos de manera casual en el suelo, al lado de la bicicleta vintage, debajo de la colección de cerraduras o de cucharas de madera, encima de los muebles de estilo étnico o como soporte de una lámpara, y dar así «un aire chic, bohemio e intelectual» a tu hogar. No se trata ya de intentar disfrazar las propias carencias culturales, sino de impostar enteramente un estilo de vida, objetualizando el libro y reduciéndolo a un elemento decorativo, a una antigüedad, a un elemento más o menos exótico, más o menos anacrónico, cuya primitiva función se ha vuelto obsoleta y al que nosotros, con nuestro sofisticado sentido estético, damos otra. La operación sale barata, ahora que proliferan las tiendas de libros de segunda mano, que parece que es la última salida medianamente digna que les queda a los libros ante la creciente depreciación de las bibliotecas personales, las bibliotecas auténticas que aquellos ingenuos aspirantes a burgués ilustrado sustituían por un decorado.

Lo que seguramente no sospechaban aquellos artistas del kitsch es que lo que hacían los ilustrados a los que trataban de imitar tenía puntos de contacto con su superchería, porque, en general, los que han sido seducidos por el libro y la lectura siempre han comprado muchos más títulos de los que han podido leer nunca, llevados por un impulso irrefrenable y un pensamiento tan mágico como el suyo. Unos y otros, cada uno a su manera, pintaban en la pared bisontes que nunca cazarían. Calculadora en mano, cuatro mil libros es lo máximo que una persona razonablemente longeva puede leer a lo largo su vida. Siendo realistas, entre mil y dos mil. Eso en el caso de que no tenga que pasarse doce horas repartiendo pizzas para ganarse la vida. Pero hay bibliotecas personales muy por encima de esa cifra. Umberto Eco tenía más de 50 000. Saramago 20 000.  Y Hitler acumuló 16 000 después de quemar unos cuantos, hasta que la intensidad de su trabajo le impidió leer con la asiduidad deseada, según cuenta Lothar Machtan en The Hidden Hitler. Pasando por alto este último dato, que a los que están convencidos de que la lectura es un hábito inequívocamente positivo seguramente resultara perturbador, rodearse de libros, aun sabiendo que no vas a tener tiempo de leerlos, ha sido para muchos una especie de barrera de protección frente a la barbarie, un depósito de esperanzas, una forma de consuelo que puede ser opresiva, porque nos recuerda nuestras limitaciones vitales e intelectuales, pero también liberadora, porque crea a nuestro alrededor un vasto espacio por explorar que, en cierto modo, está bajo nuestro control. Así pues, no hay que extrañarse de que algunos, en lugar de comprar libros para llenar de contenido sus casas o simularlo, hayan comprado casas para meter sus libros.

Pero hete aquí que cada vez son más los poseedores de una biblioteca voluminosa, y no precisamente aleatoria, que están agobiados por la necesidad de deshacerse de los libros que han ido acumulando a lo largo de los años, porque ahora mismo se han convertido en una incómoda herencia. Antes, heredar una de tus padres era una suerte inusual. Ahora ven que los hijos no tienen espacio, no aprecian los libros o ambas cosas, y que las instituciones públicas a las que algunos se han dirigido para donarlos se los rechazan. Como mucho, se muestran dispuestas a espigarlas y quedarse con algunos ejemplares, que seguramente digitalizarán y meterán en algún sótano. Nunca antes como ahora había sido tan fácil dotar de fondos una biblioteca pública. En poco tiempo podría formarse un catálogo extraordinario. Pero parece que las autoridades no están por la labor. Y la cuestión no es la de poder duplicar fondos existentes en otras partes del globo, que también, sino la de clasificar y estudiar bibliotecas particulares que en algunos casos tienen un interés indudable, porque una biblioteca no es un montón de libros, o no siempre, no hace falta explicarlo. Independientemente de eso, venderla al peso o donarla a una ONG para su desmembración es un destino doloroso para su propietario.

Sorprende el optimismo que muchos manifiestan ante el futuro de los libros de papel, y sorprende más todavía que entre esos optimistas haya algunos que están en el trance de practicar la eutanasia a su preciada biblioteca. Ciertos fenómenos alucinatorios, como las ferias del libro, contribuyen a fomentar esta forma de negacionismo: los libros que los autores se compran entre sí, los muchos libros infantiles y juveniles (por los que algún día nos deberían pedir cuentas), los libros premiados que se compran para regalar, la compra ritual anual con descuento, la compra fetichista para aproximarse a un autor mediático, la compra impulsiva o de compromiso de quien solo pretendía tomar el sol o matar el aburrimiento, la de superventas de moda y demás quincallería destinada a cumplir en algunas estanterías la misma misión que los antiguos libros de cartón piedra… Descuenta todo eso y muchas otras perversiones que afectan al mundo de la industria cultural, y verás lo que queda. Dicen las estadísticas que la industria editorial crece, y los grandes grupos, que cada vez son menos pero cada vez más grandes, se jactan de ello. Pero es la misma afirmación que oímos insistentemente respecto del conjunto de la economía: proclaman una recuperación que solo se refleja en las grandes cifras, no en el día a día.

La mayoría de los compradores primaverales de caseta no pisa una librería a lo largo del año y estas siguen cerrando en una sucesión imparable, que los intentos voluntaristas de abrir unas nuevas no contrarresta. Los estantes desnudos ya no avergüenzan a nadie. El libro ha perdido su estatus. Es cierto que han aparecido nuevas formas de leer pero también lo es que los iletrados han encontrado el camuflaje perfecto en la nebulosa digital. La desaparición del libro de papel del paisaje cotidiano, tanto del doméstico como del público, es un hecho, y esa ausencia progresiva tiene unos efectos que pueden percibirse en tiempo real. El libro impreso es un objeto que está desapareciendo aceleradamente del imaginario colectivo, y con él buena parte de sus propiedades ancestrales, empezando por las totémicas, unas propiedades que el libro electrónico —en el caso de la literatura—, o Internet —en el de las obras de consulta—, no pueden sustituir por su falta de corporeidad. Habrá que consolarse pensando en lo que de positivo puede haber en todo ello. Seguro que si le ponemos ganas, encontramos algo.

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