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OPINIÓN

Reino Unido entierra ahora el símbolo de un país que ya no existe

La entonces princesa Isabel con su primogénito Carlos, en el verano de 1949.

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En Reino Unido ha habido un tufillo de decadencia en el aire durante mucho tiempo, temporalmente enmascarado por el aroma sintético y barato del Gobierno de pandereta de Boris Johnson. Sin embargo, ahora es evidente. Cuando la gente decía que Isabel II era admirable porque “hace muy bien su trabajo”, nunca entendí muy bien esta afirmación. Para mí, su trabajo consistía simplemente en estar presente, seguir los protocolos y no salirse del guion. Sin embargo, lo cierto es que lo que los demás vieron fue una muestra de confianza, coherencia y continuidad de la que carecía el país que reinaba. La suya fue una presencia impecable en un contexto de guerras, crisis económicas, Brexit y la pandemia de COVID-19.

En teoría, eso es lo que se supone que debe hacer un buen jefe de Estado: estar ahí y dar apoyo moral en los momentos de emergencia nacional y mantenerse al margen en los momentos de agitación política. Pero cuanto menos decía, o cuanto más callaba, más envolvía al país en un somnoliento y cálido abrazo de irrealidad. Ahora, esto ha terminado.

Hay una razón por la que, en cualquier parte del mundo o en cualquier punto de la historia, personas diferentes que nunca han estado en contacto entre sí llegan a tener el mismo concepto de una fuerza superior. Tanto si se trata de un dios espiritual como de animistas de distinta naturaleza, los seres humanos necesitan imponer un sentido de lógica y un propósito superior a su existencia, que de otro modo sería escuálida.

La casi deificación de la reina se intensificó a medida que el país se ha ido fragmentando. El papel más importante de Isabel II, el que la cimentó como menos humana y más deidad, fue el de suavizar los golpes de la pérdida del imperio, de las banderas arriadas, los administradores coloniales evacuados y las tropas derrotadas. Ella era Britannia, todavía imperiosa, y no los políticos grises de la posguerra que lidiaban con las medidas de austeridad en el país y la pérdida del estatus de superpotencia de Reino Unido en el extranjero. En la riqueza, la pompa y la grandeza de la familia real británica quedaban suficientes residuos de ese estatus, tan vital para la identidad nacional. La joya permanecía en su corona, aunque no en el imperio.

Símbolo ficticio

Cuanto más se deshacía ese estatus, más protegía la reina la identidad del país. En realidad, no había un imperio pacífico y una Commonwealth agradecida: eso siempre fue una ficción. El sol no se puso en el imperio: la ocupación fue expulsada, a menudo en guerras sangrientas. Un relato totalmente diferente de la colonización comenzó a surgir cuando la gente de las colonias llegó a Reino Unido con los legados económicos, raciales y políticos del imperio. Cuando los países de la Commonwealth empezaron a prescindir de la reina como su jefe de Estado, cuando los llamamientos a abordar el pasado colonial con honestidad empezaron a ser más fuertes. Y cuando se empezó a hablar de la familia real como un símbolo de las causas de las desigualdades arraigadas en el país: una vasta riqueza heredada de dudosa procedencia, en parte vinculada a la trata de esclavos, una deferencia de clase chirriante, el derecho a la línea de sangre y la imposibilidad de rendir cuentas.

Pero cuanto más el cambio en el país de la cultura, la estructura de clases y el perfil económico exigía confrontaciones con la realidad, más se convertía la reina en un refugio. Un símbolo de un tiempo ficticio en el que todo era más sencillo: cuando la imagen del país quedaba representaba por Shakespeare, la escritora Enid Blyton, el espíritu de la resistencia frente a los bombardeos en la Segunda Guerra Mundial, la lucha contra el fascismo, los benefactores, la clase obrera descarada, el estado del bienestar, los años 60 y los rostros negros y marrones que limpiaban los pisos y atendían los pabellones. Mientras Isabel II reinó y existió, también existió ese país.

