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A las mujeres que nos motivan a seguir reivindicando la igualdad de género

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Viene a mi mente una conferencia a la que asistí hace unos años centrada en el papel de la mujer en la seguridad. La conferenciante empezó diciendo: “Hablar de los derechos de las mujeres es hablar de derechos humanos”, y pensé: “¡Pues claro!”. Meses después, cuando empecé a desarrollar proyectos para la prevención de la violencia y el delito en América Latina, me di cuenta de que eso que daba por hecho, sentada cómodamente en una sala del Parlamento Europeo, no lo era en otras regiones del mundo donde la realidad de millones de mujeres es bien distinta.

¿Por qué entonces me saltó, tan rápido, ese “pues claro”? Nací en los ochenta. Desde que tengo uso de razón he vivido en países desarrollados, tengo la misma formación académica y acceso a los servicios básicos que mis amigos (chicos). Hasta el momento, no se me han cerrado oportunidades laborales por ser mujer, he cumplido con mi deber como ciudadana de votar, mi salario se mide con base en un baremo que Canadá establece según mi formación y experiencia laboral. Si me quedo embarazada tengo un año de baja maternal; y en caso de que cualquiera de mis derechos como mujer se me vulneren sé que cuento con mecanismos independientes e imparciales que garantizan la aplicación de la ley en condiciones de igualdad. La respuesta es evidente: soy una privilegiada, al igual que las mujeres de mi entorno más próximo.

La lucha de las mujeres la he ido aprendiendo, y sensibilizándome con ella, de forma vivencial.  Por ejemplo, en Colombia aprendí que hay niñas en zonas rurales que no denuncian ser víctimas de violaciones, no porque no quieran o tengan miedos, sino porque, en cuanto llegan a cierta edad, lo habitual es que un hombre mayor de edad (dentro o fuera de la familia), las inicie en la actividad sexual.

En Honduras me alarma la cantidad de casos de mujeres víctimas de violencia basada en género o sexual. Las víctimas, a pesar de saber que se han vulnerado sus derechos, deciden no denunciar por miedo a ser revictimizadas o exponerse a mayores riesgos. El principal problema, y así lo registra la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en su informe Situación  de Derechos Humanos en Honduras, es la tasa de impunidad para los delitos contra las mujeres que asciende a un 95%. 

A finales del 2016, Lakshmi Puri, la Directora Adjunta para ONU Mujeres, cifró las pérdidas económicas a causa de la violencia contra las mujeres en 2% del producto interno bruto mundial, es decir, alrededor de 1.5 billones de dólares americanos. Nicholas Kristof, periodista del New York Times y coautor del Half the Sky (Mitad del cielo), ha dedicado su carrera a investigar, informar y sistematizar su experiencia en las vulneraciones a los derechos de las mujeres alrededor del mundo y cómo se puede revertir esa opresión en oportunidades. Resulta interesante aprender que cualquier cambio para mejorar las condiciones de las mujeres (por mínimo que sea) conlleva progreso en su entorno más próximo.

En este sentido, Oxfam tiene un eje de trabajo específico: “La desigualdad de las mujeres: lograr justicia de género para acabar con la pobreza”, que tiene dos objetivos. El primero es la investigación y denuncia de las vulneraciones de las mujeres alrededor del mundo, para así promover e incidir en el desarrollo integral de las mujeres. El segundo es trabajar directamente con las mujeres para generar cambios, un ejemplo de ello es la creación de un programa de ahorro comunitario que transforma la vida de mujeres indígenas de Guatemala a través de la creación de cooperativas y redes de apoyo.  

En lo que va corrido de este 2018, he trabajado, copatrocinado por Oxfam, impartiendo un curso de capacitación sobre la problemática socioambiental de Honduras y los mecanismos de protección para las y los defensores de derechos humanos. Al finalizar las jornadas, una de las jóvenes participantes me escribió para, además de darme las gracias, decirme que tras el curso tenía claro que estudiará derecho porque entendía que así podrá ayudar a su comunidad a liberarse de las condiciones precarias e injustas de hoy.

En la defensa por los derechos de las mujeres siempre he tenido a Suecia como un referente por sus políticas de igualdad de género, especialmente en lo asociado con las condiciones laborales. Sin embargo, la Oficina Europea de Estadística (EUROSTAT), en diciembre de 2017, publicó los datos anuales de agresiones sexuales en Europa situando a Suecia a la cabeza de las denuncias registradas por este tipo de delitos. Esto demuestra que, aunque algunas más privilegiadas que otras, la vulneración a los derechos de las mujeres es universal, no entiende de fronteras, nivel socio-económico, idioma, raza o religión.

Independientemente de la realidad y desarrollo de cada país, Oxfam se adapta a los contextos de cada región para realizar campañas de incidencia para garantizar y promover los derechos de las mujeres alrededor del mundo.  Porque he podido apreciar personalmente el impacto positivo de sus programas, animo a todas y todos los que trabajan de manera diligente en Oxfam a seguir comprometidos en su noble labor.

En mi corta carrera profesional he conocido magníficas mujeres que trabajan para esta organización, en el que día a día ponen su conocimiento, experiencia y, lo más admirable, su corazón para luchar contra la pobreza, brindar oportunidades a mujeres para hacer de nuestra comunidades, ciudades y países un lugar más equitativo y de mayor cohesión social.

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