El jesuita que colgó los hábitos para organizar la lucha de los trabajadores del turismo en la Mallorca de los setenta
Un señor septuagenario –barba cana, cejas grises, ojos claros, voz rota– se levanta de su silla para encenderse un cigarro. Tabaco negro. No está en casa ni en la terraza de un bar, sino en un plató de televisión, rodeado de cámaras y focos. El humo invade el debate mientras la moderadora da paso a publicidad: todavía están en directo. Cuando cortan, bronca primero y luego, risas. Ocurrió en Canal 4, una televisión privada de Mallorca, y no hace tanto, sólo quince años. La escena sirve para trazar un retrato del protagonista: si algo atravesó la vida de Antoni Tarabini fue el deseo de ser un hombre libre. Así lo han dicho en los últimos días personas muy diferentes que conversaron con él a lo largo del tiempo; así lo recalcaba él mismo cuando tenía una grabadora delante. El pasado lunes, murió en Palma a los 86 años.
La biografía de Antoni Tarabini-Castellani Cabot estuvo llena de matices y –aparentes– claroscuros. Hijo de un aviador fascista que aterrizó en Mallorca durante la Guerra Civil en compañía del Conde Rossi, tuvo tiempo en apenas una década para ser jesuita, antifranquista, comunista y sindicalista; además de dirigente en dos partidos socialistas distintos. Figura clave para entender la política, la economía y la sociedad mallorquinas, Tarabini se dedicó a leer el pequeño mundo globalizado que configuró el boom turístico a través de Gadeso. En 1973 creó una fundación que sigue analizando la realidad de las Illes Balears desde múltiples puntos de vista.
“Mi padre servía en la base de hidroaviones del puerto de Pollença, desde donde su escuadrón bombardeaba Menorca y Barcelona, pero en los días libres venía a Palma. Se alojaba en el céntrico y muy lujoso Grand Hotel Alhambra, que estaba pegado al Teatre Líric, donde hoy están los jardines de s’Hort del Rei. Al otro lado de la calle, junto al Born, vivía mi madre. (...) Se conocieron, se prometieron, se casaron y en 1940 nací yo. Con la Guerra Civil terminada, mi padre esperaba órdenes de Roma, que no tardaron en llegar: tenía que regresar allí inmediatamente. Lo destinaron a Ferrara. (...) Mi padre fue enviado al frente del norte de África, donde, en Libia, fue detenido. Imagínate. Mi madre, completamente sola en Ferrara, en un país extranjero, con un recién nacido... Afortunadamente, allí conoció a un teatino mallorquín [una orden religiosa formada por clérigos regulares], de apellido Adrover, que la ayudó”, contó Tarabini en una larga y riquísima entrevista que le hizo Miquel Payeras en verano de 2018 para el semanario El Temps.
Aquella charla cuenta una infancia digna de novelar. Continúa así: el piloto de guerra Armando Tarabini regresa de África y “hace carrera” en el Partido Fascista hasta que cae Mussolini y termina detenido por los partisanos. La intermediación de un cardenal “amigo de la familia” le salva de la pena de muerte, pero lo deja entre rejas. Para entonces, el pequeño Antoni y su madre se han refugiado en la Mallorca franquista, han vuelto a casa.
Con la sotana desabrochada
Matías Vallés rememora en Diario de Mallorca al jesuita Tarabini bajando por las Ramblas “con la sotana abierta”: “Un desafío más escandaloso que caminar desnudo por Palma”. Terminaban los sesenta y mientras comenzaban a desplegarse las reformas del Concilio Vaticano II, el mallorquín abandonaba la orden religiosa en la que había ingresado en 1959. En aquellas fechas se mudó a Roma. A orillas del Tíber, estudió en la Universidad Gregoriana. Volvió a ver a su padre –que había salido de la cárcel unos años antes–. Y hasta tuvo oportunidad de charlar con Arconovaldo Bonaccorsi.
