La exhumación de las fosas comunes en Bucha impulsa la investigación internacional sobre posibles crímenes de guerra

La Iglesia de San Andrés, donde se localizan varias fosas comunes de habitantes de Bucha muertos durante la ocupación de la ciudad.

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Varias bolsas negras reposan frente al socavón del patio trasero de la Iglesia de San Andrés, en Bucha, a las afueras de Kiev. Un par de voluntarios desentierran cada cuerpo con cuidado, lo agarran a pulso y lo posan en una tabla de madera amarrada a una grúa que eleva el cadáver hasta la superficie. Los médicos forenses desplegados lo rodean y abren el plástico que lo cubre. Observan su cabeza ensangrentada y hacen una fotografía. Señalan varias marcas rojas de su espalda. Es un hombre vestido de civil.

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Sacan de su bolsillo una cartera, por si algún dato pudiera identificarle de manera preliminar. Vuelven a guardarla. Cierran la funda. Sube el siguiente.

Es un día más en los alrededores de una de las fosas comunes creadas por los propios vecinos de Bucha durante los días de la ocupación, cuando trasladar al cementerio los restos mortales de seres queridos era un peligro. Desde su hallazgo, investigadores ucranianos exhuman cada día a alrededor de una decena de cadáveres. Buscan identificarlos, someterlos a autopsias y detectar evidencias de crímenes de guerra, apoyados por una delegación de investigadores franceses del Instituto de Investigación, que también buscarán pruebas y realizarán entrevistas a la población.

Las autoridades han desenterrado ya a 70 cadáveres, según los datos del Ayuntamiento de Bucha. La mayoría, según dice la asesora del alcalde, Mijaila Skoryk, fueron ejecutados. El Consistorio desconoce cuántas personas quedan por exhumar. Según el sacerdote que ayudó en los entierros, como mínimo, alrededor de 60 personas siguen bajo tierra. 

Mientras los trabajadores no dejan de sacar nuevos cuerpos, un hombre observa bajo la lluvia la escena, paralizado frente a la gran fosa común de Bucha, la localidad ocupada por las tropas rusas y convertida en símbolo de las masacres contra civiles tras su liberación. Cuando las fuerzas del Kremlin aún permanecían en la ciudad, muchos de sus vecinos no encontraron otra opción que enterrar en varias fosas comunes decenas de cuerpos sin vida para evitar su descomposición. Oleg Dorosuk fue uno de ellos.

El vecino trasladó a este punto los cadáveres calcinados de unos amigos de la familia, una mujer y sus dos hijos, tiroteados y bombardeados por las tropas rusas cuando intentaban salir de la ciudad, según su testimonio. Llevaban 23 días en la calle. Ella se llamaba Margarita. Los pequeños tenían 5 y 10 años. Esta semana exhumaron sus cuerpos. Dorosuk ha regresado a la fosa porque, tras revisar el coche de los fallecidos, ha encontrado partes de sus restos mortales que no llegaron a ser retirados por las prisas y “el miedo” a la llegada de las tropas rusas, cuenta. Quiere avisar a los forenses de que se quedaron en el vehículo.

Los testimonios de los vecinos

Han pasado más de 10 días de la retirada de Bucha de las fuerzas rusas, pero las autoridades, apoyadas por voluntarios, continúan rastreando barrios de la zona en busca de cadáveres ucranianos fallecidos durante la ocupación de los alrededores de Kiev, con el objetivo de estudiar la causa de la muerte. Piden colaboración a los vecinos. En un punto de reparto de ayuda humanitaria, de la que aún dependen por completo los habitantes de la ciudad, varios civiles forman una fila improvisada junto a varios agentes. Libreta en mano, los policías escriben el nombre, la dirección y el número de contacto.

“Se ha pedido a los vecinos que hayan estado en la ciudad durante la ocupación que acudan a la Policía a inscribirse. Queremos saber lo que han visto, qué han vivido, para documentar posibles crímenes de guerra”, dice uno de los policías que anota sus datos. 

En una de las calles donde las tropas rusas se asentaron como base de operaciones, donde la prensa documentó la aparición masiva de cadáveres abandonados por las calles, Vladimir Klumenko pregunta sobresaltado si saben de alguien que se dirija a Kiev. Ha venido a Bucha hace tres días a identificar el cuerpo de su padre y quiere volver cuanto antes a Khmelnitsky, la ciudad donde huyó con su mujer y su madre.

