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Las luces de un taxi, un asesino doble y el plano de otra fosa: las pistas para dar con unas víctimas inaccesibles del franquismo

Josep Vidal, ejecutado en octubre de 1936, retratado junto a Maria, su esposa.

Pablo Sierra del Sol / Marcelo Sastre

Eivissa —

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La arqueóloga forense dio un respingo cuando recibió el mensaje del laboratorio de genética. Aunque fuera una sensación conocida es imposible convertir en rutina los pellizcos de la trascendencia. Rápida, saltó del WhatsApp a la bandeja de correo, descargó el informe y confirmó las buenas noticias. La felicidad poseyó a Almudena García-Rubio mientras leía el informe del laboratorio de genética. Una felicidad inmensa que la trasladó a octubre de 2022, cuando le confirmaron que aquellos esqueletos hallados en son Coletes, el cementerio de Manacor, eran los de Aurora Picornell y ses roges del Molinar. Ahora, en 2024, el esfuerzo de encontrar a las setenta y cinco personas que fusiló el fascismo en el Cementeri Vell de Eivissa también empieza a cobrar sentido. 

Aquel documento que leía en la pantalla del ordenador bautizaba a tres muertos. Un punto y aparte a seis años de idas y venidas, el período en que habían trabajado en el asunto dos empresas (Sociedad de Ciencias Aranzadi y la Associació de Tècnics d’Investigacions Socials i Culturals) y los laboratorios de tres universidades (la del País Vasco, la Autònoma de Barcelona y la Pompeu Fabra): la ciencia determinaba que algunos de los huesos que sus compañeros y ella habían localizado entre casquillos de bala, y desenterrado, catalogado y enviado a analizar, tenían nombre y apellidos. Mariano Castelló Castelló. Bartolomé Costa Serra. Josep Vidal Ramon. Un pescador, un albañil y un emigrante que durante su vida viajó a Barcelona, Argelia, Marsella o Sudáfrica, el único de los tres con una fuerte militancia republicana. Oficialmente, dejaban de ser desaparecidos ochenta y siete años después de su ejecución.

“Teníamos muchas ganas de que en Eivissa hubiera identificaciones. Tienen una importancia simbólica enorme: nunca antes se había identificado a una víctima republicana de la Guerra Civil; era la isla que nos faltaba y, aunque nunca pierdes la esperanza, no lo veíamos nada fácil. Hace unos meses, en dos de estos casos, los laboratorios nos pidieron más muestras de familiares para fortalecer la estadística. De todos los cementerios donde hemos intervenido dentro del Pla de Fosses del Govern, el de Eivissa ha sido el más complejo. Era del que menos información teníamos, donde más costó encontrar la fosa común y donde los restos de los fusilados se encontraban, quizás, en peor estado, algo habitual en las fosas de la Guerra Civil de Balears. Es una diferencia muy grande respecto a las fosas en las que he trabajado en lugares con climas mucho más secos como San Sebastián de los Reyes o Palencia: el calor húmedo y la sal son muy corrosivas para los huesos. Que haya pasado tanto tiempo desde que los mataron tampoco ayuda, claro, porque el Cementeri Vell siguió usándose hasta entrados los años setenta y la tierra estaba muy removida después de superponer tantos enterramientos por falta de espacio. Por eso, hay que trabajar con más finura de la habitual para no revolver lo que no se debe. En Eivissa, parece imposible encontrar una fila de esqueletos, en posición primaria, como nos ha ocurrido en otros cementerios”, relata la arqueóloga – forense.