Según Tarabini, poco antes de morir, aquel “falso noble” al que Il Duce envió a las Illes Balears con el anhelo de incorporarlas a su fallido imperio mediterráneo seguía sin conocer el arrepentimiento: “Era un tipo enorme, muy trastornado, no tenía remordimientos por nada, todo lo contrario, asumía y se sentía orgulloso de todo lo que había hecho, incluidos los asesinatos”. La represión que dirigió Bonaccorsi mató a más de dos mil personas, pero Franco jamás renunció a la soberanía del archipiélago.
Aquellas experiencias –y el pasado de su padre– tuvieron que influir para que Tarabini dejara al final de su vida reflexiones como esta: “Cuando escucho a alguien que insulta a otro llamándole fascista siempre pienso: qué suerte tienes, joven, de no saber realmente qué es el fascismo. No se pueden imaginar lo que era vivir bajo una dictadura. (...) En la Transición se hizo lo que se pudo”.
'Cuando escucho a alguien que insulta a otro llamándole fascista siempre pienso: qué suerte tienes, joven, de no saber realmente qué es el fascismo. No se pueden imaginar lo que era vivir bajo una dictadura. (...) En la Transición se hizo lo que se pudo', comentó Tarabini
Entre Roma, Barcelona y Madrid –ciudades donde recalaría después– Tarabini tuvo relación con profesores de ideas muy diferentes. Se licenció en Filosofía y Teología y escuchó tanto a Joan Nepomucè García-Nieto i París –fundador del movimiento Cristianos por el Socialismo– como a un teórico bávaro que pronto llegaría a ser arzobispo de Múnich: Joseph Ratzinger, el futuro Benedicto XVI. La Teología de la Liberación y las ideas de un intelectual conservador consagrado a encontrar la síntesis entre razón y fe, juntas en la misma cabeza. Un preludio de lo que estará por venir cuando Tarabini retorne a Mallorca. Una vuelta definitiva que ocurrirá en 1970. Aquel año, casi dos millones de turistas veranean en la isla, la décima parte de los que visitaron España. El mundo de los mallorquines ha cambiado. Para siempre.
Un puente entre hoteleros y sindicatos
“Tarabini era distinto. Podías hablar con él de cualquier tema y, además, le encantaba dialogar con gente más joven. Utilizaba una cierta provocación, como si fuera un juego, pero no era un radical, en absoluto. Sabía lo que suponía enfrentarse al Sistema de muchas maneras; incluso, físicamente, recibiendo palizas durante la dictadura. Estoy seguro de que hubiera apoyado las movilizaciones de este verano, pero también hubiera hecho ver que hay consecuencias, que puede ser un riesgo cambiar la masificación por la luxificación de la isla, que si cerramos los aeropuertos por las noches, el precio de los billetes va a subir y también nos afectará a los residentes”, explica Eduardo Vila, un abogado que colaboró temporalmente en los Quaderns Gadeso, los dossieres que dirigía un sociólogo que “trataba de anticipar realidades”:
–Por ejemplo, en los noventa se dio cuenta de que el funcionamiento de internet iba a afectar al sistema de reservas hoteleras –dice Vila– y en esa época también vio los problemas que iban a tener los fijos-discontinuos para jubilarse en Baleares porque sus cotizaciones eran mucho más bajas que las de un trabajador con contrato anual...
–¿Fue un puente entre grupos con intereses –en teoría– irreconciliables?
–A Tarabini lo invitabas a una reunión y podía sentarse con hoteleros de primera línea para después juntarse con los sindicatos: a unos y otros les hacía ver hacia dónde evolucionaba el turismo.