“Aquí no puedo estar, es insoportable”, dice el hombre en la casa donde vivía con su familia y que, cuenta, fue asaltada y desvalijada por las tropas rusas durante la ocupación. Sin agua, sin electricidad, y en las condiciones en las que las fuerzas del Kremlin han dejado su casa, se niega a permanecer más tiempo en su ciudad. Todo le recuerda al miedo sufrido durante los más de diez días que permanecieron escondidos junto a decenas de vecinos: “Los rusos nos amenazaron con ejecutarnos si salíamos a la calle”.

Él, su mujer y su madre estaban entre los cientos de ucranianos que trataron de escapar a zonas más seguras a través del puente de Irpin cuando Rusia empezó a bombardearlos. El 6 de marzo, en plena ocupación rusa, decenas de vecinos de la zona vieron que las fuerzas del Kremlin no estaban en el puesto de control y huyeron de la ciudad. Su padre se quedó en Bucha. “No quería irse, se negó totalmente. Quería quedarse en su ciudad y trabajar”.

El 6 de marzo fue la última vez que hablaron con él. Sin electricidad, contactar resultaba imposible. Tras la liberación tampoco recibieron noticias. Hasta el 8 de abril. Vieron una foto de un hombre en las cercanías de la torre de control donde solían ubicarse las tropas rusas. Su cuerpo estaba ya en avanzado estado de descomposición, relata. Llevaba “un brazalete blanco” en su brazo para evitar tener problemas. Tenía “una bala en la cabeza”. Era su padre, Viktop Klumenko.

“Llevaba una banda blanca para que le permitiesen trabajar. Creemos que le dejaron pasar al terreno de la empresa y, por la tarde, a la vuelta le metieron una bala en el cerebro”, cuenta mientras muestra la fotografía con la que confirmó su muerte. Klumenko recibió días después una llamada de la policía, para identificarlo formalmente. Por eso está en Bucha. Por eso, también, no aguanta más en Bucha. Porque aquí, solo, aún es más complicado dejar de pensar en su padre. Muestra otra imagen en la que Viktop sonríe con ternura. Enseña la habitación en la que dormía.

El cuerpo de su padre todavía está pendiente de la autopsia. “Me llamarán en los próximos días. Cuando podamos enterrarlo, volveré”.

Asesinado al salir a comprar comida

A escasos metros del portal de su casa, Vladimir gesticula y señala hacia el suelo. Hay una gran mancha de sangre. Es la marca del asesinato de un hombre que, cuentan varios vecinos, había salido de casa a por comida. Se llamaba Arten, tenía 36 años y llevaba en sus manos dos latas de comida, según tres testimonios recabados por elDiario.es. Su familia está en Polonia.

En Bucha, el Ayuntamiento ha contabilizado 403 cuerpos de civiles muertos, de los cuales 163 ya han sido identificados. Alrededor de 16 personas se consideran desaparecidas. “El número de muertos aumentará: policías, militares, servicios especiales pasan cada barrio, cada casa, encuentran entierros en áreas privadas, levantan cuerpos. Queda por limpiar cuatro barrios más pequeños”.

Investigación de la CPI

La Corte Penal Internacional (CPI) investiga en Bucha los posibles crímenes de guerra cometidos por las tropas rusas. El fiscal jefe de la CPI, Karim Khan, visitó la ciudad este miércoles para conocer de primera mano la fosa común y las evidencias de la masacre cometida contra la población civil. Frente a varios cuerpos sin vida, el investigador se mostró cauto pero destacó la investigación impulsada a nivel internacional. “Si ha habido crímenes, los jueces tendrán que decidir si se deben emitir o no órdenes de detención o comparecencias, pero tenemos que ir paso a paso”, dijo Khan. “Tenemos un equipo de científicos forenses, antropólogos forenses, analistas, investigadores y abogados que no están aquí por las cámaras. Trabajan para que podamos asegurarnos de separar la verdad de la ficción y seguir adelante para insistir en el derecho de cada individuo, cada niño, cada mujer y cada hombre a tener sus vidas protegidas y a no ser atacados gratuitamente”.