Teníamos muchas ganas de que en Eivissa hubiera identificaciones. Tienen una importancia simbólica enorme: nunca antes se había identificado a una víctima republicana de la Guerra Civil; era la isla que nos faltaba y, aunque nunca pierdes la esperanza, no lo veíamos nada fácil. Es una diferencia muy grande respecto a las fosas en las que he trabajado en lugares con climas mucho más secos como San Sebastián de los Reyes o Palencia: el calor húmedo y la sal son muy corrosivas para los huesos

Almudena García-Rubio Arqueóloga-forense

Ojo por ojo

Sant Rafel de sa Creu, noviembre de 1936. Bartomeu Miquel regresa al hogar después de ganarse el jornal en una obra. A sus sesenta y tres seguía siendo un hombre robusto, con las manos encallecidas después de décadas construyendo y reparando casas. Catalina Torres, de Can Mosson, y él tienen nueve hijos, siete naturales y dos adoptados de una inclusa. Casi todos son adultos, algunos ya les han hecho abuelos, y a ningún miembro de la familia se le conocía adscripción o simpatía a partido o sindicato de izquierdas cuando, cuatro meses antes de aquella tarde, Francisco Franco despegó en Canarias y aterrizó en Marruecos a bordo del Dragon Rapide para detonar el golpe de Estado contra la II República española. Pero aunque la Guerra Civil no les haya dado sobresaltos, Bartomeu Miquel está a punto de convertirse en uno de los últimos fusilados de la primera gran oleada de la represión fascista. 

El conflicto está siendo especialmente enrevesado en Eivissa. Tras triunfar la subversión militar el 18 de julio, tropas y milicias procedentes de Barcelona reconquistan la isla el 8 de agosto al mando del capitán Bayo; efímeramente. El 20 de septiembre, Arconovaldo Bonaccorsi, el Conde Rossi, yerno de Mussolini, desembarca en el puerto de Eivissa acompañado de varias columnas de falangistas sedientos de venganza. No han tenido suficiente con el bombardeo al que tres aviones italianos sometieron, una semana antes, el día 13, al barrio de la Marina (medio centenar de muertos), acción clave para rendir la resistencia tricolor. Que centenares de republicanos –hombres y mujeres que han tomado las armas, funcionarios, políticos, militantes, sindicalistas– hayan huido por mar alimenta las ganas de buscar justicia. Es la hora del ojo por ojo. Antes de la desbandada, en la misma noche del 13, apenas unas horas después del bombardeo, el enemigo ha ametrallado (noventa y tres muertos) a los prisioneros –fascistas, caciques, religiosos, también conservadores de corte más liberal, o, simplemente, sospechosos de simpatizar con los golpistas– encerrados en el castillo de Dalt Vila. Un asesinato a sangre fría al que los ibicencos siguen refiriéndose como els fets del castell. Los nombres de las víctimas están cincelados en una placa que se colocó en la catedral antes incluso de que terminara la guerra. Ordenados alfabéticamente por el nombre de pila, el asesinado que encabeza la lista es Abel Matutes Torres, el socio ibicenco del banquero mallorquín que financió el golpe de Estado: Joan March.

Sólo quince días después comienza a girar otra rueda macabra mucho más silenciosa. La que se cobrará la vida de Bartolomé Costa Serra, fusilado el 18 de noviembre: un camión de falangistas se lo llevó de Sant Rafel a la capital y su rastro se borró para siempre. Unas horas antes mataban a Mariano de s’Hereu, de sesenta y siete años, y pescador, detenido en Eivissa por casualidad: había venido de Formentera para conocer a una nieta recién nacida y le agarraron cuando estaba a punto de tomar la barca de vuelta. Son dos de las víctimas que finalizaron un ritual macabro. En grupos de cuatro o cinco, en pareja, o individualmente, setenta y tres hombres y dos mujeres son conducidos hasta el Cementeri Vell, ejecutados con arma de fuego (a Josep Vidal Ramon, Pep d’en Rei, le tocó el 22 de octubre, su familia tuvo que huir a Mallorca, igual que la de Mariano Castelló, igual que parte de la de Bartolomé Serra: el exilio interior) y arrojados a una fosa común que debe ir llenándose con el mismo número de muertos que los republicanos causaron en el castillo y también arrojaron a otra fosa del mismo camposanto. Fosa que se abrirá durante 1938, cuando Franco, ya como Generalísimo, ordene honrar la memoria de los caídos de su bando, y aparezcan las placas en las catedrales y se llenen bajo ellas osarios, como el que, en la de Eivissa, conserva los restos de los muertos del castillo. Una exhumación financiada íntegramente por el nuevo Estado franquista, pero que se llevó a cabo sin rigor científico ni voluntad de reconciliación: mientras se rescataba la memoria de unos se condenaba al olvido a otros. No sabían los fascistas, sin embargo, que los muertos rescatados servirían para encontrar el paradero de los muertos olvidados.

