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Las mujeres que rompieron moldes en el siglo XIX: sin patrón, alfabetizadas y dueñas de su fecundidad

'Gabellins' a finales del siglo XIX.

Esther Ballesteros

Mallorca —

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Convertido en la actualidad en uno de los más importantes núcleos turísticos del extremo oriental de Mallorca, Capdepera aglutinó a finales del siglo XIX y principios del XX un 'tótum revolútum' de pensamientos e ideas y fue testigo del empoderamiento femenino al socaire del desarrollo de la artesanía de la palma, crucial para el estímulo económico de la zona. Se erigió, además, en el pueblo con más mujeres alfabetizadas, que compartían lecturas mientras, durante las largas tardes otoñales, trabajaban en las vetleries creando su propio producto, ocupándose de la contabilidad y negociando con los comerciantes que adquirían los enseres. Llegaron, incluso, a tomar el control sobre su fecundidad para adaptar la estructura familiar a los recursos de los que disponían.

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Varios investigadores han documentado en los últimos años la labor que ejercían las gabellines –término con el que se conoce a los habitantes de Capdepera–, ilustrando así la importancia que llegó a adquirir el papel desplegado por las mujeres mucho antes de que, en 1931, se les concediera el derecho al voto. Aunque privadas de intervención decisiva a nivel político, ejercieron su función como ciudadanas recogiendo firmas en la campaña contra la Guerra de Marruecos, exigiendo la neutralidad religiosa del Estado, negociando colectivamente con Ayuntamiento y comerciantes una bajada del precio de los víveres, integrándose en asociaciones y partidos políticos y publicando artículos en prensa. Y, además, eran fervientes lectoras.

“[...] Los lectores más entusiastas están en el sexo bello. Hay que ver, así como llega el correo, como abandonan el trabajo para leer el diario; y luego vienen los comentarios, ilustrándose prodigiosamente”, manifestaban entonces algunos testimonios de la época recogidos por Antoni Massanet en Vida i costums a Capdepera (1812-1931).

La historiadora Isabel Peñarrubia, por su parte, ha publicado varios trabajos en los que indaga en el papel de las mujeres a lo largo de los últimos siglos en las islas (como el reciente Les dones en l'esdevenir de la història de les Illes Balears, editado por Lleonard Muntaner), centrándose especialmente en aquellas que, como Catalina Pasqual, Maria Vaquer, Magdalena Coll o Catalina Sirer, dejaron a finales del XIX una importante impronta en Capdepera, donde la independencia ideológica y política se enlazaba con la económica. Y es que, como explica la investigadora, los trabajadores no estaban dominados por los terratenientes locales, sino que vivían de la llata [palmito trenzado en tiras], de la pesca y de la pequeña propiedad.

La industria de palma

La obra de palma, que consistía en el trenzado del palmito para elaborar objetos que cubrían las necesidades rurales cotidianas como cestas, sombreros, escobas o alfombras, proporcionó a la población de Capdepera la mayor parte de sus rentas y dotó al municipio de un gran dinamismo económico a lo largo del siglo XIX. Se trataba de una manufactura que no necesitaba de una gran inversión en materia prima –el garballó– y de la que había una demanda creciente: en la era preplástico, este producto era insustituible. La larga tradición marinera del pueblo, con el puerto pesquero de Cala Ratjada –hoy codiciado destino del turismo alemán– en las proximidades, facilitó la exportación de la producción de la llata, principalmente a Barcelona.

Esta actividad se desarrollaba en el hogar o en las vetleries, constituidas como grupos de vecinos que, para ahorrar leña y luz, se reunían en una casa durante las largas veladas de otoño y primavera para hacer llata juntos. “Este trabajo compartido en las vetleries y sin patrón fomentó el espíritu comunitario y una cultura especial de compartir la lectura y el elemento lúdico”, señala Peñarrubia, quien apunta que otro efecto de esta sociabilidad fue el auge del cooperativismo en Capdepera.

La industria de la obra de palma ocupaba abundante mano de obra femenina, ya que las mujeres, además de hacer llata, eran las que cosían y hacían el acabado de las piezas. “Las trabajadoras eran las que llevaban la contabilidad y hacían con los comerciantes o arrieros el cambio del producto manufacturado por víveres o dinero”, señala la historiadora, quien subraya que este protagonismo en la gestión del trabajo y la independencia económica que proporcionaba esta artesanía, con una demanda asegurada, propició que muchas gabellinas mostrasen comportamientos “más emancipados que las demás mallorquinas”.

