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La tragedia del Volcán de Fuego en Guatemala: “He perdido a 40 miembros de mi familia enterrados por la lava”

Los trabajadores de rescate caminan por los tejados de Escuintla, Guatemala, este lunes, cubiertos con cenizas pesadas arrojadas por el Volcán de Fuego. Foto AP / Luis Soto

Asier Vera Santamaría

El Rodeo (Guatemala) —

Aún continúa saliendo humo de la aldea El Rodeo. Las toneladas de lava que vomitó el pasado domingo el Volcán de Fuego, situado muy cerca de la capital de Guatemala, aún se mantienen incandescentes. Las viviendas están enterradas bajo las cenizas y piedras expulsadas por el coloso de 3.763 metros.

Adentrarse en este lugar es lo más parecido al infierno: el intenso calor que emana del suelo llega incluso a quemar el calzado, mientras el paisaje de casas vacías está teñido por completo de gris y negro. En el interior, todavía quedan los platos y los panes de una comida interrumpida a las cuatro de la tarde del domingo por el estruendo del volcán, que lanzó sin piedad flujos piroclásticos a más de 700 grados centígrados que ya han acabado con la vida de 69 personas, según datos del Instituto Nacional de Ciencias Forenses. No obstante, esta cifra se elevará posiblemente este miércoles en cuanto a las 06.00 horas (14.00 horas en España) se reanuden las labores de búsqueda con el fin de poder encontrar a alguna persona con vida.

“La esperanza nunca se pierde hasta que no se encuentren los cuerpos”, asegura el subdirector de la Policía Nacional Civil, José Antonio Tzubán. Sin embargo, uno de los rescatistas de Bomberos Municipales de Ciudad de Guatemala, Richard Mazariegos, reconoce que es “difícil” que a 48 horas de la tragedia quede aún alguna persona con vida teniendo en cuenta las altas temperaturas de esta zona. “Si fuese un área fría todavía la gente aguanta más”, señala, al tiempo que indica que aún tiene esperanza de hallar algún sobreviviente, ya que “cuando veníamos nos decían que todavía habían recibido alguna llamada de personas que siguen desaparecidas”.

El ambiente es casi irrespirable en la zona alcanzada por la ola de fuego debido a los gases que emanan del suelo y que han convertido las aldeas azotadas en un territorio desértico donde en cuanto se retiran los equipos de rescate, tal como sucedió ayer por la tarde debido a la lluvia, el único atisbo de vida que queda es de algún perro que deambula solitario o de alguna gallina que ha permanecido como único recuerdo de que días atrás había gente que vivía ajena a la tragedia que se cernía sobre su poblado.

“Lo único que quiero es ver a mi mamá”

“Lo único que quiero es ver a mi mamá que me ayudaba a hacer las tareas de la escuela”, llora desconsolada una niña de nueve años en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, que es uno de los 13 albergues habilitados donde viven temporalmente más de 1.800 personas afectadas por la erupción del volcán. Muchas de ellas esperan tener noticias de sus familiares, con quienes perdieron contacto en la apresurada huida tras escuchar la inminente llegada de la lava que sepultaría por completo cientos de viviendas.

La menor está acompañada de su abuela, Julia González López, quien entre sollozos relata que logró huir con la niña al hombro, así como con su hermana de siete años y su hermano de tres. Sin embargo, de su hija y madre de las niñas, María Cristina Marroquín, ya no tuvo noticia.

“La llamamos por teléfono, pero no nos contestaba”, lamenta. No puede contener el llanto cuando asegura: “Mi hija, mi yerno y mi nietecita de ocho meses se quemaron, por lo que me he quedado a cargo de tres nietos”. Señala que a su hija la tragedia la alcanzó cuando se encontraba vendiendo piñas en una carreta en los distintos lotes de la comunidad. “Siempre mirábamos la oscuridad del volcán, pero nunca imaginamos lo que iba a pasar realmente”, concluye.

En el albergue, cientos de personas se mantienen tumbadas en colchonetas o consolándose unas a otras, por lo que el único atisbo de alegría se escucha en el exterior, donde una joven voluntaria juega con varias niñas y niños, algunos de los cuales se han quedado huérfanos tras perder a sus padres y madres en la erupción. Caterin Morales destaca la importancia de que los menores se recreen para “distraerlos y no estén pensando en sus familiares fallecidos constantemente”. Mientras se trata de hallar a sus padres en alguno de los hospitales donde se encuentran medio centenar de heridos por quemaduras de segundo y tercer grado, los niños quedan a cargo de otros familiares o de vecinos de su comunidad.