Contra la amnesia colectiva

Antes, “el borrado de la Historia” obligó a dar un rodeo que estuvo a punto de desmoralizar a los investigadores, como explica Luis Ruiz. Aragonés y profesor de Historia, llegó a Eivissa a principios de los noventa y, ya entonces, le sorprendió la falta de información que existía respecto a la represión franquista. No había asociaciones memorialísticas ni actos de homenaje ni placas que recordaran a los asesinados. La bibliografía era escasa. Vaciando la hemeroteca de finales de los treinta y principios de los cuarenta, no hay una sola referencia en la prensa local a la represión fascista. El dolor quedó recluido al ámbito doméstico. “Nadie investigó ni reflejó nada, ni siquiera tímidamente”, dice Ruiz. Tampoco fue fácil hacerlo después de la Transición. Recordar requería de algo más que esfuerzo y compromiso democrático en un lugar tan pequeño como la Eivissa de hace treinta años, donde todo el mundo se conocía. Para los hijos o los nietos de las víctimas no era extraño cruzarse con ancianos que medio siglo atrás fueron los verdugos de sus padres o abuelos. “A diferencia de Mallorca, Menorca o Formentera”, reflexiona el historiador, “en Eivissa hubo muchos menos contrapesos republicanos”. “Ya antes de la guerra, la CEDA y su sindicato agrario dominaban el panorama. El poder de los señores de Dalt Vila y los grandes comerciantes de la Marina era omnímodo. Ese control de la población por parte de los empresarios más poderosos lo seguimos viendo en la actualidad y no sólo define el comportamiento electoral de la isla. Hizo que durante la dictadura muchas familias decidieran olvidar y, con el regreso de la democracia, no fue fácil que quisieran recordar lo que había ocurrido”, añade.

Para actuar contra esa amnesia se creó en 2009 el Fòrum per la Memòria d’Eivissa i Formentera, colectivo que preside Ruiz. Ya llevaban varios años organizando modestos actos de recuerdo a las víctimas republicanas y, sobre todo, buscando los testimonios de los testigos más próximos –pocos quedaban vivos– para reconstruir los fusilamientos del Cementeri Vell. Para comenzar las exhumaciones en 2018 partieron del relato de Rafel Tur Costa. Este pintor que se labró prestigio internacional tuvo, además del arte abstracto, otra obsesión: encontrar los restos de Miquel Tur Torres y Miquel Tur Roig. Su abuelo y su padre, del que se vengaron unos caciques de Santa Eulària por rechazar un soborno para que les concedieran a dedo las obras de una carretera. Era el secretario del Ayuntamiento.

“Al llegar al cementerio, la oscuridad de la noche era intensa. Serrano le pidió a Canals que dirigiese la luz de los faros del vehículo hacia el interior del cementerio. La puerta estaba abierta del todo, así que la escena quedó perfectamente iluminada. Canals pudo ver, con claridad, cómo mi padre era conducido por dos ayudantes del verdugo hasta el interior del cementerio; vio cómo lo colocaban, atado, a pocos metros de la entrada, vio cómo mi padre levantaba la cabeza, sin venda que tapase sus ojos, mientras se le erizaba la piel; vio cómo Serrano le apuntaba y disparaba un único tiro en la sien, y mi padre se desplomaba sobre un montón de tierra húmeda, al lado de la fosa, herido de muerte”. 

