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Contra la ley de la gravedad

Durante un tiempo, quizá demasiado, confundí el amor con muchas cosas. Con la chispa de cada mañana, con las mariposas en el estómago, con el olor que dejó en mí, con la admiración devota hacia el ser que te acompaña, con el erotismo sutil, con las enloquecidas peripecias juveniles, con la pasión que te asalta en la noche, con el movimiento acompasado de unos muslos, con la galería privada de los sueños, con la magia de un cuerpo, con un estilo de vida, con el poder de unas palabras… Durante mucho tiempo, quizá demasiado, supe desear y no supe amar.

Eso lo digo ahora. Tras las experiencias vividas desde la mitad de una existencia. Es la vida. No hay libro de instrucciones. Pero a veces pasa que una se detiene. Y ve lo que sucede en carne propia con la distancia casi ajena que confiere el ejercicio de retroceder. Es como si te sentaras en un patio de butacas y vieras tu vida en pantalla grande. Cuando dejas de ser la protagonista del espectáculo, distingues a la perfección entre el amor y el truño.

La mayor parte de ocasiones con el amor ocurre que una va insegura como si caminara por un alambre. Quizá por ello, y porque es algo que nos constituye, he leído tanto sobre el amor. Busqué en la sociología, respuestas menos frágiles a este riesgo contante que supone tanto amar como vivir. Me acerqué a la límpida prosa de Ortega y Gasset en sus Estudios sobre el amor, del que celebramos ahora 80 años; a El amor líquido de Zygmunt Bauman y su definición de relación de pareja como “colación de intereses confluyentes”, y también a la naturaleza mudable del amor cuando surgen nuevas situaciones de la que da cuenta Second chances, el aclamado ensayo de Judith Wallerstein y Sandra Blakeslee. Todas estas lecturas me dieron pautas para relacionar diversas teorías con esa línea intransferible que supone la propia existencia.

Pero en mi opinión, de entre todo lo leído, la mejor manera de evocar el amor es la mítica imagen que relató Paul Auster en El Palacio de la Luna. Un hombre salta desde un acantilado y cuando está a punto de dar en el fondo, ocurre “algo extraordinario”, se entera de que lo quieren: “Yo había saltado desde el borde y entonces, en el último instante, algo me cogió en el aire. Ese algo es lo que defino como amor. Es la única cosa que puede detener la caída de un hombre, la única cosa lo bastante poderosa como para invalidar las leyes de la gravedad”.

Tengo que agradecer a Auster esa definición del amor con la que me he encontrado a lo largo de mi vida adulta. Cuando una persona se siente incapaz, cuando la pulsión de apearse de la vida vence -así de caprichosa resulta la naturaleza humana,- ahí aguarda el amor para espetarte en el peor de los días, que cuando le besas, caen ramos de flores del cielo.

Cuando el enemigo íntimo te lleva nuevamente a una sala de Urgencias, porque tu hipocondría te condena a encadenar una enfermedad fantasma con otra, allí está el amor para ponerse enfermo en tu nombre y fingir ante unos vecinos con los que coincides durante la espera, que el enfermo es él, y no tú, porque el verdadero amor se disfraza hasta de tortícolis para evitar que tú, su amor, sufra por dar explicaciones.

El amor también camina junto a ti por la orilla de tu playa favorita. Cuando lloras porque la ansiedad te impide ver la grandeza del paisaje, en ese espacio que lo fue todo, ahí está el amor para bracear contra marea. Y de pronto, al mirarle, obra el milagro: abre los brazos en cruz y dibuja un nuevo horizonte entre el mar y el cielo.

*Magda R. Brox es periodista de la Universitat de València. Centre Cultural La Nau.

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