La crisis de vivienda se cuela en la consulta del psicólogo: “A la quimio no le tuve miedo, pero sí a estos señores que nos querían echar”
El tema copa las conversaciones entre colegas, es la respuesta a tu madre cuando pregunta qué es eso que te preocupa y tanto te afecta y también el runrún que te acompaña antes de dormir. La crisis habitacional tiene un efecto directo en la salud mental de las personas que la sufren. Los psicólogos aseguran que el problema hace años superó las barreras de la consulta y, en gran medida, los conflictos que presentan sus pacientes son resultado del difícil acceso a una vivienda.
Estrés, frustración, ansiedad, insomnio e irritabilidad son algunos de sus efectos, aunque casos más graves han podido provocar ideaciones suicidas. Saber que el origen de ello no es algo individual sino consecuencia de una política estructural del sistema es el primer paso para encontrar resortes que ayuden a enfrentar la situación: el colectivo por el derecho a la vivienda como medio para el cambio, el psicólogo como acompañante.
Álvaro Piélago vive junto con dos compañeros en Alcorcón (Madrid). En el momento en que vieron que se acababa el contrato de alquiler, la incertidumbre se apoderó de él. “Lo trabajé mucho en terapia para que esto que podía pasar, que nos subieran tanto el alquiler que nos tuviéramos que ir, no se hiciera mucha bola, porque era algo que no me dejaba dormir por las noches”, comenta este periodista de 33 años. No había salida. Ni siquiera con su pareja podía irse a vivir a otro piso debido a los precios que marca el mercado.
El insomnio y estado de ansiedad que comenta este inquilino no es el único síntoma que presentan las personas afectadas por la crisis de vivienda. Purificación Párragaga, psicóloga de intervención social, añade otros como la aparición de sentimientos de culpa y baja autoestima, sensación de estancamiento vital, tensión dentro de la familia, irritabilidad y problemas conductuales y de rendimiento escolar en niños y jóvenes. A ello se añade una mayor presencia de estados emocionales negativos como el miedo y la tristeza; y el malestar físico, que aparece a través de dolores de cabeza, problemas digestivos y tensión y dolor muscular, añade esta vocal del Colegio Oficial de Psicología de la Comunitat Valenciana.
Las pesadillas persisten
Algunos de esos síntomas fueron los que acompañaron a Chus, vecina de Madrid hasta 2023, cuando se mudó a un pueblo al este de la Comunidad de Madrid. Ella vivía en el barrio de Salamanca. Su familia llevaba allí 23 años, en un piso cuya propietaria poseía el bloque completo. “Empezamos a tener apuros económicos y era elegir entre comer y pagar el alquiler, por lo que contrajimos una deuda”, relata. Cuando llegó al tratamiento psicológico, desde la Seguridad Social le derivaron a un grupo de apoyo que le ayudó bastante, asegura.
La situación se agravó tanto que esta mujer se echaba a temblar cada vez que escuchaba el timbre de su puerta. “A lo mejor venían los dueños a echarnos. Yo no sabía ni qué nos podía pasar”, explica a sus 66 años. Todo aquello pasó, y la visita al psicólogo también, aunque todavía se medica con pastillas para la ansiedad y las pesadillas no le dejan descansar tranquila. “Pasé por un linfoma en el corazón y luego una quimio bastante dura. Ahí no tuve miedo, pero sí se lo tuve a estos señores que nos querían echar y que eran grandes tenedores”, exclama.
Aquí están los datos. España es el país del mundo con mayor consumo de benzodiacepinas, medicamento de efecto ansiolítico, hipnótico y relajante muscular. Y otras cifras: la vivienda se encareció un 12,9% el primer trimestre de 2026, lo que supone 11 años al alza. La edad media de emancipación en España se sitúa en los 30,3 años, la cifra más alta de las últimas dos décadas. Y alquilar una vivienda en Madrid cuesta 340 euros más que el Salario Mínimo Interprofesional. Esta semana, un estudio de Oxfam, Fad Juventud y el Consejo de Juventud de España ha confirmado la relación entre el problema de la vivienda y el deterioro de la salud mental de los jóvenes.
Vergüenza y anonimato
Irene Moulas, psicóloga sanitaria, ha trabajado en situaciones de desahucio: “Se vive como un duelo. Es de las realidades más estresantes que alguien puede experimentar”. Aquí el relato juega un papel esencial. Si uno no lo lee como un problema y violencia estructural y piensa que es por su culpa, por haber tomado malas decisiones, aumenta el riesgo de depresiones e, incluso, ideaciones suicidas, según esta experta integrante de la sección de Psicología de Emergencias del Colegio Oficial de Psicología de Cataluña.