Así describió Tur Costa el asesinato de su padre en su libro de memorias: Un niño ibicenco en la Guerra Civil. El testimonio de Canals, el taxista que trasladaba en su coche negro a víctimas y verdugos, las retinas que almacenaron los fotogramas de la barbarie, confundió a los arqueólogos. Una puerta lateral, tapiada años después y que daba acceso a la zona no católica del cementerio, parecía el punto perfecto para alumbrar desde el exterior con los faros del taxi las ejecuciones perpetradas por falangistas –muchos venidos de Mallorca, otros, de Eivissa, familiares en más de un caso de los asesinados del castillo–; o por personajes como el policía Rafael Serrano de la Parte: un asesino doble que colaboró en la represión republicana y, semanas después, mató para los fascistas. 

Bajo la superficie del camposanto laico, sin embargo, no apareció ningún fragmento de hueso agujereado por el impacto de un proyectil. Si allí no era, ¿dónde estaba la fosa?

Al llegar al cementerio, la oscuridad de la noche era intensa. El policía le pidió al taxista que dirigiese la luz de los faros del vehículo hacia el interior del cementerio. La puerta estaba abierta del todo, así que la escena quedó perfectamente iluminada. El taxista pudo ver, con claridad, cómo mi padre era conducido por dos ayudantes del verdugo hasta el interior del cementerio; vio cómo lo colocaban, atado, a pocos metros de la entrada, vio cómo mi padre levantaba la cabeza, sin venda que tapase sus ojos, mientras se le erizaba la piel; vio cómo el policía le apuntaba y disparaba un único tiro en la sien, y mi padre se desplomaba sobre un montón de tierra húmeda, al lado de la fosa, herido de muerte

Rafel Tur Costa Familiar de una víctima de la Guerra Civil

Morir sin encontrar los restos

José Luis Mir lleva quince años rodando documentales sobre episodios contemporáneos de la historia ibicenca. Dos de sus últimas piezas dan forma al proyecto Pitiüses 1936 – 1939, crónica audiovisual de la guerra en dos islas, Eivissa y Formentera, que sirvieron a los golpistas como base naval y área para hostigar al Mediterráneo republicano y, una vez acabada la guerra, como campo de concentración. Con su cámara, Mir acompañó los trabajos de exhumación dirigidos por Almudena García-Rubio. Cuando la investigación se encalló, las pesquisas previas del documentalista resultaron clave para que los picos y las palas levantaran la tierra correcta. 

“Mir estuvo rebuscando en los archivos de la Causa General de Palma y, entre los documentos del Juzgado Togado Militar número 3, encontró un croquis del Cementeri Vell: lo dibujó un hombre llamado Balbino, el sepulturero que enterró tanto a los asesinados por los republicanos como a los asesinados por los fascistas. Marca la ubicación de la primera fosa, la de los muertos del castillo. Era una prueba valiosísima: después de que en la primera fase de las exhumaciones no encontráramos nada al exhumar en la zona no católica, saber que aquella fosa estaba detrás de los panteones del pasillo central del cementerio llevó a los arqueólogos a pensar: ¿no estará la fosa republicana detrás de los panteones del otro lado del pasillo?”, dice Ruiz. Entonces, Enric Torres, hijo de un represaliado con el que compartía nombre, señaló ese punto de este camposanto situado en un extremo de la barriada de ses Figueretes. Allí, dijo Torres, su madre había obtenido permiso cuando la Transición para sacar, casi de extranjis, los restos que encontró sepultados en el lugar donde recordaba que había terminado su marido, fusilado junto a otros tres hombres el 27 de octubre de 1936. Los arqueólogos comprobaron que desde la puerta principal del cementerio, aunque de una manera menos directa, también se podía alumbrar aquel rectángulo de tierra con las luces de un automóvil.

El 15 de septiembre de 2020 se comenzó a excavar la zanja en la que, unos días más tarde, aparecieron los primeros casquillos y huesos con fracturas perimortales. Es decir, producidas en el momento del fallecimiento. A falta del chequeo en el laboratorio, todo parecía indicar que en la fosa común donde Tur Costa estaba convencido de que habían arrojado los cadáveres de su padre y su abuelo al fin entraba la luz. Acompañado por su hijo Miquel, había visto los primeros sondeos, realizados en 2018. Dos años más tarde no pudo apoyar su bastón sobre el barro, extraído del subsuelo, mientras, en un hoyo de casi tres metros de profundidad, trabajaban los arqueólogos: las cerdas de brochas y pinceles frotando fragmentos de esqueletos desgastados para limpiarles la tierra adherida. La salud del pintor era delicada. El 30 de diciembre murió tras contagiarse de COVID. Vivió noventa y tres años; ochenta y cuatro, huérfano de padre y de abuelo.

