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Desentenderse de todo

Festejo del Mundial 2026 en Tegueste, Canarias.
25 de julio de 2026 22:47 h

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Hace unos días Isaac Rosa publicaba un artículo en el que confesaba haber usado una bufanda rojigualda, haber pintado a sus hijas la cara de rojo y amarillo y haber celebrado la victoria de España en el Mundial con intensidad populachera. Reivindicaba su derecho a no entregar la alegría —ni el “orgullo nacional” selectivo— a esa ultraderecha que no quiere que España vaya bien sino que sea suya y que, por eso mismo, se ha apropiado también de todos los símbolos y todas las celebraciones. Me identifiqué mucho, la verdad, con esta rabieta. Yo el domingo por la noche acabé dejándome abrazar en un bar de mi pueblo por un madridista de Vox envuelto en una bandera española, un tipo gritón y correoso que, al ver en la pantalla la imagen del rey, había declarado: “no me gusta Felipín porque es rojo”. Lo admito: yo también lo abracé. Este abrazo no significa nada; no disuelve nuestras diferencias políticas ni nos garantiza una tolerancia pacífica en la próxima guerra civil. El nacionalismo banal de los triunfos deportivos es como los “puntos para fumadores” que aún sobreviven en algunos aeropuertos del mundo: reúnen a adictos al tabaco que se encuentran durante un minuto, hermanados y aliviados, antes de tomar un avión en direcciones diferentes. Yo abracé a un facha; él abrazó a un rojo. ¿Por qué debería sentirme peor que él?

Ese “punto”, en todo caso, no carece de sentido. Se llama “españolidad”, que no es lo mismo que “españolismo”. ¿Por qué me produce alegría que gane la selección española? Me acordaba de ese cuento de Alejandro Zambra en el que el narrador, enamorado de una revolucionaria, le oculta su pasión por el fútbol, de manera que, como no puede reprimirse y sigue viendo partidos a escondidas (poniéndole pretextos para no quedar con ella la tarde del domingo), la chica acaba convencida de que su novio le está poniendo los cuernos y corta furiosa la relación. Es una historia bastante común. Durante años, los izquierdistas de mi edad ocultamos con disciplina militante nuestra afición infantil por el fútbol y, por supuesto, renegamos de cualquier vínculo afectivo con nuestro país.

El fútbol es sin duda un negocio repugnante en el que el tráfico de esclavos de lujo se combina con la compraventa de almas en el mercado de la publicidad. Pero los aficionados al juego de Messi o de Lamine Yamal, los que siguen con placer los regates y los goles de su delantero favorito, ¿tienen que reprimir como un delito vergonzoso su placer y su alegría? España, por otro lado, es una nación fallida cuya historia poco ejemplar vuelve ahora, como un regüeldo, a través del fascismo de Vox. Ahora bien, ¿esa historia debe impedirnos celebrar una victoria futbolística? ¿Entregaremos también la sangría y el jamón y los mejillones en escabeche a la ultraderecha? Y sobre todo, ¿esa historia no puede cambiar? ¿No ha cambiado ya en las últimas décadas? El desprecio izquierdista por el fútbol y por el orgullo identitario ocasional no es sólo rechazo del deporte capitalista y de la historia nacional; implica el desprecio clasista por la alegría común y la renuncia política a la transformación de España. Viene a decir: España no tiene remedio. Y viene a decir: esa irracionalidad compartida en la que se cruzan el placer del juego y los peligros de una bandera es “naturalmente” de derechas y, por lo tanto, es políticamente inutilizable. Pero si España no tiene remedio y todos los placeres comunes son de derechas, ¿para qué dedicarse a la política?

Isaac Rosa, republicano federalista, no ignora las dificultades. Yo tampoco. Las preguntas son dos. La primera: ¿se puede resignificar la bandera rojigualda? Difícilmente, aunque en este Mundial ha ocurrido algo inesperado: y es que esa bandera ha sido resignificada de hecho desde fuera. En la cintura del madridista de Vox ese trapo torero me producía repelús, pero la he visto ondear entre los escombros de Gaza, al lado de la palestina, y de pronto se ha preñado de otra historia posible. Por su parte, ese 85% del llamado Sur Global que ha apoyado a España en la final del pasado domingo no ve en esa bandera a los Reyes Católicos, la Inquisición y el Valle de los Caídos sino un país moderno, tolerante, digno, que se opone a Israel, que planta cara a Trump y acoge a los inmigrantes que otros rechazan. Que Palestina y el Sur Global vean en esa bandera otra historia (en parte idealizada) no va a impedir que las próximas elecciones las ganen el PP y Vox. Eso tendremos que impedirlo nosotros. Pero contemplar esa bandera en otras manos, desde otros ojos, debería servirnos al menos para seguir defendiendo el país que precariamente hemos levantado y seguir imaginando el país que queremos; y debería servir para aceptar, y hasta enarbolar, la rojigualda en las celebraciones deportivas, ese “punto para fumadores” que no evitará la próxima guerra civil, pero que -como ya ocurrió con el gol de Iniesta en el 2010- enajena a la derecha un símbolo para el que, nos guste o no, no tenemos alternativa.

