El pino de un pueblo de Mallorca que espera a que una mujer lo trepe por primera vez
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Hace un año Jaume Coll tuvo el mundo a sus pies. O, al menos, a veinte metros sobre el suelo vio las coordenadas de su infancia: los tejados de las casas, el haz de luz de la carretera, una ermita iluminada justo donde comienza la oscuridad de la sierra, el campanario de la iglesia, a su misma altura. Pollença. El pueblo donde nació este adolescente –quinta del 2008, estudiante de Bachillerato en un centro de alto rendimiento: practica la gimnasia artística– es el escenario de una fiesta atávica. Y –aunque tenga equivalentes en lugares de Catalunya, la Comunitat Valenciana y Aragón– única.
Funciona así. Pasado el Día de Reyes, un grupo de leñadores busca un pino en las estribaciones de la Tramuntana. Lo talan, podan las ramas, lo recortan para que no se atasque en las esquinas irregulares de un casco urbano trazado en la Edad Media. Porque al árbol, alisado, lo bajan de la montaña diez días después en un remolque de dos ruedas del que estira la gente y lo pasean por el pueblo hasta llegar a una pequeña plaza. Allí lo plantan y, como si fuera una versión de bolsillo del Jueves Santo en Sevilla o del 6 de Julio en Pamplona, entre la bulla del mogollón, los más osados buscan la madera, enjabonada, y sin más ayuda que sus brazos y el par de cuerdas que sostienen el tronco de unos balcones, intentan trepar hasta la copa. Cuando lo consiguen ya es noche cerrada.
El 17 de enero, fiesta de Sant Antoni Abat, termina en Pollença con un protagonista absoluto: el primer escalador que corona el pino. “Verte allí arriba es algo difícil de creer. Con catorce ya les dije a mis padres que quería ir a la plaza… a mirar (para probar suerte en un par de años), pero ya intenté subirlo. Al año siguiente repetí y con dieciséis lo conseguí. Aunque me he subido un par de veces a un poste de luz que tenemos en casa, ahora me lo voy a tomar con más tranquilidad. ¡Que suban otros!”, recuerda Jaume Coll.
Verte allí arriba es algo difícil de creer. Con catorce ya les dije a mis padres que quería ir a la plaza… a mirar (para probar suerte en un par de años), pero ya intenté subirlo. Al año siguiente repetí y con dieciséis lo conseguí. Aunque me he subido un par de veces a un poste de luz que tenemos en casa, ahora me lo voy a tomar con más tranquilidad. ¡Que suban otros!
–Que no se conozcan los orígenes de esta celebración creo que es una virtud porque quiere decir que viene de tiempos inmemoriales. Eso es lo que dice, de hecho, la primera documentación que se conserva, que es de la década de los setenta del siglo XIX. En la prensa de la época leemos: “Siguiendo la costumbre muy antigua en esta población que en la tarde de este día víspera de San Antonio en la plaza se fija un pino, a cuyo espectáculo concurre mucha gente y en la tarde del día de mañana la bendición de ganados recorriendo las calles de esta localidad”. Dice mucho de la identidad pollencina que la modernidad no haya destrozado la esencia de esta tradición.
Pere Salas es historiador y ha ejercido de cronista de Pollença. Este municipio del norte de Mallorca es algo más que un rincón peculiar, una isla dentro de otra isla. Separada por la montaña, pero con un puerto natural que le da salida al mar, en esta villa el pasado resiste pese a ser un destino turístico: ruinas romanas, una de las dos últimas cajas de ahorros que resisten en España y un dialecto inimitable. En Pollença no se sala. Los artículos (es, sa, so, ses) que mejor definen el catalán de las islas allí toman otras formas (u, la, lo, les). Sant Antoni, quizás la fiesta más importante de la Part Forana –toda la Mallorca que no es Palma– tenía que ser diferente en Pollença. Y, como los anillos que miden el tiempo en los troncos de los árboles, u Pi es un reflejo de su historia.
