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Inmaculada Carrasco: “La arqueología tiene una enorme capacidad como método de investigación para la Memoria Histórica”

Inmaculada Carrasco, profesora de la Universidad Pablo de Olavide en Sevilla, lleva casi una década realizando excavaciones en fosas del franquismo

La historiadora forma parte de un equipo arqueológico “sólo de mujeres” que ha realizado intervenciones como localizar las fosas del cementerio de Sevilla

Inmaculada Carrasco, arqueóloga y profesora de la Universidad Pablo de Olavide

Inmaculada Carrasco, arqueóloga y profesora de la Universidad Pablo de Olavide

Las víctimas “no se van a rendir”. Vengan los tiempos que sean. Es la idea que defiende la arqueóloga Inmaculada Carrasco. A sus espaldas, y con un equipo compuesto por mujeres, lleva casi una decena de intervenciones en fosas comunes del franquismo. Y ahí ha encontrado lo “mejor” de la Memoria Histórica: la “lucha” de las familias, “un abrazo” de quien busca a su abuelo, asesinado y tirado en una cuneta.

“La arqueología tiene una enorme capacidad como método de investigación para la Memoria Histórica”, explica Carrasco, profesora en la Universidad Pablo de Olavide (UPO) de Sevilla. Porque aplicar estos conocimientos sirve para entender mejor la “historia reciente”.

Inma Carrasco es licenciada en Geografía e Historia con la especialización de Prehistoria y Arqueología y llega a la Memoria hace casi una década. Fue para “hacer la exhumación de los restos en la fosa de La Puebla de Cazalla”. Desde entonces, hasta ahora, sigue abriendo la tierra.

“En 2009 contactó con nosotras Ana Ávila, entonces presidenta de la Asociación Ben Baso, profesora de mayores, y nos puso al habla con la Asociación Memoria Histórica y Justicia de Andalucía (AMHyJA)”, una entidad ya extinta.

Un equipo “solo de mujeres”

“Con nosotras”, dice Carrasco, porque forma parte de un equipo de trabajo compuesto “solo por mujeres”: las arqueólogas Carmen Romero e Inmaculada López, María del Carmen Barragán a los mandos de la documentación y topografía, y la propia miembro del Área de Arqueología de la UPO.

Después de aquel bautizo en la compleja fosa de La Puebla llegó la participación en la tumba ilegal de Cazalla de la Sierra. Y luego otras como La Campana, “que sorprendía por las incineraciones” y por el “tratamiento que dieron a los cuerpos, por la falta de respeto” de los asesinos franquistas. “Las imágenes eran espeluznantes”, como contaba el libroQue fuera mi tierra sobre las intervenciones en fosas en Andalucía.

Equipo de arqueólogas trabajando en una fosa

Equipo de arqueólogas trabajando en una fosa de La Campana

El equipo de arqueólogas también ha trabajado en Guadalcanal, que aparece en el libro Las huellas en la tierra. Y en Villaverde del Río, “donde encontramos los huesos en un depósito secundario, de los años 80”. Porque habían sido extraídos de la fosa original y vueltos a enterrar en un saco.

O en Utrera, donde Andalucía marcó otra fosa del franquismo y las familias de los represaliados desbordaron el llamamiento para la recogida de muestras de ADN. Demostrando que las víctimas custodian los testimonios orales, y la memoria, como la de la Luna, la feminista republicana ejecutada por Franco como castigo para todas las mujeres.

Y en las fosas comunes del cementerio de San Fernando en Sevilla, donde las investigaciones de Pepe Díaz Arriaza calcula unos 4.500 ejecutados. Entre ellos, por ejemplo, el Padre de la Patria Andaluza, Blas Infante. Está en la tumba colectiva de Pico Reja junto a otro millar de republicanos.

Cada fosa, un mundo

“No todas las fosas son iguales, todas tienen sus particularidades”, cuenta Inma Carrasco. “Hemos excavado en todos los contextos posibles y esto demuestra la capacidad que tiene la arqueología como método investigación para aportar a la Memoria Histórica”, explica.

