Vigorexia presidencial
Una rectificación: la semana pasada, en esta columna, aseguré que José María Aznar hace 200 abdominales diarias. El dato es incorrecto: en realidad son 2.000, según su entrenador personal, Bernardino Lombao. Así es Aznar, pluscuamperfecto. Pero su obsesión por el deporte es un rasgo común en muchos otros políticos, de Obama a Sarkozy, aunque el ex presidente del Gobierno debe de ser el único, junto con Vladimir Putin, que presume de sus abdominales. Va con el carácter imperial.
Zapatero también corre casi a diario, aunque no usa entrenador personal. Y tiene agotados a algunos de sus colaboradores, que ocasionalmente le acompañan en su entrenamiento: entre otros, el director de la oficina económica de Moncloa, Javier Valles, o el director adjunto de su gabinete, su primo José Miguel Vidal. Peor lo llevan los que corren por obligación laboral, y no por vocación gregaria: los escoltas que le acompañan durante el entrenamiento. Uno de ellos ha pedido que lo cambien de horario porque no puede con tanta carrera.
“La vigorexia es la enfermedad de los políticos”, bromea uno de ellos. Tiene su aquel freudiano: es la obsesión por estar en plena forma, el afán de superación personal y la consecución de unas metas, unas marcas. Por eso la mayoría de los líderes políticos prefieren las disciplinas donde el rival es uno mismo contra su propio cuerpo; la soledad del corredor de fondo en lugar de los deportes de equipo. Les pasa a muchos políticos, pero no a todos. También los hay que gustan más del ciclismo por la tele, mientras se fuman un puro desde el sofá, como Mariano Rajoy. Y así le va.