Que no se conozcan los orígenes de esta celebración creo que es una virtud porque quiere decir que viene de tiempos inmemoriales. Eso es lo que dice, de hecho, la primera documentación que se conserva, que es de la década de los setenta del siglo XIX
Arrinconada por la República, rescatada por March
Hasta hace medio siglo u Pi no estaba bien visto para los que hoy llamaríamos progresistas. No se prohibió, pero durante la II República se dejó de celebrar para evitar tensiones en la calle. “Como reacción, los ayuntamientos franquistas evitaron que la fiesta se perdiera. A diferencia de lo que ocurría en otros pueblos mallorquines, aquí no había gloses junto a los foguerons que pudieran incomodar a la Iglesia y, al final, la tradición podía considerarse parte del regionalismo bien entendido sobre el que a la dictadura le gustaba apoyarse. Es en aquellos años cuando u Pi pasa de la víspera al día de Sant Antoni, cuando empieza a plantarse otro pino en u moll [el Port de Pollença] y se desliga de las beneïdes, que eran más multitudinarias y peligrosas a principios de siglo XX porque se convertían en carreras improvisadas de caballos, mulos o burros”, cuenta Pere Salas.
Por eso, “no puede considerarse raro” que poco antes de su muerte en un accidente de tráfico Joan March Ordinas salvara u Pi. En 1959, y ante las dificultades de encontrar un propietario que abriera las puertas de su finca para talar un pino, el financiero que le pagó al General Franco el vuelo en el Dragon Rapide para aterrizar en Marruecos y levantar en armas al ejército colonial fue magnánimo. Fue clave la intercesión de un concejal que era, a la vez, empleado del banco que fundó el contrabandista que se convertiría en el hombre más rico de España. Desde entonces el árbol se busca en Ternelles, una posesión que sigue perteneciendo a la familia March.
Poco antes de su muerte en un accidente de tráfico, Joan March, el 'banquero de Franco', salvó la fiesta. Desde entonces el árbol se busca en Ternelles, una posesión que sigue perteneciendo a la familia
¿Aquel gesto le dio un tinte ideológico a u Pi de forma definitiva? No. El cronista Salas explica la paradoja: los herederos de quienes intentaron arrinconar la celebración durante los dos periodos republicanos (1873-1874, la primera; 1931-1936, la segunda) fueron los mismos que la impulsaron durante la Transición. Resignificándola y revitalizándola. Como dejaron de asociarla a la religión católica, ir a buscar el pino se convirtió en una romería laica, donde se bebe vino, se come arengada y botifarró y se canta. La intelectualidad, además, dejó de denostar el folklore y pasó a reivindicarlo. Una muestra es el episodio de Raíces que, a finales de los setenta, rodó Televisión Española sobre el rito de subir un pino cada 17 de enero en Pollença. “Primó la parte lúdica y hedonista que toda fiesta necesita… y eso la alargó. Las fotos que, por ejemplo, hizo Guillem Bestard a principios del siglo XX muestran que el pino se plantaba y se subía con luz natural”, precisa Pere Salas.
El cambio de ciclo se escenificó en 1985: “jóvenes de la esfera del Partit Socialista de Mallorca” desafiaron a un alcalde de Unió Mallorquina, Ramon Rabassa, que había intentado aplazar u Pi. La nieve convertía en peligrosa la escalada. Dio igual: el pino se plantó sin permiso de las autoridades. Joan Rafel Covas, que entonces era un bebé de un año y ahora es miembro de la comisión organizadora, da su punto de vista: “Creo que la clave es que el ayuntamiento acompañe, pero no organice. La autogestión ha permitido que todos los pollencins puedan sentirse identificados”. Una transversalidad no es poca cosa en un municipio donde ha habido doce alcaldes –de ocho partidos diferentes– desde las elecciones locales de 1979.
“En la organización colaboramos personas que votamos ideas totalmente opuestas, pero a las que nos une un mismo sentimiento”, continúa Covas. “No es casualidad”, amplía el cronista Salas, “que el pollencí que más veces ha subido el pino, hasta seis, se llame Diego Rueda [hijo de unos malagueños que emigraron a la isla cuando él sólo tenía tres años]. Todas las actividades que se mueven en torno al pino creo que han ayudado a integrarse a las familias que desde hace décadas han llegado a Pollença. Se ve con la implicación de los vecinos de origen peninsular o latinoamericano, que también participan en otras de las fiestas importantes que conservamos en nuestro calendario, como La Patrona, el 2 de Agost”.
