¡Abajo la felicracia! La revuelta silenciosa de una generación sin futuro
A tenor de las movilizaciones de jóvenes y no tan jóvenes en las vías públicas de París, Oporto o Madrid, entre otras grandes ciudades europeas, podría pensarse en una suerte de revival del Mayo del 68, aquella época de profunda transformación cultural, social y urbana. Aquel fenómeno histórico representó una revolución cultural impulsada por la juventud y sustentada en un pensamiento crítico frente a una sociedad adultocéntrica que minusvaloraba las demandas de las nuevas generaciones en ámbitos fundamentales para sus vidas, como la educación, el empleo o el acceso a la vivienda. Fueron protestas espontáneas lideradas por estudiantes y trabajadores contra el autoritarismo, la sociedad de consumo y un capitalismo que percibían como asfixiante para sus aspiraciones individuales y colectivas.
La coyuntura política y económica actual presenta inquietantes similitudes con aquellos años sesenta. Las manifestaciones que han recorrido las calles europeas en las últimas semanas constituyen un grito generacional frente al encarecimiento de la vida, especialmente para una juventud atrapada entre la precariedad laboral y la especulación inmobiliaria. Podría hablarse de una nueva crisis existencial provocada por un colapso sistémico que deteriora sus condiciones de vida y alimenta el desamparo institucional, la incertidumbre vital y un creciente malestar emocional. La combinación de mercantilismo e individualismo extremo está generando, además, importantes consecuencias sociales y psicológicas entre adolescentes y jóvenes.
La narrativa contemporánea ha inoculado a esta generación un dogma perverso: eres el único responsable de tu destino. Bajo el paraguas de la llamada “cultura del yo”, la vida se ha convertido en una franquicia personal que cada individuo debe gestionar en redes sociales, exhibiendo permanentemente optimismo, resiliencia e hiperproductividad. Es lo que denomino felicracia: un sistema de control y dominación social en el que la felicidad deja de ser una elección o un derecho para convertirse en un mandato. Los tecnooligarcas y otros grupos de poder nos bombardean, a través de medios analógicos y digitales, con la idea de que el éxito depende exclusivamente de la voluntad individual.
Sin embargo, esta mística del self-made man o self-made woman choca frontalmente con una arquitectura socioeconómica asentada sobre dinámicas ultraliberales o tecnofeudales que escapan a menudo de los controles democráticos y convierten el esfuerzo y el mérito en papel mojado. El vacío existencial que experimentan muchos jóvenes no nace de una supuesta fragilidad inherente a la injustamente denominada “generación de cristal”, sino de una promesa de progreso que cada vez resulta más inalcanzable.
Uno de los síntomas más evidentes de este fracaso sistémico es la imposibilidad de construir un proyecto de vida autónomo. El último informe del Consejo de la Juventud de España expone una realidad demoledora: un trabajador joven que aspire a alquilar una vivienda en solitario debe destinar prácticamente la totalidad de su salario neto al pago de la renta. La emancipación no es una meta ambiciosa, sino una carrera de obstáculos imposible para buena parte de esta generación. Esto explica que la tasa de emancipación juvenil siga instalada en niveles mínimos y que la edad media de salida del hogar familiar continúe retrasándose.
Cuando la sociedad exige autonomía, éxito y madurez, pero el mercado condena a la población joven a una eterna adolescencia compartida en pisos colmena, el horizonte vital acaba difuminándose. La denominada “adulescencia”, entendida como la precariedad estructural que aplaza los roles tradicionalmente asociados a la edad adulta, deja de ser una excepción para convertirse en una experiencia compartida.
A este laberinto inmobiliario se suma la devaluación del pacto educativo. La vieja promesa de que una mayor formación garantizaría estabilidad y ascenso social ha dejado de cumplirse. España continúa encabezando las tasas de desempleo juvenil en la Unión Europea y, para quienes logran acceder al mercado laboral, las perspectivas tampoco resultan alentadoras. Una parte significativa de los trabajadores jóvenes sobrevive en empleos precarios, con salarios insuficientes y escasas expectativas de desarrollo profesional. No es que los jóvenes no quieran trabajar; es que la educación y el empleo han dejado de actuar como auténticos ascensores sociales para convertirse, en demasiados casos, en mecanismos de subsistencia.
El coste psicológico de este escenario es devastador. El individualismo radical nos ha dejado solos frente al espejo del fracaso personal. Si no triunfas, la culpa es tuya; si sufres ansiedad, es porque no te esfuerzas lo suficiente en gestionar tus emociones. Vivimos, como señaló Zygmunt Bauman, en una época de vínculos líquidos, donde las relaciones humanas se vuelven más frágiles, transitorias y utilitarias. El resultado es una sensación creciente de aislamiento y soledad estructural.
Al privatizar el malestar, hemos transformado una crisis colectiva en una epidemia de salud mental. El diagnóstico es cada vez más evidente: una parte significativa de la ciudadanía considera que las generaciones jóvenes vivirán peor que sus progenitores. No se trata de pesimismo generacional, sino de la constatación de que el viejo motor del progreso social se encuentra seriamente averiado.
En este contexto, algunos observadores reprochan a la juventud su apatía o su supuesto inmovilismo. Sin embargo, las movilizaciones recientes desmontan esa imagen simplista. Detrás de las protestas hay una reivindicación de derechos fundamentales como el acceso a la vivienda digna, al empleo estable y a unas condiciones de vida que permitan desarrollar proyectos personales y familiares.
Juvenicidio social
Observo, sin embargo, con inquietud cómo algunos Estados europeos parecen practicar una suerte de juvenicidio social. No se trata de una eliminación física de la juventud, sino de una dinámica que la condena a un permanente no futuro mientras le exige mantener una sonrisa obligatoria. El término puede parecer exagerado, pero pretende llamar la atención sobre formas de exclusión que limitan las expectativas y aspiraciones de toda una generación.
Este juvenicidio simboliza, en última instancia, lo que ocurre en sociedades avanzadas donde la juventud es frecuentemente ignorada cuando cuestiona los pilares del sistema. La indignación ya no responde únicamente a las tradicionales divisiones ideológicas entre izquierda y derecha. El malestar apunta directamente a los fundamentos de un modelo social que muchos identifican con la felicracia: un orden que exige bienestar permanente mientras dificulta las condiciones materiales para alcanzarlo.
A las puertas de nuevas citas electorales, quizá haya llegado el momento de repensar qué sociedad queremos construir. Una sociedad verdaderamente democrática y cohesionada no puede permitirse abandonar a quienes deberán sostenerla en el futuro. Recuperar el sentido de comunidad, fortalecer los vínculos intergeneracionales y combatir la polarización, la desinformación y los discursos extremistas son desafíos ineludibles si aspiramos a seguir conviviendo en igualdad y libertad durante las próximas décadas. Porque ninguna democracia puede prosperar cuando una generación entera siente que el futuro le ha sido arrebatado.
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