Nomofobia: la adicción que no tiene edad

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Viene de la palabra inglesa nomophobia (no mobile phone phobia) y es el miedo irracional a no tener acceso al móvil, una adicción que puede desencadenar trastornos mentales como el estrés, la ansiedad, generar síndrome de abstinencia o condicionar las acciones cotidianas. ¿Te suena? Estoy segura de que sí, porque todos somos adictos o terminamos siéndolo.

La nomofobia no tiene edad y comienza a generarse desde que los ojos de un bebé empiezan a enfocar la imagen; eso es aproximadamente al mes de vida, donde además prefieren centrarse en objetos y colores brillantes antes que en la persona. Esto no es la norma, pero desde hace más de una década, comienza a ser lo generalizado. Padres, tíos, abuelos, primos, hermanos y nietos, que enseñan a los recién nacidos la pantalla de un móvil. Todos lo hacemos o hemos hecho. Unos más conscientes de la gravedad, otros menos y otros nada. Todos, en mayor o menor medida.

Es lo mismo que pedir a tu hijo de 13 años que deje el móvil mientras no levantas la cabeza del tuyo. Es lo mismo porque las personas somos el resultado de nuestra infancia, es esta la que determina y moldea nuestra personalidad adulta. Actuamos por imitación y patrones con nuestros padres como referentes, por lo que no hay explicación que sirva para prohibírselo cuando no empiezas por ti y tu ejemplo. O eso, al menos en mi caso, que nunca he sido capaz de dar por respuesta un: “porque lo digo yo” cuando trato de que mi hija suelte el móvil teniendo el mío, entre, sobre o debajo de mí. 

Digo todo esto y entono el mea culpa porque es lo honrado, honesto y sensato. Los padres tenemos una gran parte de responsabilidad en lo que al uso que hacen del móvil nuestros hijos menores se refiere. Ahora bien, no comparto las críticas individuales que esta semana se han vertido en plataformas digitales al hilo de la decisión del Gobierno de prohibir el acceso de menores de 16 años a las redes sociales, que señalan a los padres como únicos responsables. 

Dar lecciones y recetar consejos es el deporte nacional de este país, pero centrar todo el foco de lo que ocurre con nuestros hijos en los padres no es justo, o al menos, no es acertado. No venimos con instrucciones de la vida debajo del brazo, y tampoco las tenemos para criar y educar a nuestros hijos adecuadamente o de manera ejemplarizante. Nadie te las da cuando sales con ellos en tus brazos por la puerta del hospital. La crianza y la educación de los hijos es la tarea y responsabilidad más difícil que conozco desde que soy madre y, porque intentamos hacerlo lo mejor posible, los progenitores merecemos respeto.

Siempre he defendido, porque así lo creo firmemente, que la educación comienza en casa, que la familia es el pilar fundamental de la misma, pero no acaba en el entorno familiar. La educación continúa y prosigue en la vida académica y también es el resultado de leyes educativas, planes de estudio y responsabilidades institucionales y públicas; vaya eso por delante. Todos tenemos la responsabilidad colectiva de educar a las generaciones futuras de manera íntegra.

Hace tan solo unos meses podíamos leer en la prensa que uno de cada cinco jóvenes españoles ha consumido pastillas para la ansiedad o el insomnio. El 10 por ciento de los estudiantes de entre 14 y 18 años reconoce haber tomado hipnosedantes sin receta médica, según la encuesta Estudes. Según los expertos, la demanda cada vez es mayor como solución rápida para calmar la ansiedad y problemas, como si cortocircuitar nuestra mente fuese tan fácil o dependiese de eso... También hemos leído, no hace mucho, que el suicidio es la primera causa de muerte no natural entre jóvenes y adolescentes de entre 12 y 29 años en España. Y mi pregunta es: ¿Nadie lo vio antes?

En Finlandia, país referente en el sistema educativo por excelencia. Los niños reciben formación y son educados contra la desinformación y las fake news desde que tienen 3 años. Educar siempre es prevenir, pero desde todos los ámbitos, por ello, la educación no solo la dan los padres, pese a ser el centro de la misma. La alfabetización tecnológica crítica es necesaria, es crucial y vamos demasiado tarde y lo mismo, en el ámbito de la salud mental, estando ambas directamente relacionadas. Esta semana, un prestigioso cirujano me dijo en sentido figurado: “Me gustaría saber, si se hiciesen autopsias de los cerebros de niños de 12 años, cómo serían”. “Es difícil imaginar cómo vamos a evolucionar cerebralmente en un futuro en la solución a los problemas”, prosiguió en el marco de una conversación sobre el avance estratosférico de las nuevas tecnologías. “Es como correr por el desierto y después de tres días quieres beber y te dan agua por una boca de los bomberos”, añadió. Nunca se me habría ocurrido mejor metáfora.

Nuestros adolescentes y jóvenes son el futuro de la sociedad y, como garantes de nuestra evolución colectiva, debemos cuidarlos, pero sin dejar de ser conscientes de que es tarea de todos y de que todos estamos expuestos a un sistema completamente adictivo. Me parece acertado que se intente prohibir el acceso a las redes a menores de 16 años, aunque ahora tendremos que ver cómo se articula eso, pero todos perdemos tiempo, perspectiva, disciplina, concentración y sentido de la responsabilidad frente a la pantalla.  

Todos: mayores, jóvenes, adolescentes y niños, somos esclavos de los intangibles y letales algoritmos, cuya mayor capacidad es la de distorsionar nuestra percepción de la realidad. Nos volvemos adictos y aquí solo ganan los dueños de las empresas que acumulan todo el poder de nuestras mentes en sus manos. Con que seamos conscientes, ya habremos ganado. Nosotros y nuestros hijos.