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Cómo el apuñalamiento en Belfast fue la chispa que encendió una mecha cargada de resentimiento

Varias personas examinando los daños en la viviendas por los disturbios en Belfast.

Rory Carroll

13 de junio de 2026 22:13 h

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A los pocos minutos de que se difundiera en internet el vídeo —de un hombre negro apuñalando a un hombre blanco—, se percibía la inexorabilidad de lo que ocurriría después en Irlanda del Norte.

El resentimiento, las plataformas de redes sociales, la doble moral de los políticos y el apoyo internacional sirvieron de mecha. La chispa estalló el lunes por la noche.

Quienes vieron el vídeo no lo olvidarán fácilmente: un agresor en una calle del norte de Belfast apuñalando y acuchillando a su víctima en la cara y el cuello mientras gritaba en árabe. Los vecinos intervinieron y detuvieron la agresión, pero la víctima, Stephen Ogilvie, resultó gravemente herida, perdiendo incluso un ojo.

El miércoles, Hadi Alodid, de 30 años, refugiado sudanés, compareció ante el tribunal de magistrados de Belfast acusado de intento de asesinato. El sistema judicial fue rápido, pero las casas devastadas de familias de minorías étnicas demuestran que la venganza de una turba agitada por la extrema derecha fue aún más rápida.

La policía desplegó cañones de agua para extinguir incendios provocados por manifestantes durante los disturbios en Antrim Road, en Newtownabbey, al norte de Belfast, Irlanda del Norte.

—¿Quién estaba ahí dentro? —preguntó una mujer el martes por la noche, señalando una ruina calcinada y humeante en la calle McMaster, cerca de Newtownards Road, en el este de Belfast.

—Una familia gitana rumana —respondió la otra persona.

La mujer asintió, como si fuera lógico que una familia fuera expulsada por un delito cometido por un desconocido al otro lado de la ciudad y que cientos de jóvenes, muchos enmascarados, merodearan por calles llenas de humo acre y el zumbido de los helicópteros policiales. Para los alborotadores que incendiaron casas y vehículos, incluyendo un autobús de la compañía Glider y un coche patrulla, de hecho, tenía todo el sentido del mundo.

Sus redes sociales, representantes electos y agitadores de extrema derecha, como Elon Musk y Tommy Robinson, les aseguraban que todo estaba conectado: inmigrantes y refugiados se apoderaban de casas, imponían costumbres ajenas y cometían delitos mientras la policía no hacía nada, lo que requería la acción de la comunidad.

Odio racista al alza

Esa visión del mundo fue la base de los disturbios en Belfast en 2024, una imitación de los disturbios en Inglaterra tras los ataques de Southport, e impulsó la limpieza étnica de la población romaní de Ballymena el año pasado y las patrullas de grupos paramilitares que intimidan a hombres racializados.

Sin embargo, la tasa de criminalidad en Irlanda del Norte disminuyó el año pasado un 3,3% con respecto a los 12 meses anteriores y alcanzó su nivel más bajo desde 1998, con descensos especialmente pronunciados en la violencia y las lesiones. Los delitos de odio racista y los incidentes racistas, en cambio, alcanzaron su nivel más alto desde que se tienen registros, en 2004.

A las pocas horas del ataque del lunes por la noche, las redes sociales se llenaron de indignación. “¡Basta ya!”, publicaron muchos. El martes a las 10 de la mañana, los activistas compartían listas de puntos y horarios de concentración. Todos los negocios debían cerrar a las 17:30 —“sin excusas”— y a partir de las 19:00, las multitudes debían bloquear las carreteras. Algunas publicaciones instaban a la acción pacífica, otras aconsejaban vestir ropa oscura y estar preparados para ser arrestados.

La policía desplegó cañones de agua durante los disturbios en Antrim Road, en Newtownabbey, al norte de Belfast, Irlanda del Norte, el 10 de junio de 2026.

Al mediodía, los líderes de los cinco principales partidos políticos emitieron un comunicado conjunto condenando el ataque con arma blanca e instando a la moderación: “Pedimos calma y espacio para que la justicia siga su curso”.

