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¡Marchando una de arte!

Chelovek s kino-apparatom (Dziga Vertov 1929).

Chelovek s kino-apparatom (Dziga Vertov 1929).

No sé si alguna de esas universidades americanas que se dedican a medir la relación entre la exposición a la música country y las tasas de suicidio, o a averiguar por qué los pájaros carpinteros no tienen dolores de cabeza —estudios reales—, habrá calculado la cantidad de material audiovisual que hay simultáneamente en circulación. Pero para hacerse una idea, basta saber que, a hora punta —que, en un país con una tasa de paro como la nuestra, vete tú a saber cuál es—, hay unos diez millones de conciudadanos conectados a Internet para ver un documental, una película o una serie a través de alguna de las nuevas plataformas digitales. Añadamos a eso las televisiones tradicionales, lo que se llama ahora consumo lineal, que todavía tienen unos doce millones de usuarios, y pensemos también en todos los que, en estos momentos, están apretando el gatillo en un videojuego online. Extendamos el campo de visión a todo el planeta y empezaremos a tomar conciencia de las dimensiones que está adquiriendo la industria de la creación de contenidos audiovisuales. Y, a pesar de eso, la demanda de empleo dentro de ese sector supera con creces la oferta. Hay miles de jóvenes que quieren formar parte de ese negocio y no lo consiguen, o no lo hacen en las condiciones para las que les han dicho que están cualificados.

Son los herederos de esos a los que, en El viaje a ninguna parte, el personaje interpretado por Fernando Fernán Gómez se refiere despectivamente como «peliculeros», sin darse cuenta de que él está en un escalón todavía más bajo, el de los cómicos. Y es un enigma el hecho de que haya ahora tanta gente deseosa de subirse al carro audiovisual. Simplificaciones descalificadoras aparte, es una elección difícil de entender desde fuera, por eso se considera una profesión vocacional. Un conjunto de oficios interrelacionados, más bien. Entre ellos hay un buen puñado de narcisos y de egos inflamados, y también muchos que creen estar preparándose para una profesión con futuro, pero la mayoría se sienten arrastrados por una irresistible inclinación creativa, por una pulsión romántica. Quieren ser artistas: directores de cine, guionistas, animadores gráficos, directores de fotografía, escenógrafos… Y cuando salen de esas fábricas de sueños que son la universidad y las escuelas de cine, que están proliferando como hongos, con lo que se encuentran es con una industria que se rige por un código laboral implacable, que persigue el mismo objetivo que la que se consagra a elaborar calzoncillos de felpa: la consecución de la máxima tasa de beneficio posible, una ecuación en la que no suele entrar el arte. Las ilusiones de la mayoría de los que quieren entrar en el show bussines acaban pulverizándose contra una realidad que no se describe en las aulas tal como es. Creen que al final del túnel académico les espera un mundo imaginario que todavía asocian con el viejo sistema de estudios de Hollywood, aquel que, ver para creer, en su tiempo era criticado porque concebía el cine como negocio. Y con lo que se encuentran ahora es con algo muy diferente y peor.

Los que tienen suerte, son engullidos por unas corporaciones que hacen que aquellos estudios parezcan unos centros de mecenazgo renacentistas, donde impera eso que se llama optimización de recursos y unos mecanismos de producción cada vez más estandarizados, tanto como adocenada es la mercancía resultante. Y los que no tienen suerte, que son la mayoría, topan con un tumultuoso pelotón de pequeños empresarios, diestros en pillar subvenciones y explotar fórmulas que supuestamente les garantizan la supervivencia —algunos consiguen algo más que eso y otros algo menos—. Aunque no lo parezca a simple vista, ambos mundos se complementan y convergen, y el margen que deja esa maquinaria para que el talento genuino se desarrolle es pequeñísimo y se reduce a cada minuto que pasa. Casi todas esas películas que se toman como modelo de estudio en las escuelas de cinematografía serían inviables en el sistema de producción actual. Si acaso —raras excepciones aparte—, se hacen otras que se les parecen, pero solo en la cáscara, tras la que se esconden unos algoritmos mercantilistas e ideológicos cada vez más perfeccionados. Y lo de los algoritmos no es sólo una metáfora. La Warner ha sido el último gran estudio en adoptar las técnicas de inteligencia artificial para la gestión de proyectos.  Ha firmado un acuerdo con la empresa Cinelytic, que usa el análisis predictivo en la selección de guiones, en la tría de actores y en las estrategias de distribución de las películas según territorios. Nuestra industria nacional todavía utiliza mayormente la intuición, pero esta no es una cualidad tan aleatoria como se cree. La mayor parte de los que van tras los cantos de sirena de las artes audiovisuales, si no se ahogan, acaban agarrados a un madero en las playas de ese mundo real que creían dejar atrás, que incluso creían que ya no existía. O bien malviviendo en el sector, en una situación de precariedad lamentable, poniendo en juego unas habilidades que han mal aprendido en las facultades, o bien cambiando de profesión, reflotando la barbería de su tío o montando un bar con los colegas.

Llegados a este punto, aunque el escepticismo se yergue ante quien escribe con toda su envergadura y una expresión sardónica, tal vez convenga recordar que, en tiempos de crisis, todos los artistas que han tenido algo que decir y unos gramos de lucidez han hecho un alto, han vuelto la vista atrás y han tratado de ver en qué punto del camino se torció la cosa para, desde allí, tratar de recuperar el rumbo. Quizá ha llegado la hora de hacerlo a gran escala, poner esa pasión por las ficciones bajo la lupa del espíritu crítico, y también pragmático, de nuestra época. Porque la paradoja está bien a la vista y tiene varios pliegues: vivimos entregados en cuerpo y alma a construir un gigantesco mundo virtual mientras nos cargamos el mundo real, ese que, en definitiva, nos sustenta, a nosotros y a nuestras quimeras. Y la industria que se encarga de hacerlo, la industria definitivamente venal de la farándula —«profesión de farsantes», según Coromines— se traga con avidez, uno tras otro, precisamente, a aquellos que, supuestamente, son los depositarios del espíritu que impregna la genuina práctica artística, los llamados a hacer una interpretación crítica de la realidad, a ampliar los horizontes de nuestra percepción, liberándola de los corsés con la que tratan de unificarla, y a activar el poder transformador que todo eso conlleva.

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