Al albergue acudió desde el primer día Lesbia Véliz, psicóloga clínica que subraya la importancia de la “terapia ocupacional” para los niños, quienes por la mañana de este lunes estuvieron dibujando el volcán para “proyectar lo vivido”. Véliz explica que las primeras 72 horas son “críticas” para las personas que han perdido a algún familiar. Es habitual que en un primer momento entren en un estado de shock, mientras que en las próximas cuatro semanas pueden desarrollar un cuadro de “estrés postraumático”.

La psicóloga explica que tras un duelo que puede durar “entre seis meses y un año”, podrían volver a una normalidad, si bien incide en la importancia de que reciban asistencia psicológica. Sin embargo, lamenta que en Guatemala “no existe la cultura de asistir al psicólogo y, además, la gente no puede pagar una consulta”.

Dos hojas con nombres de familiares desaparecidos

Eugenia García comienza a dar los nombres de los familiares de quienes no ha tenido noticia a una voluntaria que se encarga de recopilar en un listado a las personas que continúan desaparecidas. Tras rellenar dos hojas, la mujer no puede contener las lágrimas. Cuenta que han perecido bajo la lava del volcán 40 familiares.

“He perdido a toda mi familia. Mis dos hijas, mi madre, mi nieto, mis hermanos, sobrinos, sus hijos, cuñados, todos están enterrados”. En ese momento, trata infructuosamente de consolarla la mujer que recoge los datos: “No se ponga así, que ahí está el gran Señor que los tiene guardados”, le dice en referencia a Dios.

García relata que llevaba 32 años residiendo en la colonia San Miguel Los Lotes y “no temía que pasara una tragedia así, porque nunca nos avisaron del peligro, y el día de la erupción tampoco”. “No teníamos protección de nadie”, lamenta. Precisamente, tuvo la oportunidad de hablar con el Presidente de Guatemala, Jimmy Morales, quien este lunes se acercó al albergue para hablar con los afectados. “Él dijo que no nos iba a dejar abandonados y que nos iba a ayudar, así que tiene que cumplir”, zanja.

A pocos metros, Norma Amabilia Escó, también vecina de San Miguel Los Lotes, reza. No sabe nada de su hijo de 16 años y de su hija de 14, así como tampoco de su padre y de un hermano. Su madre se recupera de las heridas en el hospital.

Ella se salvó gracias a que se encontraba trabajando en la localidad de Antigua Guatemala. Cuando regresó se encontró su vivienda totalmente sepultada por la lava. Pese a ello, no pierde la esperanza de encontrar a sus familiares en algún hospital, para lo cual ya ha dado sus nombres a una de las voluntarias que que engordan el listado de desaparecidos.

Mientras, Guatemala se ha volcado en una ola de solidaridad semejante a la que hubo tras la tragedia del Cambray ocurrida el 1 de octubre de 2015, cuando un deslave de tierra enterró un centenar de viviendas y provocó la muerte de 280 personas en el municipio, situado a 15 kilómetros de Ciudad de Guatemala.

El Aeroclub de la capital es un ir y venir de camiones repletos de víveres, ropa e incluso colchonetas para que las personas albergadas puedan descansar. Son múltiples las instituciones públicas y privadas que están participando en la recogida de víveres y en la entrega de material, incluida la Embajada de España en Guatemala, cuyo titular, Alfonso Portabales, entregó in situ este lunes en el Centro de Operaciones de Emergencias de Escuintla 3.765 ponchos y 295 catres.

“¿Qué van a hacer con nosotros?

“No vamos a negar ninguna ayuda”, ha remarcado el Presidente del país, Jimmy Morales, mientras el Congreso aprobaba la Declaración del Estado de Calamidad en los departamentos de Escuintla, Sacatepéquez y Chimaltenango, donde hay más de 1,7 millones de afectados.

Pero el Ejecutivo ya recibe las primeras críticas de los afectados. “En Guatemala no hay inversión por parte del Estado” ni en materia de educación, ni en salud, “ni mucho menos en vivienda”, se queja Amílcar Priego, vecino de la aldea El Rodeo, que explica que esta falta de inversión obliga a miles de familias a vivir en condiciones precarias, incluso en las peligrosas faldas de un volcán.

“¿Qué van a hacer con nosotros? ¿Dónde nos van a ubicar?”, se pregunta, al tiempo que advierte de que regresar al mismo lugar es un “atentado contra las familias, ya que va a volver a suceder lo mismo. Tal vez no con la lava, pero sí va a haber deslaves de tierra”.

Finalmente, lanza una crítica a la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (CONRED) para explicar buena parte de la tragedia que se extiende a su alrededor. “Nadie nos visitó el domingo para decirnos que debíamos evacuar, ni hemos recibido ni una sola ayuda de ellos”.

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