El papel del protestantismo

Las vetleries rompieron de este modo el aislamiento del trabajo doméstico y ayudaron a las mujeres a socializarse y a participar significativamente en la vida social y política del pueblo, a la par que comenzó a atraer una inmigración numerosa entre la que se encontraban numerosos metodistas y librepensadores que políticamente se encuadraban dentro del republicanismo. “Esto hizo que la localidad se volviera muy plural. Venía gente joven de otros pueblos sin la presión de las familias, lo que creó un ambiente muy moderno en el municipio”, explica Peñarrubia en declaraciones a elDiario.es.

Como señala la investigadora en su trabajo Gabellines. Les primeres a emancipar-se, editado por el Consell de Mallorca, si bien el protestantismo que comenzó a arraigar en la isla no estaba exento de predicar roles desiguales para el hombre y la mujer, subordinada al dominio patriarcal, el legado de esta corriente fue más positivo para las mujeres que el movimiento católico.

“El hecho de propagar la lectura entre las mujeres, porque ellas también debían leer la Biblia, hacía que si el pastor abría una escuela de niños, la mujer regentaba una para niñas y el acceso femenino a la instrucción hizo que las mujeres tuvieran más posibilidades de analizar su situación. Muchas se afiliaron a las asociaciones republicanas y socialistas sin dejar de tener una vida espiritual ligada al metodismo y al espiritismo”, profundiza Peñarrubia.

Muchas mujeres se afiliaron a las asociaciones republicanas y socialistas sin dejar de tener una vida espiritual ligada al metodismo y al espiritismo

Isabel Peñarrubia Historiadora

El investigador Josep Terrassa, divulgador de la cultura local de Capdepera a través de las páginas de la revista Cap Vermell, se encuentra volcado hace décadas en el estudio de la singularidad del municipio. Terrassa pone el foco en el hecho de que la mayoría de metodistas y republicanos que coincidieron en el municipio eran hijos de la inmigración, por lo que su desarraigo familiar les llevó a establecer sólidos lazos con sus vecinos y a hacer bandera de la solidaridad. En su libro L'espiritisme a Capdepera (2017, Documenta Balear), se introduce incluso en el espiritismo gabellí, un movimiento social “sorprendente en Balears y único en la part forana de Mallorca”.

Para explicar estos fenómenos, Terrassa vuelve la vista a la renovación política y cultural desencadenada con el pronunciamiento militar encabezado por el general Prim, que en 1868 dio paso al conocido como Sexenio Democrático (1868-1874). Un periodo de apertura de ideas y progreso emergido entre el reinado de Isabel II y la instauración en 1874 de la restauración borbónica, durante el cual afloraron fuertes ansias de participación política y de renovación del tejido asociativo. “Gracias a las informaciones periodísticas y a los debates políticos, una parte de la población se formó una opinión crítica y un sentimiento de rebeldía hacia la sociedad más tradicional”, señala el autor, quien apunta que, como sucedió en Capdepera, las dinámicas modernizadoras que surgieron durante el Sexenio “abrieron las cerradas mentalidades a nuevas corrientes y visiones de la vida pública y privada”.

El investigador destaca, además, cómo los matrimonios de Capdepera comenzaron a tomar medidas para adaptar su estructura familiar a los recursos con los que contaban. Todo ello en un contexto en el que Catalunya y Balears se erigieron, entre 1901 y 1910, en las Comunidades con los niveles de natalidad más bajos del Estado y en las regiones pioneras en el control de la fecundidad.

Peñarrubia ha documentado la intensa labor que varias gabellines llevaron a cabo en favor de la justicia social, entre ellas Catalina Flaquer Pascual (1876-1937), quien desde muy joven se dedicó a la obra de palma. Cuando nació el Partido Comunista en Mallorca, no dudó en afiliarse y la primera vez que en la isla se celebró el Día de la Mujer Trabajadora, el 8 de marzo de 1934, se erigió en una de las oradoras de los mítines que se celebraron. Incansable activista, gran lectora y devota de la obra de la pensadora y pionera en el feminismo español Concepción Arenal, Pasqual y sus dos hijas acabaron encarceladas en la cárcel de Can Salas de Palma tras el alzamiento militar de 1936. Junto a sus dos hermanas, Maria y Antònia, y Aurora Picornell, considerada la Pasionaria de Mallorca, fue fusilada en el cementerio de Porreres en enero de 1937.

Otra de las figuras más destacadas de la época fue Maria Vaquer Moll, quien montó su propio taller de confección en Capdepera y abrazó el postulado socialista. Durante la Segunda República, Vaquer escribía artículos feministas en la sección 'Libérate, mujer', de El Obrero Balear, en los que denunció la discriminación femenina en el acceso a la instrucción, así como la “triple explotación que las mujeres sufrían por parte del hombre, del patrón y de las leyes españolas”. Presidió la Agrupación Socialista del municipio y, tras ser detenida en plena represión franquista, ingresó en la cárcel de mujeres de Palma. En mayo de 1937, se vio sometida a un consejo de guerra que la condenó a muerte, pero tras siete años en prisión la pena le fue conmutada. Emigró a Argelia y a Francia hasta que en los años sesenta regresó a Capdepera.

