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Fútbol en el Ladies Bar

¡Viva Espana!, grita un espontáneo tras el primer gol de Villa contra Honduras. Escribo desde Grünau, Namibia, a menos de doscientos kilómetros de la frontera con Sudáfrica, al sur del Kalahari. El teclado de mi ordenador tiene eñes, el espontáneo no. Es un granjero blanco afrikáner, uno de esos a los que poner una alambrada a su enorme hacienda casi les cuesta más de lo que vale el terreno. Es uno de los habituales del Country House Ladies Bar de Grünau, un pub de normas estrictas con relajada etiqueta: el derecho de admisión está reservado, los menores de 18 años no pueden pasar solos y, lo más importante, no está permitido maldecir. El Ladies Bar impresiona más por su nombre que por su distinguida realidad. Es una mezcla pasada por África entre un pub british y cualquier bar de carretera español. Tiene una tele, una barra, un billar. En la entrada hay una inmensa jaula con un inmenso loro; aún está permitido fumar. A pesar del nombre, los hombres son mayoría.

Hace no tanto, el Ladies Bar tenía una regla más: los negros no podían entrar, salvo para trabajar de camareros. Hoy Namibia es independiente de Sudáfrica y ya no se rige por el apartheid, pero las cosas no han cambiado tan rápido como las abolidas leyes de segregación racial. La pequeña Grünau apenas tiene 400 habitantes y todos los blancos, alrededor del 15%, pertenecen a sólo ocho familias. Como la mayoría de las ciudades namibias, el pueblo aún está partido en dos: hay un barrio para cada color.

En el Ladies Bar, en la zona blanca, hay una docena de clientes locales, de los que sólo dos son negros. Comparten algo en común: el espectáculo de la noche no es el fútbol, al que apenas prestan atención, sino el grupo de veinte españoles de Play4Africa con los que viajo. Llevan cuatro meses fuera de casa, y para ellos el partido es un poquito más especial de lo normal. ¡Viva Espana!, grita el espontáneo cada vez que Villa vuelve a marcar, aunque el gol sea sólo la repetición de la jugada por televisión.