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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Representó como nadie aquella inmensa ilusión

Carlos Garaikoetxea, en el centro, en Caracas en 1978 con Iñaki Anasagastia y Xabier Arzalluz

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La última vez que estuve con él, con Carlos Garaikoetxea, fue en la capilla ardiente de quien le sucedió, José Antonio Ardanza. Estábamos en Ajuria Enea cuando llegó. Le vi bastante disminuido, pero amable e irónico. Podía comparar en ese momento su desbordante presencia en 1976, cuando le conocí, con la ayudada figura que iba a dar el pésame a la familia de su sucesor y al Gobierno del lehendakari Iñigo Urkullu. Fue un gesto cívico, como lo fue el homenaje que el lehendakari Imanol Pradales le tributó en junio de 2025. Los homenajes hay que hacerlos en vida. Y se le hará en su despedida. Como es obligatorio en esta sociedad de valores. Honrar, honra. Nobleza de buena gente.

Garaikoetxea ha sido una personalidad fundamental en la historia reciente vasca. Muerto Franco y obligados los partidos a salir de la penumbra, en aquel año 1976, el bergarés Jokin Inza, le entregó un sobre con un mensaje de don Manuel de Irujo. “Tenemos que construir la casa y usted es fundamental para ir poniendo los ladrillos”. Por eso cuando le conocí ya venía aureolado por el prestigio de ser navarro, promotor de ikastolas, euskaldunberri, así como empresario, que unía en su currículum el haber sido presidente de la Cámara de Comercio de Pamplona y ¡saber inglés! Lo tenía todo. Y era además, una persona hecha a sí misma que incluso había estudiado en Deusto. El CV perfecto. Lo tenía todo. Presencia, familia, oratoria, entrega, mano izquierda, ...

Estuve en el Euzkadi Buru Batzar presidido por él desde 1977 a 1980, hasta cuando fue elegido lehendakari. Viví de cerca su liderazgo. Y algo más. Tras un mitin en Bermeo, me comentó que quería venir conmigo en mi coche a Bilbao. Yo siempre he conducido fatal y traté de disuadirle. Me dijo que se aventuraba porque quería preguntarme algo. Quería saber por qué no apostábamos por él para ser diputado en Madrid. El PNV ya lo había hecho en 1977, sin suerte en Navarra. Le contesté que ser presidente del EBB era lo más importante. Tenía confianza para decírselo. Había viajado con él y Ajuriaguerra a Caracas en 1977 y, posteriormente, con Arzalluz en 1978.

Me dejó un poco confundido y ante aquel comentario le dije que al haber transcurrido las elecciones legislativas de 1979, podíamos presentarle como presidente del Consejo General Vasco en sustitución de Ramón Rubial, que lo presidía desde 1978. Previamente había que levantarle la incompatibilidad para que siguiera siendo presidente del EBB del PNV. Aquello era fundamental. Me dio permiso para hacer la gestión interna. No fue fácil, pero se logró.

Aquello fue determinante en la negociación estatutaria en 1979. Llevaba dos sombreros. La de presidente del Consejo General Vasco, figura institucional, y la del EBB. Había mucho recelo por todo y los catalanes presionaban. CiU no era el centro de la negociación sino Raventós con su PSC y Tarradellas frenándolo todo desde la Generalitat. Pero se fue consolidando lo que ahora tenemos.

El MC sacó un cartel donde aparecía Garaikoetxea dándole la mano a Adolfo Suárez como queriendo decir que uno y otro representaban lo mismo. Asimismo, desde HB se nos decía que no había que negociar nada a tres territorios para lograr un estatuto vascongadillo. Sin embargo, ese cartel significaba que la negociación era de tú a tú, y que el texto era bueno y que además lo negociaba un navarro que vivía en Pamplona.

Garaikoetxea lo hizo muy bien y la opinión pública puso su mirada en ese político joven, moderno y contundente que sabía llegar a acuerdos. Y el referéndum del 25 de octubre de 1979 corroboró el ansia del pueblo por encauzar su situación frente al mundo de ETA y al de las inercias del pasado.

Culminado el trabajo, en diciembre de 1979, al pie de la escalerilla del avión procedente de París trayendo al lehendakari Jesús María Leizaola del exilio, estaba Garaikoetxea recibiéndole y, al día siguiente, en Gernika, Leizaola le entregaba a él las llaves de la institución, un Gobierno cuya legitimidad había guardado tras el fallecimiento de José Antonio de Aguirre en 1960.

No fue difícil, pues, que Garaikoetxea fuera el candidato del PNV a lehendakari  en marzo de 1980 tras la aprobación del estatuto de Gernika. “Todo un Gobierno para todo un pueblo”, fue el lema de aquella campaña ganadora. Y la historia no comenzó a caminar sino a galopar.

No fueron tiempos fáciles. ETA mató aquel año 1980 una persona cada tres días y el partido del Gobierno en Madrid, la UCD, se deshilachaba en peleas internas. Pero logramos la devolución del Concierto Económico para Gipuzkoa y Bizkaia e iniciamos el camino del forcejeo constante con la alta Administración del Estado para que el Estatuto aprobado no quedara en papel mojado. Osakidetza, la Ertzaintza, EITB, el mimno oficial, ..

En mayo de 1983 le organizamos su viaje a Panamá, Caracas y Bogotá. No iba acompañando a un presidente autonómico sino a un jefe de Estado. Vestía el cargo y, en América, lo vasco tiene una resonancia especial. Por encima de ETA, superamos la imagen de Euzkadi que queríamos dar. A nuestro pueblo, les decía, no lo distingue la sangre sino los hechos positivos. Y eso Garaikoetxea lo transmitía perfectamente.

Todo esto se torció con las disputas internas. Nos faltó cultura democrática. O todo o nada. Pues nada. Cada uno por su lado. Nos debilitamos y entramos en la mala espiral que dio con nuestros huesos en una incomprensible división que nos debilitó de manera angustiosa.

Pasó un tiempo que iba curando heridas. Ya no era el líder de un nuevo partido nacido del PNV, sino la figura venerable que había aportado lo mejor de sí mismo en aquella coyuntura inicial. Y  culminó con la entrega de Premio de la Fundación Sabino Arana en 2005 y del homenaje del lehendakari Pradales el año pasado.

En sus últimos años ha estado en la reserva. Contestaba todos los correos que le mandaras y opinaba libremente y con experiencia sobre lo que veía. Su legado no va a quedar circunscrito a la dura pelea de los años 1986 en adelante, sino a su magnífico papel de persona representativa de una inmensa ilusión democrática tras aquella aberrante dictadura liderando un nacionalismo vasco moderno y cargado de realizaciones.

He sentido su fallecimiento. Ya Garaikoetxea está en la historia vasca. Mi agradecimiento a su entrega a la causa de Euzkadi. Goian bego, Lehendakari.

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