El matemático Pere Estelrich i Massutí solía compartir tertulia con Tarabini y, en un obituario, considera que conoció como pocos “los movimientos profundos de la sociedad mallorquina”: “Hablaba porque tenía cosas por explicar y, sobre todo, porque las había vivido. (...) Y te advertía: ‘El mundo es un teatro, representas un papel, pero no tienes que creértelo”. Esa mirada amplia pudo cultivarla como sociólogo, quizás, por renunciar en 1987 a la ambición política. Algo raro en un personaje que, sin llegar a los cincuenta, acumulaba un currículo extensísimo, tanto en la lucha sindical como en el trabajo orgánico de partido.
Nada más volver a Mallorca, se puso manos a la obra con Paco Obrador –un sacerdote que también colgó los hábitos– para organizar a los forasters con conciencia de clase que habían emigrado a la isla para trabajar en una industria turística que se expandía sin medida, pero sin repartir derechos. Todavía mandaba Franco. En la clandestinidad, pasó por Bandera Roja y el Partido Comunista de España. Encabezó las protestas que transformaron el parking de coches que se había proyectado a los pies de la Catedral de Mallorca en un parque con árboles. Fue detenido, apalizado y rescatado por una colecta ciudadana –cinco duros por cabeza hasta reunir las 150.000 pesetas para pagar la multa impuesta por las autoridades franquistas.
Tarabini encabezó las protestas que transformaron el parking de coches en un parque con árboles. Fue detenido, apalizado y rescatado por una colecta ciudadana –cinco duros por cabeza hasta reunir las 150.000 pesetas para pagar la multa impuesta por las autoridades franquistas–
Un verso suelto en el PSIB
Después del 20 de noviembre de 1975, Tarabini reapareció como uno de los fundadores del Partit Socialista de les Illes, un proyecto federalista que en plena Transición se partió en dos: los que transformaron aquella organización en el Partit Socialista de Mallorca –el germen de Més per Mallorca– y los que se integraron en el PSOE. El antiguo jesuita fue de los segundos y se afilió a un partido que había pasado en un suspiro de no existir en la isla a convertirse en la corriente de moda entre los votantes de izquierdas. Tras ser candidato a la alcaldía de Calvià (1979), asesorar al primer Gobierno de Felipe González en cuestiones turísticas (1982), ver cómo la Banca March movía hilos para que Unió Mallorquina resolviera a favor de Alianza Popular el empate técnico con los socialistas tras las primeras elecciones autonómicas (1983) y ser concejal en el Ajuntament de Palma (1987), Tarabini se apartó. Sin desaparecer del mapa.
No dejó de publicar artículos y análisis en prensa y, en 2013, recibió la Medalla d’Or de su ciudad natal, donde ha presidido –de forma honorífica– la agrupación socialista. Algunos compañeros de militancia lo recuerdan tratando de curar “del síndrome de la moqueta” a las primeras espadas del PSIB. Unas siglas que a Tarabini no le acababan de cuadrar. Las adoptaron los socialistas mallorquines y menorquines en 1990, teóricamente en busca de una voz propia –mientras que los ibicencos se mantenían fieles al tradicional PSOE. “Sólo era una marca, una imagen. [El PSIB] Nunca ha sido como el PSC. Se impuso un discurso nacionalista entre la cúpula mientras que las bases no lo son. El resultado está a la vista. (...) El PSOE ha tenido poder gracias a esta estrategia [de pactar con Unió Mallorquina en los noventa], pero nos costó perder nuestra condición de referente social progresista y alternativa a la derecha”, dijo Tarabini en la entrevista que concedió a El Temps.
Reflexiones de un verso suelto al que no le dolían prendas en reconocer que “una herencia materna en forma de inmuebles alquilados a través de una empresa ad hoc” le había permitido “no agachar nunca la cabeza”. Por su velatorio pasaron representantes de casi todas las fuerzas políticas –sólo faltó Vox. “Era un referente de justicia social y de bondad”, lo definió allí su hija Aina, también socióloga y profesora en la Universitat Autònoma de Barcelona. El funeral –católico– se ofició entre las columnas góticas de la Santa Creu de Palma.
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