La revuelta de las mujeres gabellines contra la subida de los precios

Al término de la Primera Guerra Mundial, Capdepera no escapó al alza de los precios de artículos de primera necesidad mientras los salarios se mantenían estancados. En Palma y en otros municipios de Mallorca se produjeron, durante febrero de 1918 y 1919, saqueos populares en los depósitos de carbón, en las tiendas y en los almacenes, entre los que se encontraba el de Joan March, contrabandista, banquero y empresario erigido en uno de los principales financiadores del golpe de Estado de 1936. Su establecimiento, relata Peñarrubia, fue asaltado “con una virulencia especial, ya que se le acusaba de hacer contrabando de harina, alubias y otros víveres cuya exportación estaba prohibida”.

La 'gabellina' Maria Vaquer denunció la discriminación femenina en el acceso a la instrucción, así como la 'triple explotación que las mujeres sufrían por parte del hombre, del patrón y de las leyes españolas'

El 25 de febrero de 1919, unas cien mujeres gabellines encabezadas por la activista Isabel Nebot se echaron a la calle para exigir al Ajuntament que hiciese de intermediario con los comerciantes locales para revertir la situación. “Ellas sufrían la problemática por partida doble: como trabajadoras de la obra de palma mal pagada y como responsables de la subsistencia familiar, porque no podían pagar los precios que les imponían los comerciantes por los productos de primera necesidad y que, a la vez, eran los mismos comerciantes que les compraban su producción”, explica la investigadora, quien recuerda también el papel de la líder socialista Magdalena Coll, que apuntaba hacia los grandes empresarios, “acaparadores y grandes comerciantes como los culpables del acaparamiento y la exportación ilegal de subsistencias”.

La singularidad económica de Capdepera

Por su parte, el historiador Ramon Molina, profesor del departamento de Economía Aplicada de la Universitat de les Illes Balears (UIB), explica a elDiario.es que el de Capdepera “realmente es un caso muy singular en muchos aspectos: es un caso típico de industria rural, con todas sus fases, pero con originalidades propias”. En este sentido, explica que la industria del municipio atravesó a principios del siglo XIX la fase de kaufsystem –el sistema de producción de los artesanos rurales cuando eran propietarios de los instrumentos de trabajo y de la materia prima y se encargaban ellos mismos de distribuirlo– y, a finales de la centuria, la de verlagssystem, cuando los comerciantes comenzaron a jugar un papel determinante.

“Era costumbre que los sábados se pasaran los agentes de los comerciantes a recoger el producto y exportarlo”, explica el investigador, quien señala que estos pagaban con dinero, pero en muchas otras ocasiones con vales para comprar en las tiendas. “Por una parte eran los proveedores de materia prima y distribuidores del producto acabado y, por otra, aprovechaban su condición de comerciantes que tenían tiendas abiertas en las que se vendía de todo. Mucha gente se hizo el ajuar de la casa con la llata”, añade.

Molina destaca que la particularidad de Capdepera, con una tradición “importante” de “combatividad, organización y un cierto orgullo de clase”, radicaba en que era un pueblo con una industria que no requiere de ninguna maquinaria y “cuya única herramienta necesaria es una aguja de coser y el palmito, que crece en una pequeña parte de la zona”. Una actividad cuyo rápido declive comenzó en los años sesenta con la irrupción del turismo, no sin antes acoger el municipio, en el periodo de entreguerras, a una importante colonia alemana entre cuyos integrantes se hallaban refugiados políticos que levantaron pequeñas fábricas de tejidos de rafia a mano aprovechando la experiencia de las mujeres que trabajaban la llata, un “verdadero pequeño emporio industrial de pequeñas fábricas” en las que se crearon zapatillas, sombreros y otros objetos orientados al lujo.

El investigador recuerda que, antes de la construcción de las carreteras, se consideraba que Capdepera se hallaba “en el confín de la isla”. “Era dificilísimo llegar e incluso ellos tenían más relación, a través del mar, con Menorca o con Tarragona que con el resto de lugares de Mallorca. Se refugiaba mucha gente rebelde, que había cometido pequeños delitos y allí encontraban actividades y salidas. Incluso los propios comerciantes tenían sus propios barcos y uno de ellos, Miquel Caldentey, llegó a construir el suyo propio, que hacía la ruta entre Almería y Cala Ratjada. Siempre fue un pueblo de gente libre”, concluye.

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