Ninguna fosa es igual a otra, pero todas tienen un mismo nexo común: las víctimas. “Cuando aparecen los familiares les pones cara y ahí ya participan otras cosas que no son solo arqueología”, sostiene Carrasco. “Dan mucho cariño y no te piden nada. Te dicen: ‘¿Te puedo dar un abrazo?’, porque saben que hemos tocado el cuerpo de sus familiares, y eso te toca fibras que no son solo arqueológicas”, insiste.

Y continúa: “Si encuentro un cementerio de gladiadores con huellas de violencia estaría loca de alegría, pero cuando encuentras una fosa de represaliados tienes un dilema, ¿te alegras o no? Porque hay que definir las huellas de violencia de cada cuerpo y es muy duro, no sólo el trabajo, que también, sino contarlo a los familiares y no hacer más daño del que ya se hizo”.

La arqueóloga Inma Carrasco en las fosas del cementerio de Sevilla. | FOTO. J.M.B.

La arqueóloga Inma Carrasco en las fosas del cementerio de Sevilla. | FOTO. J.M.B.

O en las fosas de Sevilla “donde hay tal dimensión del holocausto” provocado por los golpistas de Franco en un lugar donde no hubo guerra... “A los familiares los conoces, sabes lo que están buscando, dan muchos datos de la detención, del asesinato… y llegan al cementerio sevillano y se oye ‘Pepe, ¿dónde está mi abuelo?’, porque le preguntan al historiador”, Díaz Arriaza, a pie de fosa.

Saber “que tu trabajo es útil”

Cuando tocas la Memoria, viva, “te das cuenta de que tu trabajo es útil”, subraya Inma Carrasco. Como en Pico Reja, donde la previsión cifra “que hay más de 1.000 cuerpos” tras localizar una tumba colectiva “intacta, que no se ha tocado nunca”.

“Pero la Memoria no ha entrado todavía dentro del sistema académico”, precisa. No de lleno, al menos. “Ahora quizás sea más fácil investigar que hace años porque se han abierto archivos, por ejemplo, pero todos estos procesos llegan porque son las familias y las asociaciones quienes tiran del carro”, argumenta.

Y la Memoria cala, como el equipo de arqueólogas ha comprobado en excavaciones “donde hemos tenido la oportunidad de implicar a alumnos”, sostiene. “De la misma manera que tenemos proyectos en Itálica, pueden elegir si quieren estar, o en Villa Adriana en Roma” o en fosas del franquismo.

La reacción es siempre positiva. “Los alumnos están convencidos de la labor que hacemos los arqueólogos en una exhumación” y por esto, afirma, “se implican de una manera que no lo hacen en cualquier otra excavación arqueológica y entienden que su trabajo es útil a la Memoria”. Una respuesta que es “reconfortante como profesora porque reciben estos contextos con las características especiales que tienen”.

Para descreídos

Porque una fosa del franquismo “no es como trabajar en una necrópolis romana”. Porque en una fosa del franquismo “trabajas con personas que tienen cara, donde vienen los familiares con sus fotos”, con una lucha a cuestas a prueba de los tiempos convulsos que asoman.

“Conociendo a esta gente, no se van a rendir, ya pueda venir Vox o el Sunsum corda”, espeta, “aunque se está llegando a un momento en que se está negando lo que pasó”. Pero por “peores tiempos” han pasado las víctimas y “si algo ha cambiado es que los familiares ya no tienen miedo”.

Por eso “invitaría a visitar una fosa cuando está abierta” a quienes niegan la matanza fundacional del franquismo o la posibilidad de las familias a buscar a sus muertos y cerrar el duelo. Ahí, ante los huesos al aire, “les preguntaría si quisieran que sus familiares estuvieran así”, advierte Inmaculada Carrasco.

“Y esas imágenes de lo que ocurrió, de esos cuerpos con huellas de violencia, deberían dar la vuelta al mundo”, pide la profesora de la UPO. “Porque los documentos pueden decir la verdad o no, lo que está negro sobre blanco es interpretable, pero la arqueología dice verdades como puños”.

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