Y mientras las exhumaciones no cesan, los entierros se acumulan en el cementerio central de Bucha. Una decena de nichos recién excavados esperan los restos mortales de los cientos de cuerpos que aún aguardan el resultado de la autopsia en la morgue de Kiev. Dos enterradores, con la bandera de Ucrania en la manga de sus uniformes, sacan de una furgoneta blanca un féretro negro. Natalia se aproxima al ataúd despacio, agarrada a su hijo Román, de 22 años. La mujer deja caer su torso sobre el féretro, lo acaricio, llora y lo abraza. Se despide de Andriy Verbovyi, su marido. Aún no asimila su muerte.

La mujer había escapado de la ciudad a otra zona del país. “Tenemos una casa, con seis gatos, él dijo que se quedaba a cuidarlos. Debería haber venido. Se lo dije pero no nos escuchó. Se quedó en casa y se unió a la Guardia de Defensa Territorial para defender nuestra ciudad. El último día que hablo con él fue el 4 de marzo. ”Me dijo que me quería. Que quería a nuestro hijo Román y a su madre. Me dijo que no le llamara más“, cuenta Natalia entre lágrimas.

Denuncias de torturas y ejecuciones

Cuando las tropas rusas retrocedieron y desalojaron la ciudad, preguntaron a los vecinos y nadie sabía dónde estaba, cuenta su hijo. No supieron nada de él hasta principios de abril. “El 3 de marzo, los invasores rodearon la delegación territorial cuando estaba de turno. Después los desnudaron a todos, les quitaron las chaquetas, los zapatos”, cuenta la mujer poco después de enterrar sus restos mortales. Le llevaron a la calle Yabulunska 144. “Ahí los torturaron mucho. Ahí le encontraron el 1 de abril”. Andriy se dedicaba a la construcción de muebles para la cocina y era, cuenta, un hombre conocido y apreciado en su barrio. “Cuando los ocupantes retrocedieron y tomaron las bases, me enviaron la foto. Yo le reconocí por la ropa, pero no pude creer. Yo pensé que estaba vivo”.

Aún sin creerlo acaricia el féretro de su marido poco antes del inicio del entierro, con el sonido de fondo el impacto de las palas en la arena. Andriy, el sacerdote ortodoxo de la iglesia de San Andrés que también apoyó en la creación de las fosas comunes, oficia el funeral y entona una oración mientras bendice el cuerpo.

“La fosa surgió por la urgencia. El cementerio está fuera de la ciudad. Cualquier coche que se dirigía ahí, era disparado. Había muchos cadáveres en las calles y surgía una pregunta importante: qué hacer con los cuerpos. El 10 de marzo hicimos el primer entierro. Enterramos aquel día a 67 personas”, recuerda Andriy, a quien los vecinos también acuden en busca de seres queridos desaparecidos. “Delante de nuestros ojos han exhumado los restos de una mujer y sus dos hijos. Fueron disparados y solo un hombre sobrevivió. Se quedó sin piernas. Aquí cerca fue fusilado un coche conducido por una mujer. Fue enterrada en un parque pequeño, donde pusieron el número de la matrícula del vehículo para que fuese identificada de alguna manera. Han encontrado personas que fueron torturadas, con manos atadas, evidencias de torturas con disparos en la cabeza. Conozco varios ejemplos y enterré a varios hombres que sufrieron muchas de estas torturas”, enumera el sacerdote.

Unos minutos después del entierro del marido de Natalia, el personal del cementerio prepara la sepultura de otro hombre. Su hermana, su sobrino y varios amigos esperan en los coches. Sus hijos y su mujer habían huido a una ciudad a 200 kilómetros de Bucha y no han podido venir. A Oleg Grishenko le dispararon cuando intentaba comprar el pan, explica un compañero que enseña la foto del cuerpo sin vida de dos amigos, frente a una panadería.

Las labores de exhumación en la fosa común de la iglesia no cesan hasta las 17 horas. Antes de un breve descanso, Vlad se retira la mascarilla y, enfundado en un traje de protección gris, sale de la zona precintada para tomar un bocadillo. Es voluntario, tiene 23 años, vive en Bucha y, desde el hallazgo del nicho en la Iglesia de San Andrés, desentierra a sus vecinos. Si ya es un trabajo difícil, se la agotan las palabras para describir el dolor de reconocer los rostros de los cuerpos sin vida descubiertos entre la tierra.

Se acuerda de Yuri: “Le dispararon en el corazón y en la cara. Tenía las manos y las piernas atadas. En el bolsillo de la camiseta llevaba el pasaporte con un hueco completo de la bala”. 

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