Los peligros de la masificación
La retransmisión que IB3 produce desde hace veinte años, y donde Pere Salas suele ejercer de comentarista, es uno de los altavoces que más bombo le ha dado a u Pi. La masificación de la fiesta es innegable. Para evitar sustos, la luz de un semáforo indica cuándo puede arrancar la ascensión. “A mí ya me subían a Ternelles en cochecito, pero no me acuerdo, claro. Luego, de niño, cuando no había tanta gente, aún se podían tirar cohetes mientras se bajaba el pino. Ya no: soy del 98 y, sobre todo, después de la pandemia, he visto cómo cada vez viene más gente a la fiesta. La modernidad es imparable: que haya guiris en Pollença para ver u Pi es el precio que tenemos que pagar. Al menos, los forasteros respetan la norma no escrita de que sólo los pollencins pueden trepar. O, como mínimo, intentarlo. Nosotros también nos comportamos como toca cuando bajamos a las fiestas de otros pueblos”, dice entre risas Toni Torrandell, un creador de contenido y podcaster que bautiza sus proyectos con el apodo familiar: Ràdio Rabassó.
La modernidad es imparable: que haya guiris en Pollença para ver u Pi es el precio que tenemos que pagar. Al menos, los forasteros respetan la norma no escrita de que sólo los pollencins pueden trepar
Aunque se está preparando las oposiciones a bombero y conozca “un pino en las afueras del pueblo que muchos utilizan para entrenarse”, Rabassó no tiene entre ceja y ceja completar el reto. “Claro que me haría ilusión, pero es muy difícil llegar hasta el tronco. Lo que tengo claro es que un año vamos a ver a una pollencina en la copa”.
La profecía tiene miga. Igual que en muchas celebraciones populares, hasta no hace muchos años era impensable ver grupos de chicas estirando del pino por las calles de Pollença. Ni mucho menos, ascendiendo por el tronco. El papel de la mujer quedaba reducido al domicilio: cocinar almuerzos, preparar la ropa, despedir a los varones que iban a la plaza. Ya no es así, pero la presencia femenina es casi nula en la comisión de fiestas. Joan Rafel Covas cree que también cambiará. “Este año hemos promovido una versión infantil de u Pi, más bajito, y han sido los niños y, sobre todo, las niñas quienes se han encargado de organizarlo. Ya manejan otros códigos, viven la fiesta de otra manera. La primera en subirlo ha sido, además, una niña, Isabel Rotger”, explica.
El reflejo de una sociedad machista
–Tenemos que partir de la base de que esta fiesta, igual que las de moros y cristianos, responden a otro tipo de sociedad, campesina y patriarcal, donde se valoraban la fuerza y la competitividad. Si las hubieran empezado a organizar mujeres seguro que responderían a otras cosas.
Razona Francesca Palou, más conocida como Paiaia, una glosadora que, al pertenecer a la generación que vio cómo la fiesta se transformaba a finales de los setenta y principios de los ochenta no la siente tan suya “como las pollencines que son jóvenes ahora”: “Es normal que ellas se lo pasen mejor, la sociedad es mucho más abierta. Recuerdo cuando, y no hace tanto, en La Patrona te echaban de la iglesia si te veían entrar a cantar el Te Deum. Aquello estaba reservado para los hombres”.
“Una chica que esté en forma y practique escalada no debería tener ningún problema en trepar: basta fuerza y algo de técnica. El problema es llegar hasta el tronco. Necesitas un grupo que te rodee y se canse por ti. El año pasado ya hubo dos pollencines que llegaron la primera de las dos cuerdas que sujetan el pino. Es cuestión de tiempo”, dice Jaume Coll. Cuando ocurra –y provoque un efecto parecido al que causó Consuelo Marquès Melià al ser la primera mujer en cabalgar, allá por 1970, en un jaleo menorquín– es posible que la ganadora reciba de manos del vecino que ascendió el año anterior un gallo criado en la cooperativa agrícola de Pollença. La costumbre se instauró hace apenas dos años. Cumplir con la Ley de Bienestar Animal terminó con otra costumbre, impensable hoy en día: colocar al ave de corral dentro de un cesto de esparto que colgaba de la copa del pino. Todo se transforma.
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