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‘Martín y Martina’, una comedia romántica para reivindicar la inocencia de la generación Z

José María Sánchez, con un ejemplar de su novela.

Pablo Sierra del Sol

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A José María Sánchez le entran mil dudas cuando se le pregunta por su película favorita, pero si tuviera que quedarse con un título apuesta por un clásico premiado en Cannes hace justo cincuenta años: “Cría cuervos, de Carlos Saura”. Aquella niña –interpretada por Ana Torrent– está hermanada con los años en que este periodista y escritor mallorquín –Palma, 1992– atravesó la adolescencia: “Ella está encerrada en una casa, que representa metafóricamente al franquismo, y a mí me diagnosticaron epilepsia. Mi franquismo, por así decirlo, fue la epilepsia. Eso me tuvo mucho tiempo encerrado en mí mismo, sin relacionarme con mucha gente, y por entonces ya me gustaba leer: la lectura me sirvió de mucho para salir de ahí. El cine no lo descubrí hasta los dieciocho, cuando conocí al neurólogo que me cambió la medicación y me devolvió a un mundo sin crisis epilépticas. Desde entonces no he dejado de ver películas. Como la literatura, el cine es un refugio para mí”. Martín y Martina, su tercera y última novela, publicada por Editorial Adarve, es la reunión de ambas pasiones: una trama romántica con aires franceses y neoyorquinos –François Truffaut, Éric Rohmer o Woody Allen: a este tridente de cineastas va dedicada la novela– que se desarrolla entre las calas y pinares del Llevant de Mallorca. El paisaje vacacional en el que ha vivido desde su infancia el autor. 

“En mi clase del colegio sólo había dos o tres compañeros que fueran de familia mallorquina”, cuenta Sánchez, hijo de migrantes granadinos que se establecieron en s’Illot. En un escenario parecido a este núcleo costero –donde se mezclan residentes y, en verano, turistas– del municipio de Manacor transcurre la trama de Martín y Martina. Él es un chaval madrileño disfrutando del paraíso. Ella, una autóctona disfrutando de mañanas infinitas sin instituto. Tienen diecisiete y quince años. Se enamoran. Es el verano de 2022, cuando se abrió la veda tras dos años de restricciones pandémicas. 

Parecen ingredientes para dibujar un cóctel de sexo, drogas y salvajismo. Realismo sucio en la edad del pavo. Unas Historias del Kronen en la época donde se debate –y se decreta– la prohibición de las redes sociales a quien no tiene edad legal para trabajar. Nada que ver, sin embargo. La mirada de Sánchez apunta a otros rincones: “Sin ser pueriles, sí que son un poco inocentes. Al menos, para lo que nos dicen que son los jóvenes de la generación siguiente a la mía. Martina y Martín son atípicos. No porque les guste la literatura y el cine sino por lo que lee ella (novelas de Roberto Bolaño, Balzac…) y ve él (que conoce a directores tan antiguos como Buñuel o Bergman). Es decir, Martina es muy bibliófila y Martín, muy cinéfilo. También son contrapuestos: ella es más introvertida; él tiene más seguridad en sí mismo. Pero los papeles se invierten en cierta manera porque él es forastero y ella está en su territorio”. Juega el escritor, por ejemplo, con el bilingüismo y la extrañeza del turista: en una escena, Martín se sorprende de que Martina hable con sus amigas en catalán.

“Lo que ambos comparten es el diálogo y la comunicación con sus padres, con los que tienen muy buen rollo”, continúa el escritor, “Martina y su madre parecen amigas prácticamente. Sé que no es lo habitual, pero sé que puede ocurrir y lo quería reflejar para romper el estereotipo de las relaciones tóxicas entre padres e hijos a las que estamos acostumbrados. Por eso creo que a más de un lector adulto le va a resultar muy interesante la trama, se van a ver reflejados en sus años de juventud, en sus primeros amores. Ciertos aspectos de la novela los van a entender mejor porque ellos ya han pasado por esa etapa”. La “buena comunicación con sus progenitores” es un elemento que a Sánchez le ha servido para practicar una de sus manías como novelista: el diálogo está “por encima de la descripción”. Una nouvelle vague con miembros de la generación Z. 

A diferencia de sus primeros libros –donde pesaba más el drama, la autobiografía, la epilepsia en Despertar y la precariedad de los millenials en Esperando nada–, optar por la comedia romántica no convierte a los personajes en mojigatos. Hay voltaje en las páginas de Martín y Martina, asegura su autor. Es, por tanto, una historia de bautismos sentimentales, “de la huella que nos dejan en nuestra vida los ritos de paso: ”El primer beso, el primer amor, esa complicidad que creas con alguien por primera vez“. A la vez, sucede en un tiempo, el verano, y un territorio, las vacaciones, donde todo es, en cierta manera, mentira. Más cuando uno es del lugar y el otro está de visita: un gran tema que ocupa desde profesores universitarios especializados en gentrificación hasta cantantes de reguetón como Bud Bunny. 

Dice Sánchez: “No sé qué pasará en el futuro, pero soy muy fan del cine de Richard Linklater y me gustaría seguir esta historia con una segunda y tercera parte, como él ha hecho con las secuelas de Antes del amanecer. Es un proyecto a largo plazo, como pasa exactamente en esa trilogía, donde dejaron pasar diez años entre película y película para que se viera la evolución de los personajes. Ahora tengo otras historias que me gustaría escribir antes”. Que caigan las hojas del calendario podría resolverle un problema: tal vez, adaptar el lenguaje de los protagonistas le resulte más fácil. Muletillas fundamentales para entender a un menor de edad –bro, en plan– no aparecen en Martín y Martina, aunque Sánchez confiesa que ha hecho algunas concesiones (total, literal…). Las justas, como reconoce el novelista con media sonrisa: “Aparecen muy poco”. Tal vez porque estos dos jóvenes –él, con el bachillerato recién terminado; ella, a punto de empezarlo tras acabar la ESO– sean adictos a las historias en unos tiempos de relatos descuartizados.

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