Porque esa es la segunda pregunta: ¿qué proponemos a cambio? Para luchar contra la España histórica los nacionalistas catalanes y vascos tienen la senyera y la ikurriña. Los españoles de izquierdas carecemos de símbolos compartidos capaces de movilizar a las mayorías sociales. Me sigue emocionando mucho la bandera republicana, en la que se condensan ilusiones, sacrificios, luchas de las que no quiero olvidarme. Pero por muy justo que fuera restaurar esos colores, derrotados por un golpe de Estado, haría falta ahora una nueva injusticia -un golpe de Estado contrario y un ejercicio de autoritarismo inverso- para imponérselos a los españoles. Creo que en España hay muchos más republicanos potenciales que devotos de la bandera republicana; y que, para interpelarlos, los colores del 14 de abril son inútiles y, aún más, contraproducentes. No me parece, pues, que se puedan resignificar ni la bandera rojigualda ni la bandera republicana; y habrá que pensar más bien en una España sin bandera o en la que la bandera, completamente de-significada, se reserve para los eventos deportivos, en los que representará, como ha ocurrido en este Mundial, a un país plural, difícil, incompleto y fallido: un país que juega al fútbol mucho mejor de lo que hace política. De hecho, España es ya un país sin bandera y sin himno en el que disfrazarse de español, como las hijas de Isaac Rosa, anticipa otra España posible.

Vivimos en un mundo en el que triunfan, como actitudes vitales, dos impulsos. Por un lado el negacionismo de los que, por miedo o por interés, niegan el patriarcado, el genocidio en Gaza o el cambio climático. Esa es una reacción comprensible frente al mal. Más compleja y, sin embargo, no menos extendida es la otra respuesta, la que la lacaniana eslovena Alenka Zupancic llama “desentendimiento” para describir un tipo de conocimiento que no sólo no implica sino que excluye la acción: “lo sé todo pero aun así” (aun así no cambio de vida ni de costumbres ni de patrones de consumo, por ejemplo). Si pensamos en el cambio climático, son muy pocos los que siguen negando su existencia: pero los que lo aceptamos sin vacilación seguimos “desentendiéndonos” de él en nuestra vida cotidiana. ¿Qué clase de actitud alienta en el forofo futbolístico? ¿La del negacionismo o la del desentendimiento? Esta última, sin duda: todos sabemos de las miserias de la FIFA y, sin embargo, nos desentendemos de ellas cuando seguimos en el estadio o por la televisión a nuestros equipos y estrellas favoritas. Pero cuidado. Entre el cambio climático y la final de un Mundial la diferencia no es sólo que uno nos asuste y la otra nos produzca placer: es que el placer del fútbol no nos lo proporciona la FIFA sino que lo sentimos a su pesar y en paralelo, en un recinto en el que se mezclan el juego, la geometría, la épica narrativa, la excitación nacionalista, la geopolítica. “Desentenderse” de la FIFA facilita a la FIFA la explotación y manipulación de una belleza elemental que nos atrae también, sin embargo, en una cancha de barrio.

Más problemático es el “desentendimiento” que llamaré “de izquierdas”. Y lo es porque en este caso el placer -o el goce- procede directamente del conocimiento. El desentendimiento de izquierdas no se dice a sí mismo: “lo sé todo pero aun así”, como en el caso del ciudadano abrumado por el cambio climático; se dice más bien “lo sé todo y precisamente por eso” (precisamente por eso me desentiendo de aquello que verbalmente describo como escandaloso o terrible). Este tipo de “desentendimiento”, en efecto, tiene que ver con la identidad entre el conocimiento y el goce. No es que la conciencia paralice la acción sino que, como ocurre con las neurosis, la paraliza sólo en la medida en que la autoconciencia produce placer: un placer superior al sufrimiento que nos induce el mundo mismo, cuya reproducción este conocimiento desea como renovación de su goce cognitivo. Buena parte del pesimismo y del derrotismo de la izquierda (y de sus aires de superioridad moral) procede de aquí: saberlo todo del cambio climático, y poder dar lecciones, me produce tanto placer que acabo deseando el colapso; saberlo todo del genocidio de Gaza, y poder censurar a los otros, me produce tanto placer que acabo deseando un bombardeo más. No es una acusación general. Es una confesión, pero que creo aplicable más allá de mí mismo. ¿El colapso? Qué gustito. ¿El genocidio de Gaza? Qué deleite que los malos sean cada vez más malos. ¿El empuje del fascismo? Ya lo habíamos anunciado nosotros. La impotencia genera parafilias un poco perversas.

La izquierda tiene que encontrar el modo de afrontar el negacionismo sin asustar y el desentendimiento sin culpabilizar. Para ello tiene que renunciar a su propio desentendimiento autoconsciente. ¿Qué hacer? Desentenderse del fútbol contra la FIFA o contra España no añade nada a la conciencia: sencillamente no es una buena idea. Sólo se puede cavar una zanja y roturar un barbecho con los pies en el suelo. Que lo olvide Podemos es coherente con su desentendimiento creciente de las mayorías sociales (y de España en general). Los demás, en cambio, no deberíamos olvidarlo. Me irritó bastante, lo reconozco, un post del indispensable Antonio Maestre en el que, con actitud un poco pontificia, declaraba haber visto el partido bebiendo agua fría y haberse puesto a leer un libro inmediatamente después: toda una lección de temple moral y lucidez mental que, sin embargo, pocos de sus lectores agradecerán. Si hubiese bebido cerveza —se podría decir— no hubiese retrocedido un centímetro la lucha de clases que van ganando los otros. Y si hubiese dado unos saltos de alegría al lado de un madridista de Vox su próximo artículo habría sido igual de inteligente. Ni podemos encontrar alegría sólo en el conocimiento ni desentendernos de la alegría de los demás. Vital y políticamente Isaac Rosa esta vez (como tantas otras) tiene razón.

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