Santiago Cambero: “La felicidad se ha convertido en un mandato que oculta desigualdad y exclusión”
El sociólogo extremeño Santiago Cambero advierte en su nuevo libro, Felicracia. El imperio de la felicidad en Occidente, de que la felicidad se ha convertido en una obligación social impuesta por las élites económicas y tecnológicas. El autor sostiene que este mandato opera como un mecanismo de control que oculta desigualdades, condiciona la vida emocional y empuja a la ciudadanía a mostrarse feliz incluso en contextos de precariedad y malestar. Según sus palabras, este mandato opera incluso en contextos de desigualdad y exclusión, y funciona como un mecanismo de control que beneficia a las élites económicas y tecnológicas. “Vivimos en un modelo de sociedad felicrática que gira sobre la obligación de estar y sentirse felices”, afirma.
Cambero describe un escenario en el que la ciudadanía recibe mensajes constantes sobre cómo debe pensar, sentir y comportarse. Asegura que estos mandatos proceden de élites “tecnológicas, energéticas, inversionistas, armamentistas y mediáticas” que definen qué es una vida adecuada y qué emociones son aceptables. En su opinión, este modelo cultural oculta desigualdades estructurales y normaliza la exclusión social bajo un discurso de bienestar permanente.
El autor considera que la felicracia es una evolución del neoliberalismo, pero con un alcance más profundo. Mientras que la ideología económica de los años ochenta impulsó la privatización y la desregulación, el sistema actual actúa sobre la subjetividad. Cambero sostiene que las estructuras felicráticas influyen en la personalidad y generan mecanismos de control emocional que condicionan la vida cotidiana. Asegura que este proceso constituye una forma de alienación más sofisticada que la descrita por Marx, orientada a producir consumidores dóciles en un mercado hipercompetitivo.
Las grandes tecnológicas ocupan un lugar central en este modelo. Cambero se refiere a sus dirigentes como “tecno-oligarcas” y afirma que las redes sociales funcionan como “placebos digitalizados” que fomentan la exhibición pública de una felicidad constante. Según explica, estas plataformas condicionan la identidad digital de millones de personas y promueven comportamientos competitivos y compulsivos. Aunque reconoce que las redes sociales pueden facilitar la comunicación, advierte de que el uso abusivo provoca sobreestimulación, adicción y exposición a contenidos perjudiciales, especialmente entre menores.
El sociólogo menciona casos extremos, como suicidios retransmitidos en directo, conductas autolesivas, incitación a trastornos alimentarios o normalización de la violencia de género. Considera que estos fenómenos son síntomas de una degradación del uso social de las plataformas. Por ello, defiende elevar la edad mínima de acceso a redes a 16 años y obligar a las empresas a implementar sistemas estrictos de verificación de edad. También respalda medidas para limitar la exposición a mensajes de odio y otros contenidos dañinos.
Del mismo modo, Cambero sostiene que la felicracia atraviesa también el ámbito laboral y educativo. Afirma que se ha extendido la idea de que productividad y felicidad deben ir unidas, y que esta lógica genera presión emocional y frustración. Como docente universitario, asegura percibir una “desorientación vital” creciente entre su alumnado. Aun así, confía en la capacidad de la juventud para impulsar cambios sociales y construir sociedades más solidarias. Defiende la necesidad de crear espacios educativos alternativos que fomenten la participación, el pensamiento crítico y el compromiso con los problemas sociales.
El autor subraya que la felicracia no afecta por igual a toda la población. Sostiene que se apoya en desigualdades invisibilizadas como el machismo, el racismo, el edadismo o el capacitismo. Introduce el concepto de “felicrasia” para describir la relación entre bienestar emocional y clase social, y advierte de que el nivel socioeconómico condiciona la satisfacción vital. Según explica, este fenómeno alimenta la aporofobia, el rechazo hacia las personas pobres, sean nacionales o migrantes.
Sociedades narcotizadas
Cambero describe a las sociedades occidentales como “narcotizadas” por placebos que anestesian la conciencia crítica. España, recuerda, es líder mundial en consumo de benzodiacepinas y uno de los países europeos con mayor uso de ansiolíticos, hipnóticos y antidepresivos. Más de 32 millones de personas utilizan redes sociales con un consumo medio de dos horas y media diarias. El 34% de la población presenta problemas de salud mental, con cifras más altas entre jóvenes y mayores. El autor considera que estos datos reflejan las consecuencias de un sistema que exige felicidad mientras genera malestar.
Quienes no encajan en el ideal felicrático quedan simbólicamente fuera del sistema, según Cambero. Asegura que estas personas pueden sufrir estigmatización y exclusión por no ajustarse a las expectativas sociales. Aun así, defiende que existen vías de resistencia civil, tanto en las calles como en las propias redes, mediante mensajes críticos y desobedientes. Considera que la mayoría social podría movilizarse para cuestionar los valores felicráticos y promover modelos alternativos más justos y humanizadores.
Felicracia. El imperio de la felicidad en Occidente ha sido publicado por la editorial extremeña Editamas. El libro, de 180 páginas, incluye una portada minimalista diseñada por Daniel Cambero Rivero y Rubén Cambero Gomato, que representa las “píldoras de la felicidad” bajo control de los poderes felicráticos. La obra concluye con un 'Manifiesto contra la felicracia' y se acompaña de una banda sonora original del compositor David Álvarez Bueno, accesible mediante códigos QR.
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