Un cartel generado con IA marca las fiestas de Sa Pobla: “No es casual que la glosa viva un momento de auge”
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“La glosa nació de los payeses que trabajaban el campo. Era su manera de cultivar la tierra, de sobrellevar una vida tan dura, y solían cantar contra el abuso de poder”. Quien habla es Biel Payeras, regidor de Cultura y Fiestas de Sa Pobla, un pequeño pueblo de Mallorca lleno de tradición. “No es casual que la glosa viva hoy un momento de auge. Es como las chirigotas de Cádiz: un instrumento poderoso para expresar opinión política”, añade el político de Més per Sa Pobla. El propio alcalde, Biel Ferragut (Independents per Sa Pobla), reconoce haber sido objetivo de algún que otro verso afilado. “Esa es la gracia: poder decir lo que piensas sin que el otro se enfade”, cuenta.
Nadie en Sa Pobla, creyente o agnóstico, quiere quedarse fuera de la parroquia de Sant Antoni Abat este miércoles. Y no es porque este sea un pueblo especialmente beato (“Hoy en día hay más ateos que cristianos”, admite Pep Pons, presidente de la Obreria Sant Antoni y católico convencido), sino porque aquí Sant Antoni es algo más que una fiesta. Es la cita más importante del año. Lo reconocen todos, desde la Obreria hasta el Ayuntamiento. Y lo confirma una movilización vecinal que se mide en meses de preparación, decenas de actos y una participación difícil de igualar.
“Ha pasado Navidad y han pasado los Reyes y yo ni me he enterado. Desde septiembre solo pienso en Sant Antoni”, cuenta Pep Pons. Pons coordina a una treintena de personas que se encargan de que la colla funcione, de vestir a los dimonis, de ensayar cada semana desde hace más de un mes y de mantener viva la maquinaria festiva durante más de dos semanas.
Desde el Ayuntamiento, Payeras también reconoce llegar exhausto al inicio de las celebraciones. “Sa Pobla es un pueblo muy intenso. Venimos de la última feria del calendario, en noviembre, y desde entonces no hemos parado”, dice. Este año, 81 personas se han presentado al sorteo para vestirse de dimoni en 2027. Solo hay seis plazas vacantes.
El polémico cartel
Con este nivel de implicación emocional, es fácil entender la polémica generada hace unas semanas, cuando el Ayuntamiento de Muro eligió el cartel ganador para sus fiestas de Sant Antoni. El cartel, creado por el publicista Marc Mallafré con ayuda de la inteligencia artificial, recrea el cuadro David con la cabeza de Goliat de Caravaggio, aunque en este caso el gigante decapitado no es más que el pobre “Conguito”, el dimoni más icónico de Sa Pobla.
Payeras, que participó en el jurado para elegir el cartel de Sa Pobla, reflexiona sobre lo ocurrido en Muro: “La IA nos ha pillado desprevenidos, como pasó en su día con Photoshop. No se trata de poner puertas al campo, pero cuando alguien se presenta a un concurso, está éticamente obligado a decir si ha usado IA”.
Resulta curiosa la irrupción de la inteligencia artificial en una fiesta popular que se remonta a la Edad Media. En realidad, estos días Sa Pobla se parece más a David el pastor que a Goliat el gigante. Porque prefiere un cartel con autor antes que una copia y el ingenio de una glosa antes que la provocación de una máquina. Tan ajena a los algoritmos y los prompts como un botifarró torrat sobre un trozo de pan. En cualquier caso, los poblers ejercerán estos días su pequeña venganza poética. Pep Pons lo resume sin rodeos: “Este año, las glosas serán para Muro”.
Una celebración de 700 años
Visto desde otro ángulo, quizá el cartel de Muro acertó al retratar al dimoni de Sa Pobla como un gigante. Al fin y al cabo, no hay Sant Antoni más grande, ruidoso y caluroso que el pobler. Payeras subraya tres claves que explican la magnitud de esta fiesta en el municipio. La primera es histórica: según el cronista oficial de la Vila de Sa Pobla, Joan Payeras Llull, la celebración se documenta desde hace casi 700 años. La segunda es identitaria: “Sant Antoni se vive desde un abanico amplio de gestos y rituales. Aquí conviven el Sant Antoni religioso, el popular y el pagano”. Y la tercera es social: la fiesta bebe de la tradición campesina, de la glosa nacida en el trabajo en el campo como forma de resistencia y de crítica al poder.
Sant Antoni es una fiesta que vive de sus símbolos. Por un lado, los compartidos: la glosa y la ximbomba, los dimonis y los foguerons. Por el otro, los propios de Sa Pobla: la espinagada (una coca rellena de lomo o anguila) y el baile de los caparrots, incorporados a la tradición poblera en 1952 gracias a Alejandro Cuéllar, un secretario del Ayuntamiento que era catalán.
Como esta amalgama de símbolos populares está viva, en 2026 incorpora también novedades. Por ejemplo, la recuperación de unos caparrots con una historia poco conocida: fueron creados hace dos décadas en un proyecto terapéutico para personas con discapacidad de la asociación Es Grif, pero nunca llegaron a salir a la calle y acabaron deteriorados. Gracias a una subvención del Consell de Mallorca, han sido restaurados y debutan ahora por primera vez.
Además, el Col·lectiu Sa Negreta organiza desde hace años el único fogueró popular abierto a todo el mundo, que convive con alrededor de 200 hogueras privadas a las que se accede con invitación.
La fiesta de Sa Pobla arde con tanta fuerza que hace años que cruzó el mar. En 1993, el farmacéutico pobler Toni Torrens i Gost impulsó la celebración de Sant Antoni en el barrio de Gràcia, en Barcelona, porque sus hijos vivían allí y no concebía que se perdieran los foguerons. La fiesta cuajó en un distrito que antes de ser barrio era pueblo y que, como Sa Pobla, sigue defendiendo sus fiestas, su lengua y un tejido asociativo resistente al calendario turístico. Tres décadas después, las hogueras siguen ardiendo cada enero en Barcelona, y volverán a hacerlo el próximo 31.
Quizá Sant Antoni funciona, dentro y fuera de casa, porque admite miradas distintas: la espiritual de Pep Pons, que recuerda al santo que se retiró al desierto y fue tentado por los demonios. La popular de Biel Payeras, que espera fuera de la iglesia hasta que termina la misa y dice: “Desde un punto de vista laico, Sant Antoni es tan cultural como la Navidad”.
Pero, por encima de todo, Sant Antoni sobrevive porque nunca fue una fiesta oficialista, una fiesta del cura o del alcalde. Sant Antoni es, por encima de todo, una fiesta del pueblo: de las 81 personas que se han presentado para vestirse de dimoni, de los cientos de poblers que asan botifarrons frente a su portassa, de los miles de mallorquines que, de Tramuntana a Llevant, cantan glosas al calor de una hoguera compartida.
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