La realidad es que, junto con el noble imperio, ese país nunca existió realmente. Y, durante el reinado de Isabel II, la visión que la nación tenía de sí misma también se cuestionaba cada vez que la política del país escupía sobre los derechos de personas marginadas. Cada vez que se cerraba una mina, una zona desfavorecida se amotinaba contra la policía, se invadía ilegalmente un país extranjero o se recortaba una prestación, se ponía a prueba el relato del “gran” país. Pero estos desafíos nunca se impusieron sobre ese imaginario. Y tener a la reina siempre fue un gran consuelo, con su sonrisa, su ropa, sus broches y su ritual, todo congelado en ámbar, inalterable a pesar de todo.

La reina sagrada

Para desempeñar este papel estabilizador, había que protegerla a toda costa, ya que en ella residían todos los complejos no resueltos del país -la nostalgia de un pasado mejor, el anhelo de autoridad, la necesidad de un punto de referencia fijo- mientras Reino Unido se lanzaba a lo desconocido sin una constitución escrita y con poco más que su pasado para definirla. Mediante una combinación de mutismo y longevidad, la reina satisfizo estas necesidades.

Ha sido una presencia constante en la vida de casi toda la población británica ya que ha reinado durante los últimos 70 años. A partir de la familiaridad se formaron vínculos imaginarios, una conexión que no se tambaleó por haber descubierto algo real sobre ella, reforzada por lo que se sentía como una dirección personal anual para cada uno de nosotros, y que se hizo falsamente íntima por el hecho de que los detalles de la vida de su familia -nacimientos, matrimonios, divorcios y muertes- fueron, y seguirán siendo, informados por la prensa con gran alegría, ofensa enfurecida y profunda tristeza, como si estas personas fueran nuestra propia familia.

También se convirtió, en un país con una cultura jerárquica bastante conservadora, en una especie de línea roja justificada y satisfactoriamente aplicable. Esto será especialmente cierto en los próximos días, cuando llegue a Londres desde Balmoral para ser enterrada y las exigencias y el control del luto público no serán tan diferentes a las impuestas en una monarquía absoluta.

Cuando se trata de la reina, se te puede llamar la atención de forma amenazante de una manera que parece tener muy poco que ver con ella. Puede que los británicos no tengamos la extraña deferencia por nuestros políticos que tienen los estadounidenses, pero nos encanta decirle a la gente que se deje de tonterías y muestre algo de respeto cuando se le da la oportunidad. Cuando tus políticos son unos mentirosos y necesitas desesperadamente creer en tus superiores, cuando tus referentes culturales comunes están segmentados en un millón de proveedores de contenidos y cuando tus familias extensas están fracturadas, la gente necesita un elemento sagrado en sus vidas. Quiere la certeza y la confianza para increparte y decir, sí, todo lo demás en el Reino Unido moderno es cuestionable, pero no esto.

Hora de despertar

Lo cierto es que nada es sagrado. Ni la reina, ni su familia, que en los últimos años se ha visto sacudida por acusaciones, firmemente desmentidas, de la implicación de uno de sus hijos, el príncipe Andrés, con una víctima menor de edad de tráfico sexual, y de inversiones patrimoniales en fondos dudosos. Tampoco es sagrado el país para el que ella proporcionó no un puente, sino una coartada durante demasiado tiempo. Ese fue el trabajo que la reina vino a cumplir en sus últimos años: el de una mujer que apareció cuando nuestra infraestructura de salud pública se estaba desmoronando y tapó el hueco de un Gobierno ausente. Hay una delgada línea entre levantar la moral de la ciudadanía y absolver los actos del hombre tratándolos como actos de Dios.

Algunos lectores en Reino Unido se estremecerán con mis palabras. Lo comprendo. Algunos pensarán que es demasiado pronto para hablar de imperfección. Pero, con la muerte de la reina, estamos a punto de entrar en un nuevo capítulo en el que la única esperanza que tenemos de un país más seguro y coherente es hablar más de nuestras imperfecciones. La reina se ha ido, y con ella debería irse la nación británica imaginada. Es hora de que la reina descanse en paz. Y más que hora de que el país despierte.

Traducción de Emma Reverter

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