Elecciones en Francia

La abstención, el gran enemigo de Macron en las presidenciales

Un cartel electoral del presidente Emmanuel Macron para las elecciones presidenciales, en París.

Desde que declaró oficialmente su candidatura, Emmanuel Macron no ha dejado de alertar a sus seguidores sobre el riesgo que supone la falta de movilización de cara a las elecciones. “El gran peligro es que la gente piense que está todo decidido”, afirmaba delante de su equipo de campaña, reunido en el cuartel general de su partido, a un paso del Palacio del Elíseo. “Si piensan eso, hemos perdido”, insistía el presidente francés, para después añadir que no se cree “ninguna cifra”. Una referencia a las encuestas que le sitúan como gran favorito: 28,5% de las intención de voto en la primera vuelta, según el último barómetro del instituto demoscópico Ipsos, más de diez puntos por delante de Marine Le Pen (17,5%). 

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Razón de más para que el candidato Macron advierta sobre un posible exceso de confianza. La victoria de Trump y el “sí” al Brexit se mencionan estos días entre los cargos del partido como una advertencia. También los antecedentes de Édouard Balladur, François Fillon o Alain Juppé, favoritos en las encuestas poco antes de la presidencial que acabaron por hundirse en el último momento. “En el pasado hemos visto a muchos que iban a ser los grandes ganadores de las elecciones y que no llegaron a la segunda vuelta”, reiteraba Macron unos días antes a los parlamentarios de La República en Marcha. Un escenario muy improbable a día de hoy, especialmente si se tiene en cuenta que el electorado del presidente es el más seguro de su decisión. Según la misma encuesta de Ipsos, el 83% de sus votantes declarados dicen que su elección es “definitiva” y que no se plantean otra alternativa.

Sin embargo, la falta de interés es real (10 puntos menos respecto a 2017) y una abstención masiva plantearía problemas de legitimidad para un Gobierno que quiere acometer grandes reformas, como el aumento de la edad de jubilación a los 65 años. “El problema es que, cuando la abstención es elevada, el voto no es representativo de las características de la población; la gente que vota es, en general, más mayor, con más estudios y un mayor nivel económico”, advierte Céline Braconnier, directora de Sciences Po Saint-Germain-en-Laye y coautora de La démocratie de l'abstention. “Y los políticos dirigen su mensaje a aquellos que votan”. 



En concreto, las encuestas señalan que esa falta de interés puede traducirse en una abstención por encima del 30%, una cifra que supondría un récord absoluto en una elección presidencial. Hasta ahora la de 2002 –con la presencia de Jean-Marie Le Pen en la segunda vuelta– marcaba el máximo histórico, con un 28%. “Los proyectos y las propuestas no enganchan, no agarran, es una campaña Tefal”, resumía esta semana el director general de Ipsos, Brice Teinturier, entrevistado en la radio pública France Inter. “Tenemos la sensación de que nada convence a los franceses, de que no hay elementos suficientemente fuertes ni capaces de estructurar. Ni tampoco las personalidades”.

En busca del voto joven

Los principales esfuerzos se concentran en los jóvenes, que son el segmento de población en el que el índice de abstención es más alto. Solo el 16% de los ciudadanos de entre 18 y 24 años y el 19% de 25 a 34 años votó en la primera vuelta de las elecciones regionales, frente al 47% de los mayores de 65 años y el 33% de la media en todo el país (en unos comicios marcados aún por la pandemia). “Hay un factor generacional, las personas de más de 60 años continúan yendo a votar incluso cuando son escépticos ante la capacidad de los candidatos para responder a sus expectativas. Van por deber”, apunta Céline Braconnier. “Los jóvenes no se desplazan si no hay una alternativa clara que les interese”.

