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ANÁLISIS

Israel e Irán juegan con fuego, y las viejas reglas del enfrentamiento saltan por los aires

Un hombre iraní pasa junto a una valla publicitaria antiisraelí que muestra misiles.

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Los detalles no están claros y desde Irán llegaron desmentidos firmes, pero los antecedentes y las declaraciones de autoridades estadounidenses establecen que Israel lanzó un ataque con drones en la madrugada del viernes contra la ciudad iraní de Isfahán.

Isfahán es relevante porque alberga instalaciones del complejo militar-industrial de la República Islámica, una infraestructura importante del programa nuclear iraní, y una base aérea con la envejecida flota de F-14, o Tomcats. Es decir, la importancia de cualquier ataque contra la ciudad es más que simbólica, independientemente de que haya sido ejecutado desde fuera de Irán, o desde dentro pero con respaldo israelí.

Israel lleva tiempo librando una guerra en la sombra contra Irán. En uno de sus episodios, Israel supuestamente atacó con drones una instalación de fabricación de armas en Isfahán hace poco más de un año. Pero la dinámica de este conflicto se define tanto por los hechos concretos de cada ataque como por el contexto en el que se producen.

Una nueva normalidad

Más allá de la escala del ataque, o de la sospecha de que en las dos partes hay cierto grado de pose, lo nuevo y peligroso es que se está estableciendo una nueva normalidad en el conflicto entre Irán e Israel.

Irán respondió el pasado fin de semana a un ataque israelí anterior contra una de sus sedes diplomáticas en Siria, en el que murieron 13 personas. Lo hizo a cara descubierta, en lo que fue el primer ataque en más de 30 años de un Estado extranjero en suelo israelí.

Aunque la respuesta de Israel se limite al ataque de este viernes, y a pesar del silencio de las fuentes oficiales, la acción ya no podrá incluirse en esa zona gris en la que era posible negarla, por inverosímiles que sean los desmentidos.

No es en absoluto la primera vez que Israel trata de asestar un golpe a Irán, o a los intereses iraníes, en esta guerra encubierta en la que ha habido sabotajes, asesinatos y ataques con drones. La diferencia en el ataque de este viernes llegó en un momento de intenso escrutinio.

Una fuente anónima de Israel dijo al Washington Post que el ataque “pretendía hacer ver a Irán que Israel tenía capacidad para golpear dentro del país”, un mensaje que no habrá pasado desapercibido para Irán, que ya se había sentido obligado a actuar por el temor de que su política de disuasión a Israel estuviera debilitándose.

Las reglas se desvanecen

Las reglas que durante mucho tiempo rigieron el enfrentamiento entre Irán e Israel, un conflicto que comenzó a través de terceros (proxies) y ahora es cada vez más directo, se han ido deshaciendo progresivamente en los seis meses transcurridos desde que Hamás, patrocinada por Irán, lanzara su ataque sorpresa contra el sur de Israel el pasado 7 de octubre.

En estos seis meses se han venido abajo cosas que antes se daban por sentadas. En Gaza, se prolonga una guerra de Israel cuya violencia y duración no tienen precedentes. En el conflicto de la frontera de Israel con Líbano también se han trastocado las reglas habituales. El fuego cruzado que comenzó el 8 de octubre con Hezbolá, otra milicia respaldada por Irán, es ahora una realidad cotidiana para decenas de miles de personas que se han visto desplazadas a ambos lados de la frontera.

Estamos ahora ante el cruce de un nuevo umbral, de una frontera que el miedo y la moderación de las dos partes mantenían en pie. Muchos analistas y autoridades se han apresurado a sugerir que un ataque israelí limitado contra Irán podría significar volver al statu quo anterior. Pero hay otra posibilidad más preocupante y es que este conflicto cada vez más extenso se haya vuelto también más dinámico.

Si Israel cometió graves errores de inteligencia en los últimos seis meses –tanto sobre la postura ofensiva de Hamás antes del 7 de octubre como al calcular mal cómo respondería Irán al ataque del 1 de abril contra Damasco–, vale la pena recordar que las mismas instituciones y muchas de las mismas personas, movidas por las mismas suposiciones, estarán analizando el peligro potencial de los acontecimientos más recientes.

Es difícil ver de qué manera puede beneficiar políticamente al primer ministro Benjamin Netanyahu una respuesta tan limitada por parte de Israel. Para un político que lleva tanto tiempo vinculado, y de manera tan profunda, a políticas agresivas sobre la amenaza que representan Irán y su programa nuclear, un ataque israelí así de medido será interpretado por muchos como un signo de debilidad antes que de audacia y resolución, como le gustaría a Netanyahu.

Itamar Ben-Gvir, ministro de Seguridad Nacional y socio en la coalición de extrema derecha que gobierna el país, que aspira a quedarse con los votantes más a la derecha del partido Likud de Netanyahu, publicó pronto en la red social X lo que piensa de la respuesta israelí con una sola palabra: “¡Débil!”.

Del lado iraní, los primeros indicios hicieron pensar en que el objetivo es caracterizar lo ocurrido este viernes como insuficientemente grave como para justificar una respuesta. Pero los cálculos que el pasado fin de semana le llevaron a lanzar 300 misiles y drones contra Israel siguen estando vigentes.

Lo único que está claro es que las dos partes están jugando con fuego.

Traducción de Francisco de Zárate.

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