No es lo habitual, pero hay realidades tan graves que han conllevado intentos de suicidio. Es el caso de Ángeles (nombre inventado, pues su caso se encuentra judicializado y teme que pueda afectar hacerlo público), migrante con nacionalidad española que, a sus 47 años, se encuentra en una situación de vulnerabilidad socioeconómica y habitacional. Vecina del distrito madrileño de San Blas – Canillejas desde el 2000, su conflicto con la vivienda le ha hecho sentir fatiga crónica, migrañas fuertes, desmayos y bloqueos. “Conseguir cita con una psicóloga en mi centro de salud es imposible, están saturados. Me dijeron abiertamente que no pueden atender a todas las personas que tienen problemas causados por causas sociales”, afirma a elDiario.es.
La situación de precariedad en la que sobrevive Ángeles no le permite pagar un psicólogo privado, por lo que acude a una cita con su psicóloga de la Seguridad Social 30 minutos cada dos meses, aproximadamente. “Esto no es suficiente para los momentos críticos en los que he llegado a intentar quitarme la vida”, denuncia.
En el mismo distrito madrileño vive Carlos (nombre inventado, ya que prefiere que nadie le pueda ligar con las vulnerabilidades que esconde su historia), periodista de 32 años. “Volví hace poco de Alemania y ahora estoy en la casa familiar. Lo hablo mucho en terapia. Me gusta un piso para alquilar, el precio es súper alto y, aun así, vuela”, relata. No tener un espacio propio se le está haciendo cuesta arriba. “No me siento realizado. Veo que el trabajo que hago no me permite vivir tranquilamente ni tener un lugar en el que desarrollar mi vida”, dice con cierta aflicción.
Más allá del mero refugio
Desde Málaga para Vivir, Carmen Arcas admite que la crisis de vivienda provoca una sensación constante de inseguridad que afecta a nivel mental: “En ciudades grandes, este efecto toma el nombre de duelo urbano. No reconocer el barrio en el que vives, transformado para el turismo que expulsa a los vecinos, produce estrés y tristeza”, aclara. La portavoz del colectivo que lucha por el acceso a una vivienda digna en la ciudad malagueña incide en que “el hogar no es solo un refugio físico, sino un elemento clave para la construcción de la identidad y la autoestima”.
En ciudades grandes, este efecto toma el nombre de duelo urbano. No reconocer el barrio en el que vives, transformado para el turismo que expulsa a los vecinos, produce estrés y tristeza
Esto último lo sabe bien Mercè Gil, vecina del barrio de Sans de Barcelona. A sus 54 años, sufre trastorno de ansiedad generalizada y agorafobia. Lleva viviendo en esa vivienda desde que nació, pues ya la habitaron sus bisabuelos. “Parecía que la casa se iba deteriorando a medida que lo hacía mi salud. Todo tiene más de cien años y era imposible seguir viviendo aquí así”, expone mientras unos pintores trabajan en el salón.
Esta educadora de educación especial, pensionada por una incapacidad permanente, se acercó al Sindicat de Llogateres en 2024. Volvió el año pasado: “Ahí vi claro que yo tenía mis obligaciones como inquilina, pero también ella como casera. Cuando arregló lo que tenía que arreglar y yo, con mi dinero, he empezado a pintar las paredes, el verlas blancas me ha hecho llorar de emoción”. El estado de la casa era tal que Gil no invitaba a nadie por vergüenza. La tranquilidad que le da que eso no vuelva a ocurrir es difícil expresarla con palabras. “Gran parte de mi tiempo en la consulta de la psicóloga es para hablar de esto. Ya es hora de que los inquilinos reivindiquemos nuestros derechos”, remata.
La terapia desde lo común
Livia Fernández, psicoterapeuta especializada en depresión y ansiedad en adolescentes y adultos, colegiada en Bizkaia, apuesta por espacios para compartir este tipo de experiencias. “Eso ayuda a disminuir el malestar psicológico. No es casualidad que suela ser lo que se hace tras las catástrofes, para que la gente pueda hablar sobre un proyecto de vida que no es capaz de imaginarse en el corto plazo”, enfatiza. Además, sostiene que “si el problema es estructural, la respuesta quizá debería serlo”.
