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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

¿Educamos el miedo?

Jóvenes con teléfonos móviles

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“Nada en la vida debe ser temido, solamente comprendido. Ahora es el momento de comprender más, para temer menos”. Marie Curie (1867-1934).

Quiero pensar que cuando la célebre física francesa pronunció tal frase fue la consecuencia de una vida construida tras mucha pelea contra una sociedad que consideraba poco menos que aberrante el que una mujer llegase a cotas tan altas -si no más- que los hombres. Una sociedad que asistía temerosa al cuestionamiento de los privilegios masculinos que siglos de injusticia habían perpetuado sobre el colectivo femenino. Curie animaba a superar ese miedo a través de la ciencia, de la experimentación, a través de la comprensión. Casi un siglo después, y pese a los avances en igualdad que se han podido conseguir en muchos lugares del mundo, el miedo persiste.

La RAE designa el miedo como la reacción ante cualquier perturbación angustiosa de ánimo por un riesgo o daño real o imaginario. Es un instinto animal difícil de superar ante situaciones imprevistas, que ayuda a cualquier ser vivo a autoprotegerse. Hay, sin embargo, una segunda acepción del miedo que nos sirve mejor para el objetivo de este artículo: recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea. 

En esta situación encontramos una cohorte de organizaciones sociales y políticas que hacen del miedo el eje sobre el que articular sus discursos. Especialmente sangrante es, por la manipulación de la que hacen gala en sus discursos, la ideología de extrema derecha. ¿Quién no ha escuchado hasta el aburrimiento las denuncias de los privilegios de los que goza la población inmigrante en este país? ¿Cuántas veces apela una fuerza política como VOX a la necesidad de suavizar la política actual española de posesión de armas individuales -suspirando por acercarse rápidamente a esa costumbre estadounidense de una persona, un arma-? ¿Y esos mensajes sobre un patriotismo trasnochado de tiempos franquistas sobre la ruptura de la unidad de España? ¿Acaso no se ha convertido este partido en el adalid de los movimientos sociales pro conspiracionistas? ¿Qué justifica la absoluta terquedad a no reconocer más tipos de familia que la tradicional? ¿Por qué ese empeño en argumentar sobre la no violencia machista? En todas estas preguntas el elemento justificativo es el miedo. Fomentando el temor a la pérdida de trabajo, a la inseguridad ciudadana, al separatismo político, a las vacunas, a la libertad sexual la ultraderecha pretende proteger a la sociedad. Una sociedad concebida sobre la base de una educación dirigida, ajena a la libertad, controlada desde ciertas mentes que serán únicamente las que piensan por el resto. 

No renunciemos nunca a educar en los límites -siempre controlados- que debe tener el miedo. De hacerlo, la sociedad estará en su derecho de reprochárnoslo.

Una sociedad plenamente capitalista, dirigida por grandes oligopolios que nos indicarán el camino correcto, sin necesidad de críticas individuales ni colectivas. Una sociedad que tiene muy claro cuáles son los estudios de éxito y cuáles simplemente sirven para agrandar un adecuado currículo. No se entiende si no, la polvareda mediática formada ante la decisión del alumno madrileño con mejores resultados en la EBAU (Evaluación del Bachillerato para el Acceso a la Universidad) de este año de dirigir sus estudios -y con ello, su futuro- hacia la Filología clásica.

Marta Nussbaum da la voz de alarma sobre la crisis mundial de la educación, la más grave amenaza para la democracia futura, porque se está imponiendo “educar para la renta”, para la competitividad, formando personas solo capaces de hacer cosas rentables y útiles. Y se hace suprimiendo las materias, e incluso las carreras, orientadas a las humanidades y al arte, prescindiendo de la función básica que es educar para la democracia, indispensable para una ciudadanía global y no excluyente, centrándose exclusivamente en formar individuos competentes para el trabajo.

En plena sociedad tecnológica actual, basada en la omnipotencia interventora de GAFA (Google-Amazon-Facebook-Apple) el transhumanismo gana diariamente adeptos/as mientras pierde en la misma proporción personas críticas. Esa confianza ciega en la revolución tecnológica (robótica, biotecnología e inteligencia artificial), nos señala Luis Cifuentes es el nuevo fundamentalismo que millones de seres humanos aceptamos de forma sutil, no violenta, aunque vaya colonizando nuestras mentes diariamente. 

Un artículo reciente de El Salto señalaba el aumento de esta ideología en entornos educativos preuniversitarios. Jóvenes de diversos institutos de Madrid o Murcia repiten -con escasa argumentación- discursos reaccionarios, antifeministas o racistas en las aulas. En algunas opiniones sólo se trata de un rasgo “cool” de rebeldía, que acabará siendo asumido por el sistema en escaso tiempo. Otras opiniones, sin embargo, se muestran muy preocupadas, especialmente el progresismo docente que empieza a sentirse asustado ante tales retos sociales. 

Para algunos/as no se trata más que de una forma de expresar un sentimiento de irrelevancia social adolescente que será pasajera. Otros/as docentes, sin embargo, empiezan a sentir temor a educar a través de discursos sobre la igualdad, la coeducación, o la solidaridad humana por la respuesta que puedan recibir de determinadas familias acusándoles de adoctrinamiento educativo. A estos/as compañeros/as les ofrezco las palabras de Ana María Rodríguez Penín: “El proceso educativo desde la familia y la escuela debe orientarse hacia el desarrollo de dos capacidades fundamentales para la vida en común: la empatía y la comprensión”. No debemos olvidar que como profesionales educativos tenemos un objetivo irrenunciable: educar en libertad para formar ciudadanas y ciudadanos demócratas que sientan en la solidaridad, en la justicia y en el respeto a los derechos humanos, el camino que señale sus vidas.

Si no, como señalaba el moralista Francisco de Quevedo, “el ánimo que piensa en lo que puede temer, empieza a temer en lo que puede pensar”. No renunciemos nunca a educar en los límites -siempre controlados- que debe tener el miedo. De hacerlo, la sociedad estará en su derecho de reprochárnoslo.

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