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Así cayó el Atlantic, el hotel al que se tragó el turismo basura de Magaluf

Al desaparecer, el primer hotel de Magaluf dejó un solar de unos 6.500 metros.

Pablo Sierra del Sol

Mallorca —
27 de febrero de 2026 22:18 h

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Lorenzo Frau montó su Nikon sobre el trípode y empezó a disparar en ráfaga hasta que una nube de polvo lo envolvió. Era el 17 de febrero de 1996 y en el carrete había capturado unas imágenes que nada tenían que ver con los encargos que recibía a diario en la redacción de Diario de Mallorca. Quinientos detonadores y sesenta kilos de Goma-2 habían convertido al Atlantic en una montaña de escombros. Cinco plantas cayeron a plomo y un grupo de políticos –autoridades estatales, insulares, municipales– aplaudieron cuando cesó el ruido. Horas más tarde, al revelar las fotografías, Frau –todo un veterano del periodismo– ya podía intuir que tenía entre manos unos documentos históricos: había visto desaparecer el primer hotel que construyeron en Magaluf. 

“Allí donde estaba el hotel había una pineda que los de mi generación, que ya tenemos más de ochenta, recordamos bien porque los niños que crecimos en Calvià pueblo bajábamos a esas playas con la bicicleta y nadábamos cuando empezaba a hacer calor. Había algún chalé, alguna possessió, una tía mía abrió un bar, que fue el primero que hubo en la zona… pero no había hoteles en los cincuenta. El primero, en la playa de al lado, fue el Playa de Palmanova, en el 58, y un año y pico más tarde abrieron el Atlantic”, explica Toni Pellicer. 

Después de ver cómo construían el Atlantic durante el comienzo de su adolescencia, este jubilado estuvo involucrado en su demolición. Pellicer era concejal en el gobierno socialista que decidió entrar en el mercado inmobiliario para comprar un hotel que se había quedado “obsoleto”. El objetivo era “esponjar” –“Un verbo que no se utilizaba hasta entonces”, precisa Pellicer– unas playas que en menos de dos décadas se habían llenado de cemento. Se invirtieron 265 millones de pesetas para ganar un espacio de 6.500 cuadrados. Hoy –a pesar de un abandono que duró años– es una plaza. Dice Pellicer: “En los noventa, era imposible devolver a Magaluf a su estado original, pero creo que algo se consiguió con aquellas demoliciones. Un año antes habíamos hecho la misma operación con el Playa de Palmanova”. 

Para repetir la jugada, el Ajuntament de Calvià ha esperado tres décadas: el actual equipo, del PP, tiró el pasado diciembre dos hoteles que no se explotaban para ganar aparcamiento y abrir espacios a la ciudadanía. La medida despertó críticas entre la oposición por no aprovechar los inmuebles para destinarlos a alquiler social. Cuando cayó el Atlantic –dos años antes de que el primer Gobierno de José María Aznar impulsara la liberalización del suelo– el acceso a la vivienda no era un drama colectivo en Mallorca.

El hotel Atlantic, en los momentos previos a su demolición

Un “mamotreto” sobre la arena

El impacto que provocó el Atlantic en aquel paisaje mediterráneo aparece mencionado en Magaluf, més enllà del mite (Lleonard Muntaner Editor, 2020). Los historiadores Tomeu Canyelles y Gabriel Vives escribieron un libro fundamental para entender cómo una orilla virgen desde la que se podía ver con nitidez las primeras estribaciones de la Serra de Tramuntana se convirtió en apenas unas décadas en el kilómetro cero de la balearización. Pub crawls, boat parties, balconing, happy hour, hooligans.

De alguna manera, el Atlantic abrió la veda, fue la primera piedra del camino. Un asunto que, como apunta Canyelles, levanta ampollas: cuando Vives y él dirigieron un recorrido a pie por Magaluf narrando las historias que aparecen en su libro hubo “una situación tensa”. Estaban plantados en mitad de la playa, justo frente al lugar donde estuvo el Atlantic. Entonces, se refirieron al hotel “como un mamotreto blanco sobre la arena”. Al escucharlo, hubo personas que se sintieron “terriblemente insultadas” y abandonaron la visita guiada diciendo que los historiadores “promovían la turismofobia”. 

Independientemente del enfoque con el que se analice la industria turística, Calvià es un buen ejemplo para entender cómo los hoteles giraron la manera de vivir de toda una comunidad. La población se multiplicó con la llegada de los inmigrantes que alimentaban las plantillas de aquellos negocios y los oficios de los propios calvianers se adaptaron. Una transformación colectiva. Pellicer recuerda, por ejemplo, a su tío Joan, un hermano de su padre, dirigiendo a los obreros que trabajaban en el Playa de Palmanova, y a Toni Barceló –de apodo, Ferra– haciendo lo propio en el Atlantic. Unos años antes, el segundo era oficial del primero y se dedicaban a construir o arreglar casas.

Pero el dinero fluía y los jóvenes también se apuntaron al turismo. “Yo tenía catorce o quince años cuando empecé a trabajar en el hotel Playa de Palmanova, que en aquel momento era de primera categoría B. Luego lo subieron a primera categoría A y, la verdad, en aquel momento, años sesenta, el turismo que venía a los primeros hoteles que tuvo Calvià era de muchísima calidad. Y, ya desde el principio, casi todo británico: particulares o a través del turoperador Thomas Cook”, cuenta Pellicer.