Párragaga, la psicóloga valenciana, es consciente de que desde su sector no pueden solucionar el problema de la vivienda. “Ahí confluyen cuestiones políticas, económicas y sociales que han de abordarse a nivel estructural”, asegura. De todas formas, el campo de la psicología ofrece estrategias de afrontamiento, apoyo y estrategias de gestión ante el estrés, la ansiedad y la depresión que se derivan del problema, así como otras para que convivir con la incertidumbre que genera sea lo más liviano posible.
No es casualidad que suela ser lo que se hace tras las catástrofes, para que la gente pueda hablar sobre un proyecto de vida que no es capaz de imaginarse en el corto plazo
La especialista valenciana, Moulas, especifica que el poder de la comunidad conlleva un sentimiento de pertenencia que genera un importante bienestar psicosocial. “Parte del trauma sucede cuando no lo puedes expresar ni verbalizar. Dejar atrás la vergüenza y politizar ese malestar es una forma de canalizar y catalizar la rabia, que puede acompañar a la tristeza”, asume. Aquí, esta resiliencia comunitaria de la que habla la también socia de la cooperativa de salud comunitaria Etcéteras se expresa a través de los sindicatos de vivienda. “Juntos quizá no lleguemos más rápido, pero sí más lejos. Ese sería el lema”, reconoce.
De la culpa individual a la lucha colectiva
Piélago, el periodista de Alcorcón, recuerda que su casero no respetó los cuatro meses de antelación con los que debía avisar a sus inquilinos de la subida del alquiler, por lo que el contrato quedó prorrogado automáticamente por tres años más. Al final, negociaron uno de cinco años con una subida de 200 euros mensuales, aunque el propietario llegó a plantear un incremento de 700 euros. “Yo vi eso del periodo de aviso en uno de los panfletos del Sindicato de Inquilinas de Madrid. Es gracias a ellos que encontramos las fuerzas para negociar y conseguir quedarnos en nuestra casa, y de haberles descubierto antes nos podíamos haber ahorrado el malestar durante semanas”, apunta.
Chus se muestra totalmente agradecida al Sindicato madrileño. “Era la forma de sentirme ayudada y protegida. Gracias a ellos pude dejar la casa en la que estábamos e irnos a otra sin pagar las deudas, porque los propietarios también habían cometido irregularidades”, desarrolla. Con los ojos llorosos pero la voz certera, admite que los médicos le salvaron el corazón, pero el Sindicato de Inquilinas le salvó la vida.
Dándome el asesoramiento y asistencia jurídica gratuita, mediando, escuchándome, tranquilizándome y animándome, indirectamente me brindan un apoyo psicológico de un valor incalculable
Por curioso que parezca, Ángeles utiliza los mismos términos a la hora de hablar de lo que le ha granjeado acercarse al Sindicato: “Dándome el asesoramiento y asistencia jurídica gratuita, mediando, escuchándome, tranquilizándome y animándome, indirectamente me brindan un apoyo psicológico de un valor incalculable. Eso no me deja caer en una desesperación total. Me están salvando la vida”.
Gil, la vecina de Sans, encontró en el Sindicat de Llogateres a los compañeros que le impulsaron a exigir a su casera las obligaciones a las que está sujeta por ley. Lo mismo le ocurrió a Mikel, vecino del barrio Puente de Vallecas, en Madrid, a quien, tras diez años en el mismo piso, su casera decidió echarle a través de una subida desorbitada del alquiler. “Mi familia hasta la ha denunciado por acoso de todo lo que nos ha llegado a hacer”, valora.
“Este malestar lo somatizo en dolores de estómago y un cuerpo repleto de dermatitis”, expresa. A día de hoy, el periodista de 30 años recibe asistencia psicológica gracias al Centro SIRA mientras resiste en la vivienda. “La terapia es un cortafuegos. Viene bien, pero también es necesario luchar desde lo colectivo”, esgrime el integrante del Sindicato de Inquilinas de Madrid.
Arcas, portavoz de Málaga para Vivir, remarca que lo psicológico impregna al cuerpo, que acaba mostrando aquellos conflictos que agitan la cabeza de cada uno. “Por eso, colectivizar el problema, solo con el hablarlo ante personas que te escuchan y te van a ayudar, hace que te sientas mejor. No nos podemos sentir solas en esto. Nos tenemos que organizar para dejar atrás la vergüenza y la culpa para realmente conseguir un cambio en la política de vivienda”, concluye la activista.
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