En este sentido, varios estudios de opinión confirman una “impresionante desafiliación política” de la juventud francesa: un análisis del Instituto Montaigne señalaba este mismo año que el 43% de los jóvenes (18 a 24 años) no se posiciona en la escala ideológica izquierda-derecha. Ahora bien, los datos también muestran que desafiliación no significa despolitización: el 72% se declara “comprometido” políticamente, según otro trabajo de la Fundación Jean-Jaurès. La nueva generación está muy implicada en movilizaciones colectivas sobre la emergencia climática, el racismo, la inmigración, las cuestiones LGBT, el feminismo o la causa animal. Sin embargo, la oferta actual de los políticos no acaba de seducirles.



La movilización de ese voto joven es el elemento decisivo para algunos aspirantes al Elíseo. El candidato de Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon, obtiene sus mejores resultados en las categorías de población que menos votan: los jóvenes y las rentas más bajas. “Su electorado es el menos movilizado de la izquierda, lo que demuestra que tiene importantes reservas potenciales de votos”, explica el politólogo Antoine Bristielle en una nota de la Fundación Jean-Jaurès. Eliminada la posibilidad de una unión de izquierdas, Mélenchon espera que su buena dinámica de las últimas semanas (se sitúa tercero con el 14,5% de los votos) sea capaz de convencer a estos votantes potenciales de que no se queden en casa el día de las elecciones. 



Además, el voto útil de sus rivales de izquierda (la socialista Anne Hidalgo, el ecologista Yannick Jadot o el comunista Fabien Roussel, todos ellos por debajo del 10%) podría darle el impulso final para adelantar a Marine Le Pen. “Si de verdad queréis hacer barrera [a Le Pen] en la segunda vuelta, tengo una proposición más interesante: hacedlo desde la primera y votad por nosotros”, reclamaba Mélenchon a los electores de los otros partidos progresistas en el mitin que celebró el pasado domingo en Marsella.

La guerra en Ucrania y el poder adquisitivo

Por otro lado, si la guerra en Ucrania ha modificado algunas de las dinámicas de campaña, la influencia final que pueda tener en la participación es una incógnita. Las primeras semanas de la invasión se tradujeron en un ligero impulso para el presidente, percibido como garante de la estabilidad. También supusieron un revés para los candidatos con posiciones más cercanas a Putin, como Jean-Luc Mélenchon, Marine Le Pen y Éric Zemmour. El extertuliano de extrema derecha ha sido el más castigado, penalizado por el agotamiento de su campaña y por su postura contraria a la acogida de ciudadanos ucranianos desplazados por la guerra, criticada incluso entre sus propios apoyos.

Marine Le Pen, sin embargo, ha conseguido recuperarse y hacer olvidar sus vínculos con Moscú. El poder adquisitivo es, con mucho, el problema que más inquieta a los votantes franceses, y la importancia que la candidata ha dado a temas económicos y sociales –sin abandonar su discurso tradicional sobre inmigración y seguridad– ha resultado en una candidatura mucho más sólida que la de su rival de extrema derecha. Así que Macron y Le Pen, los dos finalistas de 2017, son los favoritos para repetir duelo y, aunque ningún sondeo da ganadora a la presidenta de la Agrupación Nacional, la mayoría augura una mejora respecto a sus resultados de hace cinco años (algunos incluso una elección disputada). Tanto la prensa como las encuestas coinciden en señalar que la candidatura de Zemmour ha logrado, por contraste, suavizar la imagen de Le Pen.



Los expertos en demoscopia explican que para que la participación alcance el nivel habitual de unas elecciones presidenciales –alrededor del 80%– sería necesario que los votantes perciban que hay algo en juego: bien una cuestión de competición entre candidatos (en 2017, a falta de 15 días, cuatro aspirantes estaban en condiciones de clasificarse para la segunda vuelta) o bien un debate político, estructurado en torno a orientaciones o propuestas claras y divergentes. De momento, no se da ninguno de los dos supuestos. El canal más visto del país, TF1, que suele organizar programas especiales para acompañar las elecciones, ya ha anunciado su programación para la noche de la primera vuelta: la película de 1993 Los visitantes no nacieron ayer.

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