Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
El informe de la UCO sobre el novio de Ayuso apunta a relaciones vetadas por Quirón
El fracaso de Trump en Irán lastra su presidencia
Opinión - 'La justicia y el periodismo en el 'Detritoceno' español', por Rosa María Artal

Empates

Donald Trump y el presidente de la FIFA, Gianni Infantino.
19 de junio de 2026 21:33 h

0

Creo que era Eduardo Galeano el que mencionaba en una de sus obras a un pueblo africano que, habiendo incorporado el fútbol a una tradición muy igualitaria, jugaba siempre tantos partidos como fuera necesario para acabar empatando con su rival. Jugaban así un mínimo de dos y un máximo potencialmente infinito, pero el propósito era el empate, una palabra procedente del latín que alude al hecho de “pactar” o “hacer las paces”; es decir, de alcanzar un equilibrio pacificador. Se dirá que de ese modo el juego pierde todo su sentido, que si sólo se aspira a empatar más vale cerrar el lance tras el primer saque de centro, pero es que se olvida que a la gente le gusta jugar al fútbol y que, cuando se ponen a ello, son las propias piernas las que quieren alcanzar la excelencia, con independencia del resultado. En una cancha de verdad, no contaminada por el negocio y la supremacía, no se hacen cálculos, de manera que la citada comunidad africana –imagino– podía jugar y jugar durante semanas y meses, con alternancias en el marcador, hasta que de pronto un día los equipos empataban y se acababa la liga. El impulso, la tensión, la pasión las garantizaba el propio juego; la satisfacción ese termostato que tarde o temprano las desactivaba. Después de lo cual todos celebraban felices el empate.

El empate podría ser, sí, el motor exterior de un deporte igualmente excitante, en el que podríamos admirar las jugadas con más pureza y a nuestro héroes favoritos con menos reservas. Pero no nos hagamos ilusiones. Nada es puro en este mundo y menos el fútbol, al que se trasladan –luego lo veremos– todos los enredos de nuestra personalidad: psicológicos, políticos y comerciales. Una sociedad de empates es una utopía que, en ciertos campos, conviene incluso evitar enérgica y cuidadosamente. Pienso, por ejemplo, en los tribunales, a los que se nombra con el epíteto “de justicia” (“tribunales de Justicia”), pero que en democracia sólo tangencialmente tienen algo que ver con ella. La sed humana de Justicia, expresada en el símbolo de la balanza, se intentó satisfacer durante siglos mediante el empate penal, la equivalencia de las pérdidas y los dolores. Es lo que en la tradición judeo-cristiana se llamaba Talión y en la islámica Qusas, la esperanza ilusoria y finalmente destructiva de que un clavo saca otro clavo y de que es posible neutralizar un daño con un daño contrario: si has matado a mi hijo, me tienes que entregar al tuyo; si has dañado a mis ovejas, me tienes que ceder las tuyas.

Ahora bien, en el mundo sublunar los dolores nunca empatan; siendo como somos criaturas finitas en un tiempo irreversible, el hecho de que tu hijo muera no indemniza la muerte del mío: introduce en paralelo dos dolores infinitos donde antes sólo había uno. Una de las paradojas del Derecho democrático es que nace justamente contra la Justicia entendida como afán de equivalencias: como búsqueda del empate penal en el espacio. Dos dolores nunca empatan, se acumulan, proliferan, se multiplican, y lo único que podemos hacer para detener su ilimitada reclamación de justicia es separar en público, mediante un consenso reglado, la verdad de la mentira, la víctima del verdugo, la convivencia de la violencia: someternos por propia voluntad a leyes que nosotros mismos hemos elaborado.

Hay que tener mucho cuidado, pues, con los justicieros, incluso con los que tienen razón, porque acaban prolongando los conflictos en pro de un empate imposible. Para que se me entienda pondré un ejemplo particularmente aristado sobre el que tengo, sin embargo, pocas dudas. Habría sido mucho más justo que Israel jamás hubiera existido, pero ahora que ya existe no se podría restablecer la Justicia en Oriente Próximo sin reproducir el daño del que con razón se quejan los palestinos. Así que, frente a la Justicia, debemos abordar el sufrimiento palestino conforme al Derecho y buscar una solución que, al margen del empate del dolor, juzgue el genocidio de unos y los crímenes de guerra de los otros y reconozca tanto a Palestina como a Israel el derecho a la existencia.

