Una comisión del Parlamento italiano investiga las injerencias rusas en los medios

El ministro de Exteriores ruso, Sergey Lavrov, en la entrevista en la cadena italiana Rete4, el pasado 1 de mayo.

Mariangela Paone


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La guerra en Ucrania ha vuelto encender en Italia las alarmas sobre la injerencia rusa en el debate público, y no solo por medios lícitos. El Comité Parlamentario para la Seguridad de la República (Copasir), el órgano del Parlamento encargado de supervisar las actividades de los servicios de inteligencia del país, ha lanzado una investigación sobre el alcance de la desinformación pilotada por Moscú en el sistema mediático del país.

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“El propósito es informar a todos los niveles de la comunicación pública y al país en general de que existe un fenómeno de guerra híbrida, de desinformación, producción de bulos, injerencia y ataques cibernéticos que Rusia lleva a cabo con el objetivo de apoyar la campaña militar en Ucrania”, explica a elDiario.es Enrico Borghi, diputado del Partido Democrático y miembro del Copasir. La gota que colmó el vaso fue la entrevista a Sergey Lavrov, el pasado 1 de mayo, en un programa de Rete4, una de las cadenas del grupo Mediaset, en la que el ministro de Exteriores ruso habló a sus anchas y sin repreguntas. En lo que muchos analistas en Italia no han dudado en tachar de discurso “mitinero”, Lavrov llegó a decir que el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, y Hitler compartían “orígenes judíos”, desencadenando la reacción de Israel, que convocó al embajador ruso, y al final las disculpas del presidente ruso, Vladímir Putin.

La misma noche de la entrevista a Lavrov otra cadena invitó a Vladímir Solovyov, el popular presentador de televisión al que Italia ha secuestrado dos mansiones en el lago de Como en el marco de las sanciones europeas tras el comienzo de la ofensiva rusa en Ucrania. Pero entre los invitados habituales de las tertulias en programas de distintas cadenas de la tele privada y pública, también están Nadana Fridrikhson, periodista de la televisión Zvezda, que depende del Ministerio de la Defensa ruso, Alexander Dugin, el filósofo ideólogo de Putin y referente de la extrema derecha o Maria Zakharova, portavoz del Ministerio de Exteriores ruso. El diario italiano La Repubblica publicó la semana pasada que la iniciativa del Copasir también se debe a las informaciones recabadas por los servicios secretos y que apuntan a que algunos comentaristas están a sueldo del Kremlin en una campaña de desinformación organizada. Borghi “no confirma ni desmiente” la información pero añade: “Lo que puedo decir es que la actividad de desinformación se lleva a cabo de manera planificada por los más altos niveles institucionales rusos”.

Este jueves ante el comité ha comparecido el presidente de la Autoridad para la garantía en las comunicaciones y antes lo habían hecho el director de la Agencia de Información y Seguridad Interna, una de las dos ramas de los servicios de inteligencia, y el consejero delegado de la Rai, la televisión pública. Una convocatoria, esta última, que ha suscitado la reacción del Usigrai, el sindicato de los periodistas de la televisión pública, quien la ha definido como “un precedente grave”, haciéndose eco de las suspicacias suscitadas por la iniciativa del comité parlamentario en un ámbito que engloba el debate sobre la libertad de expresión y la independencia de los medios. “Es un precedente grave porque sobre los invitados a los programas deciden los responsables editoriales. La Rai es una compañía de servicio público, no una televisión de Estado y la elección de los invitados tiene que hacerse con la completa autonomía de la empresa y de los directores y directoras de las cadenas. Otra cuestión es la del pago de los invitados. Para las entrevistas y las opiniones no se debería pagar nunca”, dice Daniele Macheda, secretario de Usigrai.

Borghi zanja así la polémica: “El Comité Parlamentario para la seguridad de la República actúa solo per tabulas, como dicen los juristas, es decir, sobre la base de documentos y, por lo tanto, habiendo encontrado en documentos clasificados y secretados redactados por nuestros servicios secretos que hay este fenómeno, era nuestro deber actuar”.

¿Información o entretenimiento?

Ya en las primeras semanas después de la invasión rusa de Ucrania y mucho antes de la intervención del Copasir, la cobertura de la guerra en Ucrania en los llamados “talk show”, los programas con largas tertulias sobre temas de actualidad que copan a todas horas mucho espacio en la parrilla de televisión, había recibido muchas críticas. Y algunos de los invitados han decidido plantarse.

Es el caso de Olga Tokariuk, periodista independiente ucraniana que en los últimos años ha colaborado con cadenas italianas y trabajado para agencias de prensa como ANSA y EFE. En marzo, decidió dejar de participar en estas tertulias. “El problema es también cómo se gestionan estos debates, por periodistas y presentadores que actúan de una forma muy acrítica ante lo que dicen estas personas que difunden bulos y desinformación. No les replican, no dicen nunca 'los hechos son estos'. Y entonces, se presenta como iguales a quienes intentan presentar cosas que se basan en hechos y a quienes no se basan en hechos y expresan sus opiniones sin ningún fundamento. Es decir, se pone la desinformación en el mismo plano de la opinión sustentada por hechos”, comenta Tokariuk. Para la periodista, que colabora con varios medios internacionales, es algo que se da especialmente en Italia y no ha encontrado en otros países.

Quienes defienden el modelo afirman que se trata de garantizar la pluralidad de opiniones y tener la oportunidad de desmontarlas, pero lo que emerge de la visión de estos programas es la exaltación de las posiciones polarizadas, como explica Davide Bennato, profesor de sociología de los medios digitales en la Universidad de Catania. “Hay que dejar de pensar en los talk show como programas periodísticos. En Italia se han convertido sencillamente en programas de entretenimiento periodístico como un reality, y su estructura es la de un reality, no de un debate periodístico. Está el que representa la opinión A y el que representa la opinión B y se confrontan de una manera más o menos ideológica. Pero esto no es periodismo”. Todo en un contexto de extrema competencia por “capturar los espacios de atención”.

Ese mismo modelo, recuerda Bennato, que tiende a sobredimensionar las opiniones minoritarias, se vio durante la pandemia con las vacunas, en un país con altísimos porcentajes de vacunación pero con mucho espacio para los representantes del movimiento antivacunas en las tertulias. “El problema verdadero es cierta falta de deontología por parte de los medios, que han interiorizado que para adquirir más visibilidad tienen que trabajar con afirmaciones que dividan. Y se sobredimensionan posiciones que no están tan presentes en la opinión pública. Si tú ves lo que los medios representan y lo que los sondeos dicen sobre la opinión pública son dos Italia distintas”. Bennato está investigando en los últimos tiempos cómo los canales de los antivacunas en varias plataformas se han deslizado rápidamente hacia posiciones pro-Putin tras la invasión de Ucrania: “La hipótesis más acreditada es que en realidad sean posiciones antisistema que derivan de las estrategias de propaganda rusa en los espacios digitales”.

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