Todas las vidas de Jenö Grunfeld: huyó de los nazis, luchó en la resistencia y se hizo de oro en el franquismo con Movierecord
Existen palabras que no se pueden leer sin cantarlas. Para varias generaciones de cinéfilos, Movirecord (Mooovierecooord...) es una de ellas. El soniquete de la agencia que gestiona los anuncios en cientos de salas lleva décadas sirviendo de preludio a grandes epopeyas, intensos romances o descacharrantes comedias, historias entre las que no desentonaría la biografía de uno de los fundadores de la empresa: el hombre que nació como Jenö Grunfeld y que, a lo largo de su peripecia vital, utilizó las identidades de Eugene, Eugenio o Johnny Garry. Aunque para una persona era, simplemente, Ni. Esa persona es su nieto, el documentalista Antonio Grunfeld, quien se ha propuesto reconstruir la vida de su abuelo, aquel joven que atravesó Europa huyendo de los nazis, luchó en la Resistencia francesa, cruzó a pie los Pirineos en plena Nochebuena para refugiarse en España y acabó inaugurando el festival de publicidad de Cannes y codeándose con las élites del franquismo.
Hasta 2008, Antonio (Madrid, 1983) no imaginaba quién había sido realmente aquel vejete entrañable que, ya prácticamente ciego, con la manta sobre las piernas, escuchaba en su transistor los resultados del fútbol mientras repasaba cuántos aciertos había tenido en la quiniela. De él sabía que hablaba “muchos idiomas” y algo que, de niño, le causaba una cierta perturbación: “Que había fases de su vida que no nos quería contar a sus nietos porque había hecho cosas horribles”.
Seis años después de la muerte de Ni, Antonio acababa de finalizar su primer documental, Dachau, tras 63 años, en el que registró el regreso al campo de exterminio de nueve supervivientes del Holocausto. Visto desde hoy, parece casi un truco de guión que fuese justo entonces cuando recibió un correo electrónico desde Bruselas. Una rama de la familia lo había localizado por su apellido, tan poco frecuente en España. No tardó en acudir a visitarlos. En Bélgica, su tía le enseñó una foto que lo dejó en shock: su abuelo y su padre, vestidos con esmoquin blanco, en la alfombra roja del primer festival de publicidad de Cannes. Una cita que había inaugurado Movierecord.
Grunfeld era ajeno a todo aquello porque su padre, que los abandonó cuando él tenía siete años, nunca les contó nada de la vida de Ni. Aquel contacto con los parientes le abrió los ojos a una odisea que casi dos décadas y varias películas después –Manoliño Nguema, El secreto del bosque...–se ha decidido a afrontar en primera persona.
“Siempre pensé que habría que contarlo como ficción, porque todos los protagonistas están muertos”. Con esa idea le presentó el proyecto a OlloVivo, la productora de Gaspar Broullón y los hermanos Jorge y Pepe Coira. Fue éste último –guionista de Hierro o Rapa– quien encontró los agujeros en la narración. “Veo muchas lagunas, hay mucho que investigar y esa investigación es un documental”, recuerda que le dijo, antes de añadir: “Un documental... contigo dentro”. Grunfeld tardó meses en decidirse. “Tenía sentido. Yo no sé hacer ficción pero sí sé hacer documentales”, explicaba, como si aún estuviese autoconvenciéndose de su papel. “Además, creo que ya soy capaz de contar esta historia al nivel en que lo necesita”.
Jenö
Esa historia comienza en 1909, en una localidad del Imperio Austrohúngaro ubicada en la actual Eslovaquia, hoy sumergida bajo un embalse. Allí nació Jenö, aunque creció en Niyregihaza, al este de Hungría. Su padre, un judío que renegaba en público de su religión, era uno de los pocos comerciantes con el extranjero de aquella época, lo que les garantizaba una posición acomodada que se truncó con un “cataclismo”: la repentina muerte del hombre en Londres, en uno de sus viajes a Inglaterra.
