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El Brexit no es el mayor problema al que se enfrenta la Unión Europea

El Brexit es el menor de los problemas de la Unión Europea.

A medida que el reloj cuenta los minutos hacia el Brexit, el interés por el estado de Reino Unido ha crecido por encima de lo habitual. Tanto los partidarios del Brexit como los de quedarse en la Unión Europea han exprimido hasta la saciedad los datos oficiales y las  encuestas sobre el clima empresarial.

Bruselas culmina sus preparativos para un Brexit sin acuerdo al borde del abismo

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Como es natural, ha habido mucho menos interés en saber por lo que está atravesando el resto de la UE, un tema poco cubierto en las últimas noticias. Si los líderes de los restantes 27 países de la Unión están cansados de Theresa May es porque Europa tiene muchos otros problemas para solucionar. El Brexit ni siquiera figura entre los más acuciantes.

La principal dificultad de la UE reside en su modelo económico, tan viejo como su población. Si bien muchas de las empresas europeas compiten a nivel mundial, la diferencia con Estados Unidos es que ninguna de ellas fue creada en los últimos 25 años. En la época dorada de Europa, Volkswagen competía con Ford, y Siemens podía medirse cara a cara con General Electric. Pero no hay un Google, Facebook o Amazon europeo.

Europa tampoco aparece por ningún lado cuando se habla de las tecnologías emergentes en la cuarta revolución industrial, como la inteligencia artificial. China está avanzando más rápido que Europa en técnicas de aprendizaje automático y ya tiene varias empresas amenazando a los gigantes de Silicon Valley. Por eso es China, y no Europa, el principal objetivo de la guerra arancelaria de Donald Trump.

Cuando hace treinta años comenzaron los planes para el euro, el objetivo era mejorar la eficiencia del mercado único con una sola divisa que acelerara el crecimiento. No ha sido así. El rendimiento de los países de la Eurozona empeoró en vez de mejorar. El problema es que hay tanto capital político invertido en el proyecto de una unión monetaria que nadie quiere asumirlo.

La semana pasada, tres acontecimientos separados dejaron en evidencia la importancia de los desafíos económicos que enfrenta Europa. En primer lugar, el dato de la producción industrial en la Eurozona demostró que el crecimiento sigue siendo crónicamente débil. Italia sufre su quinta recesión en 20 años, mientras que Alemania, sostenida por las exportaciones, se ve gravemente afectada por la desaceleración de la economía mundial.

Alemania escapó de la recesión por los pelos en la segunda mitad de 2018 y el panorama no ha mejorado mucho en los primeros meses de 2019. Parece que el conjunto de los países de la Eurozona podría crecer 0,2% en los tres primeros meses del año, lo mismo que en el último trimestre del 2018.

Durante un breve período, los fuertes estímulos del Banco Central Europeo (BCE) lograron elevar la tasa de crecimiento en la Eurozona. Pero los tipos de interés al cero y el proceso de creación de dinero conocido como 'expansión cuantitativa' (quantitative easing, QE) ya no son lo que eran. Como ha sido evidente desde que la crisis financiera estalló hace diez años, para solucionar de verdad los problemas de crecimiento en Europa hay que corregir los defectos de diseño de la unión monetaria.

En 2008 y 2009 salió caro no tener un poder político central al cargo de la moneda única europea. Estados Unidos y Reino Unido se apresuraron a recortar los tipos y a comenzar las políticas monetarias no convencionales (como el QE), pero la Eurozona tardó demasiado en reaccionar. Se debió, en parte, a la naturaleza ultraconservadora del BCE (una cultura que heredó del Bundesbank alemán), pero no fue el único factor. Sin un verdadero mecanismo para tomar decisiones rápidas como en Washington y Londres, la Eurozona se ve obligada a moverse al ritmo de su miembro más lento, como ocurre con cualquier caravana.

Esa falta de poder central ha generado dos consecuencias importantes. Por un lado, a la Eurozona le ha llevado mucho más tiempo volver a la senda del crecimiento. Por otro, sus bancos se han visto abrumados por una gran cantidad de préstamos incobrables. Mientras en Estados Unidos se socializaban las deudas de los grandes bancos para que pudieran prestar de nuevo, en Europa los bancos siguieron débiles y muy vulnerables ante otra recesión económica. De ahí la relevancia de otra noticia de la semana pasada: las negociaciones de una posible fusión entre el Deutsche y el Commerzbank, dos de los mayores bancos de Alemania.

Italia está harta de esperar a que la Unión Monetaria funcione. Sus bancos están en peor forma que los alemanes, no tiene ningún control sobre la política monetaria y las estrictas normas fiscales de la UE le impiden estimular el crecimiento con déficit presupuestarios. La semana pasada, el gobierno italiano anunció que sería el primero de la UE en participar del 'Cinturón y Ruta de la Seda' de China, un intento de unir Asia, Oriente Medio, África y Europa con puertos, ferrocarriles, puentes y otros proyectos de infraestructura. El deseo del gobierno italiano de participar en esta recreación de la antigua ruta de la seda habla de lo desesperado que está por reactivar la economía, sea como sea, y del menor peso de Europa en la jerarquía mundial.

Emmanuel Macron está convencido de que para solucionar los problemas económicos de Europa hace falta una integración mayor. El presidente de Francia quiere un ministro de Hacienda de la Eurozona, responsable de los impuestos y del gasto público en los países de la moneda única. El problema es que para hacerlo realidad necesita el apoyo de Alemania y a Angela Merkel no parece entusiasmarle la idea. Es fácil entender por qué. A los exportadores alemanes les ha ido bien con la unión monetaria y Merkel sabe que los contribuyentes alemanes terminarían financiando el gasto de los países más pobres en la Eurozona.

El plan de Macron tiene lógica: la Eurozona es un proyecto a medias. Le falta una estructura política para que funcione. Si el desempeño económico de Europa sigue siendo insuficiente, la alternativa a una mayor integración es la desintegración. No ocurriría automáticamente, porque es muy difícil volver a las monedas nacionales o pasar a un escenario con dos tipos de euro (uno duro y otro blando). En cualquier caso, la hora de la verdad llegará con la próxima recesión. Es posible que no falte mucho.

Traducido por Francisco de Zárate

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Publicado el
25 de marzo de 2019 - 20:33 h

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