Yo tenía catorce o quince años cuando empecé a trabajar en el hotel Playa de Palmanova, que en aquel momento era de primera categoría B. Luego lo subieron a primera categoría A y, la verdad, en aquel momento, años sesenta, el turismo que venía a los primeros hoteles que tuvo Calvià era de muchísima calidad. Y, ya desde el principio, casi todo británico: particulares o a través del turoperador Thomas Cook

Toni Pellicer

Aquella época empapa muchas de las conversaciones –una tertulia que dura setenta años– que el ex político mantiene con dos amigos de la infancia con los que sigue almorzando cada semana. Mateu Palmer y Julià Verger iban sólo un curso por detrás de Toni Pellicer en la escuela de Calvià. Los tres se criaron juntos y, un verano después de que el mayor cobrara sus primeras pesetas en el Playa de Palmanova, los dos pequeños integraron la plantilla que abrió las puertas del Atlantic para atender a los primeros huéspedes. Palmer, de camarero. Verger, de botones. Tenían catorce años.

“Recuerdo que me daban veinticinco pesetas de propina por llevar las maletas. Con ese dinero en el bolsillo, cuando volvía a Calvià tenía suficiente para invitar a todos mis amigos en el bar”, explica Verger, haciendo memoria al otro lado del teléfono sin mucha dificultad. Fueron veranos dorados. Los hoteles –como apuntaba Pellicer– funcionaban de forma muy diferente a la actual. “En el Atlantic”, sigue Verger, “había muchísimo personal, casi todo mallorquín y, entre los mallorquines, los de Calvià éramos mayoría, claro. Los departamentos estaban muy bien separados, cada uno se encargaba de lo suyo. Una cosa era la recepción, por ejemplo, donde se cobraban facturas y se recibía a los clientes, y otra muy diferente la conserjería, donde se encargaban de las maletas. No estaban mezcladas. El servicio del restaurante era en mesa. La comida, recién hecha y muy buena. Y un camarero, un buen camarero que supiera despiezar un pollo delante de los clientes o preparar un cóctel, se convertía en toda una personalidad para aquellos turistas”. Las fotografías antiguas del Atlantic transpiran esa elegancia que describe Verger.

Los fotógrafos estaban a 200 metros del edificio, pero una nube de polvo los envolvió segundos después de la detonación

Retorno a un hotel diferente

Después de aprender a chapurrear idiomas, disfrutar la primera juventud con dinero en el bolsillo, tontear con extranjeras, el botones creció y se buscó los garbanzos en otras empresas. A finales de los setenta, sin embargo, volvió como jefe de recepción al hotel donde empezó todo cuando era apenas un adolescente. Según recuerda, ocurrió algo paradójico: Verger conocía como la palma de su mano aquel edificio y, al mismo tiempo, se sentía un extraño. El Atlantic ya no era el Atlantic.

Excepto dos o tres personas, ya no quedaba nadie de la época anterior entre el personal. Sus nuevos compañeros no hablaban catalán sino castellano y habían nacido lejos de Mallorca. Los turistas se levantaban de la mesa para cargar sus platos y llenar sus vasos en un bufete menos apetecible que las recetas que había visto salir de la cocina veinte años antes. Aunque los contratos duraran más o menos los mismos meses –desde Semana Santa a noviembre– que antes los sueldos que se ganaban ya no eran tan generosos. Las propinas tampoco. Todo parecía ir más rápido y los gastos se miraban con lupa. Los hoteles se habían multiplicado en Magaluf, la competencia era muchísimo más grande, el neoliberalismo se desperezaba.

Vista aérea de Magaluf.

“En esos años recortaron mucho el personal, algo que pasó en muchísimos hoteles”, dice Verger: “Se quería rentabilizar cada peseta y el tipo de turista que empezó a venir era a lo mejor de otra clase. El servicio que dábamos al principio era muy costoso de mantener. Está claro que Magaluf fue hacia otro modelo y, aunque creo que ahora hay cierta intención de arreglarlo, ha tenido un turismo de espardenyeta, como digo yo. Muy malo. Durante años, la policía y la Guardia Civil no han dejado de actuar en esta zona por todos los problemas que se producían. Es una pena”.

El servicio que dábamos al principio era muy costoso de mantener. Está claro que Magaluf ha ido hacia otro modelo y, aunque creo que ahora hay cierta intención de arreglarlo, ha tenido un turismo muy malo. Durante años, la policía y la Guardia Civil no han dejado de actuar en esta zona por todos los problemas que se producían. Es una pena

Julià Verger Trabajador del hotel

La caída en desgracia del tipo de negocio turístico que había representado el Atlantic durante sus primeros años influyó en la decadencia del propio hotel. Así se explica Pellicer que los dueños de un establecimiento situado en primerísima línea de mar quisieran deshacerse de un inmueble que llegó a contar con ciento cincuenta habitaciones: “Los propietarios eran los Guasp, una familia que tenía una possessió, sa Torrasa, cerca de Magaluf, y que para construir el hotel compró los terrenos junto a la playa a los marqueses de La Torre, la familia Trullol. Durante muchos años, el Atlantic se gestionó muy bien, pero llegó un momento en que el miembro de la familia, Fernando Guasp, que realmente sabía de gestión hotelera porque había estudiado en Suiza, se fue a dirigir otro negocio. Y lo notaron. Si un hotel deja de renovarse periódicamente se queda obsoleto y no puede competir”.

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