Los sudaneses que lograron saltar la valla de Melilla: “La policía marroquí nos ha pegado y ha matado a nuestros amigos”

Amir, uno de los supervivientes del salto de la valla de Melilla, en el centro de acogida de la ciudad.

Gabriela Sánchez

Melilla —

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La vida parece calmada en Melilla, como si su kilométrica valla no hubiese escondido hace tres días y unos metros más allá, en Marruecos, decenas de personas heridas o fallecidas, apiladas y engrilletadas, después de intentar entrar en España. En su ronda habitual, un guardia civil presume de la rapidez con la que ha sido reparada la zona dañada de la verja. Un par de zapatillas desparejadas y varios cascotes de material antidisturbios esparcidos por el lado español de la alambrada parecen ser los pocos restos del día de la tragedia. 

VÍDEO | Migrantes, heridos y agotados, tirados en el lado marroquí de la frontera tras el salto de la valla de Melilla

VÍDEO | Migrantes, heridos y agotados, tirados en el lado marroquí de la frontera tras el salto de la valla de Melilla

Todo parece tranquilo y “arreglado” ya en Melilla, dicen algunos de sus ciudadanos, pero Hitham llora cada día desde el pasado viernes. Piensa en Hadid, su amigo de la infancia, uno de los 37 migrantes y refugiados que fallecieron en su intento de atravesar la valla melillense el pasado viernes, según su relato. Junto a Hadid abandonó su país, Sudán, en 2019 para comenzar un largo camino hacia Europa que ha pasado por Libia, Níger, Argelia y Marruecos. Con él, también, se sumó al último intento de salto de la frontera, agotados tras días de intensas redadas en Nador. 

Ahora Hitham está en España, pero Hadid no. “Los compañeros que no pudieron entrar como nosotros nos han confirmado que ha muerto y su familia ya lo sabe”, lamenta el sudanés, de aspecto cansado. “Los agentes marroquíes le pegaron, por eso ha muerto. He estado llorando todos estos días”.

El joven procedente de Darfur, también de 22 años, permanece en cuarentena —a pesar de que actualmente la normativa sanitaria no exige confinamiento a los turistas, ni siquiera a los enfermos de COVID— junto al resto de los 133 migrantes y refugiados que consiguieron entrar y permanecer en Melilla tras la entrada irregular que acabó en tragedia. 

Solo puede asomar medio rostro por un estrecho espacio creado entre las verjas del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI),  que los guardias de seguridad se afanan en cubrir y ellos en destapar para poder charlar con algunos de los conocidos sudaneses que habían llegado a Melilla meses antes. Hitham se agacha y se apoya en un estrecho muro para explicar cuánto le ha costado llegar hasta aquí.

Durante sus dos años en Libia, el veinteañero y su amigo se embarcaron con el objetivo de alcanzar las islas italianas por el Mediterráneo central: “Intentamos tres veces llegar a Italia, pero siempre nos devolvían. Algunos compañeros se ahogaron en el mar…”. Los documentados abusos en Libia y el aumento de las dificultades para recorrer esta ruta, la más peligrosa, les empujaron a probar un nuevo camino con destino España, como cientos de personas procedentes de Sudán y Chad, nacionalidades que hasta hace un año apenas se encontraban en las llegadas a las ciudades autónomas. Si han intentado saltar una valla de entre seis y diez metros de altura, una ruta que el Gobierno español califica de “violenta” por defecto, es porque apenas existen vías legales y seguras para pedir asilo en Europa.

Frente a los portones azules que conectan el centro de acogida con el exterior, Aiman intenta encontrar a su amigo Karin entre los supervivientes del último salto. Llama y pregunta por él. No puede contactar de otra manera porque, cuenta, el recién llegado aún no tiene teléfono. Cuando lo consigue, el joven se acerca con dificultad. Es uno de los 57 migrantes y refugiados heridos que fueron atendidos a su llegada a España. 

“Los marroquíes me pegaron demasiado. Tengo una pierna rota”, cuenta al otro lado de la verja. Él también dice tener a dos amigos entre los fallecidos en el lado marroquí de la frontera con España. Muestra la foto de uno de ellos. Lucía una chaqueta colorada, camiseta blanca, pantalón negro. Miraba a la cámara con seguridad. Tenía 22 años. “La represión fue muy fuerte, nunca había sido así”.

Los 133 recién llegados están confinados, sin poder salir al exterior y duermen en camillas de emergencia, pero lo supervivientes no muestran queja alguna. “Ahora estoy bien en comparación con cómo estaba allí”. Una semana antes del salto, explica, las redadas marroquíes en busca de migrantes en situación irregular se incrementaron. Cada vez era más difícil permanecer en el norte de Marruecos: “Había redadas todo el rato, nos escapábamos… hasta que vimos que no podíamos esperar más por esa situación insostenible”, cuenta. “Cuando venían los gendarmes, nos quitaban hasta las lentejas. Lo quemaban todo”. 

En una de esas redadas que, según las ONG, han aumentado tras el pacto alcanzado entre España y Marruecos —ligado al giro del Gobierno español con respecto a su posición sobre el Sáhara Occidental—, Amir fue detenido el pasado miércoles, según su testimonio. “Tuve mucho miedo por mi vida. Tenía miedo. Me pusieron los grilletes, me pegaron, estaba herido y me llevaron al Hospital de Nador”, cuenta el chaval, quien decidió escaparse del centro sanitario para intentarlo de nuevo. “Conseguí romper los grilletes y me escapé. Llevaba dos días sin comer antes del salto”. 

Según cuatro organizaciones locales, “la reanudación de la cooperación en materia de seguridad en el ámbito de la migración entre Marruecos y España en marzo de 2022 ha tenido como consecuencia directa la multiplicación de las acciones coordinadas entre ambos países·. Las ONG denuncian que estas acciones ”están marcadas por las violaciones de los derechos humanos“ de las personas migrantes en el norte (Nador, Tetuán y Tánger), así como en el Sáhara Occidental (El Aaiún, Dajla). ”Las campañas de detenciones, las redadas en los campamentos y los desplazamientos forzados contra las comunidades migrantes en Nador y su región presagiaban este drama“, han lamentado esta semana en un comunicado.

Amir, también sudanés, aún esta magullado y guarda el susto en el cuerpo: “La policía marroquí nos han golpeado y ha matado a nuestros amigos y no puedo entender por qué lo hicieron”, dice el chaval, de 20 años, mientras mantiene una sonrisa. Después de todo lo que ha pasado, dice mientras reconoce su propia contradicción, ese viernes doloroso también ha sido el “más feliz”. “Pienso que ahora empieza una nueva vida para mí y por eso estoy feliz por estar en España. Puedo sufrir por mis amigos, pero también sentir la alegría por estar aquí”.

Las ONG que trabajan sobre el terreno han pedido investigaciones independientes tanto por parte de Marruecos como por parte de España. Este lunes, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha asegurado que “lamenta” la “pérdida de vidas humanas” pero ha vuelto a agradecer su “labor” a la Gendarmería marroquí y a responsabilizar a las mafias del “asalto violento”.

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