A partir de ese momento, su herencia queda custodiada por una institución de orfandad, lo que obliga a su madre a justificar cada cantidad de dinero que necesita o cada objeto que reclama. Esos documentos, de los que se desprende un auténtico calvario para la viúda son hoy, sin embargo, “oro puro” para el documentalista. En ellos consta cómo pide una asignación para que sus hijos puedan seguir educándose en un buen colegio o por qué quiere recuperar el reloj del fallecido. “Fue durísimo para mi bisabuela, pero contar con estos documentos legales es maravilloso para mí”.
La herencia no tarde en acabarse y Jenö, como el mayor de los cuatro hermanos, tiene que buscar trabajo. Esa necesidad, unida al ascenso de los nazis, lo anima a emigrar. Su nieto ha encontrado el documento donde las autoridades húngaras enumeraban los 25 Grunfeld de la localidad para proceder a su detención. Un puñado de ellos acabarían en Auschwitz. Jenö y su hermano Rudolph huyen a Bélgica. Con el arranque de la Segunda Guerra Mundial, Zoltan, el pequeño, se les unirá. Atrás dejan a su madre y a su hermana.
Eugene
Los dos hermanos pronto encuentran trabajo en un hotel para la clase alta de Bruselas, aunque a Jenö –ahora Eugene– no le gusta: siempre piensa que su lugar debería estar del otro lado de la barra o sentado en una de esas mesas tan elegantes. Así que lo deja y uno de los clientes del hotel le ofrece un puesto de chófer en el que podría empezar al día siguiente. El joven acepta sin confesarle a su nuevo jefe un pequeño inconveniente: que no sabe conducir. Esa noche, Eugene y Rudolph alquilan un taxi y se pasan la madrugada practicando, hasta que con la luz del día consideran que está listo para su nueva labor. Grunfeld todavía desconoce quién era aquel adinerado empleador –una de las lagunas–, pero está convencido de que puede ser una de las claves que, en el futuro, explique el nacimiento de Movierecord.
Esa etapa feliz no duró demasiado. Bélgica también fue invadida por los nazis y los hermanos, ya con Zoltan, huyeron a París. Allí se integraron en la resistencia. Otro gran vacío. Esta era la época de la que Ni no quería hablar a sus nietos: aquellas “cosas horribles” las cometió luchando contra la ocupación hasta que los tres fueron detenidos. A Eugene y Rudolph los enviaron a Drancy; a Zoltan, a algún lugar del Este de Europa y nunca más se supo de él. La investigación de Grunfeld le ha permitido arrojar luz por fin sobre ese misterio familiar: Zoltan falleció en enero de 1943 en un campo de trabajo de Hungría. En ese momento, Eugene y Rudolph –bajo otro nombre– estaban encarcelados en España. Pero, para llegar allí, todavía tendrían que fugarse de otro centro de internamiento.
Drancy, en el noreste de París, era el lugar desde el que los judíos detenidos en la capital eran deportados a campos de exterminio en la Polonia ocupada, un destino del que los hermanos se libraron, según sus descendientes, con una estratagema que daba pistas sobre su carácter. Convencieron al director de la cárcel de que tenían una fortuna escondida que podrían compartir con él si les permitía ir a buscarla. El hombre picó el anzuelo y los dejó salir. Ya no volvieron.
Johnny
Zoltan y Eugene se escondieron durante tres años en un pueblo de los Pirineos franceses, Bonac-Irazein, donde sólo la familia que los acogía conocía su origen judío. Sin embargo, el 25 de diciembre de 1942, descubren que han sido descubiertos. “En la mañana de Navidad de 1942, después de una larga y salvaje noche de comer, beber y bailar casi sin parar al son de un acordeón en la sala de espera casi en ruinas y abandonada de una estación de tranvía local en Ariège, tropezando en la nieve con las piernas inestables y la cabeza recalentada por el alcohol, volví a casa para descansar un poco”. Así arranca el manuscrito en el que Eugene narra en primera persona aquel capítulo y que su nieto guarda como oro en paño.