Rafel Tur Costa murió tras contagiarse de COVID. Vivió noventa y tres años; ochenta y cuatro, huérfano de padre y de abuelo. Los fascistas los mataron y la difícil localización de la fosa común hizo que no pudiera recuperar los cadáveres a tiempo

En la búsqueda de Bartomeu Miquel

Rafel Serra nació en 1968: es de la quinta que empezó la EGB un año antes de que muriera Francisco Franco y la acabó el verano del Mundial de España, a pocos meses de la victoria imperial de Felipe González en las elecciones generales de 1982. “Recuerdo que en octavo curso el maestro nos explicó la Guerra Civil como una historia de buenos y malos: había vuelto la democracia formalmente, pero seguía habiendo muchos nostálgicos. En una familia como la mía, hablar de la muerte de mi bisabuelo ha sido un tabú hasta hace cuatro días”, cuenta a elDiario.es.

Este profesor de Informática es uno de los descendientes de Bartolomé Costa, de can Miquel, que han participado en las pruebas de ADN para constatar la coincidencia genética. “Para mí no fue nunca una historia extraña: mi madre, aunque naciera doce años después del fusilamiento de Bartomeu, siempre tuvo muy presente al abuelo que nunca pudo conocer. Fue un caso atípico dentro de la familia. Varios de los hijos de Bartomeu se marcharon con Catalina, mi bisabuela, a Mallorca y no volvieron. Aunque no les confiscaron bienes, los que se quedaron en Eivissa no lo tuvieron fácil: mi abuelo Pep Miquel, aunque era adulto cuando fusilaron a su padre, nunca quiso hablar de él. Su homenaje silencioso, creemos, fue llevar a un mitin a sus hijos pequeños, mis tíos, durante la Transición. Porque estamos convencidos de que al padre de Pep, al abuelo de mi madre, a mi bisabuelo, se lo llevaron y lo asesinaron por el simple hecho de dejarse ver algún día en un acto público de algún partido o sindicato de izquierdas. Tenían que igualar el número de muertos que habían dejado los republicanos en el castillo y cualquier cosa les valía”. 

Para mí no fue nunca una historia extraña: mi madre, aunque naciera doce años después del fusilamiento de Bartomeu, siempre tuvo muy presente al abuelo que nunca pudo conocer. Mi abuelo Pep Miquel nunca quiso hablar de él. Su homenaje silencioso, creemos, fue llevar a un mitin a sus hijos pequeños durante la Transición. Porque estamos convencidos de que al padre de Pep se lo llevaron y lo asesinaron por el simple hecho de dejarse ver algún día en un acto público de algún partido o sindicato de izquierdas

Rafel Serra Familiar de una víctima del franquismo

Para Pepita Costa y su hijo Rafel resultó reveladora la lectura de Els morts. Les víctimes de la Guerra Civil a Eivissa i Formentera 1936 – 1945 y 437/37 La causa general a les Pitiüses, dos libros firmados por el periodista José Miguel Romero, el segundo en coautoría con María José Vidal. En aquellas páginas sobrevivía el nombre de Bartomeu Miquel, fueron el impulso para rescatar su memoria. Empezaron por el cura emérito de Sant Rafel: Pep Negre, un religioso muy popular por su trato cercano y vocación de poeta. También era una enciclopedia sobre su pueblo natal. Quinto de Tur Costa, al nacer en 1927 había conocido de niño de los horrores de la guerra. Atendió a la nieta y el bisnieto del represaliado y los puso en contacto con otro hombre que también pasaba de largo los ochenta. “Simon Llinàs era el hermano pequeño del líder del comité antifascista que se constituyó en Sant Rafel después del golpe de Estado. Recordaba perfectamente a Bartomeu Miquel. Nos dijo que tenía relación de amistad con su familia: recordaba haberse sentado en sus rodillas para escuchar las historias que contaba mi bisabuelo. Nos dijo que fue una persona modesta y cariñosa”. Por el testimonio de este anciano, con el que tomaron café sólo dos años antes de su muerte, sus descendientes supieron que Bartomeu Miquel fue un hombre fuerte y de grandes dimensiones para su época (había nacido en 1873). No conservan ninguna foto suya. Dentro de unos meses, sin embargo, el Govern balear les entregará sus restos.

