Los carboneros, los guardianes de los bosques en peligro de desaparición: “Es un trabajo muy sacrificado”
Cada año que pasa Vicent Pons jura que será el último, pero siempre se concede una temporada más, entonces vuelve a montar la sitja donde cuece lentamente las ramas que ahora son madera vieja recogida de todos los rincones de Menorca y luego, con paciencia y destreza, será carbón. “Yo creo que mientras tenga salud y energía seguiré haciendo esto aunque formalmente ya esté retirado”, insiste este hombre que durante más de cuarenta años se ha dedicado a convertir la madera que talaba como leñador en carbón vegetal de altísima calidad.
A pesar de estar jubilado, se niega a abandonar del todo esta actividad porque sabe que actualmente es –junto a su yerno Sebastiá Ametller– el último carbonero de Balears. “Había un viejo carbonero que ya no está, que me ofreció –a raíz de un incendio que hubo en Sa Roca– la idea de aprovechar la madera para hacer carbón y así evitar que se propagaran los incendios. Yo entonces trabajaba como leñador. Poco a poco fui aprendiendo las técnicas tradicionales para producir carbón con la misma leña que recogía”, explica Pons, quien se convirtió en carbonero cuando este oficio estaba prácticamente extinguido en Menorca hace más de cuatro décadas.
La elaboración de carbón con métodos tradicionales implica un amplio conocimiento de los bosques de Menorca –localmente conocidos como marines–, ecosistemas que cubren más del 50% de la superficie insular. El primer paso es la recolección de maderas autóctonas aptas para la combustión lenta, como las de acebuches, pinos, encinas y lentiscos que, en el caso de Vicent, obtenía a través de su trabajo como leñador.
Había un viejo carbonero que ya no está, que me ofreció la idea de aprovechar la madera para hacer carbón y así evitar que se propagaran los incendios. Yo entonces trabajaba como leñador. Poco a poco fui aprendiendo las técnicas tradicionales para producir carbón con la misma leña que recogía
Luego se inicia la construcción de la sitja o carbonera, un trabajo en el que invierten varios días y que exige un conocimiento transmitido durante generaciones. “Primero se hace una explanada circular en el bosque, nosotros lo hacemos en la finca pública de S’Arangí para que cualquiera que quiera venir a verlo pueda hacerlo, siempre en diálogo con el Instituto Balear de la Naturaleza (IBANAT)”, explica Sebastià. Tras apilar cuidadosamente troncos alrededor de un conducto central, formando una gran cúpula de madera se cubre toda la estructura con ramas, hojas y una capa de tierra que limita la entrada de oxígeno.
Una vez está construida y consolidada la cúpula de ramas, tierra, y madera, se enciende el fuego a través del conducto central y comienza una combustión controlada que puede durar entre varios días y hasta dos semanas. Durante todo ese tiempo hay que vigilar la sitja día y noche, abriendo o cerrando pequeños respiraderos en la base de la cúpula según el color y la densidad del humo, la temperatura o incluso el olor que desprende, para evitar que la madera se consuma por completo y se convirtiera en ceniza.
“Hay que estar muy atentos porque puedes perder el trabajo de dos o tres semanas en un suspiro. Hay que vivir junto a la sitja muchos días y noches hasta que ves salir el fuego por los respiraderos, entonces sabes que el carbón está listo”, cuenta Sebastià Ametller. Sólo cuando la carbonera se enfría por completo, se retira la tierra y se extrae el carbón vegetal, fruto de un proceso en el que la experiencia y la observación son mucho más importantes que cualquier herramienta moderna.
Hay que estar muy atentos porque puedes perder el trabajo de dos o tres semanas en un suspiro. Hay que vivir junto a la sitja muchos días y noches hasta que ves salir el fuego por los respiraderos, entonces sabes que el carbón está listo
“No doy abasto con el trabajo”
La ola de calor no da tregua y Menorca es un horno similar a una sitja. Ametller cuenta que ha decidido posponer la quema de verano hasta finales de agosto mientras explica cómo fue que se convirtió en el último carbonero en activo de Balears. “En un momento dado me quedé sin trabajo y a Vicent le quedaba una vacante para un aprendiz. Hay que tener en cuenta que es muy difícil encontrar gente que quiera dedicarse a esto porque es muy sacrificado. A mí siempre me ha gustado el campo, así que empecé a involucrarme en este oficio y ahora soy yo quien lleva la empresa”, explica.
Confiesa que la demanda de carbón, especialmente por parte del sector de servicios, es cada vez más elevada, al punto de comprometer su capacidad de producción. “No doy abasto con el trabajo. De un tiempo a esta parte hemos dejado de vender carbón a particulares. Muchos restaurantes nos pedían, pero ahora ya no les vendemos porque no tengo manos suficientes. Es un trabajo antiguo y deberíamos modernizarnos, lo cual implica hacer una inversión importante, pero se puede vivir de esto dignamente”, señala.
