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En este espacio se asoman historias y testimonios sobre cómo se vive la crisis del coronavirus, tanto en casa como en el trabajo. Si tienes algo que compartir, escríbenos a historiasdelcoronavirus@eldiario.es.

Reflexiones de un geriatra de enlace

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Juan Sanz

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Corría el mes de marzo y mi rotación en el servicio de dermatología había comenzado recientemente cuando, de forma abrupta, se suspendieron las consultas por la pandemia de la COVID-19. Era mi primera rotación en el servicio como residente de Dermatología y mi interés y entusiasmo por conocer más en profundidad a los profesionales del servicio y su forma de trabajar eran máximos. Se generó una gran sensación de incertidumbre en mi persona, puesto que mi rotación había sido suspendida y, con ello, mi actividad rutinaria habitual. Era un mero espectador a la espera de recibir información sobre el papel que desempeñaría en esta situación excepcional.

Estaba en mi casa una tarde de mediados de marzo y recibí la llamada de Rosa, mi jefa. Una voz firme y amable a la vez se oía al otro lado de la línea. Fue una conversación breve, de segundos, pero que marcaría un enorme cambio. La incertidumbre había terminado y había surgido un nuevo e inesperado proyecto: geriatría de enlace. Acepté encantado embarcarme en esta nueva aventura. Tocaba reciclarse y dejar a un lado temporalmente la dermatología para colaborar con las residencias de ancianos, hogar de los grupos más vulnerables en esta implacable pandemia.

La mañana del lunes 22 de marzo me encontraba reunido con el equipo de geriatras y compañeros residentes colaboradores en aquel despacho donde se forjarían lazos de solidaridad, compañerismo, unión e incluso amistad en los días venideros. Desconocíamos profundamente la magnitud y dimensiones de aquello a lo que nos enfrentábamos, pero la entrega y compromiso eran totales.

Una iniciativa nueva que pasa de la teoría a la práctica suele comenzar siendo caótica y este caso no iba a ser distinto. El silencio inaudible de los pasillos de consultas fueron la tónica del primer día. Me hallaba yo en una de ellas, sentado sobre una negra y confortable silla con ruedas. Frente a mí, una enorme mesa de madera color caoba sobre la que se encontraba un ordenador con su teclado. Martilleaba nombres de residencias en busca de su dirección y del número de contacto que registraría, con un boli BIC azul, en una libreta verde del tamaño de un libro de bolsillo.

Marcaba cual autómata sobre aquel teléfono de oficina números de residencias con el objetivo de obtener información. El número de residentes, trabajadores o residentes con síntomas compatibles con la COVD-19, la presencia de médicos o enfermeros, el tipo de habitaciones, la disponibilidad de equipos de protección individual, las medidas de aislamiento y otras preguntas eran formuladas por mí y mis compañeros a todas y cada una de las residencias, aunque siempre había llamadas en las que solamente se escuchaba aquel característico pitido agudo o la voz metálica humanoide del contestador. Llamadas que no alcanzaban a su interlocutor humano, sino que se precipitaban en el olvido.

Los días posteriores comenzamos con nuestra actividad, que acabaría siendo la habitual, y que se iría perfeccionando con el paso del tiempo. El horario de mañana de la rotación por dermatología pasaría a convertirse en un horario cambiante, de mañana o tarde de lunes a viernes y de mañana el fin de semana, pero seguíamos haciendo 35 horas semanales más las guardias, acorde con el contrato firmado al iniciar la residencia. La mayor parte de mi labor la desempeñaba por la mañana con otro residente y con Rafa, el director de orquesta.

Aquel despacho, descrito anteriormente, se ubicaba en la planta quinta en la torre tres. Allí trabajábamos. Recibía constantemente llamadas de residencias preguntando por el manejo de las patologías de sus residentes, dado que sus médicos solo podían derivar pacientes previa consulta al geriatra de enlace. Nuestro objetivo fundamental era medicalizar las residencias y abastecerlas de material fungible, medicación intravenosa, sueros y oxigenoterapia para manejar a los residentes como si estuvieran en un hospital y evitar, en la medida de lo posible, el colapso de un sistema sanitario frágil y debilitado por el azote del coronavirus.

Numerosos residentes fueron evaluados por el equipo de geriatría de enlace y todavía lo siguen siendo. Ha habido casos extremadamente complejos de valorar telefónicamente, pero siempre ha estado presente la figura del adjunto cual bastón sobre el que apoyarse en momentos de flaqueza. Hemos dejado escritas notas de nuestros pacientes en un proceso denominado “Geriatría de enlace COVID-19”. Hemos pautado tratamientos para dar cobertura a toda esta población, muchos de ellos dependientes y en situaciones de fragilidad. Hemos realizado traslados cuando lo hemos considerado oportuno y siempre se ha tenido en cuenta la voluntad de la familia comunicada a través del médico de la residencia.

No obstante, seguramente se hayan cometido errores, pues resulta muy difícil valorar a un paciente por teléfono; es imperativo guiarse por la palabra de tu interlocutor. Por otro lado, desde un despacho no se puede visualizar el día a día en las diferentes residencias ni su modus operandi.

El ambiente en el despacho era jovial y animado. La comunicación entre los presentes resultaba fluida y no existían barreras ni diferencias entre adjuntos y residentes. Éramos iguales que trabajábamos por un objetivo común y cada uno tenía claro su papel y ayudaba a los demás en la medida de la posible. No había egos ni ansias de protagonismo y la colaboración era la tónica predominante. Éramos un equipo.

No obstante, algunas veces en las pálidas paredes blancas del despacho se apreciaban rostros amorfos y difuminados susurrando con los labios. Susurros que cuestionaban nuestra actividad y decisiones, situación que por otro lado son frecuentes y totalmente normales cuando se inicia un proyecto nuevo. Sin embargo, nosotros hemos seguido creyendo en lo que hacíamos y actualmente poseemos una enorme base de datos en la que figuran numerosas variables que a posteriori analizaremos para saber cuál ha sido el impacto de nuestra actuación, haciendo una medicina basada en la evidencia.

Y después de todo este relato llegan las conclusiones. Quedan bastante patentes a lo largo de todo el desarrollo, pero siempre es adecuado cerrar una historia con un párrafo que condense toda la información. Esta historia comenzó con un discurso en el que predominaba el yo que acabó siendo desplazado por el nosotros. El momento de incertidumbre fue una oportunidad para adaptarme a las nuevas circunstancias y acabar en el proyecto de geriatría de enlace, donde el interés individual fue eclipsado por el interés colectivo. He aprendido a trabajar en equipo y me enorgullece decir que he formado parte de uno, tanto en lo profesional como en lo humano. Creo que, aunque dura, ha sido una experiencia maravillosa y dejo para el final una mención especial para una persona sin cuya colaboración esto no hubiera sido posible. Muchas gracias Rafa. Sin tu compromiso, determinación y esfuerzo inconmensurables para liderar este proyecto, no hubiera sido posible llevarlo a cabo. 

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