Otros comunicados, sin embargo, emplearon un lenguaje tendencioso. El líder del Partido Unionista Democrático (DUP), Gavin Robinson, calificó el ataque de “medieval”. Jim Allister, del Partido Voz Unionista Tradicional, fue más allá: “¿Qué se va a hacer para detener esta importación de una cultura ajena que ahora parece incluir el intento de decapitación?”.

Desde miles de kilómetros de distancia, Musk y Robinson, que se encontraba en Moscú, se sumaron con exhortaciones a protestas masivas.

Resguardados en casa

Hacia las 4 de la tarde, las persianas metálicas de supermercados, barberías y tiendas de electrónica propiedad de africanos y árabes comenzaron a bajar, y sus dueños y empleados se preparaban para resguardarse en sus casas. El Centro Islámico de Belfast canceló las oraciones vespertinas e instó a los feligreses a permanecer en sus hogares.

A partir de las 6:30 de la tarde se congregaron multitudes en intersecciones designadas. Algunos se mantuvieron pacíficos y finalmente se dispersaron. Otros crecieron y se dividieron en grupos que atacaron vehículos y viviendas propiedad de personas racializadas o habitadas por ellas.

“¡Fuera extranjeros!”, coreaban algunos. Otros pintaban con aerosol “Que se joda el islam”, con una mira telescópica, en las paredes. Hacia las 10 de la noche, el humo se extendía por varias zonas: Oakley Street, Crumlin Road, Lendrick Street, McMaster Street, Newtownards Road. En algunos lugares reinaba un ambiente festivo, con gente haciéndose selfies y bebiendo cerveza. Un hombre alzó a su hijo pequeño para que viera mejor una casa en llamas. “¡Mira eso!”, le dijo. “¡Guau!”, respondió el niño.

Fuera de Belfast, turbas incendiaron objetivos en Portadown, Dundonald y Newtownabbey. Los bomberos recibieron 256 llamadas y atendieron 62 incidentes.

Ecos del conflicto norirlandés

Escenas similares se han repetido en Inglaterra, pero la historia de Irlanda del Norte resonaba en medio del caos. En 1969, turbas quemaron los hogares de familias católicas en algunas de esas mismas calles, sentando un precedente. “Es el mismo tipo de comportamiento: expulsar a quienes son diferentes”, afirma el director del Instituto de Estudios Irlandeses de la Universidad de Liverpool, Peter Shirlow.

El conflicto norirlandés proporcionó la iconografía de jóvenes y hombres con ropa oscura y el rostro cubierto, que se hacían pasar por defensores de sus comunidades, aunque ahora el enemigo ha cambiado. “Las pruebas que hemos recopilado al respecto son bastante claras”, declara Shirlow. “La mayoría de católicos y protestantes creen que los inmigrantes no contribuyen positivamente a la sociedad ni a la economía”.

Grafiti islamófobo en Belfast, Irlanda del Norte.

Algunos sectores del republicanismo “vigilan y reprimen” las manifestaciones xenófobas, pero los unionistas están divididos sobre este tema y algunos líderes unionistas avivan la idea de una invasión cultural, señala Shirlow. “Esto entra de lleno en la definición de racismo en términos de estereotipos y deshumanización de las minorías étnicas”.

Kashif Akram, miembro de la junta directiva del Centro Islámico de Belfast, afirma que algunos políticos buscan chivos expiatorios ante la incapacidad del Gobierno de construir suficientes viviendas. “La culpa recae sobre los más vulnerables: los inmigrantes”.

El director del programa de Amnistía Internacional para Irlanda del Norte, Patrick Corrigan, sostiene que este es el tercer verano consecutivo de violencia racista organizada en la región y que cada brote es más grave que el anterior. “Se trata de violencia racista a una escala alarmante. No surge de la nada”.

El martes por la noche, un adolescente en Newtownards Road, mientras inspeccionaba los restos del autobús incendiado, se mostró perplejo al preguntarle por qué sus compañeros estaban participando en los disturbios: “Si ellos no lo hacen, ¿quién lo hará?”

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