Las personas racializadas vivimos bajo sospecha en España: lo de Serigne Mbaye no es casualidad, es violencia
Mi piel, color canela, y mi pelo rizado dicen antes de mí lo que otros creen ver. Me delatan incluso cuando no he dicho nada. Escribo desde la experiencia compartida de quienes vivimos bajo mirada ajena.
Sé lo que es notar cómo cambia el ambiente al entrar en ciertos espacios. Medir palabras, gestos, presencia. Para muchos, esa presión se intensifica aún más frente a quienes tienen poder para detener, cuestionar o criminalizar sin motivo.
Ser señalado por lo que representas antes que por lo que haces deja huella. Lo vemos en nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros amigos, nuestros compañeros. Lo sentimos todos los días. Que te pidan la documentación más veces que al resto, que tu presencia incomode, que tu cuerpo o tu voz se conviertan en sospecha… eso no es casualidad: es violencia cotidiana. Los eternos inmigrantes.
A vosotros os convierten en amenaza: delincuentes, ladrones, violadores antes de conoceros, simplemente por existir. A nosotras, muchas veces, en estereotipo: las eternas tontas, sumisas, sin criterio, exóticas, la excepción… Dos formas distintas de la misma mirada que decide quién pertenece y quién no.
Pero frente a esta injusticia, también surge solidaridad. Mujeres racializadas reconocemos el impacto de la discriminación que sufrís y nos solidarizamos con vosotros: acompañamos, apoyamos y denunciamos lo que es injusto. Lo hacemos no como caridad, sino porque entendemos que la violencia estructural afecta a todos los cuerpos racializados, aunque de manera diferente.
Esa solidaridad se manifiesta en gestos cotidianos: señalar lo que no es justo, ofrecer cuidado y apoyo cuando el sistema margina, visibilizar las experiencias que a menudo se silencian. Nos reconocemos mutuamente en la vulnerabilidad y en la resistencia, porque sabemos que la dignidad de unos está ligada a la dignidad de todos.
Ninguna sociedad puede llamarse justa si permite que parte de su población viva bajo sospecha. Ninguna institución debería ejercer poder desde el prejuicio. La seguridad no puede construirse a costa de la dignidad de otros.
Lo que nos demuestra Lamine Yamal
Lamine Yamal podría haber elegido jugar para una selección africana, pero decidió representar a España. Da igual que sea uno de los mejores futbolistas del mundo: nada de eso basta. Porque el problema nunca fue su talento, sino la mirada de quienes lo reducen al color de su piel o a su origen.
Por eso esta carta no es neutral. Porque el silencio también toma partido. Porque, aunque nuestras experiencias no sean idénticas, compartimos la realidad de una mirada que nos reduce y condiciona antes de conocernos.
No sois el problema. Tampoco sois perfectos. Sois personas. Con errores, contradicciones, historias distintas. El problema es un sistema que os señala por defecto y legitima prácticas que nunca se aceptarían para otros. Frente a eso, lo mínimo es no mirar hacia otro lado.
Ojalá llegue el día en que nadie tenga que justificarse por existir. Hasta entonces, escribo desde quien también sabe lo que significa ser mirada como si no perteneciera.
Cuidaos. Protegeos. Quereos. Merecéis vivir sin miedo.
2