Da la impresión de que en España, y en todo el mundo, hay hoy mucha gente queriendo hacer justicia contra el Derecho. Digamos que la mayor parte de estos justicieros, al contrario que los palestinos, ni siquiera tienen razón. Eso que llamamos lawfare o prevaricación o cloacas del Estado tiene que ver con el deseo de justicia privado de algunos individuos o grupos que creen haber sufrido tanto daño por parte del gobierno de Sánchez que se lo pueden permitir todo contra él. Lo malo de la Justicia es que cada uno la nombra a su manera, como lo prueba el hecho de que sea asimismo el deseo de justicia el que llevó a la cutre y borrosa constelación de Leire Díaz (si es que sabemos algo de lo que pasó ahí) a buscar un empate en las sombras con el PP. ¿La víctima? El derecho mismo, sin cuyos precarios oficios los humanos buscarán siempre empatar los agravios multiplicando los daños. España, como el mundo, vuelve a ser un lugar quijotesco en el que todos se despeñan en su vocación justiciera. Seamos claros: ahí, en un partido entre justicieros, los que ganan son siempre los más ricos, los más fuertes, los más violentos. Es lo que Francesca Albanese llama la “israelización del mundo”.

Pero yo quería hablar de fútbol y de un empate bonito. Me refiero al que trabajosamente obtuvo Cabo Verde contra España hace unos días. En el fútbol hay más cosas que la FIFA de Infantino, los negocios millonarios, la corrupción del talento. Está la belleza de un juego inventado hace ciento cincuenta años por la clase obrera británica que coloca la inteligencia en los pies, que combina lo individual y lo colectivo y que señala con líneas y redes los límites del espacio, factores cuya universalidad estética parasita el espectáculo capitalista. Y está Westfalia: quiero decir que los mundiales de fútbol constituyen el último refugio del orden de Westfalia, erosionado por el globalismo tecnológico y los movimientos migratorios, consecuencia a su vez del colonialismo mal resuelto en el siglo XX. Pensemos en un dato muy elocuente: el 8% de los jugadores del Mundial (102) han nacido en Francia, pero representan a 13 banderas diferentes. Esta supervivencia westfaliana de las naciones genera una doble ficción: la de una soberanía igualitaria y la de otra posibilidad de justicia histórica. Quiero decir que, de pronto, España y Cabo Verde, que no empatan ni en riqueza ni en población ni en historia (de la infamia), pueden desafiarse en un terreno de juego o, lo que es lo mismo, en un nuevo relato en el que formalmente todo es posible. No es así, pero el fútbol genera este teatro de revisión histórica e inversión soberana.

El fútbol (lo escribía hace unos años) activa dos vínculos afectivos: uno filiativo y otro afiliativo. El filiativo tiene que ver con el lugar de nacimiento, con la infancia, con experiencias afectivas irracionales, lo que nos lleva a decir, por ejemplo, “soy del Real Madrid” o “soy del Barça” e incluso, mucho más irracional y decisivo, “soy del Alcollano”. El afiliativo, por su parte, atañe a la voluntad y expresa, por tanto, una elección coyuntural, en general basada en sesgos culturales o políticos: cuando veo un partido de fútbol y no juega mi equipo, “voy con Senegal” o “voy con el Celta de Vigo” (sobre todo si el rival es el equipo que más odiamos). Todos los aficionados al fútbol tienen, en definitiva un equipo filiativo y un equipo afiliativo, como bien sabemos los que vivimos en África, donde todos los aficionados apoyan filiativamente a un equipo local y afiliativamente a un equipo internacional. Los vínculos afiliativos, en cualquier caso, son los que nos definen ideológicamente; “vamos con” el Albacete contra el Real Madrid, autodrogado de su propia grandeza, y “vamos con” Senegal contra Francia, la potencia colonial que sometió durante cuatro siglos a los senegaleses (y vamos, desde luego, con Bielsa, entrenador de Uruguay, que se niega a convertir el fútbol en un prostíbulo de lujo).

Hay veces en que se produce un conflicto entre filiación y afiliación, entre “ser de” e “ir con”. El pasado sábado, yo era de España y quería que ganara España, pero iba con Cabo Verde y quería que al menos empatara Cabo Verde. La ventaja de estos conflictos es que, cuando se producen, siempre te proporcionan alguna alegría. Hubiese celebrado la victoria de España, pero celebré también (y de un modo más puro) el empate de Cabo Verde con los habitantes del pueblo gallego de Burela, donde el 10% de la población es caboverdiano. Podemos decir que al final se impondrá el poder y el dinero, que a las semifinales llegarán los ya previstos, que un partido de fútbol es un engaño que durante dos horas alivia las miserias cotidianas de los más vulnerables. Es verdad. ¿Pero qué hacemos con estas verdades? ¿Y qué hacemos -sobre todo- con la alegría de los caboverdianos?

Está muy bien –quiero decir– que haya todavía un lugar de ficción donde aún es posible y no dañina la Justicia: porque a veces el partido lo gana, sí, el que mejor ha jugado y porque a veces gana (o empata) el que siempre ha perdido. No tengo la menor duda: en este Mundial “voy con” Cabo Verde y con Costa de Marfil y con Egipto y con cualquier pequeño que pueda, contra toda lógica, hacer Justicia y de paso arruinar los planes de lucro de Infantino.

Etiquetas
stats