De un tiempo a esta parte hemos dejado de vender carbón a particulares. Muchos restaurantes nos pedían, pero ahora ya no les vendemos porque no tengo manos suficientes. Es un trabajo antiguo y deberíamos modernizarnos, lo cual implica hacer una inversión importante, pero se puede vivir de esto dignamente
Con todo, a pesar de la presión del mercado y de las posibilidades que brinda el avance de las técnicas de cocción de madera, Ametller confiesa que sigue apostando por este método ancestral. “No se trata solo de hacer el carbón: también hay que recoger la leña, preparar la sitja, vigilar día y noche procurando que no se queme, luego embolsarla, venderla y repartirla. En Menorca se venden muchísimas toneladas de carbón; quizá, si nos modernizáramos, podríamos atender toda esa demanda, pero yo sigo apostando por esta forma”, concluye.
Claves de gestión ambiental
Las marinas son ecosistemas de matorral mediterráneo denso, que se ha adaptado a suelos secos y rocosos como el de Menorca. Se trata de territorios íntimamente ligados al trabajo de los carboneros que, aunque no desarrollaron su actividad en clave de gestión y mantenimiento ambiental, sí que han contribuido especialmente a moldear y equilibrar el paisaje boscoso de la isla. “El carbonero es una figura históricamente asociada a la gestión de las marinas. Antes había dos e incluso tres carboneros por cada marina, que se ocupaban de mantener la finca limpia, pero con el tiempo esa figura ha ido desapareciendo. Ser el único de la isla me permite comprobar el impacto que tiene lo que hago, porque, además de producir carbón, contribuyo al equilibrio ambiental del territorio”, explica Ametller.
Ser el único de la isla me permite comprobar el impacto que tiene lo que hago, porque, además de producir carbón, contribuyo al equilibrio ambiental del territorio
Es precisamente por esta contribución ambiental que el instituto Balear de la Naturaleza decidió hace dos años articular una alianza con Vicent Pons y Sebastià Ametller, con el objetivo de difundir la actividad de los últimos carboneros de Balears. “Hacemos una sitja de muestra en el parque de s’Arangí para mostrar cómo se produce el carbón de forma tradicional. Hacemos muchas actividades con escuelas: los niños vienen a la finca allí les enseñamos a construir una sitja pequeña para que vean cómo funciona. Una vez hicimos una que estuvo funcionando casi un día entero y hasta llenamos un saco de carbón que los niños se llevaron a casa. Solo la experiencia de montarla y encenderla ellos mismos ya fue muy gratificante”, explica Ametller.
Por su parte desde el Ibanat, la directora general Anna Torres ha destacado la utilidad del oficio y su importancia en la actualidad. “Los carboneros son un ejemplo vivo de cómo, durante siglos, se ha gestionado el territorio con conocimiento, equilibrio y respeto, y esto tiene hoy más vigencia que nunca”. Además, ha añadido que “en un contexto de cambio climático, de aumento del riesgo de incendios y de abandono del medio rural, lo que representan los carboneros no es anecdótico, sino estratégico, porque hablamos de gestión activa del bosque, de reducción de biomasa, de mantenimiento del paisaje y, en definitiva, de territorio vivo”.
Para contribuir a la difusión del trabajo de Vicent y de Sebastià, desde la Conselleria de Pesca i Medi Ambient del Govern conjuntamente con el Ibanat se ha producido el documental “Carboners, una història que no s’apaga”, dirigido por las cineastas Magda Timoner i Ester Sánchez, cuyo estreno llenó hasta los topes la Sala Albert Camus, del municipio de Sant Lluís, el pasado mes de marzo. “Creo que la producción de este corto puede contribuir a reflexionar sobre qué oficios se pierden y por qué en la Menorca de hoy. De alguna manera hemos querido proponer al público la pregunta sobre cómo es posible que sea más barato importar carbón de Brasil que producirlo aquí con métodos ancestrales, cómo ha sucedido que los oficios como el de carboner o el de paredador sean hoy un folklore para consumo turístico y no una realidad como lo fue hasta hace bien poco en nuestra isla”, ha reflexionado Timoner.
Es probable que Sebastià no encuentre relevo generacional para este oficio. El futuro es incierto y, a pesar de todo, él sigue levantando sitjas cada verano. “Vicent me enseñó algunas cosas que no salen en ningún libro. A buscar los mejores terrenos, a poner palets en lugar de piedras, a saber medir el viento, a controlar las chimeneas”, explica y lamenta que a pesar del reconocimiento oficial que merece su oficio, se hace poco o nada para evitar que se evapore. “Me gustaría tener más ayudas para poder seguir haciendo esto”, concluye mientras se prepara para otra larga jornada de trabajo.
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