En su casa de acogida, en lugar del esperado descanso, le esperaba la noticia de que los estaban buscando. Tenían que huir y sólo había dos opciones: tratar de pasar a España o volver a unirse a la Resistencia. La duda se resolvió cuando los dos miembros más jóvenes de la familia se ofrecieron a hacer de guías. Así, arrastrando una resaca épica, los Grunfeld se lanzaron a cruzar a pie la frontera, a trompicones, entre la nieve y las gélidas temperaturas del invierno pirenaico. Ya en territorio español, heridos y ateridos de frío, a punto de morir de congelación, son detenidos por la Guardia Civil.
Los documentos oficiales de la época los sitúan ese 1943 en el balneario de Rocallaura, en Lleida, un campo de concentración abierto en el que se hacinaban los extranjeros que, como ellos, llegaban huyendo del nazismo y ya no tenían hueco en la abarrotada prisión provincial. Allí, Eugene y Zoltan aparecen identificados como John y Robert Garry.
Rocallaura no les sirvió sólo para aprender el idioma del país al que habían llegado. La intensa vida cultural del balneario, donde los presos organizaban conferencias, recitales de poesía y hasta editaban revistas, les supuso todo un descubrimiento. Un enriquecimiento espiritual pero nada material: cuando quedaron en libertad, su única posesión conjunta era un paquete de cigarrillos.
Eugenio
Y ahí es donde surge la gran laguna: cómo aquel desharrapado pasó a convertirse en un empresario de éxito en pleno franquismo, codeándose con ministros y asistiendo a las fiestas de la alta sociedad, donde las esposas de los potentados competían por ver quién vestía la joya de mayor tamaño. Una vida que el cineasta ya no llegó a conocer.
Completar ese enorme agujero del puzzle es ahora el objetivo del director, recién llegado de visitar en Hungría los escenarios de la niñez y la adolescencia de su abuelo. En abril espera tener listo el teaser del documental para presentarlo a los programas de ayudas al desarrollo de proyectos como el suyo. “Una historia de tanta envergadura requiere investigar más, viajar más, aumentar el equipo y seguir dándole forma al enfoque narrativo”. Está convencido de que la pista belga y aquel desconocido que contrató como chófer al hombre que se hacía llamar Eugene guardan muchas de las respuestas que ansía descubrir. De aquel país era también el otro fundador de Movierecord, Jo Linten, un exiliado belga seguidor de León Degrelle. Degrelle, líder del Partido Rexista, fue colaborador de los nazis –llegó a coronel de las SS– y, tras la guerra, también encontró refugio en la España franquista, donde se convirtió en un conocido negacionista del mismo Holocausto del que había huido el socio de Linten.
“Movierecord fue un bombazo, era casi un monopolio”. La empresa nació en 1954 como grupo y doce años después su división cinematográfica se emancipó para centrarse en el negocio de las salas. Desde allí impulsarían el festival de publicidad de Cannes, precursor del actual Cannes Lions, donde el padre y el abuelo de Grunfeld posaron en aquella foto que a él le mostró en 2008 la hija de Rudolf, Gisèle. Desvinculada desde hace décadas de la familia, Movierecord, que sigue siendo líder en el sector, gestiona –según sus propios datos– 2.200 pantallas en todo el Estado ante las que, en 2024, se sentaron más de 35 millones de espectadores.
Desde aquella conversación primigenia con Pepe Coira, Antonio ya no duda de que la película tendrá que sostenerse sobre dos patas: por un lado, la vida de su abuelo y, por el otro, su propia búsqueda. Es consciente de que le obligará a “remover” la historia familiar y la “herida” de su relación con su padre, pero también que le permitirá llegar a las distintas ramas de la familia, no sólo en Bruselas, sino también en Nueva York o Tel Aviv. Aún le queda mucho trabajo por delante antes de que la cinta sea una realidad. Quizá entonces llegue a proyectarse en una gran pantalla, y justo antes de que empiece se escuche una sintonía que para él será –y nunca mejor dicho– muy familiar.
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