“Hay familias que buscan y familias a las que vas a buscar”

Desde que les llamaron para corroborar la coincidencia de ADN, Pepita y Rafel han marcado el número de varios parientes lejanos para darles la noticia –“ellos son tan familia como nosotros”, dice el bisnieto– y algún tío carnal, que no se entusiasmó demasiado cuando supo el afán de su hermana y su sobrino por encontrar al ancestro, ahora lo vive de otra manera y está tratando de reconstruir el árbol genealógico de la saga Miquel. Cuando reciban los huesos de Bartomeu, Pepita y Rafel están valorando la posibilidad de enterrarlos en el propio Cementeri Vell, bajo el memorial que erigió en 2019 el Ayuntamiento de Eivissa: ciento cincuenta placas donde aparece el nombre del albañil represaliado junto al resto de personas, militantes o no, que murieron, en los paredones del cementerio o en otros lugares, a consecuencia de las balas o bombas fascistas.

Cuando reciban los huesos de Bartomeu, Pepita y Rafel están valorando la posibilidad de enterrarlos en el propio Cementeri Vell, bajo el memorial que erigió en 2019 el Ayuntamiento de Eivissa: ciento cincuenta placas donde aparece el nombre del albañil represaliado junto al resto de personas, militantes o no, que murieron, en los paredones del cementerio o en otros lugares, a consecuencia de las balas o bombas fascista

Bajo el memorial conversan Luis Ruiz y Almudena García-Rubio, no muy lejos del pasillo donde se halló la fosa común a la sombra del muro trasero de unos panteones en el que, fijándose bien, aún se aprecian unas hendiduras: las balas perforaron también la pared lisa y encalada. “Hay familias a las que buscas y familias a las que vas a buscar. Lo que ha pasado entre los descendientes de Bartomeu Miquel es muy común, especialmente en Eivissa, porque en Formentera nos fue más fácil entrevistar a los nietos de los represaliados. Aquí, unos necesitan recordar, a otros les causa demasiado dolor, algunos prefieren engañarse. Cuando investigas te das cuenta de que muchos de los fusilados estaban más politizados de lo que la familia cree. Pero si formar parte de un sindicato o ser concejal de un ayuntamiento republicano no debería ser motivo para sufrir la represalia de morir en un paredón, imagínate en el caso de haber asistido únicamente a un mitin o haber expresado una opinión política en un bar o en la plaza del pueblo. Los hallazgos, curiosamente, acaban despertando el interés, que está como dormido: eso creo que es la reparación de la memoria democrática: no se busca la venganza sino la reparación y el descanso. La reconciliación”, dice el historiador. 

Aquí, unos necesitan recordar, a otros les causa demasiado dolor, algunos prefieren engañarse. Cuando investigas te das cuenta de que muchos de los fusilados estaban más politizados de lo que la familia cree

Luis Ruiz Historiador

Para la arqueóloga-forense, estas tres identificaciones es más un punto de partida que un sello para finiquitar la búsqueda: “Demuestran que el método funciona y que vale la pena intentarlo. Aunque vayamos tarde, si empezamos lleguemos hasta el final. Es el discurso que tiene la Secretaría de Estado y ha tenido durante mucho tiempo el Govern. La suerte nos ha sonreído: teníamos restos de trece individuos, un número parecido de muestras familiares para cotejar el ADN y conseguimos, de momento, tres identificaciones. Queda mucho por hacer en este cementerio. Todavía falta identificar a sesenta y dos personas. La conclusión que saco es que hay que seguir buscándolos”.

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